Greeneland

El tiempo apremia. El viejo liquido mata insectos voladores y rastreros rescatado del fondo de un armario es de una hediondez indescriptible, aparte de pertenecer a la Clase II "ligeramente tóxicos": ya cuesta demasiado el Raid, y estoy como en la pos-posguerra de mi infancia, cuando teníamos tele por qué blanco y negro si los demás tienen color, eso sí, pero no refrigeradora; ritual de cada mañana sacar las botellas de leche del peldaño del portal, que mi fantasiosa madre llamaba "el porche", y meterlas en un balde de agua para intentar protegerlas contra las subidas de temperatura. La leche gratis de la escuela, que venía en botellas de un cuarto de pinta, o sea, pequeñitas, casi siempre estaba agria (venía de vacas protestantes): la Thatcher hizo una buena obra quitándola del currículum. A veces una de las maestras vigilaba para que la tomaras, otras, podías botarla por el desagüe del patio de recreo sin problemas. Casi todos los días paso en bus al lado de un graffiti que reza: QUE NADIE EN ECUADOR DUERMA TRANQUILO MIENTRAS HAYA ENFERMOS SIN CURAR, NIÑOS SIN ESCUELA, GENTE DURMIENDO EN LA CALLE, O LUGARES QUE SIRVAN ENCEBOLLADO PERO DONDE NO HAYA CHIFLES. Id est (puesto que los niños hacen campana y los borrachos dichosos roncan de preferencia al fresco): QUE NADIE EN ECUADOR DUERMA TRANQUILO NUNCA JAMÁS (ESTAMOS EN ELLO). ¿Es a mí? Yo no duermo "tranquilo" casi nunca: para empezar, tengo que esperar que se duerma mi mujer y mijastra para meterme en un rincón de la cama en catimini, y luego, volver a asombrarme de la alteza de mis costillas, que cuando me estiro parecen una cordillera asiática, de donde mis manos, si las dejo descansar encima, resbalan cual medusas en pastel de boda; luego, ensayar algún tipo de armisticio imaginario con los evangélicos de en frente, que como se acerca la Navidad lógicamente se han puesto frenéticos: lo último, ese maravilloso himno "O Come O Come Emmanuel" han conseguido traducirlo a su esquelético dialecto garage-band para menos inri y más aplausos de beatas superculonas domingueras. Lo más decepcionante es que tampoco sueño. Es un decir: si un árbol cae en tu sueño y no lo recuerdas al despertar, ¿combustible la leña? Creo que no. Los últimos sueños que recuerdo bien fueron los de mi época de psicoanálisis, que lo único que me dio fueron precisamente esos sueños, de un robusto y fértil surrealismo y probablemente de pronta aparición en el blog negro. Mi mujer, eso sí, sueña cada noche, normalmente sueños premonitorios de ésos cuyo cumplimiento depende únicamente del de las leyes de la termodinámica (“alguien va a morir”, “habrá un accidente”). Y tal vez sea por eso, porque no sueño, que lo que se supone que hace el cerebro en fase REM, es decir, una especie de desfragmentación rutinaria de tu disco duro cerebral, destrucción de ficheros TMP, etcétera, todo eso me está pasando de día, con el consiguiente desgaste mental que se refleja en la creciente mediocridad de este blog, entre otras cosas, entre otras cosas. Me encuentro, por ejemplo, en desesperada búsqueda de categorías mentales que hagan más llevadera, o pintoresca, esta miseria que me ha tocado vivir (lo cual no es gran cosa, la pobreza siempre me ha parecido algo anecdótico, un tanto entrañable y hasta aprovechable; lo que mata es la parte sico, es el estribillo "no conseguirás nunca un trabajo, eres viejo y enfermo, ya no quedan esperanzas, nada de lo que se rompe se podrá reemplazar, tu hijo nunca sabrá hablar bien, no hay segundas oportunidades", etcétera, que te sigue por todas partes como un asambleista con una idea), y que hace unas ¿semanas? me indujo a mandarle un artículo a ese Emilio Palacio de El Universo, pensando que igual a los que publican artículos de opinión en ese diario les pagan algo, quién sabe, tal vez $5 o $10 por artículo, y que últimamente lo único que me queda son eso, opiniones, que parece que a pesar de todo, cual parásitos intestinales nunca me faltan, hasta alguna vez quisiera tener menos opiniones (en serio), y puesto que el Roland Sound Module siquiera por diez dólares no consiguió encontrar comprador en mercadolibre, ni el código fuente de mi magnum opus por cincuenta (estoy por rebajarlo a diez, pero ya sé que ni así, la gente no compra código fuente, pero por decir que no he escatimado esfuerzos para encontrar de dónde costearme dos ó tres cigarrillos Líder que si los compras por unidad ahora nadie vende por menos de quince centavos), pero nada, ni una contestación, ni un “gracias, pero usted escribe horrible” conseguí sacar de ese Editor de Opinión que últimamente me parece cada vez menos persona y más fenómeno climático, como esos premonitores cielos nublados en los videos que a España me mandaban. (Ayer, por ejemplo: “la gente está perdiendo el miedo”: al tipo le conviene hacer yoga, ejercicios de respiración profunda, o simplemente salir a pasear más).

Y así, he dado en Greeneland, esa etiqueta que hace tiempo idearon para referirse al paisaje típico de una novela de Graham Greene, donde siempre es cuestión de un país tercermundista, con mucha corrupción, muchas moscas, algo de güisqui, y un inglés de mediana edad, es decir un infeliz, posiblemente borracho, vistosamente chiro, y preso de absurdas cargas de conciencia que parecen importaciones de contrabando. Proliferan las cacas, las dispepsias, el polvo, los dictadores de pacotilla, las manillas que se te quedan en la mano, las malas excusas. Aquí resido. Todo está a punto para que arranque la trama, la historia que obligue a enfrentarnos con alguna dilema metafísica, pero esta historia demora en llegar. Mientras tanto, seguiré pensando que esto es un confuso posdata de algo que terminó (con un afectuoso abrazo, y un gato muerto) hace ocho años.

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