Santos huevos
Hasta esta mañana (gracias, El Universo) no era consciente de que alguien se hubiera opuesto a la canonización del cantante canadiense Justin Bieber. Todavía no tengo muy claro cuáles son los argumentos de los insatisfechos. Al fin y al cabo, el milagro protocolario ya se produjo (la asunción y arrebatamiento del sujeto tras un roce con la justicia de la Florida). Parece que la controversia tiene algo que ver con la teología de la liberación, pero a quienes se les ocurre poner a una tendencia eclesiástica un nombre que es un claro contradictio in terminis no creo que merezcan que se les tome en serio, y yo por mi parte no lo hago, más que señalar que la liberación de Justin en el citado caso tuvo menos que ver con la teología que con la suma de $2.500. En fin, como ex católico, poscatólico o católico en remisión, llámese como quieras, creo que tengo tanto derecho a opinar en el asunto como todos aquéllos que cuando toca, opinan libremente sobre la idoneidad de los candidatos a presidente yanqui, pese a no ser ciudadanos de dicho país. Y mi veredicto es que sí, efectivamente, el cantante tiene todos los méritos para ser llevado a los altares como San Justin de Ontario.
En eso me baso, más que nada, en el siguiente relato, que me llamó la atención enseguida como digno tema para un cuadro de, pongamos por caso, Albrecht Dürer, Marc Chagall, o incluso Henri Matisse. Se trata de que en cierto día de enero del año 2014, pasaban las siguientes cosas:
En Afganistán y en Pakistán, en Siria y en el Líbano, explotaban varias bombas. En Indonesia, un volcán. En Israel, algún autobús. En Ecuador, con frecuencia semanal, el humor del Presidente. Imaginemos pues el fondo del cuadro, que representa el contexto temporal y mundial, como algo oscuro y obsceno: un horizonte de infierno digno del Bosco, una silueta llena de violencia, de locos sanguinarios puñal el mano, de delirantes megalómanos con micrófono. Cadáveres por doquier, avalanchas, relámpagos. Y en medio de esta escena, una especie de charco de luz, una Arcadia mágicamente protegida, como en una de esas bolas de cristal con nieve, y dentro de él, dos casas típicas de algún barrio californiano. En una de esas casas vive un viejo arisco. En la otra, el cantante imberbe de marras. Pues bien: para completar el cuadro, imaginen al cantante en la calle, frente a la casa del vecino, tirándole huevos.
No sé qué más decir, he hecho lo que he podido para resaltar el aspecto pintoresco de esto. Si no lo aprecian ustedes, no es para que se apunten a psicoanálisis. En todo caso, tampoco estoy diciendo que la noticia (Bieber agrede a la casa de su vecino con huevos) es para ocupar las portadas: evidentemente, no lo es, y sí lo hará, en algún medio farandulero tipo Daily Mail. La cuestión es que hay imágenes literalmente pintorescas, o sea, que piden a gritos ser pintadas, y yo siempre he pensado que esas imágenes, que parecen revestirse de un oscuro simbolismo, merecen atención. En el caso que nos ocupa, es obvio que tirar huevos contra cualquier casa, y más la de algún vecino, es clara señal de enajenación mental, pero creo que hay más que eso: al fin y al cabo, si uno quiere lucir desequilibrio psíquico, lo más práctico es seguir la corriente establecida y declarar ser reencarnación de Napoleón, o Theodor Roosevelt, o Simón Bolívar; también existe la posibilidad de pasearse por Figueres con una tortilla en la cabeza, o coleccionar paraguas o inodoros, o bañarse en sangre de vírgenes, o invadir Iraq, o intentar prohibir que miembros de distinto sexo intercambien palabras en ascensores, o dirigir un suicidio masivo en Guyana, o lanzar bombas atómicas sobre ciudades japonesas.
El camino de Justin, en cambio, ha sido un camino nuevo y apartado de las grandes masas: cabe decir, un camino revolucionario.
Según wiki, Bieber es un cristiano, y no uno cualquiera sino de los que cada día conversan con Jesús. Se supone, entonces, que la idea de embadurnar la casa del vecino con huevos rotos la habría consultado primero con el Hijo de Dios, quien le hubiera otorgado su entusiasmado beneplácito. La Casa de los Huevos Rotos se nos aparece entonces como Señal, como ruta espiritual para entender los misterios designios del Todopoderoso en la tierra (aunque el propio residente de la casa en cuestión no lo haya visto así: pensará diferente cuando su casa sea declarada lugar de peregrinación para católicos de todo el mundo). ¿Cuál es ese mensaje que Dios, mediante las acciones de su siervo San Justin, mediante la potente imagen de una casa californiana cubierta con cáscaras de huevo de gallina, nos quiere comunicar?
Ni puta idea.
Lo único que se me ha quedado claro es que aquí hay un fuerte olor de santidad. Recordemos que la definición tradicional de un santo es: una persona rara (sobre todas las cosas, rara), que hace cosas raras amén de profundamente antisociales, v.gr. masacrar albigenses, y cuya vida contiene alguna lección para el resto de la humanidad. Convengamos en que Bieber se ha ganado, con esta acción, un puesto entre los seres más raros que habitan actualmente las páginas noticiosas; la lección, ya les digo, parece oscura, pero creo que para entenderla hay que tener en cuenta ese trasfondo de crueldad, locura y obscenidad a escala mundial. En un mundo tan violento y tan deprimente como el actual - nos parece estar diciendo - puedes hacer dos cosas: o bien reaccionar ante tanta maldad, y luchar contra tanta injusticia y opresión, o bien pasar la noche tirando huevos contra la casa del vecino. Ninguno de los dos caminos es mejor o peor que el otro; ambos conducen a Dios; el segundo, sin embargo, llamémoslo el Camino del Solipsismo (the Way of the Total Fucking Asshole), por menos transitado, se nos antoja, de algún modo, más espiritual, más puro, más celestial, y sobre todo, más surrealista. André Breton se hubiera quedado encantado. Mi voto para que el tipo sea elegido, también, el santo patrón de los avicultores.
En eso me baso, más que nada, en el siguiente relato, que me llamó la atención enseguida como digno tema para un cuadro de, pongamos por caso, Albrecht Dürer, Marc Chagall, o incluso Henri Matisse. Se trata de que en cierto día de enero del año 2014, pasaban las siguientes cosas:
En Afganistán y en Pakistán, en Siria y en el Líbano, explotaban varias bombas. En Indonesia, un volcán. En Israel, algún autobús. En Ecuador, con frecuencia semanal, el humor del Presidente. Imaginemos pues el fondo del cuadro, que representa el contexto temporal y mundial, como algo oscuro y obsceno: un horizonte de infierno digno del Bosco, una silueta llena de violencia, de locos sanguinarios puñal el mano, de delirantes megalómanos con micrófono. Cadáveres por doquier, avalanchas, relámpagos. Y en medio de esta escena, una especie de charco de luz, una Arcadia mágicamente protegida, como en una de esas bolas de cristal con nieve, y dentro de él, dos casas típicas de algún barrio californiano. En una de esas casas vive un viejo arisco. En la otra, el cantante imberbe de marras. Pues bien: para completar el cuadro, imaginen al cantante en la calle, frente a la casa del vecino, tirándole huevos.
No sé qué más decir, he hecho lo que he podido para resaltar el aspecto pintoresco de esto. Si no lo aprecian ustedes, no es para que se apunten a psicoanálisis. En todo caso, tampoco estoy diciendo que la noticia (Bieber agrede a la casa de su vecino con huevos) es para ocupar las portadas: evidentemente, no lo es, y sí lo hará, en algún medio farandulero tipo Daily Mail. La cuestión es que hay imágenes literalmente pintorescas, o sea, que piden a gritos ser pintadas, y yo siempre he pensado que esas imágenes, que parecen revestirse de un oscuro simbolismo, merecen atención. En el caso que nos ocupa, es obvio que tirar huevos contra cualquier casa, y más la de algún vecino, es clara señal de enajenación mental, pero creo que hay más que eso: al fin y al cabo, si uno quiere lucir desequilibrio psíquico, lo más práctico es seguir la corriente establecida y declarar ser reencarnación de Napoleón, o Theodor Roosevelt, o Simón Bolívar; también existe la posibilidad de pasearse por Figueres con una tortilla en la cabeza, o coleccionar paraguas o inodoros, o bañarse en sangre de vírgenes, o invadir Iraq, o intentar prohibir que miembros de distinto sexo intercambien palabras en ascensores, o dirigir un suicidio masivo en Guyana, o lanzar bombas atómicas sobre ciudades japonesas.
El camino de Justin, en cambio, ha sido un camino nuevo y apartado de las grandes masas: cabe decir, un camino revolucionario.
Según wiki, Bieber es un cristiano, y no uno cualquiera sino de los que cada día conversan con Jesús. Se supone, entonces, que la idea de embadurnar la casa del vecino con huevos rotos la habría consultado primero con el Hijo de Dios, quien le hubiera otorgado su entusiasmado beneplácito. La Casa de los Huevos Rotos se nos aparece entonces como Señal, como ruta espiritual para entender los misterios designios del Todopoderoso en la tierra (aunque el propio residente de la casa en cuestión no lo haya visto así: pensará diferente cuando su casa sea declarada lugar de peregrinación para católicos de todo el mundo). ¿Cuál es ese mensaje que Dios, mediante las acciones de su siervo San Justin, mediante la potente imagen de una casa californiana cubierta con cáscaras de huevo de gallina, nos quiere comunicar?
Ni puta idea.
Lo único que se me ha quedado claro es que aquí hay un fuerte olor de santidad. Recordemos que la definición tradicional de un santo es: una persona rara (sobre todas las cosas, rara), que hace cosas raras amén de profundamente antisociales, v.gr. masacrar albigenses, y cuya vida contiene alguna lección para el resto de la humanidad. Convengamos en que Bieber se ha ganado, con esta acción, un puesto entre los seres más raros que habitan actualmente las páginas noticiosas; la lección, ya les digo, parece oscura, pero creo que para entenderla hay que tener en cuenta ese trasfondo de crueldad, locura y obscenidad a escala mundial. En un mundo tan violento y tan deprimente como el actual - nos parece estar diciendo - puedes hacer dos cosas: o bien reaccionar ante tanta maldad, y luchar contra tanta injusticia y opresión, o bien pasar la noche tirando huevos contra la casa del vecino. Ninguno de los dos caminos es mejor o peor que el otro; ambos conducen a Dios; el segundo, sin embargo, llamémoslo el Camino del Solipsismo (the Way of the Total Fucking Asshole), por menos transitado, se nos antoja, de algún modo, más espiritual, más puro, más celestial, y sobre todo, más surrealista. André Breton se hubiera quedado encantado. Mi voto para que el tipo sea elegido, también, el santo patrón de los avicultores.
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