Cultura

Mi escuela se llamaba St Peter's Roman Catholic Primary. Una vez llevé allí a una amiga: la escuela había dejado de ser tal, pero la iglesia de al lado seguía en su lugar. El antiguo edificio de la escuela, el único que no era Terrapin, seguía todavía sin demolir: me asombró su pequeñez, parecía hecho para enanos. El primer día de la escuela, recuerdo (es lo único) que otro niño llamado Adrián se desmayó (desde entonces, doy un poco por supuesto que cualquier nuevo conocido llamado Adrián estará siempre a punto de desmayarse): entendí que su reacción fue provocada por la grandeza de la sala de actos, que ahora calculo habrá sido apenas más extensa que mi actual cocina.

Lo traumático de esa escuela lo reservo para otro blog: lo asombroso, nada, hace poco a través de friendsreunited.co.uk hice contacto con una mujer que asegura que yo le di en esa escuela su primer beso: podrán creer que ni me acuerdo de ese primero beso suyo, que con los datos que me suministra tiene toda la pinta de haber sido el primero mío también. Lo ridículo y cómico, eso tal vez llenaría un centenar de páginas, pero me quedo con ese último día, y el discurso de Miss Phillips:

"Ahora, ustedes todos se irán de aquí y se incorporarán en otros colegios. Entonces la mayoría de ustedes descubrirán que en ese gran mundo fuera de estos muros no todo el mundo es creyente, no todo el mundo entiende las cosas que aquí han aprendido, o las entienden de otra manera, de manera equivocada. Esas personas que tienen creencias equivocadas se llaman protestantes. Si ustedes les hablan, podrán pensar que ellos son sinceros en lo que piensan. Yo no digo que no haya protestantes sinceros, puede que alguno sí haya... pero ése no es el punto. El punto es que están equivocados y creen en algunas cosas que hasta son muy peligrosas para ustedes, para la salud de su alma inmortal. Por eso les digo que aunque parezca buena gente y en algún caso pueda ser así, no les hablen. No les tienen que hablar. Cuando se les acercan, ustedes simplemente dirán, "no gracias, soy católico". ¿Han entendido?"

A esta necesaria comprensión tal vez ayudaron algo las excursiones que habíamos hecho ese año, y el anterior, a la Torre de Londres, al lugar del cadalso de Tyburn, y a otros lugares asociados con la persecución de los fieles católicos en Inglaterra a manos de esa diabólica reina Isabel I (del reino de la Bloody Mary no nos enseñaron nada). Supimos de esas casas señoriales donde los sacerdotes tenían que esconderse en ingeniosos pero incomodísimos escondrijos. Supimos de todos los métodos de tortura de la época: nos describieron con lujo de detalle cómo se descuartizaba a las personas medio ahorcadas pero aun vivas. Reverenciamos a Edmund Campion y a Margaret Clitherow (a la que mataron aplastándola debajo de una puerta), con el resto de los Cuarenta Mártires (los católicos, digo: de los centenares de mártires protestantes no nos enteramos).

(Lo que no ayudó tanto era la confusión que en mi mente juvenil todavía reinaba entre esas palabras tan parecidas, protestant y prostitute, que la experiencia no se encargaba todavía de aclarar.)

En lo que podría habernos ayudado la Miss Phillips, pero no lo hizo, era en la cuestión de los rezos. Cuando recién me había incorporado en el colegio secundario (un Grammar School, es decir un colegio para sólo chicos, pues no hay nada más masculino que la gramática) descubrí que en la Asamblea de cada mañana teníamos que farfullar el Half-Arthur, aquí conocido como Padre Nuestro, pero resulta que la versión prostituta de esa oración era distinta, ya no se hablaba de trespasses sino de debts, y además ellos al final de la oración agregaban una frase larga y sinuosa que contenía una referencia a una novela de Graham Greene. La verdad, se me ocurrió que como católico tenía el deber de no pronunciar esa última frase, so pena de mil años más en el Purgatorio. Sería alguna herejía, sin duda.

Esa Asamblea, por otra parte, era una especie de pasarela de traidores, donde aquellos chicos dispuestos a ganar puntos a cualquier precio podían salir a leer un texto edificante, generalmente algo de David Kossoff. (Tal vez haría falta agregar que la BBC en ese tiempo estaba dando la serie de Colditz: para mí, el colegio era un campo de concentración nazi, las autoridades del plantel, el Enemigo, y el fin de todos mis esfuerzos, idear una nueva forma de evasión. Esos que salían a leer platitudes atlético-cristianas a las 9 de la mañana eran colaboradores de la peor ralea.)

Y así, incluso después de llegar a esa fatídica decisión, a los 15 años, de abandonar el catolicismo a favor de la Iglesia Onanista de las Siete Veces al Día, el hecho de haber crecido en ese gueto católico, con mayoría de niños irlandeses, creo que me predispuso en contra del patriotismo, de esa creencia de que la "cultura británica" ésa de los Morning Assembly era de alguna forma mía. Cuando llegué a la universidad, a pesar de mi ateismo, como una especie de acto reflejo, instintivo, me fui directo a la Capellanía Católica, donde me encontré con dos cosas: cerveza gratis, y de la buena (la "cultura católica" en Inglaterra se centra largamente en la cerveza, vide GK Chesterton), y en segundo lugar, una chica irlandesa llamada Yvonne que terminaría (después de mucho) siendo mi primera novia.

No hay que ser demasiado fundamentalistas. Hasta de algo tan malo como una religión algo bueno se ha de poder sacar. El catolicismo inglés tiene un toque internacionalista, impaciente con el Class System (pues su acometido es buscar una convivencia fértil entre inmigrantes irlandeses y polacos y vieja aristocracia pre-Reformación), con matices dionisiacas, afición a la polémica, respeto a la erudición y a la originalidad. Hay peores inicios en la vida posibles. Hasta los pecados de un católico (aunque aquí puede haber prejuicio Greeneiano) son más ricos y lujuriosos que los que cometen la otra banda. Fíjense que lo único por lo que tienen que pedir perdón es por sus deudas. Increíble pero cierto.

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