El catolicismo sicodélico (2)

Creo que existe un instinto de instrumentalizar, y que ese instinto es hasta más básico que el de atar hombres a la cama y perforar sus cuerpos con rompehielos. (Ahora se me ocurre que el segundo tal vez sea manifestación del primero.) Quiero decir que si de niños apreciamos la belleza intrínseca de colores y patrones de una manera contemplativa (ver último post), el crecer implica, primero, querer adueñarnos de esos objetos, o bien literalmente (coleccionismo) o bien simbólicamente (libros, conocimientos), con lo cual pasamos de contemplación a posesión; después viene la pregunta insistente: ¿para qué sirven?, y ahí entra de bruces la instrumentalización, instinto que la naturaleza privilegió en nuestra especie por la simple estrategia de quitar de en medio a quienquiera no supiera reconocer en una ramita una flecha, o en una piedra un arma. Excusado decir que los mismos instintos pueden estar en juego en las relaciones sexuales, y en ningún lugar más que en Ecuador, donde si no se posee al otro o a la otra, no hay nada que hacer, y donde, además, lo sacramental es que la mujer sirva de mamá-sustituta y el hombre, de bono solidario y tarjeta de débito. Y que, si tu hombre te trata de una manera un poco rara, puede ser que se le haya ocurrido que, a más de servir para algo tu cuerpo entero (para qué, ya lo habrás descubierto), cada parte anatómica del mismo ha de tener, adicionalmente, una utilidad secundaria, quizás no demasiado evidente a primera vista. En fin. Ya me contarás.

Ya, ya. Eres feminista y, por tanto, eso de la instrumentalización del otro no lo aceptas. Tú lo llamas cosificación, y consideras que es algo patriarcal, sexista, tal vez capitalista y algún ista más, y que en tu sociedad perfecta o utopía, no habrá eso, porque lo correcto es que las personas se vean no como objetos a utilizar, sino como personas con autonomía propia, sentimientos y derechos. Bien. Puede ser que te refieres a algo que para mí es axiomático, la necesidad de civilizarnos un poco más allá de lo que puede hacerlo la sabatina de Correa. De acuerdo. Pero lo que me llama la atención en todo este discurso es que falta por completo una apreciación de la complejidad, primero de la mente humana y luego de las relaciones y por último de los deseos. Claro que nos utilizamos, mujeres a hombres y hombres a mujeres y las demás permutaciones de rigor, claro que sí, todo el tiempo, pero muy raro sería encontrar a alguien que solamente hiciera eso, que sin ser sociópata o incluso siéndolo, auténtica y exclusivamente contemplara a otras personas como objetos. Así que la existencia del cosificador a tiempo completo es un supuesto no consentido: de lo que yo estaba hablando era de instintos, y si no has aprendido a adueñarte de tus instintos, a controlarlos y dosificarlos y programarlos y jugar con ellos al escondite con alarde de multitasking, siento gran lástima de ti, porque aun te falta graduarte a la categoría de ser humano. Aparte de lo cual, tengo por artículo de fe que nada de lo que yo puedo sentir le es completamente vedado sentir a una mujer, simplemente por serlo, así que si yo he sentido a lo largo de la vida un deseo terrible de ser utilizado (de determinada manera, claro, en determinado lugar y con determinados fines y con determinada música de fondo), pues permíteme dudar de la supuesta imposibilidad de que una mujer pueda sentir tres cuartos de lo mismo. O un cuarto, por lo menos, o aunque sea una octava parte, según nivel de testosterona. Pero me estoy apartando del tema.

Entre los ciento y pico, no, pongamos trescientos libros de aves que tenía en mi niñez (ver post anterior) había uno impreso en India y con el llamativo título de Nurseries of Heaven. En la contraportada venía la justificación del título, así:

Look for me in the nurseries of Heaven. (Francis Thompson)

Poca importancia le di, naturalmente a ese tal Francis Thompson, quienquiera que fuese, en aquel entonces. Hasta que lo volví a encontrar, casualmente, años más tarde, en The Penn Bookshop... ¡Fóllenme lateralmente con una cuchara oxidada! ¡El sitio todavía existe (cambiado de nombre) y está en Google! Lo siento, siento la interrupción, pero tengo que hacer esto:





Bueno, resumimos. Antes de llegar al tema principal, que es nada menos que el catolicismo sicodélico del propio Francis Thompson, decir que al contrario de lo que te harán creer tus profesores de informática, un libro no es una secuencia de códigos ASCII apta para ser presentada en formato txt, doc, HTML o pdf en una pantalla de 17 pulgadas. No. Es un objeto físico, con su propio peso, textura, grosor de papel, encuadernación, ilustraciones, portada, contraportada, tipo de letra, paginación, anotaciones, y olor. Sí, olor. El olor dentro de esa librería era una experiencia única e inolvidable. Porque lo que se vendía allí no eran libros actuales, sino tomos de segunda mano, o en muchos casos tal vez de décima mano. Por tanto, ahí encontrabas básicamente dos cosas: los gustos de otra generación, la de tus bisabuelos o tatarabuelos, y unos precios irrisorios. Habitualmente, yo salía de allí con una funda de 5, 6 libros, todos impresos hacia más de medio siglo, rayano en siglo entero. Llegaba a casa y husmeaba esos libros. Luego, repasaba las anotaciones, que en muchos casos había, en lápiz la mayoría, muy borrosas algunas pero visibles, en una letra que también era de otra generación. Luego, leía. Y leer era todo un ritual en sí, para lo cual, como poco, se necesitaba confort, fuente de calor, puerta cerrada y tiempo. Lo que intento decir con todo esto es que si eres un ser humano y no un simple CPU, y recordando tus relevantes instintos básicos tal como los acabo de resumir, reconocerás que no es lo mismo enterarte del argumento del Joseph Andrews de Fielding mediante wiki, que mediante Brodie's Notes, que mediante una rápida hojeada a una edición pdf que tienes abierta en pantalla, que comprando un libro de segunda mano, de unos 60 años de edad, encuadernado en cartón duro de color índigo, con páginas de poco grosor que exigen un tacto fino, delicado y respetuoso, y que embriagan por su solo olor. Ahí entra algo del instinto contemplativo o estético (un libro, a veces, es un objeto dotado de belleza propia, con independencia del texto), y algo del posesivo (el libro es tuyo, ocupa un lugar en tu habitación). Queriendo obviar esos dos aspectos, y limitarnos a la instrumentalización del contenido textual, nos hemos empobrecido terriblemente. Por lo menos, eso creo.

En fin. The Penn Bookshop me sirvió para leer mucho Walter Scott, muchísimo Maurice Maeterlinck (el tipo era una barbaridad de popular en la Inglaterra de principios de siglo, pongamos hasta los 30: no sé si el hecho comprobado de que ese Premio Nobel había plagiado de modo descarado influyó en su posterior olvido, pero lo encontrarás citado en el Ulysses de Joyce, y en mi página de poemas le dedico un soneto también); mucho Shakespeare y Milton, y aparte, obras de un encantador y enternecedor kitsch, productos de tiempos más inocentes, entre ellos, una maravillosa obra de una tal Wilhelmina Stitch, hilarantes poemas de asombrosa insulsez escritas en formato prosa a pesar de lo machacón de su ritmo y de sus rimas. También adquirí un volumen de un poeta canadiense llamado Robert W. Service, cuya especialidad era poemas narrativas de gran robustez y sencillez y tono moralizante (su tema preferido, la soledad y la disciplina interior de un explorador pionero). Muchas joyas, en resumidas cuentas, inasequibles para el devoto de Amazon.

Fue allí que me encontré con ese Selected Poems de Francis Thompson, tomo de dimensiones reducidas y color verde, que si no me equivoco se encuentra actualmente debajo de la cama de una pareja lesbiana en el Bajo Pirineo... pero ésa es otra historia. El propio Thompson, por supuesto, merece un post aparte. Ya estamos llegando.



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