Primeval
Creo que la afición por los dinosaurios es cosa de familia, aunque en mi propia niñez yo rápidamente me desilusioné con los diplodocus (demasiado extintos para mi gusto personal) decantándome al final por sus sucesores, los pájaros. Tengo un sobrino que fue dinosauriano en su lejana juventud, y ahora le ha tocado el gen a mi propio hijo, que no sabe sumar todavía sin dedos, pero maneja YouTube como un as de la informática, y descubrió rápidamente cómo acceder a esos videos donde un chancho mal dibujado hace carrera de sprint contra un pterodáctilo, o donde a los rugidos de un gorgonopsio les acompaña una canción un poquito Death Metal sobre ese sentimiento que uno a veces tiene, de ser, pues eso, un monstruo. Yo ejerzo de Filtro Parental algo benévolo, pero al final me harté tanto de ver tantas veces la misma escena de un niño que dice a la profesora "no abras esa puerta", que decidí investigar su procedencia. Resulta que no era de Jurassic Park, sino de una serie británica de los lejanos y añorados años 2007 (creo), llamado Primeval. Y como resulta que en YouTube puedes ver por lo menos algunos episodios en francés, y yo necesito urgentemente algo de práctica, me bajé las tres primeras series en inglés con la intención de facilitarme la audición en aquel otro idioma apoyándome en la memoria. Ésta es mi excusa, y en ella me mantengo y me sostengo y me retengo.
Bueno. Primero decir que la serie está bien hecha. Se ha gastado en ella una impresionante cantidad de plata. Se nota sobre todo en la calidad de los monstruos. En la pequeña pantalla, hace seria competencia con Jurassic Park. Si quieres ver un mamut haciendo relajo en una autopista, o un Tiranosaurio intentando repeler a un molestoso helicóptero, o un perro tamaño rinoceronte con dientes enormes persiguiendo a un tipo por los pasillos de un colegio, o un pterodáctilo sobrevolando un bloque de oficinas en Londres, o un mosasaurio en una piscina en Crystal Palace, o un Smilodon en una estación de tren, ésta es tu serie. Y sólo hace falta dar un paseo por YouTube para constatar que sí, mucha gente quiere ver precisamente eso. Sobre todo en EEUU, donde prima esa secular afición por todo lo grande y grandioso, y por las dentaduras perfectas. Lo que salva esa serie de ser un simple spinoff de Jurassic Park es el planteamiento. Olvídense del ADN extraído de los insectos atrapados en ámbar, pues ya se demostró la inviabilidad científica de tal procedimiento (no antes de que Crichton moviera todos sus ganancias a las Islas Caimán, por si las moscas o los reclamos). Esta vez, los dinosaurios aparecen no por arte de científicos de bata blanca, sino por obra y gracia de las Anomalías, que son una especie de aurora borealis en miniatura que tiene la singular virtud de permitir el paso entre distintas épocas y lugares de la historia del planeta, y que además tienen la cortesía de anunciar su presencia y su ubicación mediante señales de radio de onda corta (siempre me preguntaba qué era lo que interrumpía a veces la señal de A Troche y Noche). Lo más gracioso de dichas Anomalías es que permiten también el libre tránsito entre versiones alternativos del guión: p.ej., si el personaje de la Claudia Brown empieza a lucir un poco demasiado cursi y saboría, en lugar de seguir el acostumbrado procedimiento de hacerla desaparecer entre los dientes de un Velociraptor, se le cambia el nombre, el historial y el maquillaje, creando otro personaje con la misma actriz, y cuando uno de los demás personajes se da cuenta del trueque y protesta, se le dice: ah, pero no ves, ha sido una Anomalía lo que ha hecho esto. De modo que se le puede ahorrar el salario a todas las Continuity Girls, pues si tal o cual personaje cambia de color de corbata cada cinco segundos (puede ser, aunque yo en estas cosas no soy muy observador), siempre queda el recurso de decir: ¡malditas Anomalías, otra vez haciendo de las suyas! y todos contentos. Este tipo de ingenio, valga decirlo, es muy corriente en la televisión británica, que ora por cuestiones sindicales (el temido Equity), ora por pluriempleo de sus principales actores, o por la razón que sea, siempre se ha distinguido en esto del juego de identidades, hasta el punto que el personaje de Doctor Who (vide infra) ha sido encarnado ya por 12 actores diferentes, así haciéndole el juego a un Alec Guinness capaz de desempeñar 8 papeles distintos en la misma película.
En fin. Después de devorarme toda la serie (soy fácilmente esclavo de los argumentos con auténticos villanos) se me queda un après-gout de infancia, de haber visto algo escrito y concebido para niños. Yo, de niño hubiera adorado esta serie, como adoraba toda serie que me permitía enamorarme de algún personaje femenino. La escena que a mí me habría aniquilado, a los 9 años, que me habría enviado a la cama llorando secretamente de deseo, es la escena donde a una Lucy Brown algo desprevenida se le pide que se deshaga de su blusa, de color magenta, naturalmente para atraerle la atención a un pterodáctilo, antes de que a uno de esos "caballeros" que sólo hay en las películas se le ocurre que no hace falta, pues él tiene por debajo de la camisa una camiseta del mismo color. Yo era indefenso ante este tipo de cosas. El hecho de que no se consuma el striptease sirve solamente para que lo No Revelado adquiera dimensiones míticas, místicas, para que uno piense que La Maldita Blusa, y no la Anomalía, es lo único que separa a nuestro mundo de ese otro mundo terrible, primitivo, lleno de temibles monstruos quizás, pero también de (en palabras de la villana) "such wonders... that you could not possibly imagine." El truco es tan fácil y tan resultón que se me hace imposible que el guionista no lo haya hecho a propósito, para avasallar tiernas imaginaciones infantiles. Repito: todo en esta serie es estudiado, es terriblemente eficaz, es despiadado, mientras no salgas de ese mundo tan especial de la imaginación y de los gustos infantiles, que los guionistas conocen a la perfección.
Fuera de ese mundo... ejem. Uno empieza perdonando mucho despropósito, pero cuando avanza la serie y queda evidente que las Anomalías, o bien se restringen al sur de Inglaterra, o bien consiguen pasar desapercibidos en el resto del mundo; cuando los personajes se pasean alegremente entre el presente y el Cretáceo, sin que a nadie se le ocurra ponerlos en cuarentena hasta descubrir qué tipo de microbios mortíferos estaban de moda en aquel lejano entonces; cuando queda por fin demostradísimo que en los animales prehistóricos, el instinto del rugido era todavía más fuerte que el de la supervivencia, pues ellos interrumpen todo, hasta la cena, para rugir, al igual que el inglés promedio interrumpe todo, hasta las guerras, para tomar el té... en fin, tienes que acercarte con mucha buena voluntad, con mucha noblesse oblige de adulto, para no ponerte nervioso. Pero donde todo tambalea peligrosamente, hasta para el niño medianamente inteligente si no me equivoco, es cuando se revela al final que la villana, que hasta ahora no lo ha sido tanto (de hecho, para enamorarse a lo infantil también sirve, sobre todo si te chiflan los overbites como a mí) es tan, tan villana, y a la vez tan tonta, como para pensar que eliminando la especie humana se eliminarían "las guerras, los depredadores" y en general todo lo desagradable, y se dejaría al planeta en perfectas condiciones, como una especie de Edén supersustentable y lleno para siempre jamás de dulces y bonachones reptiles. Y este discurso supuestamente climáctico no dolería tanto si no hubiera sido precedido por otros pronunciamientos mucho más inteligentes por parte del mismo personaje, como cuando le dice a un ex amante a quien ha conseguido sorprender: "en cualquier otra época de la Historia, ya estarías muerto". Y si la serie hace pensar (con este tipo de producciones el mensaje filosófico siempre viene un poco como de yapa) es en este sentido: que no deja de sorprender cómo ha conseguido sobrevivir hasta ahora un mamífero tan cómicamente mal adaptado para la guerra de la supervivencia, comparado con todo lo demás que ha compartido este planeta con nosotros, con la única salvedad del Dodo, a quien nos parecemos tal vez más de lo que creemos.
¿Mensaje político? A pesar de la saña con que los guionistas despachan a los funcionarios del gobierno en algún episodio, no creo: repito, es una serie para niños, y para quienes, siendo adultos, quisiéramos volver a la niñez, aunque sabemos que no podemos, que ya es demasiado tarde, que allá en esas partes íntimas donde antes se produjeron sinceros enamoramientos ahora sólo hay hielo, un desierto de hielo, y el grito desolado de alguna criatura prehistórica perdida, y nada más que eso, se supone que hasta la muerte. Si podemos apreciar todavía algo así sin ponernos amargos y sarcásticos creo que ya es mucho. Espero que mi hijo llegue a disfrutar de estas cosas con toda la inocencia y la entereza que se exige. Yo ya estoy para otras cosas, sobre todo, para dormir.
Bueno. Primero decir que la serie está bien hecha. Se ha gastado en ella una impresionante cantidad de plata. Se nota sobre todo en la calidad de los monstruos. En la pequeña pantalla, hace seria competencia con Jurassic Park. Si quieres ver un mamut haciendo relajo en una autopista, o un Tiranosaurio intentando repeler a un molestoso helicóptero, o un perro tamaño rinoceronte con dientes enormes persiguiendo a un tipo por los pasillos de un colegio, o un pterodáctilo sobrevolando un bloque de oficinas en Londres, o un mosasaurio en una piscina en Crystal Palace, o un Smilodon en una estación de tren, ésta es tu serie. Y sólo hace falta dar un paseo por YouTube para constatar que sí, mucha gente quiere ver precisamente eso. Sobre todo en EEUU, donde prima esa secular afición por todo lo grande y grandioso, y por las dentaduras perfectas. Lo que salva esa serie de ser un simple spinoff de Jurassic Park es el planteamiento. Olvídense del ADN extraído de los insectos atrapados en ámbar, pues ya se demostró la inviabilidad científica de tal procedimiento (no antes de que Crichton moviera todos sus ganancias a las Islas Caimán, por si las moscas o los reclamos). Esta vez, los dinosaurios aparecen no por arte de científicos de bata blanca, sino por obra y gracia de las Anomalías, que son una especie de aurora borealis en miniatura que tiene la singular virtud de permitir el paso entre distintas épocas y lugares de la historia del planeta, y que además tienen la cortesía de anunciar su presencia y su ubicación mediante señales de radio de onda corta (siempre me preguntaba qué era lo que interrumpía a veces la señal de A Troche y Noche). Lo más gracioso de dichas Anomalías es que permiten también el libre tránsito entre versiones alternativos del guión: p.ej., si el personaje de la Claudia Brown empieza a lucir un poco demasiado cursi y saboría, en lugar de seguir el acostumbrado procedimiento de hacerla desaparecer entre los dientes de un Velociraptor, se le cambia el nombre, el historial y el maquillaje, creando otro personaje con la misma actriz, y cuando uno de los demás personajes se da cuenta del trueque y protesta, se le dice: ah, pero no ves, ha sido una Anomalía lo que ha hecho esto. De modo que se le puede ahorrar el salario a todas las Continuity Girls, pues si tal o cual personaje cambia de color de corbata cada cinco segundos (puede ser, aunque yo en estas cosas no soy muy observador), siempre queda el recurso de decir: ¡malditas Anomalías, otra vez haciendo de las suyas! y todos contentos. Este tipo de ingenio, valga decirlo, es muy corriente en la televisión británica, que ora por cuestiones sindicales (el temido Equity), ora por pluriempleo de sus principales actores, o por la razón que sea, siempre se ha distinguido en esto del juego de identidades, hasta el punto que el personaje de Doctor Who (vide infra) ha sido encarnado ya por 12 actores diferentes, así haciéndole el juego a un Alec Guinness capaz de desempeñar 8 papeles distintos en la misma película.
En fin. Después de devorarme toda la serie (soy fácilmente esclavo de los argumentos con auténticos villanos) se me queda un après-gout de infancia, de haber visto algo escrito y concebido para niños. Yo, de niño hubiera adorado esta serie, como adoraba toda serie que me permitía enamorarme de algún personaje femenino. La escena que a mí me habría aniquilado, a los 9 años, que me habría enviado a la cama llorando secretamente de deseo, es la escena donde a una Lucy Brown algo desprevenida se le pide que se deshaga de su blusa, de color magenta, naturalmente para atraerle la atención a un pterodáctilo, antes de que a uno de esos "caballeros" que sólo hay en las películas se le ocurre que no hace falta, pues él tiene por debajo de la camisa una camiseta del mismo color. Yo era indefenso ante este tipo de cosas. El hecho de que no se consuma el striptease sirve solamente para que lo No Revelado adquiera dimensiones míticas, místicas, para que uno piense que La Maldita Blusa, y no la Anomalía, es lo único que separa a nuestro mundo de ese otro mundo terrible, primitivo, lleno de temibles monstruos quizás, pero también de (en palabras de la villana) "such wonders... that you could not possibly imagine." El truco es tan fácil y tan resultón que se me hace imposible que el guionista no lo haya hecho a propósito, para avasallar tiernas imaginaciones infantiles. Repito: todo en esta serie es estudiado, es terriblemente eficaz, es despiadado, mientras no salgas de ese mundo tan especial de la imaginación y de los gustos infantiles, que los guionistas conocen a la perfección.
Fuera de ese mundo... ejem. Uno empieza perdonando mucho despropósito, pero cuando avanza la serie y queda evidente que las Anomalías, o bien se restringen al sur de Inglaterra, o bien consiguen pasar desapercibidos en el resto del mundo; cuando los personajes se pasean alegremente entre el presente y el Cretáceo, sin que a nadie se le ocurra ponerlos en cuarentena hasta descubrir qué tipo de microbios mortíferos estaban de moda en aquel lejano entonces; cuando queda por fin demostradísimo que en los animales prehistóricos, el instinto del rugido era todavía más fuerte que el de la supervivencia, pues ellos interrumpen todo, hasta la cena, para rugir, al igual que el inglés promedio interrumpe todo, hasta las guerras, para tomar el té... en fin, tienes que acercarte con mucha buena voluntad, con mucha noblesse oblige de adulto, para no ponerte nervioso. Pero donde todo tambalea peligrosamente, hasta para el niño medianamente inteligente si no me equivoco, es cuando se revela al final que la villana, que hasta ahora no lo ha sido tanto (de hecho, para enamorarse a lo infantil también sirve, sobre todo si te chiflan los overbites como a mí) es tan, tan villana, y a la vez tan tonta, como para pensar que eliminando la especie humana se eliminarían "las guerras, los depredadores" y en general todo lo desagradable, y se dejaría al planeta en perfectas condiciones, como una especie de Edén supersustentable y lleno para siempre jamás de dulces y bonachones reptiles. Y este discurso supuestamente climáctico no dolería tanto si no hubiera sido precedido por otros pronunciamientos mucho más inteligentes por parte del mismo personaje, como cuando le dice a un ex amante a quien ha conseguido sorprender: "en cualquier otra época de la Historia, ya estarías muerto". Y si la serie hace pensar (con este tipo de producciones el mensaje filosófico siempre viene un poco como de yapa) es en este sentido: que no deja de sorprender cómo ha conseguido sobrevivir hasta ahora un mamífero tan cómicamente mal adaptado para la guerra de la supervivencia, comparado con todo lo demás que ha compartido este planeta con nosotros, con la única salvedad del Dodo, a quien nos parecemos tal vez más de lo que creemos.
¿Mensaje político? A pesar de la saña con que los guionistas despachan a los funcionarios del gobierno en algún episodio, no creo: repito, es una serie para niños, y para quienes, siendo adultos, quisiéramos volver a la niñez, aunque sabemos que no podemos, que ya es demasiado tarde, que allá en esas partes íntimas donde antes se produjeron sinceros enamoramientos ahora sólo hay hielo, un desierto de hielo, y el grito desolado de alguna criatura prehistórica perdida, y nada más que eso, se supone que hasta la muerte. Si podemos apreciar todavía algo así sin ponernos amargos y sarcásticos creo que ya es mucho. Espero que mi hijo llegue a disfrutar de estas cosas con toda la inocencia y la entereza que se exige. Yo ya estoy para otras cosas, sobre todo, para dormir.
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