Esto no es, precisamente, ciencia de cohetes

Ayer, en un artículo tristemente hilarante firmado por un tal R. Correa, en el Telégrafo, el autor sostiene, acerca de la matanza del 15 de noviembre de 1922, que "Para nuestros trabajadores la lección histórica de esa matanza es reconocer a sus verdaderos adversarios". Por fin podemos estar de acuerdo en algo. Si una institución envía gente armada con el fin expreso de matar a cuantos se interpongan, creo que es razonable considerar a esa institución como tu "verdadero adversario". Y en el caso mentado, nadie lo duda, la institución en cuestión fue el Estado nacional, bajo la dirección de su Presidente, un tal Tamayo, cuyas propias palabras lo acusan. Así que, si nos basamos en el episodio en cuestión, el enemigo primordial de toda persona en todo lugar que tenga la pretensión de poder circular tranquilamente por las calles (porque en la matanza de 1922, no hacía falta nada más que eso para convertirse en carne de fusil)  es el Estado, y en especial, su máximo representante. La conclusión es obvia y la lógica irrefutable.

El modo en que este tal R. Correa consigue escaquearse de esta conclusión demasiado evidente es todo un himno al poder de los sofismas baratos.

Claro que se puede decir que éste es sólo un episodio de la historia. Es cierto. Pero lo curioso es que, mires por donde mires, en toda la historia de los últimos 200 años a nivel mundial, los más grandes masacres y holocaustos, los mayores y más sonados atropellos a los derechos humanos, siempre han sido a cargo de algún que otro Estado nacional. Las pestes y las plagas hacen de las suyas, las empresas transnacionales aportan a veces con su granito de arena, pero cuando de inhumanidad, matanzas, torturas y fosas comunes se trata, los estados se llevan la palma. Siempre y en todo lugar.

Y es obvio no puede ser de otra manera, ya que la misma definición del Estado moderno es "aquella organización que dentro de un determinado territorio ostenta el monopolio de la fuerza". Es por eso que las ansias de Correa por culpar a la oligarquía de aquel entonces, a los empresarios, a la banca, a "los de siempre" (supongo que querrá decir los caricaturistas del Universo) de la matanza del 15 de noviembre provocan vergüenza ajena. Claro que había gente poderosa interesada en romper esa huelga a como diera lugar, y a quienes no les importaba un baño de sangre, y esa gente probablemente tenía línea caliente a los despachos de los políticos y al jefe de policía. Podemos conceder todo esto, pero la cuestión es que para cometer ese crimen, necesitaban de la cooperación del Estado... y esa cooperación fue gentilmente prestada. Lo fue entonces y lo sería hoy mismo bajo las mismas circunstancias. Sería una ingenuidad suponer otra cosa.

Para Correa, el sindicalismo moderno "no puede caer en el anarcosindicalismo que considera al Estado su enemigo e intenta reemplazarlo". ¿Por qué no? ¿Tan fácilmente el Estado ecuatoriano se lava las manos de su historia criminal (en este caso nunca oficialmente reconocida)? Con un libro de historia contemporánea en la mano, sostener que el Estado, cualquier Estado, sea capaz de garantizar el respeto a los derechos humanos por encima de los intereses particulares que representa, y que se merece un mínimo de confianza, requiere un nivel de cojudez rayano en demencia. Claro que el Estado es nuestro enemigo por lo menos en potencia, es el enemigo de toda persona de bien, que valore la vida, la amistad y la paz. Ahora bien, entre los que van por la vida prefijados de "anarco" (anarcosindicalistas, anarcocapitalistas, anarcoemelecistas, anarcocaricaturistas, etc) y los pusilánimes que no llegamos a tanto, existe la posibilidad de una discusión inteligente. Se podría discutir si el historial de tantos Rottweilers salvajes que han agredido a tanto niño indefenso demuestra que no hay que tener un perro como mascota, o si sólo demuestra que no hay que tener un Rottweiler, o incluso si sólo demuestra que el que sea amo de un Rottweiler debería de tenerlo bien amaestrado. Son tantas interpretaciones u opiniones posibles delante de los hechos y teniendo en cuenta todos los atractivos (para mí decisivos) de disponer de un buen perro guardián. Pero quedará fuera de la discusión, evidentemente, quien sostenga que el Rottweiler no solamente es el mejor perro, sino que habría que afilarle los dientes todo lo que se puede, darle el máximo de libertad y privilegios, elevarlo en amo y jefe supremo de la familia, hacerle reverencias cada vez que pasa cerca, y darle exclusiva custodia de tiernos niños e indefensos ancianos, pues él los sabe cuidar mejor que nadie. Eso ya no es una opinión: es una pendejada.

Esto no es, precisamente, ciencia de cohetes.

Aj, me canso de esto. Abre el periódico. En México, el Estado entrega a 43 estudiantes a una banda de rufianes para que les hagan desaparecer. En Venezuela, país rico en petróleo, el Estado a lo largo de todos estos años ha  conseguido vaciar las estanterías de los supermercados y transformar las calles de Caracas en algo parecido al Chicago de le época del Volstead. Los tan sonados "grupos barriales" que iban a enseñarnos al mundo cómo es la "verdadera democracia", van por ahí con cadenas de oro y actitud de chulos, cobrando "protección" a los tenderos, con el beneplácito del mismo Estado que les dio vida. En Inglaterra, el Estado mágicamente hace desaparecer más de un centenar de archivos que supuestamente revelan cómo, allá en los años del Thatcherismo, ciertos políticos se dedicaban a la pedofilia: la cosa queda en la impunidad como siempre. Allí, allá y en todo lugar es lo mismo. Me canso de esto. Quien no quiere ver, que se tome la pastilla azul y buenos días.

"¡Pero tenemos una nueva Constitución! ¡El Estado nuestro ya no es el mismo de antes!"

Ya, ¿Usted miró últimamente esta Constitución? Si lo hace, puede que se sorprenda al encontrar que las palabras en la página parecen vivas, bailotean y se tuercen como gusanos sobre el papel, corretean de un lado a otro de la página. Este movimiento continuo tengo entendido que se llama "enmiendas necesarias", y su efecto es que la tal Constitución parece un libro mágico sacado de un cuento de Borges o de JK Rowling, pues cada vez que lo abres, ves distintas palabras, siempre según las necesidades electorales del caudillo, con cuya mente la palabra escrita parece sostener una correspondencia inefable y sobrenatural. No sé qué valor se le puede atribuir a tal Libro de Arena; lo que sí sé es que hasta sus más acérrimos defensores dicen de él que es "garantista", lo cual en esa curiosa jerga no significa garantizar ciertos derechos frente a un Estado dispuesto a sacrificarlos, sino que garantiza que cuando el Estado quiere sacrificarlos, no quedará nadie más con poder para impedirlo.

Y lo más hilarante de todo es que, para el articulista en cuestión, tal situación de postración frente al Estado omnipotente se resume en la palabra "dignidad": Si para el humilde ciudadano de a pie, dignidad significa no depender de nadie, sino solamente de los esfuerzos propios, para el político de hoy, estudiante aventajado de Orwell. significa todo lo contrario: depender del Estado para todo, haciendo gala de una actitud servil de eterno agradecimiento a los grandes Líderes de la Revolución que nos salvaron de la Larga y Triste Noche Neoliberal y nos dieron todo lo que hoy tenemos. Sí, eso es Dignidad, y yo también soy Marie Antoinette.

Se ven pendejadas.

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