Cansa
Sabor a Vinicio, inconfundible. Estupidez tras estupidez. Por el despliegue de imágenes, lo de +respeto lo tiene ahora entre ceja y ceja.
Pero la prensa ha abusado de esa libertad, y ha caído en el libertinaje.
1. m. Desenfreno en las obras o en las palabras.
2. m. Falta de respeto a la religión.
(RAE)
En realidad, el término viene (como señala la RAE) de libertino, palabra que remite a connotaciones sexuales, donjuanescas. Pero quedémonos con desenfreno y con falta de respeto a la religión. Excusado decir que la prensa de este país lleva el respeto a la religión a extremos tan vistosos como tener a un prelado como editorialista de opinión (tanto El Universo como El Telégrafo tienen a su curita domesticado: el del Universo es más esperpéntico, por ende más gracioso); se supone que por ahí no van los tiros. Ahora, ¿es desenfrenada la prensa nacional? Ojalá lo fuese. Ojalá hubiera algún elemento dionisiaco, rabelaisiano o swiftiano en los diarios del país; ojalá hubiera derroche de inteligencia, de estilo, de humor, de ingenio, de frustración, de sarcasmo, de lirismo; pero desde luego no hay nada de eso. Ni siquiera las mentiras son desenfrenadas, como pueden serlo las del National Enquirer o de The Sun (Freddy Starr Ate My Hamster!): son mentiras escuálidas, aburridas, carentes de imaginación. No hay de qué sorprenderse: estamos en el país del Caballo Garañón y del Cholito. No pidamos peras al olmo.
¿Entonces?
Entonces estamos obligados a hacer un ejercicio de interpretación semántica: por desenfreno entendamos literalmente "falta de freno", es decir, la queja viene a ser porque a los diarios no hay nadie "por encima" que los "controle", que frene sus excesos. Es decir, estamos ante una mentalidad autoritaria, para la cual toda libertad debe de restringirse a un marco de comportamiento impuesto por alguna autoridad inapelable, que tal vez remita a la autoridad de las urnas, o tal vez más directamente a la de mamá (estamos en plena cultura matriarcal, no lo olvidemos). Escuchemos:
La prensa de este país habla de libertad de expresión, pero a un editorialista de La Hora le relevaron de su puesto por expresar ideas que chocaban con la línea editorial del diario. ¿Es esto libertad de expresión? No: es censura. La futura Ley de Comunicación es necesaria para combatir estos abusos. Lo que pretende no es amordazar a la prensa, sino que los medios ejerzan responsabilidad hacia sus lectores.
Primero, es un tema perfectamente irrelevante el que la prensa hable o deje de hablar de la libertad de expresión, aunque ello signifique ser o dejar de ser hipócritas (no hay leyes contra la hipocresía: who shall 'scape whipping?). Segundo, si bien el editorialista es libre de escribir lo que le dé la real gana, de igual modo el diario que le paga es libre de no aceptar publicar cualquier cosa que no concuerde con su línea editorial, y desde luego cualquier empleador es libre de emplear o dejar de emplear a un trabajador en función del rendimiento de éste. (En realidad, a veces el empleador no tiene tanta libertad, por la existencia de leyes laborales restrictivas: si el tal editorialista cree que tiene un argumento a este respecto, desde luego lo más digno sería perseguirlo en las correspondientes instancias legales, en lugar de ofrecerse de poster boy para la propaganda rastrera del gobierno). Tercero, como ya argumenté en otros lugares el concepto de censura sólo se puede aplicar a una acción del estado, por ser éste el único ente con extensos poderes coercitivos capaces de suprimir ideas de forma generalizada. Mientras no haya censura del Estado, en la práctica cualquiera puede expresar sus opiniones (evidentemente, fuera del horario laboral), y si algunas personas encuentran que sus opiniones no son publicables en diarios de gran tirada (ha sido mi propio caso) esto no es óbice para que las exprese a través de otros medios de menor influencia y difusión: eso de llegar a un gran público no es ni puede ser un derecho de todos, sino que tiene que ver con el mercado de las ideas, que como todo mercado premia la calidad y castiga la falta de originalidad, lo que a la larga redunda en beneficio de los lectores. Y por último, hablando de estos mismos lectores, eso de que una ley pueda ayudar a la prensa a responsabilizarse con ellos demuestra una pasmosa falta de comprensión de cómo funciona el mercado periodístico en la realidad: pues cualquier diario tiene que ganarse a sus lectores y conservarlos, y allí estriba precisamente la única responsabilidad que tiene con ellos, ésa que en la práctica sirve de mecanismo autorregulador muy superior a cualquier ley.
No, la prensa no tiene por qué decirnos siempre la verdad. Usted no dice siempre la verdad: ¿por qué los medios tienen que someterse a criterios éticos que el resto de la población no observa?
Tampoco tiene por qué ser imparcial ni objetivo. El lector raramente lo es. Quien quiere ir más allá del sesgo sólo tiene que aplicar esas lecciones de pensamiento crítico que aprendió en el colegio. La prensa no tiene por qué hacer para nosotros ese labor de contraste que cualquier lector puede hacer. En todo caso, el día que haya un mercado para información veraz, contrastada, plural e imparcial, saldrán los diarios para satisfacerlo. Eso no es problema, y no es algo que una ley pueda solucionar, aun en el caso de que sus promotores realmente visaran a ello.
Sí tienen que ser respetuosos con sus lectores, y darles lo que ellos piden y pagan. Si de ese proceso no sale literatura inmortal a diario, la culpa no es en "los medios" sino, amigos, en nosotros mismos.
En fin, cansa, no sólo lo endeble de los argumentos, el trillado analfabetismo de ese "libertinaje" en que supuestamente cae el que ejerza cualquier "libertad" sin primero pedirle permiso a Mamá Estado: lo que más cansa es el tono, esa voz chillona llena de odio gubernamental, de rencor, de suspicacia, de pequeñez de espíritu: esa rabieta, esa pataleta, esa furia hacia todo lo que es realmente plural, diverso y radicalmente insumiso. Cansa tanta estupidez. Buenas noches.
Pero la prensa ha abusado de esa libertad, y ha caído en el libertinaje.
1. m. Desenfreno en las obras o en las palabras.
2. m. Falta de respeto a la religión.
(RAE)
En realidad, el término viene (como señala la RAE) de libertino, palabra que remite a connotaciones sexuales, donjuanescas. Pero quedémonos con desenfreno y con falta de respeto a la religión. Excusado decir que la prensa de este país lleva el respeto a la religión a extremos tan vistosos como tener a un prelado como editorialista de opinión (tanto El Universo como El Telégrafo tienen a su curita domesticado: el del Universo es más esperpéntico, por ende más gracioso); se supone que por ahí no van los tiros. Ahora, ¿es desenfrenada la prensa nacional? Ojalá lo fuese. Ojalá hubiera algún elemento dionisiaco, rabelaisiano o swiftiano en los diarios del país; ojalá hubiera derroche de inteligencia, de estilo, de humor, de ingenio, de frustración, de sarcasmo, de lirismo; pero desde luego no hay nada de eso. Ni siquiera las mentiras son desenfrenadas, como pueden serlo las del National Enquirer o de The Sun (Freddy Starr Ate My Hamster!): son mentiras escuálidas, aburridas, carentes de imaginación. No hay de qué sorprenderse: estamos en el país del Caballo Garañón y del Cholito. No pidamos peras al olmo.
¿Entonces?
Entonces estamos obligados a hacer un ejercicio de interpretación semántica: por desenfreno entendamos literalmente "falta de freno", es decir, la queja viene a ser porque a los diarios no hay nadie "por encima" que los "controle", que frene sus excesos. Es decir, estamos ante una mentalidad autoritaria, para la cual toda libertad debe de restringirse a un marco de comportamiento impuesto por alguna autoridad inapelable, que tal vez remita a la autoridad de las urnas, o tal vez más directamente a la de mamá (estamos en plena cultura matriarcal, no lo olvidemos). Escuchemos:
La prensa de este país habla de libertad de expresión, pero a un editorialista de La Hora le relevaron de su puesto por expresar ideas que chocaban con la línea editorial del diario. ¿Es esto libertad de expresión? No: es censura. La futura Ley de Comunicación es necesaria para combatir estos abusos. Lo que pretende no es amordazar a la prensa, sino que los medios ejerzan responsabilidad hacia sus lectores.
Primero, es un tema perfectamente irrelevante el que la prensa hable o deje de hablar de la libertad de expresión, aunque ello signifique ser o dejar de ser hipócritas (no hay leyes contra la hipocresía: who shall 'scape whipping?). Segundo, si bien el editorialista es libre de escribir lo que le dé la real gana, de igual modo el diario que le paga es libre de no aceptar publicar cualquier cosa que no concuerde con su línea editorial, y desde luego cualquier empleador es libre de emplear o dejar de emplear a un trabajador en función del rendimiento de éste. (En realidad, a veces el empleador no tiene tanta libertad, por la existencia de leyes laborales restrictivas: si el tal editorialista cree que tiene un argumento a este respecto, desde luego lo más digno sería perseguirlo en las correspondientes instancias legales, en lugar de ofrecerse de poster boy para la propaganda rastrera del gobierno). Tercero, como ya argumenté en otros lugares el concepto de censura sólo se puede aplicar a una acción del estado, por ser éste el único ente con extensos poderes coercitivos capaces de suprimir ideas de forma generalizada. Mientras no haya censura del Estado, en la práctica cualquiera puede expresar sus opiniones (evidentemente, fuera del horario laboral), y si algunas personas encuentran que sus opiniones no son publicables en diarios de gran tirada (ha sido mi propio caso) esto no es óbice para que las exprese a través de otros medios de menor influencia y difusión: eso de llegar a un gran público no es ni puede ser un derecho de todos, sino que tiene que ver con el mercado de las ideas, que como todo mercado premia la calidad y castiga la falta de originalidad, lo que a la larga redunda en beneficio de los lectores. Y por último, hablando de estos mismos lectores, eso de que una ley pueda ayudar a la prensa a responsabilizarse con ellos demuestra una pasmosa falta de comprensión de cómo funciona el mercado periodístico en la realidad: pues cualquier diario tiene que ganarse a sus lectores y conservarlos, y allí estriba precisamente la única responsabilidad que tiene con ellos, ésa que en la práctica sirve de mecanismo autorregulador muy superior a cualquier ley.
No, la prensa no tiene por qué decirnos siempre la verdad. Usted no dice siempre la verdad: ¿por qué los medios tienen que someterse a criterios éticos que el resto de la población no observa?
Tampoco tiene por qué ser imparcial ni objetivo. El lector raramente lo es. Quien quiere ir más allá del sesgo sólo tiene que aplicar esas lecciones de pensamiento crítico que aprendió en el colegio. La prensa no tiene por qué hacer para nosotros ese labor de contraste que cualquier lector puede hacer. En todo caso, el día que haya un mercado para información veraz, contrastada, plural e imparcial, saldrán los diarios para satisfacerlo. Eso no es problema, y no es algo que una ley pueda solucionar, aun en el caso de que sus promotores realmente visaran a ello.
Sí tienen que ser respetuosos con sus lectores, y darles lo que ellos piden y pagan. Si de ese proceso no sale literatura inmortal a diario, la culpa no es en "los medios" sino, amigos, en nosotros mismos.
En fin, cansa, no sólo lo endeble de los argumentos, el trillado analfabetismo de ese "libertinaje" en que supuestamente cae el que ejerza cualquier "libertad" sin primero pedirle permiso a Mamá Estado: lo que más cansa es el tono, esa voz chillona llena de odio gubernamental, de rencor, de suspicacia, de pequeñez de espíritu: esa rabieta, esa pataleta, esa furia hacia todo lo que es realmente plural, diverso y radicalmente insumiso. Cansa tanta estupidez. Buenas noches.
Tienes razón, es cansino oir una y otra vez el mismo sonsonete, que se resume en estas pocas palabras, "piensas como yo lo hago o no vas mas".
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