El catolicismo sicodélico (1)

Hay una fase de la niñez en que te fascinan las piedras "de colores". (De la niñez, siempre en el supuesto schopenhaueriano de que para las mujeres, la infancia se extiende por toda la vida, and I mean that in the nicest possible way.) No me acuerdo cuánto me duró: pongamos seis meses, o seis días, o seis años, pero lo recuerdo aún por sus efectos. El color, cuanto más afrutado mejor. La translucidez, la textura, la lisura, todo era significativo. Quisieras ser niña para poder, legítimamente, codiciar collares y pulseras aunque fueran de cristal o cuarzo, con tal de hacerte dueño de esos colores. Supongo que el tema, la fascinación infantil del color, habrá sido debidamente estudiado y que las conclusiones informarán el decorado de aulas de primaria, helados, caramelos y parques temáticos. Uno aprende enseguida, si es varón, que es extremadamente peligroso manifestar perversa inclinación por las piedras, pero hay escapatoria: las canicas. Yo fui devoto de las canicas durante más marble seasons de las que quisiera acordarme (de hecho, nunca me paré a preguntar qué misterioso calendario regía esas seasons, temporadas, conocidas por todo colegial inglés, aunque en el caso del conker season la naturaleza obviamente dictaba lo suyo). Esto para mí era la orgía:




De modo que puedo informarles de que cuando un niño ve eso, no ve un conjunto de objetos pares e inútiles que exhiben una chocante y nauseabunda incompatibilidad cromática. No ve el conjunto, sino cada individuo por separado y sucesivamente: cada objeto esferoidal en esta foto es un ente maravilloso, seductor y codiciable. Además, el aficionado a las canicas te podrá decir qué lugar cada globo ocupa en esa jerarquía que pronto aprende a través del mercado de trueque. La canica más humilde o peón es una esfera de cristal transparente con una llama de color en medio. Las que no son transparentes ocupan un rango superior, y su posición exacta en ese class system viene determinada, básicamente, por su belleza visual y un poco por su textura o tacto. Las canicas un poco más grandes forman una aristocracia aparte. La reina, si recuerdo bien, era una especie de supercanica portadora de aspidistra petrificada a que decíamos spider gob (google no apoya ese recuerdo, pero ya se sabe, en Inglaterra los dialectos infantiles siempre han sido legión, y por lo visto no ha habido historiografía sobre el tema). Pero lo interesante del asunto era que, si bien la meta era tener todas las canicas que uno podía, y las más guapas sobre todo, ya a esa edad sobrevolaba un poco la idea de que no estaba bien que un niño reconociera y persiguiera tan directa y avaramente la belleza: tenía que haber una utilidad ahí en medio. Por eso las canicas no sólo se coleccionan, se juegan. Para eso (si alguien te pregunta) es para lo que sirven.

Abrimos paréntesis, porque esto no cabe en otro lugar. Todavía recuerdo, con cierto rubor, el engaño o superchería que practiqué un día en la escuela, quién sabe si con 6 años a cuestas, cuando quise hacerme el importante pasando por conocedor de un misterioso "juego" que mis compañeros no conocían. La cuestión es que debía de haber leído recién algún cuento en que al protagonista le hubiera salido un suspiro de alivio, o gasp of relief. Así que cuando esos compañeros me interrogaban sobre ese juego que yo había jugado "muchas veces" y que era la mar de divertido, mucho mejor que el fútbol o las canicas, sólo se me ocurrió llamarlo, precipitadamente, "Gas Boff Relief". Bueno, decían ilusionados y curiosos, y eso ¿cómo se juega? Ahí si pasé un mal rato. Al final, improvisando, quedamos en que yo era Gas, y mis dos mejores amigos eran Boff y Relief, y el quid era corretear por el patio con los brazos extendidos como aviones, anunciando nuestros respectivos nombres a grito pelado. "Las demás reglas las contaría sobre la marcha." Sorprendentemente, la cosa salió más o menos, y lo jugamos en algunas ocasiones, para mayor perplejidad de las niñas de la escuela, que, como acabo de indicar, por su condición femenina ya caminaban sumidas en una profunda y enigmática madurez muy a prueba de ese tipo de burradas. Ahora, ¿dónde estaba?

Ah, sí. Los pájaros. Como ya conté en otro lugar, tengo delante de mí el tomo de Ridgely y Greenfield, The Birds of Ecuador, y es posible que si algún día se quema la casa, después del laptop (y tal vez la familia... déjenme pensar) salvaría antes ese libro que cualquier otra cosa. Y no es que lo haya consultado mucho, pero hay cosas de la infancia que, en pleno holocausto de la pubertad, de alguna manera milagrosa sobreviven, si bien de modo esquelético y muy menguado y algo quemado, y para mí es lo que pasó con los pájaros, que vinieron después de las piedras y las canicas y fueron mi obsesión desde las 8 años, pongamos, hasta bien entrados los 15. Y lo interesante del tema es que los primeros pájaros que conocí no fueron los que tenía en el jardín, sino los que salieron en algunos libros que casualmente encontré. Debo explicar, tal vez, que en Inglaterra se considera que conocer los nombres de los c. 450 especies que habitan la isla es cultura general básica, por eso hay un libro de aves en cada casa, aun faltando la refrigeradora. Saber identificarlos, eso ya es otra cosa, eso es ser ornitólogo o twitcher, para eso hacen falta prismáticos y de los buenos (7x50 adecuado, 8x40 mejor, si tienes 10xlo que sea eres el más bacán de la excursión y tendrás amigos). Y ¿por qué me llamaron tanto la atención esos pájaros carpinteros, esos patos, esas gaviotas, esos halcones peregrinos? Pues supongo que por lo de siempre, los colores. Por ahí entra el veneno, creo.

¿Para qué sirven los pájaros? Eso es difícil. La solución de algunos twitchers es coleccionarlos (tick-hunters, se llaman). A pájaro visto, un visto y andando. Para otros, la idea es acumular conocimientos sobre ellos. Para una minoría, retratarlos, ser el próximo JJ Audubon. Para algunos pervertidos, escucharlos. Para mí, al final, creo que era acumular libros sobre ellos. Tenía el Field Guide que todos tenían. Tenía esos codiciables dos tomos de P.A.D. Hollom. Tenía el maravilloso Reader's Digest Guide. Tenía, no sé, una cincuentena más, tal vez un centenar. Todos esos libros perecieron en el holocausto de la pubertad, para ser reemplazados por unas pocas copias pringosas de Mayfair. Tal vez ahora entenderán por qué en Inglaterra a las mujeres los varones más nostálgicos, hasta hoy, las siguen llamando birds. Y que les sirvan para aproximadamente los mismos usos, ya someramente detallados.

(Fue el eterno chiste de mi padre. "He chases birds... the feathered variety." Jum.)

"Get on with it." - Mrs Audubon


Así que piedras, canicas, pájaros, libros/mujeres. Ya nos vamos acercando al tema. Paciencia.

Decir solamente que los pájaros dieron el toque final a mi carácter. Ser twitcher es un excelente pretexto para pasar los fines de semana y las vacaciones en lugares remotos, bien solo o bien en un grupo taciturno de anoraks,  preferentemente en lugares donde hace un frío espantoso, y donde lo que más hay es lodo, mucho lodo. El lodo se erigió en el amor de mi vida y creo que, en el fondo, sigue siéndolo. Lodo y soledad. Algo de mar, algo de lluvia, algo de viento, un somormujo a lo lejos. Mucho lodo. And a grey mist on the sea's face and the grey dawn breaking.

Y que no importa no tenerlos, si tienes los libros. El libro resume, mapea. purifica, estabiliza la fugaz y huraña realidad. Si no tuviera a Ridgely y Greenfield, me sentiría en este país un extraño, un intruso, un ignorante. Con ellos en mi escritorio, en cambio, estoy armado. Sé del país lo que hay que saber, y si no, dónde buscar esos conocimientos. Porque un país es sus aves. Lo demás es insustancial, a fin de cuentas.

Comments

  1. Al parecer la infancia es la misma en cualquier latitud. Acá las canicas tienen otro nombre (bolillas) pero la obsesión es exactamente la misma. Sigo leyendo....

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