Pierrotada de la semana
Ya sé, lo mío con El Telégrafo es patológico. Me he propuesto una cura, algo así como una temporada en esa clínica Betty Ford para adictos a diarios oficialistas que tiene que existir por alguna parte: pero antes, no puedo dejar esto de lado.
Antes de presentarles las elucubraciones de nuestro autor de la semana, Alfredo Vera, quisiera hacerle un par de preguntas al amable lector.
1. Si se inaugura una universidad, y luego resulta que el gobierno que dispuso la tal obra no era de izquierdas, ¿los graduados salen más doctos o más tontos? O bien: si se construye una carretera, y luego resulta de el gobierno es de derechas, ¿qué pasará si se rebasa en una curva? O bien: si me mata un guardia nacional, y luego resulta que el tal guardia llevaba boina roja, ¿cuántos meses en el purgatorio me serán perdonados?
2. ¿De qué manera podremos saber si a un columnista de un diario le tiene enfermo el odio hacia un determinado grupo de personas?
Guarden ustedes las respuestas en un sobre al lado de la salsa de ají "Indio Bravo". Bien, prosigamos.
Cuando llegué a este país hace diez años, alguien me regaló un ejemplar de un diario que se llamaba El Universo. Después de hojear las primeras cuatro páginas, se me ocurrió preguntar a mi compañera de entonces, con tono levemente suspicaz: dime, este diario ¿es de derechas o de izquierdas? Su respuesta fue: no sé. Pero fue un no sé pronunciado en cierto tono, entre dubitativo y disculpatorio, que más tarde aprendí a distinguir con facilidad: un no sé que implica "no entiendo siquiera los términos de la pregunta".
Se me quedó la lección. En el imaginario popular, la política en este país no era esa lucha de titanes, unos con levita, sombrero de copa y habano, otros con gorra de obrero de fábrica, pantalón harapiento y una teta al aire, a la que la cultura europea me tenían acostumbrado. En el R.hU., por ejemplo, es imposible hojear un diario durante más de dos minutos sin que su ubicación en el famoso espectro político resulte obvia hasta para el más distraído. (Algunos dirán: por eso, entre otras cosas, es la crisis de lectores de la prensa tradicional europea.) Acá, en cambio - me dije - en los diarios pueden codearse Krugman y Gabriela Calderón; los partidos, asimismo, no son de derecha o de izquierda: son de tal o cual "dueño del país", o aspirante a serlo. Un dueño del país que, por supuesto, podría dividir su tiempo entre coqueteos con el State Department y agradables charlas con Fidel: estaría en su derecho, faltaba más. Aquí el espectro político era otra cosa: una especie de cacofonía de populismos rivales, todos "de los pobres", por supuesto, y bien surtidos de camisetas cazavotos.
Fast forward. Ayer, en una clase universitaria, descubrí casualmente que tras ocho años de correísmo, más de la mitad de los estudiantes no tenían la más remota idea de lo que significaba "derecha" o "izquierda" en política. Hasta un alumno se aventuró a declarar que "la izquierda" se componía de gente "que no quiere que las cosas cambien". Hice lo que pude en aquel momento: la Revolución Francesa, la Asamblea Nacional, Cazalés y Mirabeau, etcétera; "el Espectro Político", cortesía de Wikipedia, con algunas alternativas propuestas: el tiempo no me daba para entrar en Karl Marx, en el estalinismo, en el bipartidismo anglosajón ni en la Religious Right estadounidense. Pero no es sólo falta de tiempo: el profesor no puede evitar de notar las expresiones de indiferencia tras esa fachada de cortesía. No hemos venido para aprender sobre política, mister: saber de derechas y de izquierdas no nos va a dar puntos en ningún examen, ni nos va a conseguir pasantías, entrevistas ni empleos. Bien, pensé: tal vez con todo tienen algo de razón. Por lo menos así tendrán que ir siempre con el ojo puesto en el dato revelador, en la promesa electoral específica, y no van a caer en la trituradora simplificadora de las ideologías. ("Votemos a éstos, que son por la familia... ea, ¿qué son estos Boncentration Bamps?")
Hace un año, en El Telégrafo empezaron a multiplicarse los artículos sobre populismo, que obedecían a una agenda bastante transparente: dotar la palabra populista de connotaciones positivas, frente a las críticas sectarias, que decían que una férrea oposición al aborto y al matrimonio homosexual, o una estrategia de cínica Realpolitik frente al tema Yasuni, mal casaban con los principios tradicionales de la izquierda, y constituían una capitulación al prejuicio popular. Lo nuestro, decían, no es la izquierda tradicional, es una nueva izquierda autóctona que, si le quieres poner una etiqueta, neopopulista no nos desagrada en absoluto. Últimamente, sin embargo, los artículos sobre ese nuevo populismo "diferente" han desaparecido, y de nuevo, estamos con una pasarela inacabable de coqueterías, estilo Lunes Sexy, en torno al mismo concepto de izquierda.
Resumiendo: Alianza País es, ¡claro que sí!, de izquierda. (¡Tremenda Barba Carajo!) Pero no nos sentimos en deuda ni con Marx (salvo por el peinado), ni con las corrientes de izquierda de otros países: ni siquiera estamos dispuestos a mandarle a casa de la verga al capitalismo.... todavía. Somos de izquierda porque queremos serlo, punto. O en formulación de Alfredo Vera:
cada cual tiene derecho a conceptuarse como izquierdista, si esa es su voluntad.
No podría estar más de acuerdo. Lo mismo que cada cual, si quiere, tiene derecho a imaginarse Emperador del difunto Imperio Austrohúngaro, si quiere: ¿por qué no? (Ojo: yo llegué primero.) Pero resulta que hay una excepción. Todo el mundo tendrá derecho a llamarse de izquierda, si quiere, excepto si su nombre es Álvaro Noboa. Ése no podrá nunca, jamás, ser de izquierdas, porque:
La diferencia externa entre derecha e izquierda tiene lo que hoy se llama ‘líneas rojas’ que no pueden ser pisadas por uno u otro y esas líneas son, para identificar a la derecha: racismo, discrimen, fanatismo, prepotencia, individualismo, capitalismo, voracidad, menosprecio, odio; a diferencia de la izquierda que promueve: solidaridad, justicia, integración, patriotismo, equidad, elementos que tienen matices e intensidad, herencia de las revoluciones bolchevique, cubana, china, vietnamita, y las luchas contra las dictaduras y por la independencia.
Como fenómeno social, la derecha ha producido imperialismo, fascismo, nazismo, franquismo, pinochetismo, invasiones, dictaduras, campos de concentración; y, en contraste, la izquierda ha propiciado cambios sociales, nacionalismos, revoluciones sociales, rescate de las soberanías.
Fue al leer estos párrafos que, cuando pude sobreponerme de las inevitables carcajadas, me di cuenta que aquí teníamos una auténtica joya. Seguramente no se da cuenta, pero con esa letanía de cualidades, es imposible ver en Alianza País otra cosa que una manifestación de la derecha más pura que se pueda concebir. A saber:
racismo. Dejando de lado el artículo del Telégrafo, diario oficialista, referenciado aquí, el más abiertamente racista que he visto en la prensa de este país en 10 años... sólo recordemos que las leyes de este país explícitamente prohíben que un extranjero como yo sea dueño de un negocio (aun en el supuesto de que tuviera capital para ello): estipulación que parece calcada de la Alemania de los años treinta. Gracias, AP, de parte de un humilde extranjero que por serlo, siempre será menos que ustedes.
discrimen. ¿Para cuándo el matrimonio gay? Miren, hasta en el R.hU., país retrógrado y conservador donde los haya, y con un gobierno conservador, ahora se puede casar Elton J. ¿Entonces?
fanatismo. El Telégrafo, passim.
prepotencia. Un nombre: Rafael Correa. ¿Alguien lo duda?
capitalismo. Que yo sepa, Ecuador sigue siendo un país con economía capitalista. Cuando a alguien se le ocurra una idea mejor, avísenme.
voracidad. ¿La de un señor que va por la vida exigiendo millonarias indemnizaciones a quienquiera ose criticarle?
menosprecio, odio. De nuevo, el nombre de Rafael Correa es el primero que viene a la mente, como asociación de ideas, con estas palabras. En 53 años de vida en varios países creo que nunca he visto a un señor que menosprecie y que odie a tantas personas por tantas y tan variopintas razones. Pero hagamos aquí un pequeño inciso: ¿tiene a mano el sobrecito ése al lado de la salsa de ají "Indio Bravo"? Abra, por favor, y léame su respuesta a la pregunta 2. Muy bien. Según usted, para saber si a un columnista de un diario le tiene enfermo el odio hacia un determinado grupo de personas, hay que ver lo que dice sobre esas personas, ¿eso era? Pues imaginemos, por ejemplo, que las acuse de ser racistas, discriminatorias, fanáticos, prepotentes, voraces, y propensos a fomentar o a apoyar sanguinarias dictaduras. ¿No les parece que en tal caso, podremos razonablemente concluir que a nuestro columnista le tiene consumido el odio? ¿Será que el mismo Alfredo Vera es un representante de la derecha quintacolumnista?
No, no quiero dar a entender en serio que AP sea una agrupación de derecha. Pero si no lo es, no será por las razones infantiles que enumera Alfredo Vera. Lo que sí demuestran estos párrafos es el por qué de tanta coquetería, de tanto nerviosismo, de tanta vana elucubración oficialista en torno al concepto ése de "izquierda". Es sencillamente por el deseo natural (supongo) en todo ser humano de ser, o por lo menos aparentar ser, buena gente. Y es que resulta que a través de los múltiples filtros osmóticos del dumbing-down cultural, a las personas como Alfredo Vera se les ha colado una visión del espectro político de chiste o de tebeo, según el cual el izquierdista es el bueno de la película, es el superhéroe de bandera en pecho, y el derechista es ese villano gordo, repulsivo, de facciones crueles y bigote encerado, que acaricia a su gato persa mientras conspira para esclavizar a la humanidad y convertir a todos los días en lunes.
Y no le da pausa siquiera el pensar que la persona que más seres humanos ha asesinado y torturado en toda la historia de la humanidad (por no hablar de invasiones y gulags) no solamente fue hombre de izquierdas, sino que durante muchas décadas fue el primer referente internacional, el modelo, vaya, de lo que significaba ser "de izquierdas". Será porque los gatos persa no le decían nada, a menos que se los sirvieran en fricasé.
De veras, creo que a Vera le hace falta alguna lección de historia. O si no, que me explique como ese tal Carlos Marx a quien menciona en su segundo párrafo consiguió que su pensamiento haya sido referente de izquierda "desde 1800", cuando el tipejo en cuestión nació en el 1818. Linda hazaña, de verdad, eso de "ser referente" hasta 18 años antes de nacer. Pero bastante más curioso es el hecho de que se acuerda de las dictaduras de Hitler, de Franco y de Pinochet, pero se olvida de las de Mao, de Stalin, de Pol Pot, de Fidel Castro, de Kim Il-Sung, de Muammar Gaddafi, y ese largo etcétera que constituye el currículum de infamias de "la izquierda" a escala internacional. Y si yo sí las menciono, no es en son de contraataque, de tu quoque, pues al no identificarme con ninguna "derecha", no entra en mi agenda exculpar a ningún criminal contra la humanidad, como lo fueron todos los mencionados de lado y lado, y muchos que no se mencionaron: Somoza, Videla, Batiste...: es porque, aunque Vera no lo sepa, hay una solución a esto. No es necesario que la humanidad siga agarrándose de alguno de los dos extremos del dichoso espectro, odiando a la mitad menos uno de la humanidad por ser del otro extremo, e instaurando dictaduras de uno u otro signo para vengarse de ellos.
Y esa solución, en mi humilde opinión, estriba en ese único pecado que, en la lista del Sr. Vera, no pude achacar a la tendencia que él defiende y representa: el individualismo. Por supuesto que ni Correa, ni Alianza País, ni él mismo, nada tienen que ver con el individualismo. En lugar de reconocer igualitariamente el valor de cada persona como individuo (el verdadero significado de individualismo: ojo, nada tiene que ver con el egoísmo, de hecho, es su antónimo), lo que se reconoce es el valor de un solo hombre (el Presidente) que en su propia y majestuosa persona reúne y resume un colectivo, la Nación o Patria o Pueblo, digno de toda alabanza, de toda lealtad, de todo sacrificio y de toda ligera modificación en la Constitución, por parte de esas insignificantes hormigas que supuestamente constituyen la tal mística entidad de marras. Este fenómeno se llama culto a la personalidad, y ha sido, afortunadamente, objeto de detenidos estudios dentro de la ciencia política, suficiente para que reconozcamos sus síntomas más evidentes. Aun así, confieso que me cogió por sorpresa enterarme de que a partir de determinado momento se prohibía la utilización de ninguna imagen de Su Majestad que no fuera previamente aprobada por la burocracia estatal, y convenientemente bordeada con "pan de oro o similar" (I'm not making this up), evitando asimismo "reflejos" y "contaminaciones visuales"... vamos, un tratamiento que ni para el Redentor de la Humanidad, ése que nos ofrece desde su inofensivo pecho frutilla de a dos dólares en los autobuses de la Reina del Camino al Cementerio, se suele estipular.
En fin. Creo que hasta el Sr Vera convendrá en que difícilmente se puede conjugar el individualismo con el racismo, el menosprecio, el fascismo o el nazismo (dos corrientes políticas que, dicho sea de paso, nacieron de la izquierda y para muchos estudiosos nunca migraron de ella: no por nada el partido del Canciller Hitler se llamaba "nacionalsocialista", y Mussolini declaraba que "era socialista para siempre y de allí nunca se movería"). Y ello es así porque, por definición, el individualista valora a todo individuo como un fin en sí y no como un medio: por tanto, nada, ningún "bien común", Patria ni destino místico del Pueblo justifica para él la menor ofensa a la inviolabilidad y la integridad de un ser humano.
Es decir (y volviendo a la pregunta 1, al lado del Indio Bravo), al parecer nos podemos olvidar del espectro político derecha/izquierda, sin que nos salgan graduados tontos y carreteras resbalosas, pues en la práctica, tanto los unos como los otros, derechosos e izquierdosos, son idénticamente hijos de la grandísima, cuando se les da cuerda, y auténticos angelitos cuando no; en cambio, lo que no nos conviene olvidar nunca es ese otro espectro, el que separa por un lado las personas respetuosas de los derechos ajenos, y por el otro, las que iluminadas por su gran Visión, su Ideología, su Volk, su Reich, su Führer, su Carlos Marx, su Patria Altiva, o lo que sea, se sienten con derecho de orinar sobre ti y toda tu estirpe, por el Bien Común, claro está. En ese extremo encontrarás a todos los que de su izquierdismo o derechismo hacen una cuestión de honor. Dios nos libre de sentir algún día su frío aliento en nuestra nuca, o su amenazadora patada en nuestra puerta a medianoche.
Antes de presentarles las elucubraciones de nuestro autor de la semana, Alfredo Vera, quisiera hacerle un par de preguntas al amable lector.
1. Si se inaugura una universidad, y luego resulta que el gobierno que dispuso la tal obra no era de izquierdas, ¿los graduados salen más doctos o más tontos? O bien: si se construye una carretera, y luego resulta de el gobierno es de derechas, ¿qué pasará si se rebasa en una curva? O bien: si me mata un guardia nacional, y luego resulta que el tal guardia llevaba boina roja, ¿cuántos meses en el purgatorio me serán perdonados?
2. ¿De qué manera podremos saber si a un columnista de un diario le tiene enfermo el odio hacia un determinado grupo de personas?
Guarden ustedes las respuestas en un sobre al lado de la salsa de ají "Indio Bravo". Bien, prosigamos.
Cuando llegué a este país hace diez años, alguien me regaló un ejemplar de un diario que se llamaba El Universo. Después de hojear las primeras cuatro páginas, se me ocurrió preguntar a mi compañera de entonces, con tono levemente suspicaz: dime, este diario ¿es de derechas o de izquierdas? Su respuesta fue: no sé. Pero fue un no sé pronunciado en cierto tono, entre dubitativo y disculpatorio, que más tarde aprendí a distinguir con facilidad: un no sé que implica "no entiendo siquiera los términos de la pregunta".
Se me quedó la lección. En el imaginario popular, la política en este país no era esa lucha de titanes, unos con levita, sombrero de copa y habano, otros con gorra de obrero de fábrica, pantalón harapiento y una teta al aire, a la que la cultura europea me tenían acostumbrado. En el R.hU., por ejemplo, es imposible hojear un diario durante más de dos minutos sin que su ubicación en el famoso espectro político resulte obvia hasta para el más distraído. (Algunos dirán: por eso, entre otras cosas, es la crisis de lectores de la prensa tradicional europea.) Acá, en cambio - me dije - en los diarios pueden codearse Krugman y Gabriela Calderón; los partidos, asimismo, no son de derecha o de izquierda: son de tal o cual "dueño del país", o aspirante a serlo. Un dueño del país que, por supuesto, podría dividir su tiempo entre coqueteos con el State Department y agradables charlas con Fidel: estaría en su derecho, faltaba más. Aquí el espectro político era otra cosa: una especie de cacofonía de populismos rivales, todos "de los pobres", por supuesto, y bien surtidos de camisetas cazavotos.
Fast forward. Ayer, en una clase universitaria, descubrí casualmente que tras ocho años de correísmo, más de la mitad de los estudiantes no tenían la más remota idea de lo que significaba "derecha" o "izquierda" en política. Hasta un alumno se aventuró a declarar que "la izquierda" se componía de gente "que no quiere que las cosas cambien". Hice lo que pude en aquel momento: la Revolución Francesa, la Asamblea Nacional, Cazalés y Mirabeau, etcétera; "el Espectro Político", cortesía de Wikipedia, con algunas alternativas propuestas: el tiempo no me daba para entrar en Karl Marx, en el estalinismo, en el bipartidismo anglosajón ni en la Religious Right estadounidense. Pero no es sólo falta de tiempo: el profesor no puede evitar de notar las expresiones de indiferencia tras esa fachada de cortesía. No hemos venido para aprender sobre política, mister: saber de derechas y de izquierdas no nos va a dar puntos en ningún examen, ni nos va a conseguir pasantías, entrevistas ni empleos. Bien, pensé: tal vez con todo tienen algo de razón. Por lo menos así tendrán que ir siempre con el ojo puesto en el dato revelador, en la promesa electoral específica, y no van a caer en la trituradora simplificadora de las ideologías. ("Votemos a éstos, que son por la familia... ea, ¿qué son estos Boncentration Bamps?")
Hace un año, en El Telégrafo empezaron a multiplicarse los artículos sobre populismo, que obedecían a una agenda bastante transparente: dotar la palabra populista de connotaciones positivas, frente a las críticas sectarias, que decían que una férrea oposición al aborto y al matrimonio homosexual, o una estrategia de cínica Realpolitik frente al tema Yasuni, mal casaban con los principios tradicionales de la izquierda, y constituían una capitulación al prejuicio popular. Lo nuestro, decían, no es la izquierda tradicional, es una nueva izquierda autóctona que, si le quieres poner una etiqueta, neopopulista no nos desagrada en absoluto. Últimamente, sin embargo, los artículos sobre ese nuevo populismo "diferente" han desaparecido, y de nuevo, estamos con una pasarela inacabable de coqueterías, estilo Lunes Sexy, en torno al mismo concepto de izquierda.
Resumiendo: Alianza País es, ¡claro que sí!, de izquierda. (¡Tremenda Barba Carajo!) Pero no nos sentimos en deuda ni con Marx (salvo por el peinado), ni con las corrientes de izquierda de otros países: ni siquiera estamos dispuestos a mandarle a casa de la verga al capitalismo.... todavía. Somos de izquierda porque queremos serlo, punto. O en formulación de Alfredo Vera:
cada cual tiene derecho a conceptuarse como izquierdista, si esa es su voluntad.
No podría estar más de acuerdo. Lo mismo que cada cual, si quiere, tiene derecho a imaginarse Emperador del difunto Imperio Austrohúngaro, si quiere: ¿por qué no? (Ojo: yo llegué primero.) Pero resulta que hay una excepción. Todo el mundo tendrá derecho a llamarse de izquierda, si quiere, excepto si su nombre es Álvaro Noboa. Ése no podrá nunca, jamás, ser de izquierdas, porque:
La diferencia externa entre derecha e izquierda tiene lo que hoy se llama ‘líneas rojas’ que no pueden ser pisadas por uno u otro y esas líneas son, para identificar a la derecha: racismo, discrimen, fanatismo, prepotencia, individualismo, capitalismo, voracidad, menosprecio, odio; a diferencia de la izquierda que promueve: solidaridad, justicia, integración, patriotismo, equidad, elementos que tienen matices e intensidad, herencia de las revoluciones bolchevique, cubana, china, vietnamita, y las luchas contra las dictaduras y por la independencia.
Como fenómeno social, la derecha ha producido imperialismo, fascismo, nazismo, franquismo, pinochetismo, invasiones, dictaduras, campos de concentración; y, en contraste, la izquierda ha propiciado cambios sociales, nacionalismos, revoluciones sociales, rescate de las soberanías.
Fue al leer estos párrafos que, cuando pude sobreponerme de las inevitables carcajadas, me di cuenta que aquí teníamos una auténtica joya. Seguramente no se da cuenta, pero con esa letanía de cualidades, es imposible ver en Alianza País otra cosa que una manifestación de la derecha más pura que se pueda concebir. A saber:
racismo. Dejando de lado el artículo del Telégrafo, diario oficialista, referenciado aquí, el más abiertamente racista que he visto en la prensa de este país en 10 años... sólo recordemos que las leyes de este país explícitamente prohíben que un extranjero como yo sea dueño de un negocio (aun en el supuesto de que tuviera capital para ello): estipulación que parece calcada de la Alemania de los años treinta. Gracias, AP, de parte de un humilde extranjero que por serlo, siempre será menos que ustedes.
discrimen. ¿Para cuándo el matrimonio gay? Miren, hasta en el R.hU., país retrógrado y conservador donde los haya, y con un gobierno conservador, ahora se puede casar Elton J. ¿Entonces?
fanatismo. El Telégrafo, passim.
prepotencia. Un nombre: Rafael Correa. ¿Alguien lo duda?
capitalismo. Que yo sepa, Ecuador sigue siendo un país con economía capitalista. Cuando a alguien se le ocurra una idea mejor, avísenme.
voracidad. ¿La de un señor que va por la vida exigiendo millonarias indemnizaciones a quienquiera ose criticarle?
menosprecio, odio. De nuevo, el nombre de Rafael Correa es el primero que viene a la mente, como asociación de ideas, con estas palabras. En 53 años de vida en varios países creo que nunca he visto a un señor que menosprecie y que odie a tantas personas por tantas y tan variopintas razones. Pero hagamos aquí un pequeño inciso: ¿tiene a mano el sobrecito ése al lado de la salsa de ají "Indio Bravo"? Abra, por favor, y léame su respuesta a la pregunta 2. Muy bien. Según usted, para saber si a un columnista de un diario le tiene enfermo el odio hacia un determinado grupo de personas, hay que ver lo que dice sobre esas personas, ¿eso era? Pues imaginemos, por ejemplo, que las acuse de ser racistas, discriminatorias, fanáticos, prepotentes, voraces, y propensos a fomentar o a apoyar sanguinarias dictaduras. ¿No les parece que en tal caso, podremos razonablemente concluir que a nuestro columnista le tiene consumido el odio? ¿Será que el mismo Alfredo Vera es un representante de la derecha quintacolumnista?
No, no quiero dar a entender en serio que AP sea una agrupación de derecha. Pero si no lo es, no será por las razones infantiles que enumera Alfredo Vera. Lo que sí demuestran estos párrafos es el por qué de tanta coquetería, de tanto nerviosismo, de tanta vana elucubración oficialista en torno al concepto ése de "izquierda". Es sencillamente por el deseo natural (supongo) en todo ser humano de ser, o por lo menos aparentar ser, buena gente. Y es que resulta que a través de los múltiples filtros osmóticos del dumbing-down cultural, a las personas como Alfredo Vera se les ha colado una visión del espectro político de chiste o de tebeo, según el cual el izquierdista es el bueno de la película, es el superhéroe de bandera en pecho, y el derechista es ese villano gordo, repulsivo, de facciones crueles y bigote encerado, que acaricia a su gato persa mientras conspira para esclavizar a la humanidad y convertir a todos los días en lunes.
Y no le da pausa siquiera el pensar que la persona que más seres humanos ha asesinado y torturado en toda la historia de la humanidad (por no hablar de invasiones y gulags) no solamente fue hombre de izquierdas, sino que durante muchas décadas fue el primer referente internacional, el modelo, vaya, de lo que significaba ser "de izquierdas". Será porque los gatos persa no le decían nada, a menos que se los sirvieran en fricasé.
De veras, creo que a Vera le hace falta alguna lección de historia. O si no, que me explique como ese tal Carlos Marx a quien menciona en su segundo párrafo consiguió que su pensamiento haya sido referente de izquierda "desde 1800", cuando el tipejo en cuestión nació en el 1818. Linda hazaña, de verdad, eso de "ser referente" hasta 18 años antes de nacer. Pero bastante más curioso es el hecho de que se acuerda de las dictaduras de Hitler, de Franco y de Pinochet, pero se olvida de las de Mao, de Stalin, de Pol Pot, de Fidel Castro, de Kim Il-Sung, de Muammar Gaddafi, y ese largo etcétera que constituye el currículum de infamias de "la izquierda" a escala internacional. Y si yo sí las menciono, no es en son de contraataque, de tu quoque, pues al no identificarme con ninguna "derecha", no entra en mi agenda exculpar a ningún criminal contra la humanidad, como lo fueron todos los mencionados de lado y lado, y muchos que no se mencionaron: Somoza, Videla, Batiste...: es porque, aunque Vera no lo sepa, hay una solución a esto. No es necesario que la humanidad siga agarrándose de alguno de los dos extremos del dichoso espectro, odiando a la mitad menos uno de la humanidad por ser del otro extremo, e instaurando dictaduras de uno u otro signo para vengarse de ellos.
Y esa solución, en mi humilde opinión, estriba en ese único pecado que, en la lista del Sr. Vera, no pude achacar a la tendencia que él defiende y representa: el individualismo. Por supuesto que ni Correa, ni Alianza País, ni él mismo, nada tienen que ver con el individualismo. En lugar de reconocer igualitariamente el valor de cada persona como individuo (el verdadero significado de individualismo: ojo, nada tiene que ver con el egoísmo, de hecho, es su antónimo), lo que se reconoce es el valor de un solo hombre (el Presidente) que en su propia y majestuosa persona reúne y resume un colectivo, la Nación o Patria o Pueblo, digno de toda alabanza, de toda lealtad, de todo sacrificio y de toda ligera modificación en la Constitución, por parte de esas insignificantes hormigas que supuestamente constituyen la tal mística entidad de marras. Este fenómeno se llama culto a la personalidad, y ha sido, afortunadamente, objeto de detenidos estudios dentro de la ciencia política, suficiente para que reconozcamos sus síntomas más evidentes. Aun así, confieso que me cogió por sorpresa enterarme de que a partir de determinado momento se prohibía la utilización de ninguna imagen de Su Majestad que no fuera previamente aprobada por la burocracia estatal, y convenientemente bordeada con "pan de oro o similar" (I'm not making this up), evitando asimismo "reflejos" y "contaminaciones visuales"... vamos, un tratamiento que ni para el Redentor de la Humanidad, ése que nos ofrece desde su inofensivo pecho frutilla de a dos dólares en los autobuses de la Reina del Camino al Cementerio, se suele estipular.
En fin. Creo que hasta el Sr Vera convendrá en que difícilmente se puede conjugar el individualismo con el racismo, el menosprecio, el fascismo o el nazismo (dos corrientes políticas que, dicho sea de paso, nacieron de la izquierda y para muchos estudiosos nunca migraron de ella: no por nada el partido del Canciller Hitler se llamaba "nacionalsocialista", y Mussolini declaraba que "era socialista para siempre y de allí nunca se movería"). Y ello es así porque, por definición, el individualista valora a todo individuo como un fin en sí y no como un medio: por tanto, nada, ningún "bien común", Patria ni destino místico del Pueblo justifica para él la menor ofensa a la inviolabilidad y la integridad de un ser humano.
Es decir (y volviendo a la pregunta 1, al lado del Indio Bravo), al parecer nos podemos olvidar del espectro político derecha/izquierda, sin que nos salgan graduados tontos y carreteras resbalosas, pues en la práctica, tanto los unos como los otros, derechosos e izquierdosos, son idénticamente hijos de la grandísima, cuando se les da cuerda, y auténticos angelitos cuando no; en cambio, lo que no nos conviene olvidar nunca es ese otro espectro, el que separa por un lado las personas respetuosas de los derechos ajenos, y por el otro, las que iluminadas por su gran Visión, su Ideología, su Volk, su Reich, su Führer, su Carlos Marx, su Patria Altiva, o lo que sea, se sienten con derecho de orinar sobre ti y toda tu estirpe, por el Bien Común, claro está. En ese extremo encontrarás a todos los que de su izquierdismo o derechismo hacen una cuestión de honor. Dios nos libre de sentir algún día su frío aliento en nuestra nuca, o su amenazadora patada en nuestra puerta a medianoche.
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