Titulitis

Entre las muchas razones por las que el turismo en Ecuador tiene un excelente futuro, una de las menos comentadas es la que descubrí al poco tiempo de llegar a este país hace cosa de diez años: que Ecuador es de los pocos lugares en el mundo donde puedes descubrir si tienes cara de ingeniero o no (o "de no", ahora que lo pienso). Sucedió, si bien recuerdo, cerca de la Bahía: yo iba caminando a solas cuando de repente un desconocido de unos 45 años, que lucía un traje algo descosido, me saludó con un efusivo "hola, ingeniero, cómo va todo". Le devolví el saludo con esa cautela y esa suspicacia que nacen inevitablemente del hecho de no ser ingeniero y de no haber sido jamás ingeniero. El hombre intentó extender la conversación, a base de un torpe conato de cold reading: al final me cansé y me despedí de él con un "creo que usted se equivoca, no soy el que piensa". Pero me alejé sabiendo algo nuevo, algo que ni siquiera había sospechado hasta ese momento: que aun sin llevar en el bolsillo de la camisa dos lápices de distinto grosor, una calculadora y una regla de seis pulgadas, de alguna misteriosa manera tenía aspecto de ingeniero. El dato me parecía curioso, aunque dudosamente aprovechable.

Se podría escribir todo un tratado sobre los vocativos ecuatorianos, y no me refiero solamente a los eternos ingeniero, doctor, maestro, abogado, economista, sicóloga, licenciado. Pasan los años y todavía me sorprende y me enternece escuchar a mi mujer dirigirse a alguna vendedora en algún almacén, a quien mis inexpertos ojos le endilgan por lo menos 40 años, dos hijos y un marcado gusto por el seco de gallina, con un perentorio "niñaaa". Y es que todavía no doy con la fórmula precisa que permite distinguir entre "niña a la ecuatoriana" y "señora", aunque sospecho que la circunferencia de la cintura y el tinte de pelo podrían entrar ahí como variables. Por otro lado, ya me vacuné, allá en la Unidad Educativa Mixta Pequeñas y Pequeños Ornitorrincas y Ornitorrincos del Saber, contra la irritación que suscita el apelativo "míster", y la confusión inevitable derivada del uso de "miss" para referirse a profesoras y administradoras vistosamente casadas y debidamente tituladas.

Por si acaso, voy a decirlo con todas las letras: amigos, en los países no tercermundistas eso de dirigirse a alguien como "ingeniero" o "licenciado" simplemente no se estila: allá "hola, economista" suena tan desabrido y truculento como tal vez acá "hola, portador de sangre de tipo O+" o "hola, lector habitual del Comercio". Además, el que firma las cartas con nombre + título académicos se expone a acusaciones de vanidad y pretenciosidad, pero en todo caso, si quiere hacerlo, coloca sus letras después del nombre, no antes. Antes del nombre, eso sí, van los títulos de nobleza, los "Sir" o "Duquesa": y es quizás por eso que cuando veo una carta firmada por un tal "MBA Juan López" o "Econ. Julia Mengana", me sobreviene la curiosa sensación de estar presenciando la eclosión de una nueva aristocracia, todavía en estado larval. Como dice el LCC. (Licenciado en Costura de Carpas) San Pablo en Adefesios 6:15, hay que ir por el mundo con el Escudo de los Títulos Universitarios por delante, además de llevar bien puesto el Yelmo de la Ideología de Moda, y ceñida la Espada del Amigo en el Ministerio, si quieres triunfar en ese manicomio open plan que aquí se denomina sociedad.

No sé si comenté en algún post anterior la divertida teoría de una amiga catalana de hace años, que sostenía que las mujeres vírgenes (atributo que, dicho sea de paso, le merecía a esa amiga una mueca de compasión) se podían distinguir fácilmente en la calle, si llevaban pantalón ajustado, por la cantidad de luz que conseguía traspasar por ese hueco en forma de estrella de Belén que, salvando morfologías elefantisíacas, se situaba entre muslos y entrepierna. En fin, lo descabellado de la teoría no oculta la clara intención de querer distinguir (discriminar, se diría) entre la gran mayoría de mujeres afortunadas (acaso, "normales") que sí habían tenido relaciones carnales con algún tipejo, y las pobrecitas que todavía no. Con lo cual estamos de nuevo en el patio de recreo de la escuela primaria. "No, lo siento, no te queremos en nuestro Club". El efecto de esas palabras es dotar al Club de un atractivo cuasi místico: ningún sacrificio es demasiado grande para merecer el premio de la inclusión. Sólo cuando por fin te dejan entrar descubres que el único aliciente de ese Club, y de hecho su única razón de ser, es disfrutar maliciosamente de la frustración visible de los No Admitidos.

Así somos. El sexo está entre las actividades más aburridas de tu agenda semanal (junto con reuniones de plantilla, talleres de formación continua, y clases de Excel nivel intermedio), pero tienes que mantener la ficción tribal de que es el portal a un mágico paraíso, aunque sólo sea para frustrar y entristecer a las y los eternamente infollables (o para seguir vendiendo revistas tipo Cosmo). El título universitario que tienes es de nula utilidad en tu vida diaria y en tu trabajo, pero por lo menos te permite fruncir la nariz ante las patéticas presunciones de un simple bachiller. Y siempre al final me encuentro con el inmortal hidalgo de Lazarillo de Tormes, ése a quien no le importaba ir días sin comer con tal de lucir en la calle una esplendorosa y razonablemente limpia pechera. Así somos de ridículos. Mejor dicho, así eres tú. Yo, por mi parte, tengo un doctorado en No Ser Ridículo por el Harvard College, Yale. Para que te enteres.

¿De veras a los No Admitidos en el Club de los Titulados les escuece tanto? Juzgue usted mismo. Entre deleznables plagiadores de tesis como el "Dr" Martin Luther King (sin ir más lejos o más cerca: me gusta la vida tranquila), y los que se compran el "título" de una universidad de fachada, como el "Dr" John Gray, autor de "Los Hombres son de Marte, las Mujeres de Venus y los autores de Libros de Sicología Barata de Urano", asciende al cielo la vasta cacofonía de los mírenme el título, pero no demasiado de cerca, como incienso al Dios de la vanidad y la presunción. Tan es así, que hasta me sorprendí un poquito al leer en el Telégrafo sobre ese encantador personaje que es el actual Vicepresidente de Bolivia, Álvaro García Linera, que recién estuvo de ponente en una conferencia sobre "periodismo responsable", y que según la reseña del respetable diario, "Es matemático por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM)" y "Se ha dedicado a la docencia en pregrado y posgrado por más de 7 años en disciplinas como Sociología, Filosofía, Ciencias Políticas y Sociales, entre otras". Y lo digo porque estamos en un país donde se ridiculiza y se persigue al profesor que no tenga titulación en la misma especialidad que imparte, o por lo menos en una "materia afín": supongo que para participar en un encuentro de tan alto nivel se ha considerado que no solamente el Periodismo Responsable, sino también la Sociología, las Ciencias Políticas y el resto de la letanía son "materias afines" a las Matemáticas, lo que para mí resulta algo alentador: con suerte en un futuro podré dar clases y hasta conferencias de Sexología blandiendo mis títulos en Idiomas, pues por lo menos ambas disciplinas se apoyan bastante en el uso de la Lengua. En fin. Me fui a la página de Wikipedia en inglés para recibir la sorpresa de que en la UNAM, el bueno de Álvaro se habría convirtido en nada menos que un "world class mathematician" (sic), aunque los libros y artículos especializados que acreditaban la tal hazaña brillaban por su ausencia. El día siguiente, lo de "world class" había desaparecido del artículo. Intrigado, me puse a buscar en Google, pero en ningún lugar obtuve la confirmación de que el honorable Vicepresidente de Bolivia había conseguido un solo título académico (eso sí, parece que estudió Sociología por su cuenta durante una estancia en la cárcel) más allá de una interminable lista de Horroris Causa. Más intrigado todavía, me puse a escuchar una ponencia del excelentísimo Vicepresidente de Marras en YouTube, y me llamó la atención el que, tras una hora de divagaciones salpicadas de referencias a Weber, Hegel, Gramsci y Marx, el ponente tuvo a bien utilizar el término asíntota con el significado de antónimo, opuesto o contradicción, lo que me hizo dudar seriamente del valor de los títulos en Matemáticas expedidos por la UNAM, todavía en el supuesto de que el hombre hubiera conseguido alguna vez alguno.

Y si lo menciono, no es con el ánimo de restarle mérito de pensador y estudioso al Excelentísimo Vicepresidente de Bolivia, pues como ahora veremos, eso lo hace muy bien él solito. Sí, en cambio, señalar esa tensa y accidentada relación entre la política y la academia, en que cada lado tiene algo que el otro quiere y codicia: la academia ofrece al político una aureola de seriedad y credibilidad, aunque para ello tenga que pellizcarse la nariz y validar títulos cuestionables, mientras el político le chantajea a la universidad con amenazas de descenso de "categoría", entre otros instrumentos de control bien conocidos por estos lares. Se abre entonces un proceso en que ambos, universidad y político, terminan desacreditados ante la sociedad. Si esto a la misma sociedad le hace algún daño o le debe de importar, es una cuestión que dejo para otros.

Retornando a don Álvaro García Linera: olvídense de los elusivos títulos, el dudoso estatus de "matemático de Clase Mundial" y de los años de docencia de materias diversas (pero siempre "afines") y fíjense en esto:

"El vicepresidente Álvaro García dijo ayer que revisa las redes sociales de internet para “anotar” con “nombre y apellido” a las personas que insultan al mandatario Evo Morales. "

Creo que sobran comentarios. Que a un personaje así le inviten para que discurra sobre el "periodismo responsable" le hace a uno lamentar que en ninguna ocasión hubieran invitado a Bin Laden para que hable de la Seguridad en la Aviación Civil, ni a ningún representante de Boko Haram para que nos ilumine sobre los Derechos de las Mujeres, ni a Kim Jon-un para que nos explique cómo funcionan las sociedades plurales y tolerantes. Y es que ocasiones así no hay que perderlas, aunque sólo sea por afición a las situaciones absurdas o a los escritos de Alfred Jarry.

Y es que siempre ha existido una alternativa válida a ostentar un título: válida, y mucho más práctica a la larga. Esa alternativa consiste en dejar de lado la vanidad, los complejos, las presunciones, el miedo a no ser tomado en serio, y la tentación de la retórica ampulosa y vacía, mostrándose uno en el día a día, en las palabras, directa y sencillamente, cómo es y cómo piensa. Si tus títulos te sirven de algo fuera de la entrevista laboral, que es su hábitat natural, preocúpate de ese complejo de inferioridad y hazlo tratar de alguna manera. (A ser posible, sin amenazar a los usuarios de redes sociales con patadas en la puerta a medianoche. El subcontinente ya ha visto demasiado de ese estilo.)



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