¡Escandaloso!
Así que ahora, puedes publicar en tu Facebook una foto (tomada por el turista japonés que se encuentre más a mano) en que apareces sentado/a en un banco público, esperando mientras a tus zapatos les saca brillo un niño hecho enteramente de metal y con aspecto levemente dickensiano. Esto, detrás de la foto donde apareces con el payaso de McDonalds que te rodea el hombro con su brazo de fibra de cristal pintada. Con algo más de dificultad, y cierta dosis de nocturnidad y alevosía, podrías algún día insertar tu cara entre el suelo y las posaderas de la Niña Que Orina (Jeanneke Pis), en Bruselas, hermana según dicen del famoso Manneken Pis, de la misma ciudad, retoño de una larga línea de estatuas que invitan a saciar la sed a la vez que una morbosa curiosidad por los water sports. En cambio, si lo que buscas es taponear un orificio anal demasiado propenso a dejar escapar malolientes gases (supongo que eso es para lo que fueron inventados los butt plugs: si sirven para otra cosa, no quiero saberlo) el creador de esa Godzilla entre butt plugs expuesta en Paris, un tal McCarthy, te lo pone harto difícil, por el tamaño digo, aunque conozco de algún Presidente a cuya boca el artilugio en cuestión le iría como anillo al dedo, o mejor dicho al revés.
En fin. Uno tiene la impresión de estar viendo una de esas rom-coms de Hollywood, en que la pareja destinada a casarse se pasa la mitad de la película discutiendo sobre temas de una apabullante trivialidad, lo cual es una manera ya consagrada (desde el famoso dúo K. Hepburn-Spencer Tracy, por lo menos) y a veces tan socorrida como barata, de crear ese elemento imprescindible que las romcomeras empedernidas llaman química. Ya, ya lo sabemos, gracias periodistas, gracias Twitter: entre Correa y Nebot hay química, por eso discuten tanto. Y al final de la película, se casarán. Tampoco hacía falta presentárnoslo tan en bandeja. Por eso no me gustan las comedias románticas: demasiado formulaicas. Antes mil veces algo de Quentin Tarantino.
Lo único sorprendente (aunque no tanto) de todo este barullo es la luz que arroja sobre los criterios del Presidente en cuestiones artísticas. Y cuando digo artísticas, lo digo no porque la dichosa estatua me parezca tal (si ese género de rancio sentimentalismo es arte para Nebot, me lo imagino alcanzando un orgasmo en la sección Wall Art de Marks & Spencer), sino porque difícilmente uno se explica qué motivo puede tener el Burgomaestre por gastar plata en algo así, a menos que crea que con eso, aparte de estorbarles el paso a los transeúntes y propinarles a los invidentes un par de moratones más en la espinilla, embellece la cuidad. (Sobre esa fatuidad de "propiciar el mejoramiento del autoestima ciudadano" mejor no hablar.) Sí, no hay duda: algo tan inútil e insultante para los sufridos contribuyentes a las arcas municipales, pues Arte tiene que ser, con A mayúscula. No hay otra. Entonces, si quieres buscar pelea con el Alcalde, por guapo o por bigotudo o por pecho peludo o lo que tu fantasía te dicte, ¿qué mejor manera que recordándole cuántos contribuyentes han tenido que trabajar horas extras para costearte el ridículo capricho? Pero por razones creo que obvias, el Presidente no puede usar ese argumento. Entonces, lo que le queda más a mano es el cuerpo a cuerpo estético. Ahí, tiene todas las de ganar. Pero nos sale con esto:
"Como guayaquileño rechazo esto (el monumento), qué vergüenza, esta es la mentalidad de nuestras élites, o sea el betunero como parte del folclore."
Dónde empezar. Tal vez con el significado de folclore: "Conjunto de creencias, costumbres, artesanías, etc., tradicionales de un pueblo" (DRAE). Derivado, evidentemente, de "folklore", lo cual significa literalmente "conocimientos populares", pero casi siempre se aplica a los cuentos y a las supersticiones del pueblo campesino, muchas veces con sentido despectivo. El folklore ecuatoriano nos proporciona personajes tan diversos como hilarantes como la Dama Tapada, la Tunda, el Restaurador Conservador, el Golpista Neoliberal, el Tintín, y un largo etcétera, todos ellos tan pintorescos como susceptibles a inmortalizarse en estatuillas de bronce como el humilde betunero, pero con una importante diferencia: este último personaje sí existió. De hecho, no estoy tan seguro de que haya dejado de existir. Si pasas cerca del SRI y llevas los zapatos tan sucios como siempre los llevo, siempre te sale alguien con ademán de querer limpiártelos, y aunque no me he fijado nunca demasiado en estos detalles, a veces ese alguien parece no superar los 18 años, aunque tampoco se trata de un prequinder, afortunadamente. En todo caso, a mí me parece que la suciedad de mis zapatos tiene demasiado mérito artístico como para que me atraiga la idea de que me los limpien. Además, si hay betuneros adolescentes, no veo cúal es el problema: yo mismo trabajé en mi adolescencia, y bien me fue. Pero vayamos al grano: ¿el folklore no puede contener elementos vergonzosos, reprochables, o simplemente feos? ¿La Dama Tapada es una respetable trabajadora social? ¿La bruja de Hansel y Gretel era una aficionada a la nouvelle cuisine? ¿La Tunda una recursiva feminista? ¿El gigante de Cerne Abbas es un simple amante de la naturaleza? ¿El lobo de la Caperucita Roja lo que quería nomás era completar un censo de habitantes? ¿El Chupacabra trabaja para la guía Michelin? La verdad, no sé lo que será folclore para Correa, pero me huelo que si él fuera Alcalde de Guayaquil, lo único que tendríamos como adorno de las calles céntricas de la ciudad sería representaciones en tres dimensiones y a todo color de los personajes de My Little Pony. O de él mismo, y no sé qué sería peor.
Y si pierdo el tiempo con esto es por una sencilla razón: que como buen socialista se ve que el Presi se ha tanteado el camino inevitable para los de su persuasión hacia el concepto de la Función Social del Arte. El Arte, para ser considerado tal, nos tiene que convertir en mejores ciudadanos. Ésa es su función. Por tanto, si se dedica a retratar a personas reales, sean éstas del presente o del pasado, tienen que ser personajes edificantes, dechados de virtudes, ejemplares, icónicos. Una representación de un niño que posiblemente sea víctima de algún tipo de explotación no cumple este propósito (a menos que lleve encima un letrero que rece EXPLOTACIÓN INFANTIL: UN VERGONZOSO PASADO FELIZMENTE SUPERADO, en cuyo caso vale): por lo tanto no debería ser expuesto ante el público, que como es sabido somos una chusma de borregos cretinos que si vemos algo así lo primero que se nos ocurre será poner a trabajar a nuestros propios hijos de la misma manera.
Hay que proteger al pueblo contra sí mismo. Hay que censurar. No queda otra. Es dura la vida del gobernante iluminado.
Lo que es yo... Sigo dudando de que ese niño, necesariamente, sea víctima. Eso de que el trabajo infantil sea siempre explotación, por tanto vergonzoso, no me lo trago, o con algo de dificultad por lo menos. De acuerdo que no es conveniente que se pierda las horas de escuela. Pero yo, desde los 13 años, supe combinar escolaridad con empleo. Empezando con el consabido paper round, que me tenía a las 5 de la madrugada dando la vuelta del barrio en bicicleta o a pie, pisando la nieve virgen, repartiendo diarios (posiblemente corrugtos) entre los vecinos, y escaqueando perros furibundos. Más adelante, con 15 años, limpiaba cada miércoles tarde el suelo de la tienda de comida dietética donde trabajaba mi mamá, arrodillándome para desprender con un cuchillo los higos pisados. Los sábados me encontraban en la misma tienda, llenando estanterías. Con 17 años, aprovechando las vacaciones escolares, adquirí nociones de ingeniería mecánica en la línea de producción de una fábrica de ventiladores, quemándome las manos (te daban guantes, pero con agujeros). Y así. No pagaban mucho estos trabajos, pero pagaban, supongo, lo que dictaba el mercado, y por tanto, no se puede hablar de explotación en ninguno de estos casos. Y aparte de que uno aprende mucho, también te sirven para comprar tus cigarrillos y tus botellas de vodka y tus latas de Newcastle Brown y Carlsberg Special Brew y tus ejemplares de Mayfair y Penthouse, que son elementos insustituible del Buen Vivir, versión adolescente. O sea: que los políticos quieran quitarles a los adolescentes la posibilidad de ganarse legal y fácilmente algo de pocket money, eso sí me parece vergonzoso. Sobre todo cuando se piensa en las alternativas que se ofrecen para el joven que, pese a quien le pese, está resuelto a ganarse algo para sí mismo. Si algún día se eleva en alguna ciudad ecuatoriana la estatua del camello juvenil, del rent boy, del fabricante de fuegos artificiales artesanales, como personaje costumbrista de principios del s. XXI, sabremos a quién agradecérselo. A mí me parece que repartir periódicos o limpiar zapatos siguen siendo mucho mejores como opciones.
En fin. Uno tiene la impresión de estar viendo una de esas rom-coms de Hollywood, en que la pareja destinada a casarse se pasa la mitad de la película discutiendo sobre temas de una apabullante trivialidad, lo cual es una manera ya consagrada (desde el famoso dúo K. Hepburn-Spencer Tracy, por lo menos) y a veces tan socorrida como barata, de crear ese elemento imprescindible que las romcomeras empedernidas llaman química. Ya, ya lo sabemos, gracias periodistas, gracias Twitter: entre Correa y Nebot hay química, por eso discuten tanto. Y al final de la película, se casarán. Tampoco hacía falta presentárnoslo tan en bandeja. Por eso no me gustan las comedias románticas: demasiado formulaicas. Antes mil veces algo de Quentin Tarantino.
Lo único sorprendente (aunque no tanto) de todo este barullo es la luz que arroja sobre los criterios del Presidente en cuestiones artísticas. Y cuando digo artísticas, lo digo no porque la dichosa estatua me parezca tal (si ese género de rancio sentimentalismo es arte para Nebot, me lo imagino alcanzando un orgasmo en la sección Wall Art de Marks & Spencer), sino porque difícilmente uno se explica qué motivo puede tener el Burgomaestre por gastar plata en algo así, a menos que crea que con eso, aparte de estorbarles el paso a los transeúntes y propinarles a los invidentes un par de moratones más en la espinilla, embellece la cuidad. (Sobre esa fatuidad de "propiciar el mejoramiento del autoestima ciudadano" mejor no hablar.) Sí, no hay duda: algo tan inútil e insultante para los sufridos contribuyentes a las arcas municipales, pues Arte tiene que ser, con A mayúscula. No hay otra. Entonces, si quieres buscar pelea con el Alcalde, por guapo o por bigotudo o por pecho peludo o lo que tu fantasía te dicte, ¿qué mejor manera que recordándole cuántos contribuyentes han tenido que trabajar horas extras para costearte el ridículo capricho? Pero por razones creo que obvias, el Presidente no puede usar ese argumento. Entonces, lo que le queda más a mano es el cuerpo a cuerpo estético. Ahí, tiene todas las de ganar. Pero nos sale con esto:
"Como guayaquileño rechazo esto (el monumento), qué vergüenza, esta es la mentalidad de nuestras élites, o sea el betunero como parte del folclore."
Dónde empezar. Tal vez con el significado de folclore: "Conjunto de creencias, costumbres, artesanías, etc., tradicionales de un pueblo" (DRAE). Derivado, evidentemente, de "folklore", lo cual significa literalmente "conocimientos populares", pero casi siempre se aplica a los cuentos y a las supersticiones del pueblo campesino, muchas veces con sentido despectivo. El folklore ecuatoriano nos proporciona personajes tan diversos como hilarantes como la Dama Tapada, la Tunda, el Restaurador Conservador, el Golpista Neoliberal, el Tintín, y un largo etcétera, todos ellos tan pintorescos como susceptibles a inmortalizarse en estatuillas de bronce como el humilde betunero, pero con una importante diferencia: este último personaje sí existió. De hecho, no estoy tan seguro de que haya dejado de existir. Si pasas cerca del SRI y llevas los zapatos tan sucios como siempre los llevo, siempre te sale alguien con ademán de querer limpiártelos, y aunque no me he fijado nunca demasiado en estos detalles, a veces ese alguien parece no superar los 18 años, aunque tampoco se trata de un prequinder, afortunadamente. En todo caso, a mí me parece que la suciedad de mis zapatos tiene demasiado mérito artístico como para que me atraiga la idea de que me los limpien. Además, si hay betuneros adolescentes, no veo cúal es el problema: yo mismo trabajé en mi adolescencia, y bien me fue. Pero vayamos al grano: ¿el folklore no puede contener elementos vergonzosos, reprochables, o simplemente feos? ¿La Dama Tapada es una respetable trabajadora social? ¿La bruja de Hansel y Gretel era una aficionada a la nouvelle cuisine? ¿La Tunda una recursiva feminista? ¿El gigante de Cerne Abbas es un simple amante de la naturaleza? ¿El lobo de la Caperucita Roja lo que quería nomás era completar un censo de habitantes? ¿El Chupacabra trabaja para la guía Michelin? La verdad, no sé lo que será folclore para Correa, pero me huelo que si él fuera Alcalde de Guayaquil, lo único que tendríamos como adorno de las calles céntricas de la ciudad sería representaciones en tres dimensiones y a todo color de los personajes de My Little Pony. O de él mismo, y no sé qué sería peor.
Y si pierdo el tiempo con esto es por una sencilla razón: que como buen socialista se ve que el Presi se ha tanteado el camino inevitable para los de su persuasión hacia el concepto de la Función Social del Arte. El Arte, para ser considerado tal, nos tiene que convertir en mejores ciudadanos. Ésa es su función. Por tanto, si se dedica a retratar a personas reales, sean éstas del presente o del pasado, tienen que ser personajes edificantes, dechados de virtudes, ejemplares, icónicos. Una representación de un niño que posiblemente sea víctima de algún tipo de explotación no cumple este propósito (a menos que lleve encima un letrero que rece EXPLOTACIÓN INFANTIL: UN VERGONZOSO PASADO FELIZMENTE SUPERADO, en cuyo caso vale): por lo tanto no debería ser expuesto ante el público, que como es sabido somos una chusma de borregos cretinos que si vemos algo así lo primero que se nos ocurre será poner a trabajar a nuestros propios hijos de la misma manera.
Hay que proteger al pueblo contra sí mismo. Hay que censurar. No queda otra. Es dura la vida del gobernante iluminado.
Lo que es yo... Sigo dudando de que ese niño, necesariamente, sea víctima. Eso de que el trabajo infantil sea siempre explotación, por tanto vergonzoso, no me lo trago, o con algo de dificultad por lo menos. De acuerdo que no es conveniente que se pierda las horas de escuela. Pero yo, desde los 13 años, supe combinar escolaridad con empleo. Empezando con el consabido paper round, que me tenía a las 5 de la madrugada dando la vuelta del barrio en bicicleta o a pie, pisando la nieve virgen, repartiendo diarios (posiblemente corrugtos) entre los vecinos, y escaqueando perros furibundos. Más adelante, con 15 años, limpiaba cada miércoles tarde el suelo de la tienda de comida dietética donde trabajaba mi mamá, arrodillándome para desprender con un cuchillo los higos pisados. Los sábados me encontraban en la misma tienda, llenando estanterías. Con 17 años, aprovechando las vacaciones escolares, adquirí nociones de ingeniería mecánica en la línea de producción de una fábrica de ventiladores, quemándome las manos (te daban guantes, pero con agujeros). Y así. No pagaban mucho estos trabajos, pero pagaban, supongo, lo que dictaba el mercado, y por tanto, no se puede hablar de explotación en ninguno de estos casos. Y aparte de que uno aprende mucho, también te sirven para comprar tus cigarrillos y tus botellas de vodka y tus latas de Newcastle Brown y Carlsberg Special Brew y tus ejemplares de Mayfair y Penthouse, que son elementos insustituible del Buen Vivir, versión adolescente. O sea: que los políticos quieran quitarles a los adolescentes la posibilidad de ganarse legal y fácilmente algo de pocket money, eso sí me parece vergonzoso. Sobre todo cuando se piensa en las alternativas que se ofrecen para el joven que, pese a quien le pese, está resuelto a ganarse algo para sí mismo. Si algún día se eleva en alguna ciudad ecuatoriana la estatua del camello juvenil, del rent boy, del fabricante de fuegos artificiales artesanales, como personaje costumbrista de principios del s. XXI, sabremos a quién agradecérselo. A mí me parece que repartir periódicos o limpiar zapatos siguen siendo mucho mejores como opciones.

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