El Síndrome de Estoeselcolmo


Hace muchos años, en algún programa de comedia de la televisión inglesa, no recuerdo si perpetrado por The Two Ronnies o el irrepetible Benny Hill (a quien yo personalmente canonizaría, o sea le colgara el sambenito de San Benny, en vez de ese plasta de Karol Wotyirarwe?, bien se lo merece), hubo un sketch satírico en que los policías de tráfico multaban a los transeúntes, por cosas como “andar con exceso de velocidad”, “no mirarse el pintalabios en el espejo”, etcétera. Han tenido que pasar muchos años para que viera convertido en realidad ese supuesto. Que Ecuador pertenece a los países con cultura fuertemente matriarcal, con la consiguiente dosis de autoritarismo arbitrario y desquiciado (entendámonos: el matriarcado niega a los ciudadanos el atributo de adultos responsables; todos somos niños eternos en la nursery de la Madre Patria), ya lo constaté hace tiempo, pero este nuevo esperpento de multar a los peatones es menos revelador al respecto que las entrevistas callejeras hechas por los programas de noticias, en que los entrevistados decían cosas como “creo que es una buena idea multarnos: así aprenderemos a observar mejor las reglas”. Tal actitud de humilde sumisión a la autoridad, que en este caso sabe mejor que nosotros por dónde debemos caminar, y que como madre oficiosa sólo pretende salvarnos de las consecuencias de los errores propios (a menos que quieran evitar que la sangre peatonal destiña momentáneamente la linda carrocería de algún vehículo gubernamental) es una necesaria correctiva a esas escenas, ya desdibujadas y con sabor a epopeya, de defenestraciones presidenciales que tanto me impresionaron cuando recién llegaba acá. Digamos que ahora sí lo he entendido: si antaño echaban a algún que otro presidente, no era porque se excedía en sus funciones, que se le iba la mano, nada de eso: era porque no era lo suficientemente autoritario.

Y así se entiende que precisamente donde a un Lucio, que empezaba con tan buen currículum (golpe de estado, salvación de la Patria), le perdieron las vacilaciones y las voltefaces, un Velasco Ibarra o un Rafael Correa (ése que se empeña en llevar puesta siempre una de esas camisas tipo regalo de navidad de la mamá, las que cualquier chico sensato esconde al fondo del armario) tengan tanta popularidad aquí: por lo bruto, por la boot in the face que diría Plath. El autoritarismo es la gran debilidad de los ecuatorianos. Les encanta que les digan por dónde pueden o no caminar, cuál emisora pueden ver y cuál no (niños: las corridas de toros son muy malas: hoy no habrá postre para ti. Los Simpsons, ni hablar: corrompe la mente); hasta ir a la iglesia parece que a algunos les gusta (en Durán, hasta que mamá dijo que nanay, iban mejor a La Capilla. Ya no. Tal vez cantaba demasiado eso de tener un burdel en calle angosta justo frente a la comisaría).

Claro que generalizo; también lo hacen las constituciones y los pronunciamientos electorales.

El toque específico que este país añade al cóctel del autoritarismo rampante es ése de vernos la cara de cojudos, en palabras de algún apoplético representante de la 3 el otro día, toreando bien que mal a un Andrés Carrión recién convertido al evangelio de la lobreguez de expresión. Me gusta la locución, pues sugiere, creo que acertadamente, que todos tenemos múltiples caras posibles, destacando por su gran belleza plástica la de cojudo, que siempre imagino como algo parecido a la de un Felipe IV retratado por Velázquez. Es comprensible que una cara así, caso de tenerla uno en su repertorio, sea muy solicitada por un público exigente, y cuando ese público sea también la autoridad, ¿cómo negárselo? Así que últimamente, cada mañana delante el espejo y en medio de la copiosa espuma, me he puesto a ensayar caras de cojudo, poniendo a prueba mis más recónditos músculos faciales de la manera tan bien descrita por Kingsley Amis en Lucky Jim. De esta manera espero verme digno algún día de atraer la atención de ese Rey Sol tan ansioso de diversión en forma de semblantes idiotas. Y hablando de semblantes idiotas:

Hay quien fabrica, y hay quien fabricia. Eso es la pura verdad. Faltaba que la sin par Gabrinea, digo Gabriela, lo constatara con su habitual precisión en su columna de El Universo, con ese estilo suyo que sólo me sugiere como adjetivo nerdoso, quiero decir que si siempre he sentido envidia de los nerds, de esa gente que se sabe de memoria el constante de Planck, cómo no voy a enamorarme de modo enfermizo de una nerd en femenino que sólo con verla uno siente ganas de asistir a una de sus clases de macroeconomía para que te hale delante de toda la clase y te ponga a escribir cien veces en la pizarra “no cargaré tasas arancelarias en los artículos suntuarios”. En fin, uno no escapa de tener veleidades masomenosoquistas también, de querer que una autoridad te reprenda de vez en cuando, con tal de que esa autoridad sea condenadamente guapa y que te permita fantasear un poco… pero dejando de lado ese asunto, cierto es que donde algunos se ganan una clientela con un Big Cola, otros se ganan millones porque se llaman Correa, y en un país donde hay tantas caras de cojudos y tanta pandemia de burocracia imparable, y donde el gusto por el autoritarismo matriarcal llega a los extremos de, en plena Asamblea Constitucional, sugerir que se regule también el goce sexual (en serio, querido lector extraterrestre, eso pasó), pues no es difícil que el verbo fabriciar llegue a tener éxito para sugerir cierta manera de imitar tan bien a un tuco que el resto de los animales, como diría Orwell, miren a uno y otro, y ya no distingan entre tuco y humano, o entre nebotismo y nepotismo, o entre bankers y wankers, y que todo a pesar de todo siga igual, pues la autoridad ha dicho que no hay de qué preocuparse.

Hay un síndrome de Estocolmo para los rehenes que, una vez liberados, sienten comprensión y compasión hacia sus captores: “creo que ha sido una buena idea secuestrarme: así he llegado a entender mejor la injusticia de la que esa gente inocente ha sido víctima, sólo por el hecho de tener una orientación diferente, la de terrorista”, etcétera. Que la de Estocolmo, actualmente tan en boga en este país (“creo que es una buena idea cerrar emisoras de televisión, así aprenderemos a no perder el tiempo con frivolidades de telenovelas”) pase a la de Estoeselcolmo, con los datos en la mano todavía parece que hay un buen trecho. Ya veremos.

Comments

  1. Sin par, o con un buen par (2 aditional braw sizes on that petit anatomy, and I would be forced to violate my vows of marriage...once and for all), el caso es que esa mujer sigue teniendo ese je ne sais quoi que mesmeriza.

    En cuanto al resto cuando no eran las élites incaicas, eran los barbudos ibéricos, sus descendientes criollos, o los sociolistos seculares, el caso es que del rio brabo al sur nos han acostumbrado a ser súbditos obedientes y obsecuentes con el vasallaje.

    Interesante teoría la de que a los Presidentes no les destronamos por autoritarios sino por falta de eso mismo. No me había puesto a pensarlo, pero creo que lleva Ud. razón, como casi siempre. Welcome back.

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  2. ¡Qué buen post! Y tampoco lo había visto desde esa óptica, pero puede ser. Yo tiendo a apoyar el hecho de que los que han botado presidentes son los quiteños, y a éste camisitabordada no lo van a botar por nada del mundo....¡nunca antes han tenido tantos ministerios dónde trabajar!

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  3. Cierto es que la muchacha es espabilada. Leyendo su comentario hay poco o nada que añadir.

    Hablemos del "poco": No creo que se pueda tener un gobierno funcional con sólo practicar la estructura observada en los "países con mayores libertades económicas". Contrariamente al optimismo de Gabriela "Algo" (cuando una mujer es simpática, tiendo a no recordar su apellido ;-)), yo no confío en quienes de todos modos formen parte de los grupos de poder (¿Se puede crear un país donde no existan diferencias de poder?). Siempre que exista una suma de poder y oportunismo idiosincrático, tienden a ocurrir las mismas desigualdades.

    Creo que la ventaja está en que hay más oportunidades para más gente, pero sería interesante que alguien más entendido me explique ¿por qué/cómo la libertad económica (i.e. menos estado) salva el problema de la naturaleza de los hombres de un país (éste, por ejemplo)?

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  4. Gracias a todos por comentar, y disculpen la demora en contestar.

    Juan: permíteme apuntar que la fotografía que últimamente acompaña tus comentarios, pese a su casi exclusivo enfoque bucal y nasal, tiene un no sé qué que me recuerda ese gran pintor griego Theotokopoulos, quiero decir que estoy casi obligado a hacerme una imagen de ti a semejanza de alguno de esos austeros y enlutados caballeros del Entierro del Conde Orgaz, todo lo contrario de la imagen más bien rabelaisiana que antaño entretenía, basándome en cuestiones estilísticas. Me llevas la ventaja en lo del bra size de la Gabriela, pues la iconografía oficial de El Universo no permite demasiadas especulaciones al respecto.

    KM: en cuestiones de tráfico soy tan ideológicamente indeciso que tal vez raye en esquizofrenia. Mejor que me calle. Eso sí, aplaudiría cualquier iniciativa ciudadana que tuviera por meta aniquilar tantos vigilantes acostados que desfiguran las carreteras de este país. (Desde que unos tipos de la CTG me ayudaron a hacerme camino hasta el Hospital del Niño en una emergencia, con sirenas y todo, tendré que prescindir del inevitable chiste fácil a sus expensas.) Si para que no haya vigilantes acostados es necesario primero que los conductores aprendan a conducir, pues que aprendan, chucha de su manga corta.

    Xcia: ¿en los ministerios se trabaja? Si así fuera, qué excéntrico país sería éste.

    Titus: "yo no confío en quienes de todos modos formen parte de los grupos de poder ". Bienvenido.

    Respecto a tu pregunta, como buen ateo creo que ante los problemas de "la naturaleza de los hombres" (de este país o de cualquiera) no hay salvación posible: es decir, como no hay ni dioses ni superhombres, cualquier sistema político tiene que partir del supuesto de que todos somos iguales en el egoismo, iguales en la corrupción o por lo menos en la corruptibilidad. De ahí se deriva que si entregamos poder a una persona o a un grupo de personas, no importa la tendencia ideológica que profesen, no importa su retórica, ese poder va a ser utilizado en provecho suyo y en detrimento de los demás, de los no poderosos. Creer en los mesías, en los gobernantes buenos y justos, en los "repartidores de riqueza", me parece puro infantilismo. El quid está en buscar cómo limitar el poder de los poderosos. Reducir el tamaño del Estado es un paso en este sentido. También lo es la insumisión ciudadana en cualquier sentido. El Estado es el enemigo perpetuo de todos, menos los arrimados al abrevadero, evidentemente, menos los Fabricios de este mundo para ser más preciso.

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  5. Emperador,
    Sepa vuecencia que mi aspecto, si bien pudiera en su imaginación, probablemente deformada como la vista de Doménico, el griego y toledano retratista que menciona, estilizarse en quijotesca figura, poco tiene de austera o gongorina y más se turbáran mis oculos de encontrarme en tamaña y asténica tesitura, pues no soy amigo que vea menester virtuoso alguno en la abstinencia de placeres; y siendo el llantar, sin duda posible, uno de los más exquisitos de aquellos, amén de la compaña en la pereza y el sosiego imprescindible para el buen juicio, sepa Ud que en poco acierto tendría su merced en alejarme de anatomías quevedianas.

    Cierto es, para solaz de su merced, que en otrora y reencarnatoria existencia, con breve apogeo místico, seguro estoy que su visión de mi figura, asemejada a censor de negro atuendo y barba cabría, encontró acomodo, tanto como el gálico que a ciencia cierta acompañó vida de tan morbosa sobriedad.

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