El catolicismo sicodélico (3)

Francis Thompson (1859-1907) fue uno de esos jóvenes estudiantes de medicina que rápidamente se hartan de tanta embriología e inmunología y sueñan con dar la vuelta a Sudamérica en bici, o bien con ir a Londres y convertirse en joven y brillante promesa de la literatura. Ignoro si el haberse graduado en medicina era algo que facilitaba la obtención de drogas que de todas maneras en aquel entonces eran lícitas (Las Confessions of an English Opium Eater de de Quincey, de hacia medio siglo, eran aun best-seller, y apenas había poeta romántico de renombre que no había flirteado públicamente con el opio): la cuestión es que a poco de graduarse, y de cumplir su sueño de instalarse en Londres, Thompson ya era adicto, lo que significó en la práctica que los pocos ingresos que podía percibir a través de la venta ambulante (fósforos, diarios) se le fueron en droga, convirtiéndolo en uno de esos sin hogar que hoy día siguen la acostumbrada tradición londinense de dormir acurrucados en las plazas públicas, contra el frío asesino y bajo la mirada suspicaz de los agentes de policía nocturnos. Por lo que yo digo: la próxima vez que algún joven con aspecto louche suba a bordo del colectivo y anuncia que va a pasar por cada uno de sus respectivos asientos, conviene recordar que tal vez estás viendo a un futuro gran escritor, a un inmortal que ahora está pasando por esas duras pruebas por las que pasan, ineluctablemente, la gran mayoría de los inmortales. En fin. La situación descrita duró, según sus biógrafos, tres años, e incluyó un conato de suicidio. Su eventual salvación le llegó de la mejor manera posible, en la persona de una prostituta que entabló amistad con él y compartió con él comida y alojamiento. Lo que le permitió, a duras penas, escribir (en lápiz, sobre una hoja de papel "escuálida") y enviar a una revista literaria el poema que le conseguiría su primer reconocimiento. Otros poemas siguieron. Al poco tiempo, él llegó a casa después de un paseo por el Támesis y se encontró con que su amiga y salvadora había desaparecido, llevándose todas sus pertenencias, aparentemente para evitar que su asociación con una prostituta dificultara su ascenso en el mundo de las letras en el que recién ingresaba. Volvió a las drogas. Pero su primer poema, publicado en la revista católica Merry England, había llamado la atención del editor, Wilfrid Meynell y de su esposa, Alice Meynell (née Thompson, no relation), acomodada y virtuosa literata, autora de un libro de ensayos (también asequible para mí a través de The Penn Bookshop) y poesía. Ella y su marido quisieron conocer personalmente al poeta, y fue así que, tras un par de desencuentros, descubrieron a ese hombre demacrado, barbudo, hediondo, paupérrimo y preso de todos los síntomas de la adicción. Le llevaron a su casa y se dedicaron a devolverle a la salud como podían.

De allí hasta que murió, a la edad de 47, fue protegé de los Meynell, aunque su continua adicción les obligó a enviarle a lugares más curativos, entre ellos un monasterio donde tuvo, a la fuerza, que pasar por el cold turkey. Publicó tres colecciones de poemas y algunos ensayos. Murió de tuberculosis.

También figuró en las pesadillas de un tal Coventry Patmore, aspirante a gran poeta, hoy olvidado, de cierto talento irremediablemente viciado por una completa falta de sentido de humor, hombre altivo, arrogante y devoto (a pesar de ser casado) de la Meynell, quien con el tiempo se vería obligada a darle largas, pese al exquisito autocontrol que el pomposo literato ejercía sobre sus sudorosas manos y su entumecido bigote. Patmore nos resulta simpático hoy por un simple accidente, el de haber escrito el poema más odiado por las feministas de todos los tiempos, Angel in the House, que pese a expresar perfectamente el sentimiento sexista de su época, con su boba idealización de la recontravictoriana little woman, nadie más hubiera tenido la insensatez de publicar.

La cuestión era que el inocente de Francis llegó a publicar una serie de poemas con el título evocador de Love in Dian's Lap (Amor en el Regazo de Diana), dedicada a la encantadora Meynell. Patmore, que ya había pregonado a los cuatro vientos la grandeza y las virtudes literarias de Thompson, y que soñaba todas las noches con eso, precisamente, con el Amor en el "Regazo" de la mencionada Meynell, tuvo que convertirse en espectador enfurecido e impotente de esa peligrosa amistad entre el desamparado escritor y su segunda salvadora, amistad que el marido de Meynell vio con benévolos ojos, bien porque era inglés, bien porque era lo bastante perspicaz como para darse cuenta de que Francis Thompson no representaba ninguna amenaza a su paz conyugal. De hecho, hubiera sido difícil encontrar en esa época hombre más inocente y más infantil. Infantil, según su propia estimación ("búsquenme en las guarderías del cielo"), y según sus biógrafos, que nos recuerdan que dedicó poemas llenas de inocente agradecimiento y tierna admiración no solamente a la Meynell sino a las hijas de aquélla.

Aun así, esta especie de delicioso triángulo doméstico lleno de heroico autosacrificio y sinceros y nobles sentimientos les puede parecer a algunos hoy en día poco plausible, o ridículo. El dato necesario que falta para que todo tenga sentido es el hecho de que todos los actores de este minidrama sin catarsis eran católicos. Y ser católico en Inglaterra, sobre todo entonces, era muy otra cosa que ser católico en un país de tradición católica mayoritaria. Significa ser miembro de una religión minoritaria, sujeta a ocasionales persecuciones históricas y suspicacia popular, pero al mismo tiempo, con cierto arraigo entre las clases más altas y pudientes. Significa ser heredero de una tradición globalizadora y cosmopolita, frente a una cultura altivamente insular. Y finalmente, significaba entonces defender, contra cierto puritanismo de templanza, resignación, mezquino esnobismo, caras largas y "buenas costumbres", una tradición que conjuga un llamativo ascetismo con cierta indulgencia ante el gozoso exceso, la embriaguez mística de la tradición continental. De modo que los más famosos católicos ingleses del último siglo y medio han sido hombres como Hilaire Belloc o GK Chesterton, devotos públicos de la buena cerveza y la buena mesa, o como Graham Greene y Evelyn Waugh, figuras literarias complejas y atormentadas. En todo caso, creo que es fácil hacerse la idea de una mini-sociedad de literatos burgueses que cargaban sobre su conciencia, los 24 horas del día, la responsabilidad de ser embajadores de cierta noción de virtud dentro del sacrificio y de la renuncia, en medio de una cultura de incomprensión y peligrosa suspicacia, hambrienta de escándalo.

En fin, lo que precede era nomás para despejar el camino hacia un poema extraordinario que será tema del post siguiente.

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