"Primero vinieron por las tremendas potras carajos..."
La Supercom interroga a la modelo del Extra Claudia Hurtado (artist's impression)
Y no dije nada, porque no era una tremenda potra carajo.
Bromas aparte, y seas quien seas, también vendrán, ametralladora o constitución en mano, algún día por ti. ¿Quieres evitarlo? Hay dos maneras:
(1) Hazte una lobotomía frontal, afíliate a Alianza País, llena tu armario de camisetas verdes, acude a todas las sabatinas de Rafael, y evita destacar en la vida en ningún sentido. Haz de la oscura y silenciosa mediocridad tu consigna. Cada mañana, antes de desayunar, repite diez veces "Cuba es una democracia". Cuando esta frase ya te salga con naturalidad, puedes probar con algo más ambicioso, por ejemplo, "El Presidente no ordenó el rescate armado el día 30 de septiembre de 2010. Nadie lo ordenó, simplemente sucedió". Quien cumpla a cabalidad con todos estos requisitos, puede que sea salvo. Por si acaso, no guardes porno en tu computadora.
(2) Protesta. Aunque Mi Recinto te parezca (como a mí) un montículo de estiércol, protesta.
(En realidad, las protestas con toda probabilidad no sirven de nada. Pero es que no se me ocurre otra cosa mejor.)
Mencioné Mi Recinto. Me parece el ejemplo perfecto de un programa de televisión que no tiene absolutamente nada que lo recomiende, ningún punto siquiera ínfimo a su favor: no tiene gracia, los "actores" no saben actuar, no conoce ni de auténtico costumbrismo ni de verisimilitud. Su pretendido "humor" descansa sobre un puñado de estereotipos burdos, ridículos y cansados. La fórmula, discutiblemente, cuando se ideó daba para una corta y mediocre serie, de seis u ocho capítulos. Ahora, la falta de recursos (en actores y guionistas) para evitar la descerebrada repetición ad infinitum de lo mismo y lo mismo inspira simplemente pena y vergüenza ajena, a veces nausea. Obviamente, si el canal que emite ese programa anunciara que lo iba a retirar, yo lo celebraría con todo el resto de gente que conozco. Pero si el gobierno, a través de alguno de sus brazos censores, dice (y con esta reciente epidemia de inquisidores y censores aficionados que padecemos, la cosa parece probable) que va a obligar al canal de retirarlo, pues no y mil veces no.
Toca dejar las cosas muy claras. Ninguna persona mínimamente cuerda saldría a la calle en defensa de un montón de basura como ése. Pero muchos saldríamos en defensa de otra cosa, de un principio: la libertad de los dueños de un canal televisivo para emitir lo que les dé la gana, en el horario que les dé la gana, aunque sea basura (sí, y aunque "ofenda" a todas las minorías y mayorías imaginables). ¿Por qué? Porque desde el momento en que se acepta, tácitamente, que esa libertad solamente se puede ejercer dentro de los parámetros arbitrarios que establece el gobierno, ya no hay tal libertad, y habremos regalado al verdugo la cuerda con que nos ahorcará, algún día, también a nosotros, a todos los que tengamos algo que decir aunque sean pequeñas incoherencias y tonterías. Por eso conviene ser, por una sola vez, tajante: importa un comino si un contenido es "discriminatorio" o no, si "produce estigmas (sic) a la mujer", si "ofende" a algún grupo o algún sector. No importa si ofende a todo el mundo. El dueño del medio en cuestión tiene todo el derecho a publicar ese contenido (y, junto con ese derecho, el de quejarse amargamente por el consecuente abandono de sus audiencias o de sus lectores, y de que tales amargas quejas sean contestadas con el consabido raspberry). Y tiene ese derecho absoluto por una razón bien sencilla: porque contrariamente a lo que nos quieren hacer creer, la simple expresión de una opinión, o emisión de un contenido cualquiera, no limita los derechos de nadie más, ni hace daño a ningún tercero (a menos que consideres que "ofenderse" constituye una especie de daño: en tal caso, tu lugar es en los patios de recreo del prequinder).
Todo lo cual me parece obvio. Me disculpo por la obviedad. Pero es que en el mundo, y desgraciadamente también en este país, hay gente como Orlando Pérez, para quien el derecho irrestricto a la libertad de expresión, lejos de ser algo obvio, es algo absolutamente aberrante:
Tras la ‘sentencia’ de la Supercom al diario Extra han surgido expresiones de todo tipo. Las más aberrantes: “la modelo Hurtado tiene derecho de posar como le dé la gana”; “la libertad de expresión no tiene límites, más si es de asuntos estéticos”; y “las mujeres no podemos poner por delante nuestras histerias para juzgar a otra mujer por mostrar su cuerpo (¿hermoso?)”.
Sí: "aberrante" le parece la simple idea de que una mujer tenga derecho a hacer lo que quiere con su cuerpo (y aunque ese "lo que quiere" no vaya más allá de unos simples "poses"). De lo que se deduce que para el Sr Pérez, el cuerpo de una mujer no es de ella sino -¿de quién si no? - del Estado, como absolutamente todo lo demás: lo cual, en la práctica, significa que es propiedad de la casta parasitaria de los gobernantes. En otros tiempos eso se llamaba droit du seigneur. Ahora no sé qué nombre le darán. Y hay más:
La sola existencia (y por supuesto defensa) de programas como ‘La pareja feliz’ o secciones como ‘Lunes sexy’ ya es una bofetada (o un golpe en la jeta, como se dice popularmente) a esa idea de construir otras sociedades y medios, sin moralismo alguno.
Resumiendo: el Sr Francisco Sierra, el nuevo director de Ciespal, ha tenido una bonita idea (ésa de que el "profesional de información" puede ser un "tejedor de redes y comunidades..."). El Sr Orlando Pérez interpreta eso como " forjar y construir otras comunidades y esferas de relacionamiento", oé. Todo muy bonito, desde luego. Pero cuando en la práctica resulta que entre esas "comunidades" que a algún "profesional de la comunicación" se le ocurre "tejer" o "construir", figura la comunidad de los admiradores de la tremenda potra carajo, o la comunidad de los babeantes imbéciles seguidores de Mi Recinto, de repente la idea no suena tan bonito. Y antes de hacer algo tan adulto como reconocer que la realidad a veces no es tan gloriosa como la fantasía, o que a veces un bonito sueño puede naufragarse en las rocas de las incomprensibles predilecciones ajenas... el Sr Pérez decanta por el infantilismo, por el "cómo te atreves...", y le sale en plena frente el pulso frenético de la vena totalitaria, ese impulso que nos capacita para ver hasta en el inocente vuelo de un ave una bofetada en la cara a nuestras pretensiones de ser los amos de la creación.
Porque lejos de él sea admitir que esas maravillosas "comunidades" nuevas tendrían que competir con las existentes en buena lid por las preferencias de las audiencias. Las preferencias de las audiencias para él no importan. El pueblo es demasiado tonto para saber lo que le conviene. Por eso, el Estado tiene que decidir por ellos. Tiene que barrer a las tremendas potras para darle chance a los tremendos borregos. No hay más.
Luego viene esto:
Si hay algo que no tiene prestigio, autoridad y credibilidad en el mundo es la prensa sensacionalista...
Si por muchos años los editores y hasta directores de prensa escrita y de los noticieros de televisión cuestionaron a Extra por no hacer periodismo y ser un negocio de réditos jugosos, no se entiende cómo ahora lo defienden por una supuesta censura “desde el Gobierno”. ...
Nunca hasta ahora se me ocurrió que para un ser sin principios sería tan difícil entender lo que significa la misma palabra principio. Y conste que todavía llevo cilicio y ceniza por haber atribuido erróneamente, algún día, la cita a Voltaire. No importa, aquí va, de nuevo y actualizado: Me parece una basura tu periódico, pero defenderé a muerte tu derecho a publicarlo, en el formato y con el contenido que te dé la gana. ¿Tan difícil es entender esto?
¿Por qué existen, en realidad, programas como Mi Recinto? ¿Por qué la televisión ecuatoriana es incapaz de emitir siquiera un solo programa, de producción nacional, medianamente entretenido, ni mucho menos inteligente? Puede ser por tres razones, o una combinación de las tres:
1. No hay talento para algo mejor.
2. No hay público para algo mejor.
3. En realidad los programas son buenísimos, lo que pasa es que soy un jodido snob de la peor calaña.
Ahora explícame en cuál de estas posibles causas se pretende incidir con la política actual de censura, de sanciones y de moralismos decimonónicos de parte de la Supercom. Realmente, me gustaría saberlo.
Se me objetará: ¡falacía informal de la cuesta resbaladiza! ¡Elis, Elis, Putxinelis!
Ya, pero algunas cuestas, y sirva Niemoller como testigo, si son resbaladizas. Es de personas prácticas medir el gradiente y observar el hielo, sobre todo si conduces un San Remo con llantas calvas. Intento ser práctico, nomás. Ya sabemos que en ningún país del mundo hay absoluta libertad de expresión. Lo que pasa es que, allá en mis mocedades, si una canción la rechazaba la BBC por obscena, siempre había Radio Caroline. En aquel entonces, los gobernantes (algunos) no iban demasiado lejos con eso de la censura porque pensaban que no tenían tantísimo poder. Ahora es otra cosa. En el R.hU. actual, hasta con algo tan sagrado y vetusto como la pornografía en línea se atreven. La megalomanía de los gobernantes actuales, a nivel mundial, no conoce límites. Y el dumbing-down occidental (fruto de políticas de gobierno, evidentemente) también actúa a su favor. Antes había algo así como una clase media ilustrada: reducida numéricamente, pero ilustrada... casi casi organizada. Ahora eso ya no existe como clase. Los individuos ilustrados, en el mundo actual, pasan cerca el uno del otro como naves en la niebla, sin reconocerse. No tienen cómo.
¿La niebla? Esa bruma densa de oficiosa palabrería que nos envuelve la cabeza, formada por pequeñas y suntuosas idioteces tales como: derecho a la información, derecho a no sentirse ofendido, estigma a la mujer, derechos sociales, derecho a ver los programas que yo quiero y que nadie pueda ver los que yo no quiero, y me canso de seguir. Toda esa basura con que nos sirven nuestro bol diario de gruel noticioso. Esos cucos con que nos espantaron por la noche desde que éramos niños.
Es solamente cuestión, ya digo, de bajarte del carro un momento y mirar el suelo. Es sólo cuestión de deshacerse de prejuicios y de preguntarse: ¿realmente esto va contra el discrimen, contra la ofensa, contra el insulto, por la dignidad, por la paz, por la verdadera libertad? ¿Nada que ver con una clase de seres privilegiados que quieren perpetuar su privilegio impidiendo que los votantes piensen por ellos mismos, y que empiezan censurando lo más facilito para luego ir a por presas más grandes, con la meta de, al final, instaurar el Nuevo Jerusalén en forma de norcorea latinizada, presa para mil años de ese rêve de paresse grossière que acá se conoce como Sumak Kawsay?
Creo que acá en estas latitudes, por lo menos, la pregunta se contesta sola.
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