Escena musical, Chester, c. 1985



Empecé en los Rows (zona comercial-peatonal enclaustrada), pero no tardé en darme cuenta de que había que ir con bastante protocolo y mano izquierda para no sembrar gaitas y reyertas. En la ciudad de Chester (noroeste de Inglaterra, casi fronteriza con Gales) hay un by-law (disposición local) que faculta a todo músico a tocar en las calles sin que ninguna autoridad pueda intervenir en aras del temperamento igual: ello deriva de una legendaria gesta de unos gaiteros que consiguieron repeler una invasión de galeses, siglos atrás, con sólo el horripilante sonido de sus instrumentos, escuchado al otro lado de una brumosa colina. Desde entonces, durante siglos el mismo falso escocés (realmente es de Liverpool, llega en el tren de las 10.05) se pasea la calle mayor en los momentos de mayor afluencia turística, enfaldado y embadurnado de crema, con su sporran recogedor de monedas sueltas, haciendo callar a estrepitazo limpio a todo violinista de conservatorio que haya por el lugar. Afortunadamente para los amantes de la música, el día en Chester contiene muchas horas.

La primera que llegaba era la vieja con su acordeón. Se rumoreaba que llegaba en un Rolls Royce al amanecer, y que era de la familia del Duque: su aspecto harapiento sería puro teatro, entonces. Tocaba discreto, y desaparecía pronto con sus ganancias matutinas. Más adelante por la mañana, otro oriundo de Liverpool, un guitarrista flamenco que me mantenía muerto de envidia durante días, semanas tal vez, hasta que empecé a notar que su prodigiosa técnica se limitaba a la mano derecha, que eso sí, parecía un torbellino; su izquierda, en cambio, se movía como un cangrejo con sobredosis de benzodiacepinas. Otro dato curioso de este tipo era su diminuta estatura, que hacía que al sentarse en su silla de playa plegable, las piernas colgaban del asiento sin llegar a tocar tierra firme. Una vez conversé con él y descubrí que nunca había estado en España, nunca había podido acudir a un solo concierto de Paco Peña, y que todo lo que sabía lo había aprendido a base de discos de vinilo escuchados religiosamente dentro de su bedsit de Toxteth.

La tarde era para Les y Martin. El tal Martin, barbudo afable y simpático, tocaba guitarra, y su mayor virtud era la modestia, pues a pesar de tener una técnica respetable se limitaba a proporcionar el ritmo y las armonías de fondo para que destacara su compañero Les, que hasta la fecha sigue siendo el único virtuoso de armónica que nunca he escuchado. El tal Les encarnaba ese austero ascetismo de lo músicos de vocación: enjuto, arrugado y obsesivo, no paraba de quejarse de sus "problemas de oído" que, como ese la bemol de Schumann, amenazaban con mandarle a practicar autocirugía en más de una ocasión. Sus armónicas, de todo tamaño, eran en su mayoría regalos de la compañía Hohner, que después de escucharlo tocar habían declarado que nadie había conseguido arrancar del instrumento lo que él arrancaba. Los dos a veces se hospedaban en mi casa (eran de Ellesmere Port, si bien recuerdo): fue donde me enteré de que Les no sabía leer música, y que las canciones las sacaba de oído y las plasmaba en papel usando un extraño sistema de jeroglíficos inventado por él mismo. Lo que tocaban eran principalmente arreglos estilo bebop de canciones de Irving Berlin y similares.

Luego, en los Rows, llegaba el turno de Kev. Entre todos fue el que más amistad tenía conmigo. Un joven de aspecto inquietante (no tenía cuello, lo que significaba que para ver el panorama lateral tenía que mover todo el torso), se rumoreaba que su madre había sido víctima de una violación, por lo que nunca quiso verlo y lo había dejado en cuidado de su abuela. Hasta se comentaba que él no sabía que la abuela no era su madre, cosa que luego, por un comentario suyo, supe era falso. Él sólo tenía una canción, "Sweets for My Sweet", que tocaba de un modo bastante peculiar, pues el ritmo entrecortado que él imponía a la canción sugería el movimiento de un dodgem de feria, y su voz al cantar parecía la de un cura envenenado con exceso de cafeína. No obstante, era una celebridad local, y no era raro que en alguna discoteca se paraba toda la música para escucharlo tocar esa canción, generalmente seguida por otro del amigo 'Artley, actor y músico de sobrado talento entre cuyas letras improvisadas recuerdo sobre todo ésta:

I ate a small satsuma
While riding on a train.
I've got no sense of humour:
I think I'll go insane.

Otro amigo suyo, que yo apenas conocía, gozaba del inmejorable apodo de Dross; y Kev además tenía una novia, cristiana evangélica y regordeta, con la que pasaba el tiempo discutiendo sobre la idoneidad de tener una relación sexual durante los siguientes diez minutos, o la posible pecaminosidad de su enorme colección de pornografía, que guardaba debajo de la cama. Lo que me gustó de aquella novia suya, cuyo nombre no recuerdo, fue que a pesar de sus remilgos sexuales, era muy tolerante con el tema de las drogas, como no podía ser menos, puesto que Kev tenía sus propias plantas de marihuana, a las que cuidaba como si fueran sus hijos. A su dizque madre a veces se le escuchaba quejarse sobre esas plantas, pues al parecer los vecinos no paraban de preguntarle qué especie de plantas eran y dónde se podían conseguir. Según Kev, la respuesta correcta hubiera sido blandir una caja de Trill, conocida marca de alpiste para aves, que según la leyenda urbana a veces contenía semillas de la misma planta en cuestión.

Cuando le terminaba el turno a Kev (que teóricamente tenía un trabajo de portador de sandwich-boards, haciendo publicidad ambulante para un restaurante, aunque dichos sandwich-boards se pasaban la mayor parte del día botados en una callejuela), me tocaba a mí. Aparte de un breve período en que hice de acompañamiento para una cantante de ópera, cuya versión del Summertime de Gershwin era de lo más lucrativo, normalmente tocaba solo, guitarra y armónica (nunca he podido cantar sin atraer al instante todo un séquito de ranas en celo), y las limitaciones de la armónica, cuyos bemoles y sostenidos normalmente son asequibles mediante la manipulación manual del slide, las intentaba suplir con un ingenioso sistema de poleas hechas de clips de papel, por donde se deslizaba un trozo de cuerda, atada por un extremo al slide y por otro, a una percha metálica algo deforme que ajustaba a mi pie derecho, de tal forma que al tocar Yesterday podía arrancar un fa sostenido y un sol sostenido mediante sendas patadas enérgicas, sin quitar las manos de la guitarra. El sistema era nomás un prototipo, y sirvió durante un tiempo, de modo que viendo el peculiar movimiento de mi pie el tal Martin me bautizó como el primer sole musician de Chester; desafortunadamente, en una rendición de una canción de Dusty Springfield, un turista alemán recibió en el ojo un clip de papel que se había desprendido con la fuerza de la patada, lo cual dio lugar a una discusión algo subida de tono, y la consiguiente decisión de ajustar, en lo sucesivo, todas las melodías a la escala de do mayor.

En una hora, en Chester, podías sacarte de los incautos turistas americanos suficiente plata para una noche entera de borrachera (Greenall Whitley: no son cervezas clásicas, pero sí amigables: yo tomaba siempre mixed, o sea, mild con bitter). Eso fue entonces. De cómo me iría ahora, con mi obsoleto repertorio de Beatles y Bacharach, y remando contra la crisis mundial, no tengo la menor idea. Desde que me robaron la guitarra y desaparecieron la armónica (que de todas maneras tenía un do desafinado en casi un semitono: no hay nada más perturbador que un acorde de séptimo mayor en armónica) la pregunta se volvió de todas maneras académica. Pero si Barcelona me enseñó una cosa, fue a no desdeñar la utilidad de los perritos y de los parasoles, y la gran importancia de ser peruano: peruano, sí, y con quilovatios para dar y regalar.

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