Ojo colectivo para el tipo individual

El título no es que rutile, precisamente. No importa. Para quien guste de capítulo y verso, es un calco fallido de esta serie de TV estadounidense y más tarde británica. Ayer, como dije, estuve viendo a Correa, experiencia que intento evitar en la medida de lo posible, pero cuando alguien se mete en tu dormitorio a la hora de acostarse, se supone que ha de ser algo muy importante que viene a decirte. Lo que dijo fue (entre otras cosas) que el Estado tiene un papel importante que cumplir, como representación de la Colectividad. No le hubiera dado mayor importancia (ya he conocido a muchos vendedores de esquemas piramidales, siempre armados de cintas de audio evangélicas encarecedoras del Éxito) si no fuera por este artículo, que en otro momento salió de la refrigeradora para anunciarme más o menos lo mismo.

El artículo vierte sobre el alarmante aumento del índice de criminalidad, y sostiene que "sólo un mentecato o un charlatán puede aspirar a controlar una patología social con soluciones individuales". Es decir: el crimen es un problema colectivo: busquemos, pues, una solución colectiva.

Disiento. El crimen no es en absoluto un problema colectivo, salvo en el sentido trivial de que afecta a muchas personas (según estadísticas recientes, el 49% de los ecuatorianos o han sufrido o tienen en su familia a alguien que ha sufrido un acto de delincuencia en el último año). Un problema colectivo es un problema que sólo lo es cuando se mira desde una perspectiva de conjunto (y no me refiero al electoralismo, pues eso sólo mueve a los políticos, no a las personas). Por ejemplo, la sobrepoblación del mundo sería un problema colectivo, pues si bien a nivel individual no hay nada de malo en reproducirse y "llenarse de hijos" (según pintoresca frase local), a nivel global, de conjunto, puede desembocar en escasez de recursos. Un problema colectivo también podría ser uno que, si bien nos afecta a nivel individual, lo hace de manera distinta pero también grave a nivel de conjunto. En el caso del crimen, de la delincuencia, este fenómeno simplemente no se da.

Lo digo por experiencia. Fui víctima de la delincuencia hace unos meses: entraron en mi casa y me robaron todo lo que había de valor allí. El "problema" a nivel individual, acuciante. Mi hijastra nunca más ha vuelto a dormir sola; al perder un trabajo de programación que me había costado años montar, perdí también una importante fuente de ingresos; mi vida y la de mi familia desde aquel día ha ido "de tumbo en tumbo", en parte tal vez porque desde aquel día mi mente se llenó de odio, y quieras o no, eso es destructivo. Pero a nivel de cualquier "colectivo", nación, ciudad, barrio, gremio: ¿pasó algo? Claro que no; salvo que, como gusta de señalar mi mujer, "la gente de la desgracia ajena siempre se alegra". Es decir, fuimos pábulo de complacientes y gozosas miradas por parte de los vecinos durante un tiempo. El llanto de mi esposa fue meloso néctar para ellos. Así es con todo crimen (y con toda desgracia): su relevancia a nivel de conjunto no pasa de ser la de suministrar entretenimiento y diversión. Y eso seguirá siendo verdad aunque la estadística mencionada suba de 49% a 99%.

Por eso, diría que la mentecatez estriba más bien en identificar como "patología social" lo que claramente no lo es. Ni en sus efectos ni en sus causas, pues el ladrón no lo es por culpa del "colectivo", sino por culpa de sí mismo. El articulista, con notable torpeza, intenta evitar esta constatación con un falso dilema: si no se cree en la etiología "social" del crimen, dice, uno se encuentra reducido a sostener teorías ridículas sobre "criminales natos" y demás decimononicismos. Es cierto que si lo que intentas hacer es librar al ladrón de toda responsabilidad por sus actos, es más cómodo hoy en día hacerlo a través de argumentos "sociales" que genéticos. Pero existe una tercera opción: responsabilizarlo. El libre albedrío, a pesar de que sigue causándoles migrañas a los filósofos, forma la base de todo patrón social sostenible. Está implícito en las leyes de contratación que últimamente me tienen a mí ahorcado: a mi propia ejecución firmé consentimiento, y el acto nacido de libre voluntad, según afirmación de la mejor abogada que pude encontrar, es sagrado. Sólo hace falta que venga alguien a decir que, ahí donde yo tengo que robarle leche a mi hijo durante cinco años, o los que viviere, para pagar una legítima deuda, a los criminales se les exime de toda responsabilidad de pagar por sus crímenes pues la deuda suya le corresponde a "la sociedad" que (pobrecillos) les educó mal o se olvidó de aumentarles a tiempo el Bono de Desarrollo. Eso sí sería una clara y desvergonzada invitación a la delincuencia. Además, todo criminal sabe, en su fuero interior, que el crimen implica un acto de libre consentimiento a una serie de posibles consecuencias, que incluyen la muerte violenta: si juega a esta ruleta rusa, lo peor que podemos hacer es quitarle la última bala a la cámara, la del reconocimiento de responsabilidad en el asunto.

Sin embargo, si en una cosa tiene razón el articulista es en que la solución no pasa por imponerles penas más graves a los reos en el Código Penal, y no solamente porque el índice de solución de casos criminales por la policía de este país se sitúa alrededor del 0.01% (es decir, si la policía coge a un ladrón es por accidente, porque lo han confundido con un camello), sino porque el Estado, a diferencia de lo que cree Correa, es el menos indicado para proporcionar soluciones de cualquier índole a este tipo de problema (o a cualquier otro). La solución, como siempre, es dejar que los individuos busquen su propia solución, pues el individuo es el más capacitado para hacerlo. Legalicen la venta de armas a los ciudadanos honrados (los otros, lo vemos cada día, ya están bien equipados) jubilen a los jueces, y verán que ese supuesto "problema social" deja de serlo en poco tiempo, a medida que los cadáveres apilados al lado de la carretera empiecen a ser de aquéllos a quienes la muerte realmente les sienta bien. Claro que no lo harán: no está comprobado que los cristales antibalas del carro presidencial sean todavía lo suficientemente robustos.

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