Cabra e Iguana

Fue una amiga mía en Barcelona, Pauline, dour Yorkshirewoman con sensibilidad hacia los animales, quien fundó aquel refugio metropolitano que, a pesar de ser concebido para albergar a gatos y perros extraviados, tuvo como primeros huéspedes a una cabra y una iguana, que a decir de mi amiga ocupaban el mismo recinto y se llevaron como excelentes compañeros. El lado cómico del asunto tal vez no sea tan evidente por aquí, donde esos reptiles salen hasta en el wan ton; en Europa, donde las iguanas son tan exóticas como, digamos, los heterosexuales en el Municipio de Durán, “cabra e iguana” podría servir fácilmente como nombre de un grupo de rock avant-garde, o como título de álbum, o como apelativo de pub inglés, o como inspiración para una obra de arte discretamente surrealista. En cambio, aquí me valgo de la combinación para, sencillamente, recordarle al lector que tiene tres cabezas; o sea, que aquello de ser Santísima Trinidad ya es de todos.

El meme en cuestión me lo contagió primero Koestler (the Ghost in the Machine), pero lo he vuelto a encontrar en Julian Barnes y un sinfín de sitios más. Parece un lugar común; por tanto, probablemente no tenga mucho que ver con ninguna realidad. Pero a mí me consuela y me alienta. En su versión primitiva, la teoría sostiene que la evolución del cerebro humano, en lugar de ser paulatina, cumulativa y armoniosa adaptación de un solo órgano, como si de la lenta construcción de una casino Art Deco se tratase, procedió de una manera improvisada y oportunista, algo parecido a aquellos edificios guayaquileños donde, cuando el dueño quiere añadir otro piso más, resulta que los pilares no dan para tanto, y entonces, se alzan nuevos pilares alrededor de los primeros y se construye una planta separada de las otras, con escalera externa, a la vez que lo que antes fue el patio se convierte en tienda, con tejado de zinc, paredes de gypsum y dificultoso acceso al resto del solar. De tal manera que lo que tenemos en nuestros cráneos es un cerebro de reptil, que cuando ya no daba más de sí fue complementado con otro de mamífero, burdamente estirado encima, que se comunica con el primero de una forma vistosamente ineficaz, y para otra copa de inri, tenemos esa monstruosa excrecencia del neocórtex de primate, que se lleva con los otros dos cerebros más o menos como perro y gato, o CONAIE y gobierno.

En otras palabras: que si la evolución del cerebro humano hubiera sido a cargo de Bill Gates, apenas hubiera salido peor de lo que nos salió.

Según Barnes, entonces, cada noche te acuestas con un lagarto y un caballo, o (según yo) con un chivo y una iguana, siendo tú, despojado de tu ropa y de tus entrañables arrogancias, el hombre o la mujer del bosque, Dios orangután. Y todo eso, sin tener siquiera que casarte.

Lo cual me parecería apenas una aburrida obviedad (que el ser humano lleve una relación problemática consigo mismo no es precisamente noticia fresca), si no fuera por la interesante manera en que tal cliché se presta para elucubraciones fantasiosas y distorsiones popularizantes estilo pop psychology best-seller: por si acaso, y ya que estoy en crisis financiera y la cosa está entre ponerme a limpiar botas en la entrada del World Trade Center, vender pollos o escribir manuales de éxito y liderazgo, yo lo vi primero. Prosigamos.

A todo el mundo (sospecho que hasta a la mismísima Aminta Buenaño, en algún rato no confesado) le interesa el sexo, de alguna manera. Pero no todo el mundo tiene la clave secreta de nuestros instintos sexuales, la cual, en este modesto libro de 212 páginas (note to self: get fake doctorate, invent some patient histories) le será progresivamente revelada. Con estos conocimientos y un poco de NLP (el próximo libro, paciencia), usted se transformará en arrollador chick magnet o en celebérrima y envidiadísima Mata Hari, según preferencia.

Primero: todos tenemos dentro a una iguana escondida (o medio digerida, si recién fue a comer en un chifa). Si usted requiere una demostración de este hecho, haga lo siguiente: trasládese a algún terreno herboso que tenga cerca, agáchese en el suelo, y comience a decir que sí con la cabeza, de manera enérgica y decidida, durante unos tres minutos. ¿Se da cuenta de lo bien que se siente? Además, lo más seguro es que al cabo de esos tres minutos una pareja jubilada de origen noruega le estarán haciendo fotos con una cámara Sony de 5,2 megapíxeles. QED.

Segundo: usted también lleva dentro a un recóndito chivo. En demonstración de lo cual, prueba ir durante tres días sin bañarse, sin usar desodorante y comiendo basura a cada rato (bueno, esto último puede que ya lo haga). Le prometo que al tercer día, ni el mismo David Attenborough podrá distinguir entre usted y una cabra, por lo menos vía interrogatorio olfativo. QED.

Tercero: usted también es primate. Se compró este libro, ¿no es cierto?

Ahora viene la parte interesante.

Si dentro de nosotros tenemos a esos tres animales, entonces el gran reto para los seres humanos es conseguir que todos tres se realicen, de forma simultánea, cada uno a su manera. Las pocas personas que, a lo largo de la historia, han ahondado en esto han descubierto un poder, una felicidad y una serenidad que trascienden el tiempo y el lugar para convertirlos en seres universales, auténticas lumbreras para el resto de la humanidad. (Con residencia en Miami y harta plata.)

Pues resulta que donde mejor podemos aplacar y complacer a nuestros cabra e iguana interiores, es en el sexo.

En serio. De los científicos es sabido, que el cerebro primitivo se encarga del sistema nervioso parasimpático, y que a la iguana que llevamos dentro le interesa sobre todo la temperatura ambiental, a ser posible gozar de un entorno caliente y soleado; le interesa también bastante la comida y la armoniosa digestión; y sobre todo, le chifla estar ahí sin hacer prácticamente nada, sapeando el panorama, y moviéndose sólo de vez en cuando, con una mesurada lentitud. De tal modo, que a veces en el sexo uno tiene ganas de ser pasivo, de cerrar los ojos y quedarse medio adormilado, de dejar que la otra persona te arrulle y apapache y te caliente el cuerpo, y limitarse a disfrutar sobre todo de las sensaciones. Es el reptil que llevamos dentro, y es totalmente respetable. Merece ser escuchado más veces de lo que lo hacemos.

Más adelante en nuestra evolución, fuimos cabrones y chivas: aprendimos lo importante que era usar la vista y el oído para no equivocarnos de pareja, y a la vez, la necesidad de embestir fuerte, y de pelearnos con Raimundo y todo el mundo para conseguir la mejor pareja posible. Aprendimos a llevar cuernos, y a otorgarlos. Todo lo cual, desde luego, es el modo más corriente que tenemos de entender el sexo en la actualidad: como algo gozosamente físico, cabril, montañoso y escarpado, triatlón de arduo emprendimiento atlético, en el que el papel de cada uno y de cada una está predeterminado biológicamente y lo que cuenta es el sudor derrochado y las cicatrices acumuladas en pos de la dorada cima del orgasmo (u otros inconfesables fines).

Todo lo cual, al chivo de vocación le basta y le sobra para entenderse con el sexo. Desgraciadamente, la evolución de nuestra especie no se quedó allí. Luego, y sobre la precaria base de esos 64K de puro instinto, sobrevino el desarrollo de ese gran centro de computación clandestino que, para caber en nuestro cráneo, tuvo que hacer malabares y contorsiones de lo más inverosímiles. Ese cerebro de primate a la fuerza tuvo que prescindir, por falta de espacio, de un motor de comportamiento sexual propio: en todo caso eso apenas se veía necesario. Máxime, unas cuantas adaptaciones, como por ejemplo el desarrollo de un rito de apareamiento que prescindiera del husmeo genital recíproco preliminar, algo que en un animal bípedo resulta un tantico embarazoso. Nuestro corto paseo por el accidentado terreno de las eras de hielo y las ciudadelas cavernícolas apenas nos infundió unas costumbres y unos dudosos gustos en materia sexual que, en opinión de algun@s, ya quedaron bien desfasados, aunque yo personalmente no veo nada de malo en arrastrar a la mujer por el cabello hasta la cueva, si ella se deja, y si en esa cueva aceptan pagar las compras suyas con tarjeta.

En fin, la cuestión es que por mucho que quisiéramos no podemos prescindir, ni en el sexo, de nuestro tercer cerebro: la cuestión es qué hacer con él, ya que hasta la fecha no ha demostrado marcada vocación de Casanova.

A lo que algunos contestan: duérmelo. A esa aburrida fábrica de polinomiales y remilgos teológicos, invítale a unas copas y pásale un Mickey Finn. Por experiencia, yo diría que a veces eso funciona a la perfección, pero ¿quién no ha tenido la experiencia de estar dale que dale, y de repente escuchar una desorientada voz en su cabeza que dice “Hola, ¿hola? ¿Dónde estoy? ¿Qué hora es? ¿No nos habremos perdido aquel programa sobre el uso de la perspectiva en el arte flamenco del s.XV? Y ¿qué está haciendo con esta chica?”? Lo cual, así sea solamente por lo stevemartinesco, le deja a uno con un amargo sabor en la boca.

Otros dicen: resígnate, llega a un modus vivendi. Si para algo sirve el tercer cerebro, es para reemplazar lentos cursores en procedimientos almacenados de SQL con complejas instrucciones UPDATE que por tener agregados en la lista de SET no funcionan en la versión 2005 de Transact-SQL. Esta actividad puede que no tenga una fuerte carga erótica, pero por eso mismo es ideal para distraer la mente y así prolongar la etapa preorgásmica del coito. Usa el tercer cerebro como freno de motor, o si quieres como bucle retardatorio: es para lo único que sirve.

El problema es que, si bien ganará cierta fama de largo recorrido, no se transformará en Hugh Hefner de esta manera. Ni siquiera en Hedy Lamarr.

Así que, a modo convenientemente apocalíptico y analfabetamente hiperbólico, llegamos a la gran clave del éxito en este tema.

La cuestión, como decíamos antes, es descubrir de qué manera pueden convivir mejor la iguana, el chivo y el chimpancé. Hemos visto que el sexo promete por lo que es algo que le entusiasma tanto a la iguana como al chivo, cada uno a su manera, pero que el chimpancé se demuestra en este tema capcioso y remilgado. Diríamos que todo le parece demasiado evidente, demasiado crudo. No tiene con qué entretenerse. Le ofende tener que cederle tanto protagonismo al chivo, y quedarse en segundo plano.

Pongámosle, pues, un desafío.

(Turn to p. 96)

Comments

Popular posts from this blog

Odio

Relaciones diplomáticas

The OK Salvadoran