El estado de mis muelas
Lo que inevitablemente me trajo a la mente, de forma incómodamente simultánea, como dos abogados gordinflones que intentan a la vez pasar por una puerta giratoria, a Doris Day y a Gabriela Calderón. La primera, por haber grabado la versión definitiva de "Sentimental Journey" (nunca entendí qué es lo que la gente le encuentra a Sinatra. Su voz no está mal, pero sus arreglos son casi siempre menopáusicos); y la otra, por ser la futura presidenta de Ecuador (yo lo vi primero). Lo tiene todo: Instituto Cato, razón, argumentos, rebenque (puedo esperar), largas botas de cuero (ídem) y un peinado unificador como pocos (los intentos de la Cynthia de asemejarse furtivamente a un helado de ron-pasas, mejor olvidados). Además, es mujer, y eso (pace la mencionada) está muy pero muy a la moda ahora. Cuando tenga más años y menos estadísticas, arrasará.
De mi relación con Doris Day, y en especial con sus dientes… Yo la suelo ver como una especie de Juana Bautista, predicando en el desierto sobre las ventajas de la irrigación de colon y de las caras de yo no fui, décadas antes de la aparición de Santa Diana de Northants, por no hablar de la que sí fue, de la mía benemérita. Fue una santísima uruguaya quien me hizo conocer esa expresión, hablando de una foto de la Carmen precisamente: “Es exactamente como me la imaginaba. Esa cara de yo no fui”, lo que me dejó extasiado durante días, pues en inglés no tenemos nada para ese tipo de cara, excepto la discutible figura de no derretir mantequilla, que conspicuamente no sirve para el caso. Day sí derretía mantequilla, pero entre bastidores: se pasó la década de los 60 frente al enroperado Rock Hudson haciendo de virgen oficial de Hollywood, de Embajadora de la Pureza para la ONU, pero su vida off set, obra de caridad para chismólogos en paro y a muchísima honra. Además, y eso me enternece y me llena de una admiración inenarrable, ella odiaba la canción “Che Será, Será” tanto como yo, o como cualquier persona normal, y sin embargo, aguantó con esa canción toda una serie televisiva de cinco temporadas, como gesto de tierna solidaridad para la gente musicalmente poco adepta.
En resumen, vestía pulcra (visón, cuando podía) pero no demasiado limpia. De hecho, hoy en la ESPOL, mirando fijamente un galápagos en mi hora libre decidí que nadie viste demasiado limpio. Lo que pasa es que, si vas a un restaurante y te fijas en lo limpio que está la mantelería cuando estás comiendo, algo pasa con esa comida. Lo mismo las personas. Si al ver a una mujer se te ocurre pensar que le convendría ir un poco más sucia y más manchada de ají y a ser posible de salsa al pesto, no es la ropa que hay que repensar, es el porte, la figura. algo. Algo ahí no funciona.
Últimamente voy mucho en bus, así que me estoy transformando en experto en el tema de uniformes de colegio femenino. Encuentro que los mejores uniformes son los más ridículos, es decir, aquellos que parecen sábanas de algodón blanco transformadas en improvisados disfraces de ángel de Navidad, con caprichosos cuellos navales de doble raya azul y complementados con zapatos blancos y con un pequeño y totalmente impráctico bolso (cartera) de cuero también blanco con asas doradas, como remate kitsch a más no poder. A primera vista, uno supone que las directoras de esos colegios padecen una especie de odio enfermizo hacia las jóvenes, tal vez motivado por envidia, lo que les impulsa a castigarlas con llevar ese atuendo absurdo durante todo el día (hay algunas, allá por la Tanca Marengo, que hasta les obligan a llevar alas, pobrecitas). A segunda vista, uno se pone a pensar: bueno, pero bien mirado, casi toda lo que lleva una mujer tiene un punto de absurdo, y además, de una especie de absurdo intencionado e insinuante. Esos alambicados sostenes. Esas calzones tan cuidadosamente infradimensionados. Esos tacones tan estrictamente innecesarios. Esas faldas tan (a veces) antilibertarias. Esos cabellos tan exigentes en lavados y cuidados. Si las tendencias seculares en arreglo e indumentaria femeninos vinieran (como creen algunas feministas) impuestas por obra de conspiración masculina, entonces uno supondría que un extracto de los Protocolos de Sion de tal conspiración rezaría algo así:
En realidad, no creo que haya sucedido exactamente así, en parte porque creer que un género puede perpetrar sobre el otro género una broma tan mala presupone que el otro género padezca de una ingenuidad y una pasividad rayanas en estupidez, es decir, resulta ser una creencia algo denigrante para con el género en cuestión; y también en parte porque algunos sutiles experimentos míos a lo largo de los años me han convencido de que casi todo lo que hacen las mujeres lo hacen queriendo, al igual que los hombres. Además, mi imaginación me sugiere con fuerza que eso de ir fomentando bajos instintos en los autobuses a diestra y siniestra debe de ser algo divertido. Por no hablar de lo delicioso de la circulación del aire por abajo (una amiga inglesa una vez me confesó que había ido a una reunión de trabajo con vestido cortito y sin calzón, simplemente porque le divertía, en medio de la protocolaria monotonía, compartir consigo misma ese “secreto”). Todo ello induce a pensar que tal vez la conspiración haya sido en sentido inverso: ellas nos han convencido que nos hagamos los feos y aburridos para no hacerles la competencia.15. Resuelto, que durante los siglos venideros haremos todo lo posible para
(a) Convencer a las mujeres para que lleven ropa que dificulte el libre movimiento, a fin de que terminen creyéndose más débiles y menos capaces de cuidar de sí mismas de lo que realmente son;
(b) Convencerlas, asimismo, para que lleven prendas que realcen sus atributos femeninos de manera vistosa, para que terminen creyendo que su deber permanente es estimular el deseo masculino a como dé lugar, y marimacha la última;
(c) Fomentar el uso de vestimentas a todas luces ridículas e indignantes, mediante un ingenioso artífice que llamaremos “la moda”; con el científico objetivo de observar hasta qué apabullantes extremos de auto-humillación puede llegar el instinto de emulación que si bien es universal en los seres humanos, tenemos razones por pensar que es especialmente desarrollado en las féminas. Y si no, haremos que lo sea.
(…)
Firmado este día 1 de abril de 6.002 a. de J.C.
LOS PATRIARCAS DE SIEMPRE
En todo caso, la cuestión es que toda ropa, por mucho Deja que le eches sale oliendo a simbolismo. Los tacones, según las disoñadoras niñas de quinta de empresariales, “estilizan la figura”: en (nuestra) realidad, son un guiño hacia el moderado dimorfismo sexual humano en cuestión de estatura: “mira, ni así les alcanzo…” Los accesorios navales o militares son pura coquetería de musical de Hollywood de los 40. El largo etcétera, un himno a la vanidad masculina, pues lo más fácil del mundo es convencernos de que todo es para nosotros. A mí, personalmente, me encanta creer eso, a pesar de que a duras penas quepo en ese nosotros.
Así que, por eso mismo, los uniformes ridículos me enternecen, pues su ridiculez radica precisamente en la descompuesta diversidad de los símbolos, que no deja de intrigar al espectador. La obsesiva blancura: pureza llevada al estatus de enfermiza preocupación permanente, de estado de sitio sexual. El patético bolso con cadena de oro: lo naval está muy bien, pero no vayamos a crear tortilleras con pretensiones marítimas: las niñas tienen que lucir femeninas. Lo agresivamente grotesco del conjunto: ¡mira que disciplinadas son, que hasta en la calle van así, de espaldas a la moda y no intentan esconderse en fundas para la basura de celofán teñido! Y si visten así para nosotras, las directivas del colegio, ¡cómo no vestirán, llegado el momento, para ustedes!
A mí, especialmente, lo que me fascina son las costuras.
En resumen, no me preocuparía tanto, si no fuera porque la odontóloga, la otra vez que fui, me hizo una radiografía bucal, panorámica, de la cual trascendió que por debajo de una de mis muelas superiores, a la izquierda, en lugar de lo que acostumbra haber debajo de una muela (raíces) hay los siguientes personajes famosos:
Carson McCullers
Leonard Cohen
El profeta Jeremías.
Según decir de todo el mundo, la extracción de un profeta del Antiguo Testamento es muy dolorosa por mucha anestesia que le eches. Por eso no estoy encantado con la idea de volver al dentista. Tal vez, subconscientemente, esto es lo que impide que encuentre un buen trabajo en cualquier parte.
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