Sobra la gratitud

Esta vez, discrepo, tanto con ese amigo que, hace unos meses, nos señaló que el voto por Nebot en Guayaquil se puede considerar un gesto de cortesía de “bien nacidos” en agradecimiento por esa supuesta transformación de la ciudad que habría propulsado, como con ese rector de la U. Caótica que se hace cruces ante la falta de agradecimiento del Primer Mandatario por la educación que recibió en dicha Universidad. Mi razón de fondo es muy sencilla: no se agradece a la gente por cumplir con su trabajo, aun en el supuesto de que lo hayan hecho a cabalidad. Diría que ese tipo de gratitud mal concebida es hasta peligrosa.

Según la versión extendida, que no consensual, el Alcalde Nebot hubiera hecho lo que no hicieron apenas ninguno de sus predecesores, es decir, echarle imaginación, creatividad, ganas, dedicación y esfuerzo a la tarea de transformar Guayaquil en una ciudad moderna, siendo la Perla del Pacífico algunos años antes un escuálido vertedero. ¿Será cierto? No tengo nada que comentar al respecto: no estaba aquí. Lo que sí sé es que esta “ciudad moderna” en algunos aspectos funciona bajo un régimen feudal, anacrónico, y que para cualquier persona inteligente, no sería difícil enumerar una serie de medidas que ayudarían realmente a modernizar esta ciudad, medidas que no se toman por una aparente inercia institucional que se parece remarcablemente a un desabrido conservadurismo de perro del hortelano. Lo que quiero decir con esto es que se le puede reconocer a esa administración una serie de hitos y aciertos, sin por ello caer en la trampa de reconocerse “con deuda” a los actores de esa administración, o peor todavía, fundarse en esa historia de logros para concederles una inusitada carta blanca de beneficio de la duda permanente. Pues al fin y al cabo, si a uno le votan porque promete transformar la ciudad, entonces ése es su deber, por lo que se supone que recibe amplia remuneración: si cumple con su deber, no merece más gratitud que aquella persona que, siendo cartero de profesión, entrega puntualmente las cartas a su destino. Y si, habiendo cumplido con ese deber durante el tiempo, el cartero reivindicara el derecho a eternizarse en el puesto sin necesariamente tener que seguir mostrando la misma asiduidad en el desempeño de sus funciones, lo que mejor le correspondería es una patada en el trasero. Por lo menos, así ha sido la filosofía reinante en todas las empresas por las que he laborado hasta ahora. Así funciona el mundo laboral fuera del disneificado reino encantado de la politiquería.

Así se entiende, por ejemplo, la decisión de los británicos, allá en 1945, de no premiar con su voto al hombre que acababa de liderarlos hasta la victoria en toda una Guerra Mundial. El tal Churchill se había mostrado como un Primer Ministro decidido e inspirador, es decir justo lo que hacía falta allá en 1940. Pero no era tan claro que esas cualidades de guerrero fueran a servir en el nuevo mundo de la posguerra: ínfulas de dictador se le notaba, de antiguo admirador de Mussolini. Así que gracias, pero no gracias. Hizo bien su trabajo: ¿qué quiere, pues, una medalla?

Cosa que, por otra parte, no creo que se pueda decir de la U. Caótica. Yo todavía conservo el recuerdo surrealista de una clase que me invitaron a hacer allá, “de prueba”, en el curso de Traducción. Preparé la clase a conciencia, con la idea de que mis alumnos serían gente muy preparada, que fácilmente podrían ponerme a prueba con sus conocimientos teóricos. La realidad que encontré fue la siguiente: (1) en una clase de una hora, los alumnos iban llegando cada 10 ó 15 minutos, es decir como si de un restaurante de fast-food se tratara, con la evidente idea de que sólo era cuestión de asomar la cabeza en algún momento para que los conocimientos, o lo que fuera que esperaban encontrar allí, les picaran como mosquitos hambrientos nada más entrar por la puerta; (2) el nivel de inglés de esos futuros Traductores se situaba, en el mejor de los casos, alrededor del B1 del CEF, es decir, si el Chavo del Ocho se presentara a un curso de medicina en la U. Caótica, basándome en lo que presencié no se le vería en absoluto fuera de lugar; (3) el ejercicio de las habilidades analíticas, por no hablar del método socrático, para esos alumnos eran mundos desconocidos. Claro que no se puede generalizar: pero cuando leo otros testimonios sobre la misma institución, y cuando observo a qué clase de personas, según apesadumbrada confesión del propio rector, ayuda a “formar”, me quedo con ese agrio sabor de boca a prejuicio anecdotalmente fundamentado que no quita ni el Halls de eucalipto.

Y en todo caso, aunque el Sr. Correa hubiera recibido allí una excelente formación en economía, que luego hubiera olvidado por circunstancias fuera del control del Sr. Doumet, ¿le correspondería por ello una deuda de agradecimiento por lo mismo? No lo creo. A mí me “formaron” (es un decir, o más propiamente una mentira piadosa) en la U. de Oxford, en Inglaterra, de la que recuerdo, más que nada, sus excelentes cervezas, entre ellas la divina 6X de Wadworths y alguna de la cervecería Morrells. De tanto en tanto yo asistí a clases, leía libros, aprobé exámenes, y por obra y milagro de algún oscuro duende, saqué una licenciatura de primera clase, después de una terrorífica viva voce. Es decir, hubo una organización, una formación, a cargo de personas más o menos capaces que cumplieron con su trabajo, cosa que me permitió sacar un título que, durante los siguientes veinte años, oculté al mundo con alguna oscura e inexplicable sensación de vergüenza, pues para mí era un símbolo de mi poca adaptación al mundo real, a ese mundo desalentadoramente práctico que nada sabe de dreaming spires. No obstante, me resulta imposible, a estas alturas, sentir agradecimiento hacia ninguna de esas personas, a pesar de que algunas eran autoridades mundiales en su materia. Si el título me hubiera servido para algo, tal vez, pero no lo creo. Más le agradezco a quien me lleve en carro a algún lluvioso destino, o me preste cinco pavos hasta el lunes, que a una persona que se limite a cumplir con lo contratado y lo remunerado, por muy conscientemente que lo haga. Repito: por hacer, bien o mal o incluso excelentemente, su trabajo no se le debe gratitud a nadie.

Seamos claros. Lo de Correa no fue falta de gratitud: fue, como siempre sucede en su caso, otra mala excusa para la prepotencia, el esnobismo maloliente y el oportunismo populista. Si hubiera un plan gubernamental para mejorar la calidad de las universidades, le correspondería, tal vez, justificarlo con fundadas críticas hacia el status quo, que me imagino no serían difíciles de armar, con datos estadísticos en la mano. Como el único plan que existe es el de intentar someter a todo lo que huele a foco de resistencia, centros educativos incluidos, entonces las críticas fundamentadas sobran, y basta con las historias de vendedores de pollos. Lo demás, caviar para el poblacho. En algún lugar el tipo habrá aprendido que a veces, el mínimo cumplimiento con un deber etéreo y mal definido es más que suficiente para el caso.


PD. Claro que siempre hay otro punto de vista. Según Paulo Coelho, citado por Sagnay en La Alharaca, "un guerrero de la luz" nunca olvida la gratitud. Será que me falta conocer a más guerreros de la luz, al igual que más leprechauns y más hadas madrinas.

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