El catolicismo sicodélico (5)

No sé por qué se me ocurrió ponerme a hablar de Francis Thompson. No lo leo desde los 18 años. El haber aprendido de memoria varios poemas de él me valió, quizás, el sobresaliente en el S-Level de Literatura Inglesa que tomé a esa edad; en el sistema educativo inglés, siempre es bueno saber algo que el examinador no sabe: ser repelente es rasgo premiable. Poco me valió en lo posterior. Lo vuelvo a leer y me doy cuenta de que, si es un poeta menor, es por algo. La verdad, leí mucha basura a esa edad. Siempre he tenido mente de basurero.

El poema que cité significó algo para mí en aquel entonces. Ahora no significa nada (supongo que se notó en el torpe intento de sacarle jugo en el último post. No tenía el corazón en ello). Eso quiere decir que no soy la misma persona que fui hace un cuarto de siglo. La perdurabilidad de la personalidad humana tal vez sea, entonces, un mito como otro cualquiera.  Lo único que te da la sensación de ser la misma persona que ayer son tus hábitos. Si en lugar de coger la carretera hacia el trabajo esta mañana a las 6.15, hubiera cogido la dirección contraria con la idea de ir a Santa Marta y ganarme la vida allí tocando guitarra en una calle esquinera a la playa, inmediatamente sería otra persona, irreconocible, más interesante, más visible, más pluto. Pero entonces tendría que abandonar a mi hijo. Vale: tus hábitos y tus afectos, pues. Y tus enfermedades. Nada como una enfermedad para recordarte que eres el cúmulo de tus errores pasados y presentes. Y que todos esos errores tienen raíz común: tus defectos. Vale: tus hábitos, tus afectos, tus enfermedades y tus defectos, que son ausencias, extirpaciones, huecos.

Y tus recuerdos. Yo siempre he tenido una extraordinaria facilidad para olvidarme de todo aquello de que quiero olvidarme. Es un don que tengo. Además, y esto es aparte, considero que a este respecto la identidad es una entelequia a la vez que una imposición estatal, muy replanteable. Si cometí un crimen, de acuerdo, se me debería suponer una identidad perdurable, o sea, para efectos prácticos se debe considerar que si el sujeto que está en la cárcel tiene la misma cara y el mismo ADN que el que fue juzgado y condenado, bien encarcelado está, por muchos diccionarios que haya transcrito y por muchas religiones musulmanas a las que se haya convertido y muchas células suyas que se hayan reemplazado. Lo mismo con las deudas: no sirve “he cambiado mucho, así que no te voy a pagar, porque el que te prestó era otro” (o por lo menos no sirve para gente común. Para presidentes sí, naturalmente). Pero fuera de crímenes y deudas, me reservo el derecho de ser, mañana, otra persona con otro nombre, y de no acordarme de todas esas tonterías que hice. Si tú te acuerdas, y el Internet se acuerda, bueno, será problema de ese otro tipo que tenía ese nombre. ¿Te parece? La vida es demasiado corta como para ir cargando con un historial por doquier. En lo que no ataña a la responsabilidad penal o civil, nos merecemos todos una sexagésima segunda oportunidad.

Pero si bien intento olvidarme de aquello que ya me olvidó, hay recuerdos sobre todo a nivel de asociaciones entre objetos y emociones, y encuentro que esos recuerdos forman una especie de caparazón que impide que me vuelva demasiado gelatinoso en la práctica. Puedo no ser el mismo pendejo que hace veinte años, sino otro pendejo de muy nuevas y relucientes pendejadas, pero igual me hace llorar la música de la serie de Robinson Crusoe que vi de niño, e igual anhelo el sonido de la lluvia más que otra cosa en el mundo, y mis sueños húmedos siguen con el mismo aburrido guión infantil de siempre. A veces creo que la vida es simplemente una serie de anotaciones en lápiz en las páginas de la infancia. Cualquier día borras una y añades otra, y nadie es tan tonto como para confundirlas con el texto en sí. Lo que me devuelve de bruces al tema del dichoso de Thompson, el poeta menor.

A veces se escucha decir: por lo menos la religión nos ha traído arte, la misa en si menor, los cuadros del Greco, la King James Bible. En realidad, y la historia de Thompson es buena muestra de ello, la religión sólo ha servido de censor, y el arte se ha hecho siempre a sus espaldas y en su pesar, aprovechando sensibilidades pasajeras, fugaces indulgencias, oportunas comisiones. Aunque para que haya arte, discutiblemente, cierto tipo de obstáculos (constraints) son siempre necesarios: el irritante grano de arena que hace la perla. El poema de Thompson citado nos enseña un alma que no quiere la vida eterna, sino el sueño eterno (al igual que cualquier persona cuerda: la “vida eterna” es de por sí definición del infierno, y el deseo de ella, prueba irrefutable de un narcisismo galopante). Nos muestra, además, al igual que toda su obra, un ser volcado hacia la infancia, hacia la sombra de esa madre que perdió de pequeño, y que trasluce en todos esos regazos sucedáneos que afloran en sus dedicatorias. Y en relación con eso, y aquí llegamos al meollo, esa tensión primaria entre contemplación y apropiación que todo poeta conoce.

La visión poética es contemplativa en su esencia. Cuando contemplamos los objetos, las piedras de colores, las canicas, los pájaros, los jardines secretos, los retretes públicos, ellos nos poseen fugazmente. Roto el encanto, buscamos apropiarnos de ellos, de mil formas, entre ellas, convirtiéndolos en piedras de color, duras y resistentes, sobre la página de un cuaderno, en cadenas de palabras con fuerzas nucleares tan fuertes que nunca más aguantarán la separación, eternizando así el embrujo del objeto original. Pero la mejor forma de romper ese encanto es insertar el objeto en el mapa conceptual del sujeto contemplativo, relacionarlo con su paisaje familiar, y peor, asegurarle de que así ubicado, el objeto “sirve” para algo. Coge los Selected Poems de Thompson y encontrarás un caleidoscopio de imágenes que lo único que tienen en común es esa lucha, expresada en una dicción barroca, por no significar demasiado, por no atraerle la atención al Todopoderoso censor, por no encontrarse a gusto entre tu mueblería mental, por quedarse fieles a sí mismos y a su naturaleza infantil. Y atrás, con paso firme e inexorable… The Hound.

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