A postman’s diary

¨How can you have any pudding if you don’t eat yer meat?”
(R. Waters)
“Estoy pensando en dejar esta universidad,” le dije un día a mi tutor, hace cosa de 30 años.
(R. Waters)
“Estoy pensando en dejar esta universidad,” le dije un día a mi tutor, hace cosa de 30 años.
¨Pamplinas. ¿Qué piensas que vas a hacer allá fuera?”
“Quiero ser cartero.”
No lo cogió, y eso que hablábamos en inglés. Unos meses más adelante, me encontraba en una cama de hospital, con una mancha de sangre seca en la almohada, la visión borrosa y una nueva faceta de tartamudo. Había querido, pero sin éxito, convertirme en postman, o sea, en aquello que una vez fue hombre, pero ya no lo es.
Sucede (digamos, con Neruda) que me cansé. Pero la vida es eso, es cansancio. Uno no se escaquea tan fácilmente.
Hoy, a los niños y las niñas les encanta eso de ser pos-lo que sea. Digamos que desde la adolescencia meridional van en pos de poses. Quieren ser posmodernos, sin pasar por la modernidad; comer postre sin tocar la carne; y en algunos casos, ser posfeministas sin haber tenido que pasar primero por la guillotina de la Dworkin.
Tal el caso de la simpática bloguera Princesa Quil, que se pregunta quién es, en realidad, Mery Zamora, aparte (claro) de ser la desgreñada vocifera de la UNE, en respuesta a lo cual, nos propone:
“una mujer de humildes orígenes y sin mucha educación (no ha cursado estudios universitarios), que ha vivido luchando, y tengo la impresión que esta lucha siempre ha sido contra hombres.”
Alzan la voz, casi al unísono, Simone de Beauvoir, Andrea Dworkin, y Betty Friedan(1): “BINGO!” Pero tal vez habría que precisar que tal eureka tuviera menos que ver con el descubrimiento de la “verdadera” Mery Zamora, a través de poquísimos datos y una nube de prejuicios, sino con el descubrimiento de que la “verdadera” posfeminista en cuestión es en realidad una apasionada prefeminista. Y claro, a lo ingenuo de la presunción (en la que no caería ningún estudiante de noveno en EEUU) de que una mujer se pueda definir en función de su relación con “los hombres”, tendríamos que culpar, seguramente, aquel mismo sistema educativo que defiende la Zamora: es decir, un sistema en el que priman la mediocridad y el borrego consenso. Que el consenso aquí tenga una fuerte cariz machista, al lado de ese dato, es secundario, cuasi anecdótico. Mañana habrán aprendido los nuevos buzzwords, las nuevas consignas y los nuevos tabúes; pero del consenso no saldrán, por lo menos, sin muchas manchas de avena seculares en las solapas.
Claro que, como va siendo costumbre en esta blogosfera, la tal Quil guinda el pastel. No contenta con definir la verdadera Mery Zamora como carente de mucha educación (por la falta de título universitario, lo que la coloca en compañía de gente maleducada como Abraham Lincoln, Bill Gates, Stephen Spielberg, Paul McCartney, y un tal Jesus H. Christ, si la memoria me sirve), y como alguien que lucha (¿quién no?), pero, espera, “contra los hombres” (¡!), nos regala esto:
En su lucha contra los hombres, Zamora ha tenido que despojarse de su femeneidad y convertirse en un hombre mismo.
Este dato (¿?) sí me intrigó. Recuerdo haber visto, hace tiempo, en Channel Four, un documental que relataba un estudio seudocientífico encaminado a demostrar que las mujeres son más hábiles que los hombres en el reconocimiento de las emociones a través de la expresión facial. El prefijo “seudo” parece indicado en vistas de que la población de la muestra experimental constaba de una (1) sola persona, pero lo interesante fue el método. Se trataba de una mujer, de que conservo en la memoria el único y paupérrimo dato de que le gustaba mucho el deporte; esa mujer decidió un buen día que quería ser hombre, en la medida de lo posible, y ni corta ni perezosa se puso a tomar dosis progresivas de testosterona, mientras un equipo de televisión la seguía por todas partes con sus cámaras. En las entrevistas subsiguientes, se le preguntaba cómo se sentía, con la esperanza de que dijera algo así como: “saben ustedes, no tengo la más mínima idea de si cuando me preguntan eso, están deseando agredirme con un cuchillo, hacerme el amor, o concederme el Premio Nobel. Sus expresiones faciales no me dicen nada al respecto.” En realidad, no dijo exactamente eso, aunque en algún momento soltó algo lo bastante similar para que los investigadores se sintieran ufanos; lo que sí dijo es que sentía algo como una pesadez mental, una extraña y brumosa impaciencia, una especie de progresivo enlodamiento cerebral. Los escaneos cerebrales fueron elocuentes al respecto: donde antes, expuesta a una fotografía de una cara de aquéllas de yo no fui, los diferentes focos cerebrales se iluminaban como un árbol navideño de lado a lado, ahora sólo relampagueaba un pequeño segmento del cerebro, como anguila abandonada en un estuario al bajar la marea. Me sentí, en ese momento, feliz testigo del proceso descrito por Peter Gabriel:
Feel your body melt: (1)mum to (2)mud to (3)mad to (4)dad…
Según lo que se pudo apreciar en el documental, el mencionado hombre-en-construcción nunca pasó de la segunda fase del proceso, la del lodo. ¿No será la tal Mery Zamora, entonces, preciosa y única ejemplar del Encuentro en la Tercera Fase? ¿Su aparente locura no sería el último coletazo de la femineidad ahogada en una mar de testosterona sintética de inyección matutina?
Sucede (digamos, con Neruda) que me cansé. Pero la vida es eso, es cansancio. Uno no se escaquea tan fácilmente.
Hoy, a los niños y las niñas les encanta eso de ser pos-lo que sea. Digamos que desde la adolescencia meridional van en pos de poses. Quieren ser posmodernos, sin pasar por la modernidad; comer postre sin tocar la carne; y en algunos casos, ser posfeministas sin haber tenido que pasar primero por la guillotina de la Dworkin.
Tal el caso de la simpática bloguera Princesa Quil, que se pregunta quién es, en realidad, Mery Zamora, aparte (claro) de ser la desgreñada vocifera de la UNE, en respuesta a lo cual, nos propone:
“una mujer de humildes orígenes y sin mucha educación (no ha cursado estudios universitarios), que ha vivido luchando, y tengo la impresión que esta lucha siempre ha sido contra hombres.”
Alzan la voz, casi al unísono, Simone de Beauvoir, Andrea Dworkin, y Betty Friedan(1): “BINGO!” Pero tal vez habría que precisar que tal eureka tuviera menos que ver con el descubrimiento de la “verdadera” Mery Zamora, a través de poquísimos datos y una nube de prejuicios, sino con el descubrimiento de que la “verdadera” posfeminista en cuestión es en realidad una apasionada prefeminista. Y claro, a lo ingenuo de la presunción (en la que no caería ningún estudiante de noveno en EEUU) de que una mujer se pueda definir en función de su relación con “los hombres”, tendríamos que culpar, seguramente, aquel mismo sistema educativo que defiende la Zamora: es decir, un sistema en el que priman la mediocridad y el borrego consenso. Que el consenso aquí tenga una fuerte cariz machista, al lado de ese dato, es secundario, cuasi anecdótico. Mañana habrán aprendido los nuevos buzzwords, las nuevas consignas y los nuevos tabúes; pero del consenso no saldrán, por lo menos, sin muchas manchas de avena seculares en las solapas.
Claro que, como va siendo costumbre en esta blogosfera, la tal Quil guinda el pastel. No contenta con definir la verdadera Mery Zamora como carente de mucha educación (por la falta de título universitario, lo que la coloca en compañía de gente maleducada como Abraham Lincoln, Bill Gates, Stephen Spielberg, Paul McCartney, y un tal Jesus H. Christ, si la memoria me sirve), y como alguien que lucha (¿quién no?), pero, espera, “contra los hombres” (¡!), nos regala esto:
En su lucha contra los hombres, Zamora ha tenido que despojarse de su femeneidad y convertirse en un hombre mismo.
Este dato (¿?) sí me intrigó. Recuerdo haber visto, hace tiempo, en Channel Four, un documental que relataba un estudio seudocientífico encaminado a demostrar que las mujeres son más hábiles que los hombres en el reconocimiento de las emociones a través de la expresión facial. El prefijo “seudo” parece indicado en vistas de que la población de la muestra experimental constaba de una (1) sola persona, pero lo interesante fue el método. Se trataba de una mujer, de que conservo en la memoria el único y paupérrimo dato de que le gustaba mucho el deporte; esa mujer decidió un buen día que quería ser hombre, en la medida de lo posible, y ni corta ni perezosa se puso a tomar dosis progresivas de testosterona, mientras un equipo de televisión la seguía por todas partes con sus cámaras. En las entrevistas subsiguientes, se le preguntaba cómo se sentía, con la esperanza de que dijera algo así como: “saben ustedes, no tengo la más mínima idea de si cuando me preguntan eso, están deseando agredirme con un cuchillo, hacerme el amor, o concederme el Premio Nobel. Sus expresiones faciales no me dicen nada al respecto.” En realidad, no dijo exactamente eso, aunque en algún momento soltó algo lo bastante similar para que los investigadores se sintieran ufanos; lo que sí dijo es que sentía algo como una pesadez mental, una extraña y brumosa impaciencia, una especie de progresivo enlodamiento cerebral. Los escaneos cerebrales fueron elocuentes al respecto: donde antes, expuesta a una fotografía de una cara de aquéllas de yo no fui, los diferentes focos cerebrales se iluminaban como un árbol navideño de lado a lado, ahora sólo relampagueaba un pequeño segmento del cerebro, como anguila abandonada en un estuario al bajar la marea. Me sentí, en ese momento, feliz testigo del proceso descrito por Peter Gabriel:
Feel your body melt: (1)mum to (2)mud to (3)mad to (4)dad…
Según lo que se pudo apreciar en el documental, el mencionado hombre-en-construcción nunca pasó de la segunda fase del proceso, la del lodo. ¿No será la tal Mery Zamora, entonces, preciosa y única ejemplar del Encuentro en la Tercera Fase? ¿Su aparente locura no sería el último coletazo de la femineidad ahogada en una mar de testosterona sintética de inyección matutina?
No tengo datos fehacientes que apoyen tal hipótesis, pero me parece interesante. Ahora, esto, ya no tanto:
"(...) la única esperanza para la humanidad es la suavidad de la mujer, no la dureza del hombre. Hemos sufrido ya suficiente a causa de la dureza del hombre. Lo que se necesita es que el hombre se haga más como la mujer, en vez de que la mujer se haga más como el hombre"
La cita es de una tal Osho, con quien la Quil tiene trato de estudiada benevolencia: no sé quién será, pero me siento como ante uno de esos verborréicos decretos gubernamentales, donde nos explica que como hace unos días el amigo del hijo de uno de nuestros gobernantes se curó de un sospechado cáncer de uñas tomando solo noni, a partir de ahora los saberes ancestrales han de ocupar el 37% del espacio televisivo disponible, y que todos deberíamos intentar ser más ancestrales, es decir, ir más pintados y con menos ropa, so pena de quedarnos en la Larga Noche Neo de infeliz recuerdo. Fíjense, sin embargo, en esta espléndida colisión de autoritarismos de la más diversa índole: “se necesita” que “el hombre” “se haga”, “más”, “como” “la mujer”. Cada entrecomillado es un nuevo latigazo de estupidez: ni queriendo, querido lector, usted pudiera aparentar este nivel de soberbio y místico descerebramiento. Veamos.
Primero, ni “el hombre” ni “la mujer”, salvo en los textos escolares de biología. Fuero de ellos, sólo hay hombres y mujeres, inmunes a todo intento de adjetivación y estereotipo. Y a pesar de lo sensacionalista de cada nuevo descubrimiento de alguna liviana, supuesta y rápidamente desmentida diferenciación entre los adultos “broken down by sex” (I know the feeling) en cuanto a capacidades y destrezas cognitivas, intelectuales, emocionales, lo que las revistas callan es que, aun cuando se pongan de acuerdo los investigadores, siempre hay y habrá una diferencia abismalmente mayor entre dos individuos cualesquiera, con independencia de género, en todos esos aspectos. Para la Quil, Mery Zamora se manifiesta “como un hombre” en tanto que demuestra “carácter fuerte”, “actitud de gallito de pelea siempre a la defensiva”, “tono gritón” y mejor todavía, “fija expresión de odio en su cara”. Si los hombres a la que conoce la Quil todos son así, tal vez tendría que extender su círculo de conocidos. Hubiera acertado más diciendo que la pobre de Zamora se había hecho “como un político”; pero que los políticos sean hombres, o alguna vez lo haya sido alguno de ellos, es un supuesto no consentido. El político, lo sabemos, pertenece a un género aparte.
Segundo, ¿qué es eso de que “se necesita”? Una vez más, el recurso de la pasivización disfraza, pero del modo más infantil, las veleidades dictatoriales de sillón. Es decir, cierro los ojos y me pongo a pensar en, bueno, pues, en el mundo, en la vida, ese tipo de cosas, y me doy cuenta de que el mundo no es como yo quisiera, y entonces, pues, me pongo a imaginar cómo podría ser mejor, y se me ocurre que si los hombres fueran más, no sé, más… corteses, si se fijaran más en mi ropa y en mi peinado, y si hubiera menos delincuencia, es decir si los hombres dejaran de robar y de matar, y se dedicaran nomás a llevar al niño a pasear, y ese tipo de cosas, entonces, no sé, tal vez el mundo iría mejor. Así que (abriendo los ojos) la culpa de todo es de los hombres, y es absolutamente imperativo que cambien todos y cada uno de ellos para transformarse en personas que a mí, personalmente, me gusten más.
Claro que si el tal Osho es hombre, entonces no hace falta tanta gramática para interpretar las citadas idioteces: son simple piropo arrancabragas. Enhorabuena, chico, te salió redondo.
Pero sí que a veces pienso que lo mío, que a estas alturas ya se ha vuelto instinto, para algunos otros debe parecerles una disciplina oriental de lo más arduo: eso de suponer que cada persona, sin ayuda de ningún tipo de religión ni ideología ni ismo ni gobierno ni consenso, es perfectamente capaz de saber en cualquier momento lo que “necesita” y de buscarlo, sin perjuicio del derecho de los demás a hacer lo propio, y siempre ajustándose a las leyes de la física, la química y la bélica que son las únicas que merecen nuestro respeto. Es decir, no hace falta ni que “el hombre” ni que “la mujer” haga nada ni sea nada, excepto lo que a cada uno le da la gana de ser y de hacer. La masculinidad y la femineidad, no son más que datos estadísticos de dudosa fiabilidad y aplicación, que proponen presentarnos el agregado de lo que los hombres y las mujeres en una determinada región han decidido ser y hacer en los últimos diez años: convertirlos en normativas o someterlos a cualquier tipo de crítica es de una ridiculez apabullante, como lo sería argumentar que la gente de ojos azules deberían cambiar para ser más como la gente de ojos pardos.
Lo que la Quil ignora (no conoció a la “suavidad femenina” de la Thatcher) es que lo que embrutece, lo que da pie a “guerra y confrontación” no es la testosterona, sino el poder. Deja que una persona se erija en gobernante de los destinos de otras personas, y, tenga el equipo reproductivo que sea, se aprovechará de ello en beneficio propio y en perjuicio de los demás. Se llama egoismo, es universal y no tiene género.
(1)
It is easier to live through someone else than to become complete yourself.
Betty Friedan, The Feminine Mystique, 1963
(cinco estrellas)
(Continuará, pero no sé cuándo. Hoy se acabó el Internet de la oficina. En casa, nada. Ya nos veremos.)
Citas bien, amigo Schiz, pero no lees bien. "Esos aspectos" a los que me refiero, son, textualmente: "capacidades y destrezas cognitivas, intelectuales, emocionales". No estamos hablando de estatura, ni de fuerza física, ni de capacidad de aguante alcohólico, ni, en general, de nada de lo que pertenece al reino de la consensuada obviedad. Y me reafirmo en lo dicho: se puede diferenciar entre dos conjuntos de valores, pongamos {1, 5, 9} y {2.5, 5, 9}, cuyos respectivos promedios difieran pero que demuestren un marcado solapamiento, por un lado, y otro par de conjuntos, pongamos {4,4,4} y {4.5, 4.5, 4.5}, cuyos promedios difieren en la misma cantidad pero que además garanticen a nivel de cada miembro una inferioridad o superioridad global respecto a cualquier miembro del otro conjunto, por la distribución de valores. Ni se me hubiera ocurrido que esto fuera ciencia de cohetes.
ReplyDeleteAhora, de todos es sabido que para el predicador evangélico Dios dispuso que el hombre fuera un 4.5 y la mujer un 4, así, a rajatabla y sin variación individual significativo, como en el segundo ejemplo citado: para el resto de la humanidad, en cambio, los valores se nos antojan otros. (Añadiría que sobre todo para los profesores de secundaria).
Ahora, si tomamos como ejemplo un par de conjuntos como éste:
{1, 5, 9}
{4, 4.5, 6.5}
es evidente que la diferencia entre los promedios (en este caso, para hacer las cosas fáciles, 0) siempre va a ser menor que la diferencia entre dos miembros cualesquiera escogidos al azar entre los dos conjuntos. Claro que hablando de muestras estadísticas, por "cualesquiera" se tendría que haber escrito "escogidos al azar": es decir, estaríamos hablando de probabilidades, que en el caso numérico citado serían precisamente nulas, y en un hipotético caso real construido sobre la misma distribución, ínfimas.
En fin, lo que me interesa es ese rechazo que te produce mi tesis primario, que no tiene nada que ver con una supuesta "igualdad" (en la que no creo) sino con que cualquier diferencia, real o imaginaria, entre los sexos a nivel estadístico no puede servir de pretexto para cualquier política (aunque sea politiquería de salón, como en este caso) en que prime la etiqueta sobre la persona, o el género sobre el individuo. Por si quieres debatir el tema, dejaré libre la caja de comentarios, pues no sé cuándo voy a poder acceder en estos días a mi cuenta.
Tienes razón, puse unos valores con dedicatoria en el sentido de que la Bell Curve de CI masculino se rumorea por ahí que es algo más aplanada que la femenina, o sea en términos gozosamente vulgares, que la mujer media, con o sin medias, siempre tendrá la experiencia subjetiva de que hay bastantes hombres desconcertantemente neandertales por debajo de ella, a la vez que otros bastantes por arriba, perdidos en las nubes (¿dónde están? Con o sin respuesta, la pregunta mueve millones de revistas femeninas hebdomadalmente. Yo, lo que es yo, nunca fui a Acapulco) mientras que para el hombre medio, de los que hay menos, las mujeres o muy cortas o muy largas de luces siempre serán exquisitez de catador sibarita, caviar for the general, siendo la mayoría de ellas como hechas con molde en lo que a alcance intelectual se refiere. Repito: se rumorea. Los estudios en estos temas parece que siguen un poco la moda de la temporada y los vientos de Paris. Lo que sí tengo claro, clarísimo, es que ni yo ni mi mujer ideal somos estadísticamente significativos. Aprender a aceptar este hecho tomó su tiempo, pero aceptado está. Celebrado, tal vez algún día.
ReplyDeleteYo realmente creo que los hombres suelen ser mejores lumbreras. Tanto las estadísticas como la voz de la experiencia me apoyan en eso. En el RU, por ejemplo, por cada mujer brillante se encuentran cinco hombres brillantes. Entonces, emulando a la Princesita Quil, o sea siguiendo su viciosa estereotipación conceptual caracterizada por la generalización y la paupérrima sinécdoque, diría que a ella más bien le convendría 'masculinizarse'. Digo, por eso de ser severendamente cojuda. Quién sabe, a lo mejor "la única esperanza para la humanidad" sigue siendo la inteligencia del hombre (ahí sí, dicho sin ambigüedades). Es fácil darle un giro a esas necedades. Yo también puedo traer a colación a mi panfletaria preferida:
ReplyDelete«La sumisión del varón tendría, hasta cierto punto, una justificación poética si la mujer fuera realmente lo que el varón cree que es: si fuera ese ser tierno y lleno de gracia, esa hada bondadosa, ese ángel de un mundo mejor, demasiado alado para él y para esta tierra. ¿Cómo es posible que cierren los ojos ante estos sencillos hechos unos seres, precisamente, que, en lo demás, aspiran a conocerlo todo? ¿Cómo pueden ignorar que la mujer se reduce, se reduce absolutamente a una vagina, dos pechos y un par de fichas perforadas con las que pronuncia estúpidas frases hechas? ¿Que son conglomerados de materia, embutidos de tripa humana que se fingen seres pensantes?»
- Esther Vilar.