Réquiem por una guitarra
Han muerto guitarras que nunca se podrán reemplazar: Hendrix, Segovia, Garcia, Reinhart. La mía, robada hace dos sábados por unos ladrones que entraron y salieron por la ventana de atrás, con aquéllas sólo tiene en común ese detalle, que no será reemplazada. Me queda poca vida, y los tiempos no están para hacer música, ni la cartera llega tan lejos. Tengo demasiado trabajo. Lo mío ahora es este teclado esclavizador: Append Queries, tablas auxiliares. Para aquellos momentos en que uno hacía un descanso de cinco minutos, y empujado por un dudoso automatismo muscular y nervioso extendía la mano para buscar ese cuello y esas cuerdas, para dejar volar el alma un momento al son de Bach, de Bacharach, de Joplin, de Satie, de Luys de Narváez, de Alfonso X o de Ventadour, siempre quedan otros recursos: el cigarrillo, el pasear nervioso por el pasillo, el post incoherente y gruñón. Estoy viviendo un crepúsculo en cámara lenta donde cada gesto y cada sonido se torna hacia un pasado más luminoso apenas recordado en busca de justificación y narrativa.
Para aguantar a los evangélicos de en frente, en amplificado ensayo permanente día y noche, me digo: una vez fui joven, una vez hacía eso. El guitarrista novelero es como el perrito que recièn ha descubierto el placer de mamarse. Es aburrida y compulsivamente autoerótico. Lo que no es, si tiene una pizca de oído: histriónico. Los aspavientos mimetizados del air guitarist dejémoslos para quienes en la cabeza y en los oídos sólo tienen eso, aire. El guitarrista de verdad es ensimismado, y las "caras" que todo macdonaldero codicia para sí son propiamente de ensimismamiento, de autoerotismo, son caras de Danäe; algunos (yo) ni teníamos caras (después de más de un recital: "por qué mierda tienes que ser tan impasible, tan de roble. ¿Y el espectáculo?"). Habla bien de nuestra humanidad degradada por la civilizaciòn, que todavía somos capaces de querer (aunque no sepamos cómo) tener alma, ser algo más que una fotocopia, tener algo en el interior que haga juego con nuestra pisoteada herencia de seres pensantes y sentientes. Y que reconozcamos, aquellas pocas veces en la vida cuando nos crucemos con él, por su cara o sus caras, a quien sí tiene eso.
(El poeta se murió en diciembre del año pasado. Nunca será popular ni le publicarán: por eso fue poeta. El privilegio de volver a leerlo lo postergo para cuando vuelva a ser humano.)
Lo malo, tal vez lo definitivo de los robos: el que roba priva a otro de lo que a él no le beneficia en nada. El que roba, resta utilidad, y al jardín del mundo le agrega sólo más cristal roto. Si el que se llevó mi guitarra supiera tocar, fuera otro Segovia en potencia, ni fuera robo, sino justicia. Pero sabemos que no es así, que nunca es así: el que tiene oído no codicia; escucha y atesora.
Ser músico altera el sistema nervioso de manera permanente. La digitación entra en el cerebro y se talla sus propios sinapsis. Una vez, con dieciséis años, iba al colegio en el autobus no. 48 y delante de mí había una chica: sólo recuerdo de ella que tenía el pelo negro y rizado, la cara redonda, y que a lo largo de su cuerpo vestido de uniforme escolar, había una escala melódica de Re menor sobre un acorde de la mayor con noveno disminuido. Uno anda así, y termina confundiendo (aunque sea cursilonería: sí, lo es) guitarra y mujer. El hambre físico, manual, prehensil, el sudor de la ausencia, los deseos de dominación, se parecen bastante. (Sólo que con la guitarra uno no jode: a menos que sea cristiano evangélico, claro.)
El instrumento termina pareciéndose a su dueño. Por eso afirmo que no le darán al ladrón ni cinco por él. Mugrienta, polvorienta, con conatos de desprendimiento en varios sitios, surcada de arrugas (ganas de tocar tarantos y bulerías, pero al final sólo eso, ganas) y una cuarta que desafinaba alrededor del décimo traste desde hace meses. Pero tal vez su viaje sólo comienza. Me siento como una mitocondria paterna despidiendo al cigoto con un pañuelo blanco impregnado de ubiquitin, como la Bella Lola en Calella de Palafrugell. Que le vaya bien, dondequiera que esté. Fue una asociación que, como otras muchas, en algo me mejoró. A diferencia de otras muchas, la seguiré añorando.
Para aguantar a los evangélicos de en frente, en amplificado ensayo permanente día y noche, me digo: una vez fui joven, una vez hacía eso. El guitarrista novelero es como el perrito que recièn ha descubierto el placer de mamarse. Es aburrida y compulsivamente autoerótico. Lo que no es, si tiene una pizca de oído: histriónico. Los aspavientos mimetizados del air guitarist dejémoslos para quienes en la cabeza y en los oídos sólo tienen eso, aire. El guitarrista de verdad es ensimismado, y las "caras" que todo macdonaldero codicia para sí son propiamente de ensimismamiento, de autoerotismo, son caras de Danäe; algunos (yo) ni teníamos caras (después de más de un recital: "por qué mierda tienes que ser tan impasible, tan de roble. ¿Y el espectáculo?"). Habla bien de nuestra humanidad degradada por la civilizaciòn, que todavía somos capaces de querer (aunque no sepamos cómo) tener alma, ser algo más que una fotocopia, tener algo en el interior que haga juego con nuestra pisoteada herencia de seres pensantes y sentientes. Y que reconozcamos, aquellas pocas veces en la vida cuando nos crucemos con él, por su cara o sus caras, a quien sí tiene eso.
(El poeta se murió en diciembre del año pasado. Nunca será popular ni le publicarán: por eso fue poeta. El privilegio de volver a leerlo lo postergo para cuando vuelva a ser humano.)
Lo malo, tal vez lo definitivo de los robos: el que roba priva a otro de lo que a él no le beneficia en nada. El que roba, resta utilidad, y al jardín del mundo le agrega sólo más cristal roto. Si el que se llevó mi guitarra supiera tocar, fuera otro Segovia en potencia, ni fuera robo, sino justicia. Pero sabemos que no es así, que nunca es así: el que tiene oído no codicia; escucha y atesora.
Ser músico altera el sistema nervioso de manera permanente. La digitación entra en el cerebro y se talla sus propios sinapsis. Una vez, con dieciséis años, iba al colegio en el autobus no. 48 y delante de mí había una chica: sólo recuerdo de ella que tenía el pelo negro y rizado, la cara redonda, y que a lo largo de su cuerpo vestido de uniforme escolar, había una escala melódica de Re menor sobre un acorde de la mayor con noveno disminuido. Uno anda así, y termina confundiendo (aunque sea cursilonería: sí, lo es) guitarra y mujer. El hambre físico, manual, prehensil, el sudor de la ausencia, los deseos de dominación, se parecen bastante. (Sólo que con la guitarra uno no jode: a menos que sea cristiano evangélico, claro.)
El instrumento termina pareciéndose a su dueño. Por eso afirmo que no le darán al ladrón ni cinco por él. Mugrienta, polvorienta, con conatos de desprendimiento en varios sitios, surcada de arrugas (ganas de tocar tarantos y bulerías, pero al final sólo eso, ganas) y una cuarta que desafinaba alrededor del décimo traste desde hace meses. Pero tal vez su viaje sólo comienza. Me siento como una mitocondria paterna despidiendo al cigoto con un pañuelo blanco impregnado de ubiquitin, como la Bella Lola en Calella de Palafrugell. Que le vaya bien, dondequiera que esté. Fue una asociación que, como otras muchas, en algo me mejoró. A diferencia de otras muchas, la seguiré añorando.
Guitarra vieja que te acompaña...
ReplyDeleteLo bueno de la música, es que permite que uno haga de ella, el catalizador de muchos de nuestros actos.
A mi me gusta, cuando estoy en brazos de una dama, pensar mucho en ella (la música). Hasta hago alarde de ciertos conceptos, como el pizzicato de los pezones, la toccata de la culata, el allegro ma non tropo de una buena mamada, el rondo y el addagio del coito.
Espero que pronto encuentres remplazo a esas cuerdas y trastes.
Jajajaja. Magistral.
ReplyDelete¿Quién hubiese pensado que la guitarra clásica pudiese enseñar tales cosas?
¿Cómo es la pronunciación de esas palabras en el lenguaje de Chaquespierre? ¿Tirandou and apoyandou, o stroking and withdrawing? Fascinante esto de echar bolsa en clave de sol y con arpegio incorporado.