Humanidades
Siempre me ha inspirado curiosidad el siguiente hecho, fácilmente comprobable: cuando alguien pronuncia la palabra "educación", suceden instantáneamente dos cosas. Primero, todos los oyentes esbozan una sonrisa beata, al estilo de esa escena de Airplane! donde la niña enferma es consolada con una canción folclórica interpretada por una azafata. Segundo, la persona que pronuncia la tal palabra se vuelve, fugazmente, tonta. En serio, haz la prueba. Mirando esta pantalla, pronuncia en voz baja, sosegada, la palabra "educación", y notarás que tu coeficiente intelectual acaba de bajar como veinte puntos. No te preocupes, volverá a su estado normal dentro de unos minutos. Mi pregunta es, obviamente: ¿por qué sucede esto?
Para entender mejor el fenómeno, prueba con otras palabras. Si dices "tostadora", "capibara" o "ventrílocuo", a tu inteligencia no le pasa nada. Si dices "gobierno", experimenta una especie de momentánea interferencia sísmica, pero casi inmediatamente se restablece, por obra y gracia de tus prejuicios políticos que (sean cuales sean) acuden en tropel para socorrerla. En cambio, si dices "amor", tu intelecto pierde gran parte de su agudeza, y el efecto parece que se extiende en el tiempo de manera desconcertante. Evidentemente, educación y amor tienen algo en común.
Mi conjetura, porque no es más que eso: perdemos agudeza intelectual en la medida que nos vemos forzados a utilizar palabras de significado poco preciso. Cuanto más difuminado es el significado de una palabra, mayor es la sensación de desamparo intelectual creada al pronunciarla.
Ignoro si la palabra educación tiene traducción en lojban. Espero que no, por el bien de la humanidad lojbanoparlante futura. (En cuanto a amor, como siempre digo a mis alumnos: lean a Fromm, luego decidan.)
¿El significado de educación es poco preciso? Pues tal vez no en algunos contextos o en algunas épocas pasadas. Pero piensen en esto: la educación es, hoy por hoy, una imposición, un proceso, un estado y un logro; es, según consenso, aquello que "se necesita" para transformar niños en adultos, burros en Einsteins, criminales en ciudadanos ejemplares. Y de paso (en castellano) es algo cuya carencia se manifiesta en eructos inoportunos, en comentarios morbosos, o en dedos medios dudosamente orientados en presencia del Presidente. Asimismo, educación es algo que se hace en casa, o en el colegio, o en la biblioteca, o (en opinión de algunos) en la cama; es un proceso que se sitúa en la infancia y la adolescencia, pero también debe extenderse a lo largo de la vida. Según Mark Twain, es algo que interrumpimos cada vez que vamos a la escuela. Y llegando a lo más tópico: es aquello que, masajeado y estimulado con fondos estatales, transformará la matriz productiva de este país, haciendo de una república bananera una nación escandinava en tiempo récord.
Quienes somos responsables de esta extraordinaria taumaturgia nos llamamos educadores. Hola. Puede sorprenderte el dato de que, como la mayoría de los obradores de milagros, no tenemos (si somos sinceros) apenas idea de lo que hacemos, ni de cómo lo hemos de hacer, ni si saldrá bien la próxima vez.
Y ello es así en parte porque el proceso (si lo quieres ver en estos términos) educativo es, por lo menos en alguna de sus definiciones, algo que trasciende la voluntad del sujeto. Quiero decir que normalmente, las transformaciones que nos proponemos obedecen a una finalidad clara, fija, libremente asumida como prioritaria y merecedora de sacrificios. Decido perder peso porque quiero resultarle atractivo a la chica del KFC, o bien porque el médico me dice que cargando este peso encima será sólo cuestión de tiempo antes de que una de mis dos hernias discales haga sprnmtlxhhh y me encuentra en silla de ruedas. Si es así, llegará el momento en que, perdido el peso necesario, podré comprobar si el esfuerzo ha servido para la consecución de mi objetivo. Tengo menos peso, pero soy la misma persona, con los mismos deseos y temores. La meta en sí no habrá cambiado, o por lo menos no tiene por qué hacerlo (aunque tal vez la chica del KFC desaparezca sin aviso). La educación, en cambio, es diferente. Cuando una persona es educada, termina con una visión del mundo muy cambiada. Puede que ya no quiera las mismas cosas. Y su visión de todo el proceso podría ser muy diferente al terminar que al comenzar.
Imagina que un día descubro que la chica del KFC es lesbiana. Me lo pienso unos minutos. Claro: ahora lo que más cuenta no es perder peso, sino perder atributos masculinos (los cuales en sí, dicho sea de paso, no es que representen tremendo peso). Bueno, tengo algunos ahorros, y nunca me gustó demasiado (salvo durante los meses marzo-junio del año 2001) ser hombre. Me cambio el sexo y ya. Dicho y hecho. Me divorcio y me transformo en mujer, con ayuda del Johns Hopkins (gracias, Hannibal) y luego, ¿qué? De repente me doy cuenta de que ahora a quien quiero resultarle atractiva es al chico-KFC, no a la chica. Glups. Have a nice day.
(Creo que acabo de escribir, sin quererlo, el planteamiento de una horrible comedia de Hollywood de próxima aparición. Lo siento, no fue mi intención.)
La educación es así. En su acepción más acaparadora, es una transformación total de la persona (y puede que de la sociedad) que escapa a cualquier finalidad utilitaria que le podríamos asignar, porque entre las cosas que transforma figura esa parte de ti que decide metas y prioridades (una persona educada quiere otras cosas). En este sentido creo que es equiparable a ese proceso que antaño llamaban maduración. Ese proceso que, en otras sociedades, mediaba entre niño y adulto y era marcado con el correspondiente rito de pasaje. (En nuestra sociedad, por supuesto, no es aconsejable madurar. Puede resultarte muy frustrante si insistes en hacerlo. Mejor sigas aplazando el destete toda la vida: bienvenidos al Sumak Kawsay.) Y si es así, pues aplica lo que siempre he dicho al respecto: que con apego a cualquier ética mínimamente kantiana, lo que nos corresponde es fomentar y facilitar el proceso, pero nunca, nunca instrumentalizarlo.
En serio. Aunque sepas perfectamente que el sujeto terminará deseando otras cosas, tal vez (con suerte) las mismas que tú, no está bien "educarle para...", por encima de los deseos del propio sujeto. Intentarlo es sólo demostrar mentalidad de manipulador psicótico. Además, fracasarás. O peor todavía, lograrás tu meta, y he aquí ese monstruo de Frankenstein, el Joven Ejemplar (q.v.). Un joven que reafirma todos tus prejuicios y cumple con todos tus deseos. Vaya pesadilla.
Hay un debate en torno al papel de las humanidades en la enseñanza universitaria. Me interesa, pues mi carrera fue de idiomas modernos, propiamente filología, porque soy docente universitario, y porque no tengo respuestas para todo.
Por un lado, Martha Nussbaum. Por otro, el PIB, medio plazo. "Que el mercado se encargue..." es una simpleza, o mejor dicho, una utopía: desde que el Estado se mete en el campus, y bien metido está, hasta el escroto, el mercado laboral no determina la oferta de las universidades (hay más ladrones, ergo se necesitan más abogados, OK, abramos más cursos de Derecho), de modo unilateral; lo que hay es una dinámica bilateral entre oferta de graduados y demanda laboral, pues ésta incluye un sector público capaz de absorber mediante políticas de estado una aparente sobreproducción de determinados profesionales. Con independencia del mercado laboral actual, se lee la relativa abundancia o escasez de determinadas carreras como una señal, casi un guiño, de parte del gobierno respecto a prioridades futuras. De los técnicos altamente especializados que producirá Yachay, ninguno (salvo los petroquímicos) encontraría empleo en el Ecuador actual; nadie duda de que van a ser muy solicitados dentro de cuatro años. Nos lo han prometido. Llamar a tal relación incestuosa entre cátedra y empleador una distorsión en el mercado laboral sería pecar de timidez. Es la negación de un mercado laboral "libre".
En estas circunstancias, sería una locura por parte de las universidades "privadas" (¿privadas de qué? mejor no preguntes) ofrecer más cursos de humanidades, a pesar de que la oferta ya es nugatoria, cuando desde las fauces del sector público brama un ensordecedor "no os quiero". Y si no hay demanda de humanistas, tal vez sea por todas las razones de enumera Nussbaum: porque sabemos pensar críticamente, porque se nos educa para cuestionar toda autoridad, porque tenemos demasiado olfato para ciertos tipos de bullshit. Puede ser todo eso. O puede ser (también se me había ocurrido) porque no servimos apenas para nada, salvo para perpetuar nuestra propia especie exótica dando clases de, uh, humanidades. También podría ser por eso, lo admito.
Por otro lado, queda un poco chungo cuando (como actualmente ocurre) salen de las universidades ecuatorianas excelentes y prometedores petroquímicos que escriben "echar" con h inicial, piensan que Romeo y Julieta es "una novela de Shakespeare", consideran que Paulo Coelho es un excelente escritor, ubican Ottawa en el centro de África, y creen en Dios sí y en el punto y seguido enfáticamente no.
Creo que los seres humanos valemos más que eso.
Cuando trabajaba de profesor de secundaria en Los Ornitorrincos del Saber, recuerdo haber estudiado con algo de desazón el temario de Literatura de cuarto año, el mismo año que estaba a punto de terminar: era dolorosamente evidente que una persona inteligente, optimista, motivada y capaz de algo de concentración habría podido aprender todo eso en un fin de semana.
Peor aun: nunca he podido convencerme de que todo lo que aprendí en la universidad, bien pudiera haberlo aprendido en un solo año, aun en el supuesto de tener que trabajar, durante ese año, como ingeniero mecánico en una fábrica de ventiladores. (Ignoro si lo mismo se puede decir de las carreras STEM: siquiera en Ecuador, sospecho que no.)
Peor aun: creo que hay algo ("algo", no me pregunten qué) en las carreras de letras que fomenta la ignorancia, mejor dicho, la desidia intelectual, todo lo contrario de "las letras" en sí. Y no me refiero solamente a las vacas sagradas del aula norteamericano como marxismo y deconstruccionismo. Uno termina el estudio (superficial) de la literatura mitad convencido de que todo lo que le queda por leer será, de alguna manera, una glosa decepcionante sobre lo ya leído: de que ya no quedan más sorpresas. De que el canon es de todos y todas, y de que quien no toma jerez por la tarde en un elegante rectorado nunca entenderá el Quijote como ha de entenderse.
Creo que las humanidades valen más que eso.
Y no me apunto a la simpleza de las "combinaciones transversales" como solución, porque he visto cómo se maneja esto: simplemente, el redactor del syllabus escribe al lado de cierto contenido la letra j), que supuestamente significa que mediante este contenido se "imparte valores", se "fomenta espíritu crítico", o lo que sea, se mete en un sobre y se envía a la autoridad veedora que queda encantada de la vida, con sonrisa de estar escuchando guitarra de azafata, y el profesor sigue haciendo lo mismo de siempre de la misma forma de siempre.
No sé cuál es la solución, pero me huele que las carreras de humanidades sólo obstaculizan el estudio y el conocimiento de las humanidades, al mismo tiempo que sigo sin explicarme por qué chucha se dejó de enseñar retórica, un saber que engloba todo lo esencial de la comunicación y cuya carestía da lugar a revoluciones ciudadanas y demás sinsabores.
Hay cosas que, tal vez, sólo hace falta que dejen de enseñarse como "carreras", o sea, saberes especializados e irrelevantes, para que el grueso de los seres humanos, alertados del hecho de que nadie "se está encargando" de le supervivencia de tales conocimientos, empecemos a, finalmente, tomarlas un poquito más en serio.
*******************
P.D. Ha sido al volver a leer a Nussbaum que me he dado cuenta de que, si ella tiene mínimamente razón sobre eso de la cosificación y sus múltiples avatares, queda insoslayable la conclusión de que el ser más cosificado del mundo no es la mujer, sino el votante ecuatoriano. Para reírse con ganas.
Para entender mejor el fenómeno, prueba con otras palabras. Si dices "tostadora", "capibara" o "ventrílocuo", a tu inteligencia no le pasa nada. Si dices "gobierno", experimenta una especie de momentánea interferencia sísmica, pero casi inmediatamente se restablece, por obra y gracia de tus prejuicios políticos que (sean cuales sean) acuden en tropel para socorrerla. En cambio, si dices "amor", tu intelecto pierde gran parte de su agudeza, y el efecto parece que se extiende en el tiempo de manera desconcertante. Evidentemente, educación y amor tienen algo en común.
Mi conjetura, porque no es más que eso: perdemos agudeza intelectual en la medida que nos vemos forzados a utilizar palabras de significado poco preciso. Cuanto más difuminado es el significado de una palabra, mayor es la sensación de desamparo intelectual creada al pronunciarla.
Ignoro si la palabra educación tiene traducción en lojban. Espero que no, por el bien de la humanidad lojbanoparlante futura. (En cuanto a amor, como siempre digo a mis alumnos: lean a Fromm, luego decidan.)
¿El significado de educación es poco preciso? Pues tal vez no en algunos contextos o en algunas épocas pasadas. Pero piensen en esto: la educación es, hoy por hoy, una imposición, un proceso, un estado y un logro; es, según consenso, aquello que "se necesita" para transformar niños en adultos, burros en Einsteins, criminales en ciudadanos ejemplares. Y de paso (en castellano) es algo cuya carencia se manifiesta en eructos inoportunos, en comentarios morbosos, o en dedos medios dudosamente orientados en presencia del Presidente. Asimismo, educación es algo que se hace en casa, o en el colegio, o en la biblioteca, o (en opinión de algunos) en la cama; es un proceso que se sitúa en la infancia y la adolescencia, pero también debe extenderse a lo largo de la vida. Según Mark Twain, es algo que interrumpimos cada vez que vamos a la escuela. Y llegando a lo más tópico: es aquello que, masajeado y estimulado con fondos estatales, transformará la matriz productiva de este país, haciendo de una república bananera una nación escandinava en tiempo récord.
Quienes somos responsables de esta extraordinaria taumaturgia nos llamamos educadores. Hola. Puede sorprenderte el dato de que, como la mayoría de los obradores de milagros, no tenemos (si somos sinceros) apenas idea de lo que hacemos, ni de cómo lo hemos de hacer, ni si saldrá bien la próxima vez.
Y ello es así en parte porque el proceso (si lo quieres ver en estos términos) educativo es, por lo menos en alguna de sus definiciones, algo que trasciende la voluntad del sujeto. Quiero decir que normalmente, las transformaciones que nos proponemos obedecen a una finalidad clara, fija, libremente asumida como prioritaria y merecedora de sacrificios. Decido perder peso porque quiero resultarle atractivo a la chica del KFC, o bien porque el médico me dice que cargando este peso encima será sólo cuestión de tiempo antes de que una de mis dos hernias discales haga sprnmtlxhhh y me encuentra en silla de ruedas. Si es así, llegará el momento en que, perdido el peso necesario, podré comprobar si el esfuerzo ha servido para la consecución de mi objetivo. Tengo menos peso, pero soy la misma persona, con los mismos deseos y temores. La meta en sí no habrá cambiado, o por lo menos no tiene por qué hacerlo (aunque tal vez la chica del KFC desaparezca sin aviso). La educación, en cambio, es diferente. Cuando una persona es educada, termina con una visión del mundo muy cambiada. Puede que ya no quiera las mismas cosas. Y su visión de todo el proceso podría ser muy diferente al terminar que al comenzar.
Imagina que un día descubro que la chica del KFC es lesbiana. Me lo pienso unos minutos. Claro: ahora lo que más cuenta no es perder peso, sino perder atributos masculinos (los cuales en sí, dicho sea de paso, no es que representen tremendo peso). Bueno, tengo algunos ahorros, y nunca me gustó demasiado (salvo durante los meses marzo-junio del año 2001) ser hombre. Me cambio el sexo y ya. Dicho y hecho. Me divorcio y me transformo en mujer, con ayuda del Johns Hopkins (gracias, Hannibal) y luego, ¿qué? De repente me doy cuenta de que ahora a quien quiero resultarle atractiva es al chico-KFC, no a la chica. Glups. Have a nice day.
(Creo que acabo de escribir, sin quererlo, el planteamiento de una horrible comedia de Hollywood de próxima aparición. Lo siento, no fue mi intención.)
La educación es así. En su acepción más acaparadora, es una transformación total de la persona (y puede que de la sociedad) que escapa a cualquier finalidad utilitaria que le podríamos asignar, porque entre las cosas que transforma figura esa parte de ti que decide metas y prioridades (una persona educada quiere otras cosas). En este sentido creo que es equiparable a ese proceso que antaño llamaban maduración. Ese proceso que, en otras sociedades, mediaba entre niño y adulto y era marcado con el correspondiente rito de pasaje. (En nuestra sociedad, por supuesto, no es aconsejable madurar. Puede resultarte muy frustrante si insistes en hacerlo. Mejor sigas aplazando el destete toda la vida: bienvenidos al Sumak Kawsay.) Y si es así, pues aplica lo que siempre he dicho al respecto: que con apego a cualquier ética mínimamente kantiana, lo que nos corresponde es fomentar y facilitar el proceso, pero nunca, nunca instrumentalizarlo.
En serio. Aunque sepas perfectamente que el sujeto terminará deseando otras cosas, tal vez (con suerte) las mismas que tú, no está bien "educarle para...", por encima de los deseos del propio sujeto. Intentarlo es sólo demostrar mentalidad de manipulador psicótico. Además, fracasarás. O peor todavía, lograrás tu meta, y he aquí ese monstruo de Frankenstein, el Joven Ejemplar (q.v.). Un joven que reafirma todos tus prejuicios y cumple con todos tus deseos. Vaya pesadilla.
Hay un debate en torno al papel de las humanidades en la enseñanza universitaria. Me interesa, pues mi carrera fue de idiomas modernos, propiamente filología, porque soy docente universitario, y porque no tengo respuestas para todo.
Por un lado, Martha Nussbaum. Por otro, el PIB, medio plazo. "Que el mercado se encargue..." es una simpleza, o mejor dicho, una utopía: desde que el Estado se mete en el campus, y bien metido está, hasta el escroto, el mercado laboral no determina la oferta de las universidades (hay más ladrones, ergo se necesitan más abogados, OK, abramos más cursos de Derecho), de modo unilateral; lo que hay es una dinámica bilateral entre oferta de graduados y demanda laboral, pues ésta incluye un sector público capaz de absorber mediante políticas de estado una aparente sobreproducción de determinados profesionales. Con independencia del mercado laboral actual, se lee la relativa abundancia o escasez de determinadas carreras como una señal, casi un guiño, de parte del gobierno respecto a prioridades futuras. De los técnicos altamente especializados que producirá Yachay, ninguno (salvo los petroquímicos) encontraría empleo en el Ecuador actual; nadie duda de que van a ser muy solicitados dentro de cuatro años. Nos lo han prometido. Llamar a tal relación incestuosa entre cátedra y empleador una distorsión en el mercado laboral sería pecar de timidez. Es la negación de un mercado laboral "libre".
En estas circunstancias, sería una locura por parte de las universidades "privadas" (¿privadas de qué? mejor no preguntes) ofrecer más cursos de humanidades, a pesar de que la oferta ya es nugatoria, cuando desde las fauces del sector público brama un ensordecedor "no os quiero". Y si no hay demanda de humanistas, tal vez sea por todas las razones de enumera Nussbaum: porque sabemos pensar críticamente, porque se nos educa para cuestionar toda autoridad, porque tenemos demasiado olfato para ciertos tipos de bullshit. Puede ser todo eso. O puede ser (también se me había ocurrido) porque no servimos apenas para nada, salvo para perpetuar nuestra propia especie exótica dando clases de, uh, humanidades. También podría ser por eso, lo admito.
Por otro lado, queda un poco chungo cuando (como actualmente ocurre) salen de las universidades ecuatorianas excelentes y prometedores petroquímicos que escriben "echar" con h inicial, piensan que Romeo y Julieta es "una novela de Shakespeare", consideran que Paulo Coelho es un excelente escritor, ubican Ottawa en el centro de África, y creen en Dios sí y en el punto y seguido enfáticamente no.
Creo que los seres humanos valemos más que eso.
Cuando trabajaba de profesor de secundaria en Los Ornitorrincos del Saber, recuerdo haber estudiado con algo de desazón el temario de Literatura de cuarto año, el mismo año que estaba a punto de terminar: era dolorosamente evidente que una persona inteligente, optimista, motivada y capaz de algo de concentración habría podido aprender todo eso en un fin de semana.
Peor aun: nunca he podido convencerme de que todo lo que aprendí en la universidad, bien pudiera haberlo aprendido en un solo año, aun en el supuesto de tener que trabajar, durante ese año, como ingeniero mecánico en una fábrica de ventiladores. (Ignoro si lo mismo se puede decir de las carreras STEM: siquiera en Ecuador, sospecho que no.)
Peor aun: creo que hay algo ("algo", no me pregunten qué) en las carreras de letras que fomenta la ignorancia, mejor dicho, la desidia intelectual, todo lo contrario de "las letras" en sí. Y no me refiero solamente a las vacas sagradas del aula norteamericano como marxismo y deconstruccionismo. Uno termina el estudio (superficial) de la literatura mitad convencido de que todo lo que le queda por leer será, de alguna manera, una glosa decepcionante sobre lo ya leído: de que ya no quedan más sorpresas. De que el canon es de todos y todas, y de que quien no toma jerez por la tarde en un elegante rectorado nunca entenderá el Quijote como ha de entenderse.
Creo que las humanidades valen más que eso.
Y no me apunto a la simpleza de las "combinaciones transversales" como solución, porque he visto cómo se maneja esto: simplemente, el redactor del syllabus escribe al lado de cierto contenido la letra j), que supuestamente significa que mediante este contenido se "imparte valores", se "fomenta espíritu crítico", o lo que sea, se mete en un sobre y se envía a la autoridad veedora que queda encantada de la vida, con sonrisa de estar escuchando guitarra de azafata, y el profesor sigue haciendo lo mismo de siempre de la misma forma de siempre.
No sé cuál es la solución, pero me huele que las carreras de humanidades sólo obstaculizan el estudio y el conocimiento de las humanidades, al mismo tiempo que sigo sin explicarme por qué chucha se dejó de enseñar retórica, un saber que engloba todo lo esencial de la comunicación y cuya carestía da lugar a revoluciones ciudadanas y demás sinsabores.
Hay cosas que, tal vez, sólo hace falta que dejen de enseñarse como "carreras", o sea, saberes especializados e irrelevantes, para que el grueso de los seres humanos, alertados del hecho de que nadie "se está encargando" de le supervivencia de tales conocimientos, empecemos a, finalmente, tomarlas un poquito más en serio.
*******************
P.D. Ha sido al volver a leer a Nussbaum que me he dado cuenta de que, si ella tiene mínimamente razón sobre eso de la cosificación y sus múltiples avatares, queda insoslayable la conclusión de que el ser más cosificado del mundo no es la mujer, sino el votante ecuatoriano. Para reírse con ganas.
Comments
Post a Comment