Discurso honesto y privilegios
La democracia es un subproducto, apreciado por cierto, del tueste del café. O por lo menos, así se sentía en la Europa de los siglos 18 y 19, donde la proliferación de los consabidos coffee houses posibilitaba, o más adelante facilitaba, el diálogo político, religioso y filosófico entre la clase media, función que siguen desempeñando en algunos países del este. En Inglaterra, en cambio, la misma función recayó en los pubs, que desde que los empecé a frecuentar a los 15 años los recuerdo facilitadores del diálogo, del contraste de opiniones, aunque obviamente un inglés se somete a tortura antes de emitir un criterio sobre religión o política entre un grupo de amigos: esas cosas pertenecen a las tarimas. De lo que sí habla es de fútbol, que para él es mucho más importante que la política o la religión, simples sucedáneos o metáforas de lo deportivo. Pero resulta que desde hace un tiempo, el pub es una institución moribunda, debido a la prohibición gubernamental de fumar en esos espacios. Yo, personalmente, soy incapaz siquiera de imaginar lo que sería un pub sin esa densa neblina de humo de tabaco que siempre lo ha caracterizado. Es una iglesia católica sin incienso, un hospital sin detergente, un prostíbulo sin olor a semen y cochambre, una clínica dental sin aroma a terror. Es una traición a los sentidos.
Les voy a hablar del pasado. Antaño, cuando ibas a un pub siempre había un filósofo griego en alguna esquina, a solas, frente a su jarra de cerveza color café. Disfrazado, eso sí, de cartero, o de electricista, o de ensamblador de carros. El Sócrates tabernero. Si no tenías nada mejor que hacer (v.gr. una mujer, o una en perspectiva), te sentabas cerca de él, sacabas el diario, y después de ojearlo con cara de circunstancias, decías, como para tus adentros: tsunami en Indonesia, o bien, recortes de pensiones. Era la señal para que el Sócrates del barrio te regalara un fajo de opiniones. El tipo a veces no tenía ni plata para la próxima ronda, y necesitaba de fuertes inversiones, pero siempre iba bien surtido de opiniones. Nunca salía de casa sin ellas.
Lo que te encariñaba con esos tipos es que dichas opiniones siempre se expresaban en un lenguaje sencillo, robusto, sin ambajes y - sobre todo - sin eufemismos. No tenías por qué estar de acuerdo con todas ellas, y si no lo estabas, era posible dialogar o discutir con fruición, pues cualquier moralismo subyacente - siempre había algo de eso, de moralismo - quedaba bien expuesto, de la manera más cruda, al no ir barnizado con discursos políticamente correctos, con esos buzzwords y soundbites que marcan el discurso político oficial. Esos hombres pensaban por sí mismos, no vicariamente, a través de políticos, columnistas y presentadores. Es probable que muchas de las virtudes estilísticas de un Orwell (me refiero más a su periodismo que a sus novelas) las aprendiera de tales maestros, paladines del plain speaking. A veces hojeo las columnas de un Peter Hitchens (columnista del dominical ultra The Mail on Sunday, y hermano del otro Hitchens, el célebre ateo), a pesar de considerar muchas de sus opiniones erradas y hasta absurdas, pues él tiene esa virtud estilística, la de evitar las vaciedades altisonantes de moda, calculadas para engendrar consensos instantáneos alrededor de temas complejos apenas comprendidos. Por algo a Hitchens hace poco le concedieron, no sin cierto escándalo de parte de algunos izquierdizantes, el Premio Orwell. Se lo merece.
Hay que redescubrir, o descubrir (en algunos casos) el discurso honesto. Quisiera hacer esa recomendación a los columnistas de diarios como El Telégrafo, si es que queda alguno (lo dudo) a quien todavía le importa en algo la búsqueda de la verdad, por encima de la del plato de lentejas. Los leo ahora con menos frecuencia (cuestiones de salud), pero todavía se me queda incrustada como garrapata en la mente una frase como "los oligarcas luchan encarnizadamente para conservar sus privilegios". (La frase no es exacta, pero se aproxima a algo leído hace algunos días, de uno de esos columnistas novatos, demasiado entusiastas, de la estirpe de los enseña-higos). Sin duda, ésta es una frase piadosa: forma parte de esa verdad revelada, evidente para los fieles, que si la pones en duda se transformará en Malleus Maleficarum, es decir que antes de razonar, te insultarán. Y sin embargo, es necesario preguntar: ¿cuáles son esos privilegios que los oligarcas (esa gente tan temible que no se puede siquiera nombrar) tanto se resisten a perder? Y ¿cómo es que en cuatro años de gobierno, y con una constitución y unas leyes a su medida, el correísmo se ha visto incapaz de extirpar esos privilegios? Seamos claros. Privilegio, o privus legis (ley privado), se refiere a casos donde se ve que a una persona o a un colectivo se le exime del cumplimiento de una ley que impera para los demás, o donde se crean leyes o reglamentos para favorecer concretamente a una persona o grupo. Yo no pretendo conocer a fondo la legislación ecuatoriana, pero salta a la vista (a la mía) que los privilegios que sí existen, y se hacen valer en la actualidad, no atañen a más personas sino a los propios gobernantes, es decir a aquellas personas que supuestamente, según el discurso oficial, están encargadas de abolir los privilegios en nombre de la igualdad. Hemos visto, por ejemplo, el caso de la ley sobre injurias, de que se valió Samán en su juicio contra Palacio: no es lo mismo injuriar a un vulgar periodista (o director de hospital, etc, etc) que a todo un Funcionario del Estado en Ejercicio. Las penalidades son bien distintas: privilegio. Luego está la inmunidad parlamentaria: privilegio. La esposa de Cordero puede viajar gratis en el avión presidencial, pero la del ecuatoriano de a pie, no: privilegio. Se insiste en derecho de réplica para los afectados en los medios de comunicación, pero para los afectados por el mayor Comunicador Social del país, en sus enlaces sabatinos, nanay: privilegio. La lista sigue y sigue.
Ahora, lo interesante no es que los gobernantes se adjudiquen privilegios de todo tipo: siempre lo han hecho. Lo interesante es que el discurso que persiste en señalar privilegios entre esos perpetuamente amenazados oligarcas (que no son la gente de AP, ojo), hasta cierto punto funciona. Encandila a los adeptos, a los fieles. Es como cuando un predicador cristiano dice: alerta, Satanás sigue haciendo de las suyas. La pregunta es: ¿qué entenderán los fieles con esos términos? ¿Con cuál realidad los asocian?
No sé, pero imagino que para el correísta de tropa, el privilegiado es todo aquel que tiene casa en la Vía Samborondón, que tiene mujer de limpieza peruana con uniforme, que conduce un 4x4, que maneja una empresa propia, o tal vez el que tiene la suerte de estar casado con una mujer 100-60-90, media mujer, media silicona. Para el de más arribita, el privilegiado sería aquel que goza de cierta influencia entre la sociedad civil, por el hecho de tener propiedad de un medio de comunicación, o rectoría de una institución educativa. O bien será aquel exitoso empresario que se puede permitir astucias y triquiñuelas como la creación de empresas fantasmas en Panamá para cubrirse las huellas.
Privilegio, en fin, ya no es lo que era. No es tener a los legisladores de parte tuya. Es tener la desfachatez de tener lo que otros no tienen. El privilegiado es todo aquel que suscita envidia. En términos más filosóficos, no es ofender contra el Rule of Law o Estado de Derecho, preconizado por los liberales, en el que todos somos iguales ante la ley, sino contra el Estado de Derechos, en el que todos tenemos que ser iguales en todos los aspectos, pues todo lo que tú tienes, yo también tengo derecho a tener lo mismo, y que paguen "los de siempre".
Les voy a hablar del pasado. Antaño, cuando ibas a un pub siempre había un filósofo griego en alguna esquina, a solas, frente a su jarra de cerveza color café. Disfrazado, eso sí, de cartero, o de electricista, o de ensamblador de carros. El Sócrates tabernero. Si no tenías nada mejor que hacer (v.gr. una mujer, o una en perspectiva), te sentabas cerca de él, sacabas el diario, y después de ojearlo con cara de circunstancias, decías, como para tus adentros: tsunami en Indonesia, o bien, recortes de pensiones. Era la señal para que el Sócrates del barrio te regalara un fajo de opiniones. El tipo a veces no tenía ni plata para la próxima ronda, y necesitaba de fuertes inversiones, pero siempre iba bien surtido de opiniones. Nunca salía de casa sin ellas.
Lo que te encariñaba con esos tipos es que dichas opiniones siempre se expresaban en un lenguaje sencillo, robusto, sin ambajes y - sobre todo - sin eufemismos. No tenías por qué estar de acuerdo con todas ellas, y si no lo estabas, era posible dialogar o discutir con fruición, pues cualquier moralismo subyacente - siempre había algo de eso, de moralismo - quedaba bien expuesto, de la manera más cruda, al no ir barnizado con discursos políticamente correctos, con esos buzzwords y soundbites que marcan el discurso político oficial. Esos hombres pensaban por sí mismos, no vicariamente, a través de políticos, columnistas y presentadores. Es probable que muchas de las virtudes estilísticas de un Orwell (me refiero más a su periodismo que a sus novelas) las aprendiera de tales maestros, paladines del plain speaking. A veces hojeo las columnas de un Peter Hitchens (columnista del dominical ultra The Mail on Sunday, y hermano del otro Hitchens, el célebre ateo), a pesar de considerar muchas de sus opiniones erradas y hasta absurdas, pues él tiene esa virtud estilística, la de evitar las vaciedades altisonantes de moda, calculadas para engendrar consensos instantáneos alrededor de temas complejos apenas comprendidos. Por algo a Hitchens hace poco le concedieron, no sin cierto escándalo de parte de algunos izquierdizantes, el Premio Orwell. Se lo merece.
Hay que redescubrir, o descubrir (en algunos casos) el discurso honesto. Quisiera hacer esa recomendación a los columnistas de diarios como El Telégrafo, si es que queda alguno (lo dudo) a quien todavía le importa en algo la búsqueda de la verdad, por encima de la del plato de lentejas. Los leo ahora con menos frecuencia (cuestiones de salud), pero todavía se me queda incrustada como garrapata en la mente una frase como "los oligarcas luchan encarnizadamente para conservar sus privilegios". (La frase no es exacta, pero se aproxima a algo leído hace algunos días, de uno de esos columnistas novatos, demasiado entusiastas, de la estirpe de los enseña-higos). Sin duda, ésta es una frase piadosa: forma parte de esa verdad revelada, evidente para los fieles, que si la pones en duda se transformará en Malleus Maleficarum, es decir que antes de razonar, te insultarán. Y sin embargo, es necesario preguntar: ¿cuáles son esos privilegios que los oligarcas (esa gente tan temible que no se puede siquiera nombrar) tanto se resisten a perder? Y ¿cómo es que en cuatro años de gobierno, y con una constitución y unas leyes a su medida, el correísmo se ha visto incapaz de extirpar esos privilegios? Seamos claros. Privilegio, o privus legis (ley privado), se refiere a casos donde se ve que a una persona o a un colectivo se le exime del cumplimiento de una ley que impera para los demás, o donde se crean leyes o reglamentos para favorecer concretamente a una persona o grupo. Yo no pretendo conocer a fondo la legislación ecuatoriana, pero salta a la vista (a la mía) que los privilegios que sí existen, y se hacen valer en la actualidad, no atañen a más personas sino a los propios gobernantes, es decir a aquellas personas que supuestamente, según el discurso oficial, están encargadas de abolir los privilegios en nombre de la igualdad. Hemos visto, por ejemplo, el caso de la ley sobre injurias, de que se valió Samán en su juicio contra Palacio: no es lo mismo injuriar a un vulgar periodista (o director de hospital, etc, etc) que a todo un Funcionario del Estado en Ejercicio. Las penalidades son bien distintas: privilegio. Luego está la inmunidad parlamentaria: privilegio. La esposa de Cordero puede viajar gratis en el avión presidencial, pero la del ecuatoriano de a pie, no: privilegio. Se insiste en derecho de réplica para los afectados en los medios de comunicación, pero para los afectados por el mayor Comunicador Social del país, en sus enlaces sabatinos, nanay: privilegio. La lista sigue y sigue.
Ahora, lo interesante no es que los gobernantes se adjudiquen privilegios de todo tipo: siempre lo han hecho. Lo interesante es que el discurso que persiste en señalar privilegios entre esos perpetuamente amenazados oligarcas (que no son la gente de AP, ojo), hasta cierto punto funciona. Encandila a los adeptos, a los fieles. Es como cuando un predicador cristiano dice: alerta, Satanás sigue haciendo de las suyas. La pregunta es: ¿qué entenderán los fieles con esos términos? ¿Con cuál realidad los asocian?
No sé, pero imagino que para el correísta de tropa, el privilegiado es todo aquel que tiene casa en la Vía Samborondón, que tiene mujer de limpieza peruana con uniforme, que conduce un 4x4, que maneja una empresa propia, o tal vez el que tiene la suerte de estar casado con una mujer 100-60-90, media mujer, media silicona. Para el de más arribita, el privilegiado sería aquel que goza de cierta influencia entre la sociedad civil, por el hecho de tener propiedad de un medio de comunicación, o rectoría de una institución educativa. O bien será aquel exitoso empresario que se puede permitir astucias y triquiñuelas como la creación de empresas fantasmas en Panamá para cubrirse las huellas.
Privilegio, en fin, ya no es lo que era. No es tener a los legisladores de parte tuya. Es tener la desfachatez de tener lo que otros no tienen. El privilegiado es todo aquel que suscita envidia. En términos más filosóficos, no es ofender contra el Rule of Law o Estado de Derecho, preconizado por los liberales, en el que todos somos iguales ante la ley, sino contra el Estado de Derechos, en el que todos tenemos que ser iguales en todos los aspectos, pues todo lo que tú tienes, yo también tengo derecho a tener lo mismo, y que paguen "los de siempre".
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