Escuadrones de la vida

Hace unos años, a aquella misma amiga inglesa de los Myiopsittacus, le intentaba explicar lo que para mí era el proceso de escribir, tanto en prosa como en verso. "Empiezo, siempre, con un ritmo." Ella se sorprendió. "Querrás decir con un pensamiento." Bueno, eso también, pero muchas veces me encuentro con que el ritmo busca sílabas para sustentarse, y las palabras resultantes desvirtúan, o sustituyen, o adornan, o desarrollan el pensamiento de manera imprevista, a veces con resultados inspirados, a veces no (Dios nos libre de la altisonantería, el muzak del pensamiento). Por ejemplo, acabo de escribir un párrafo que desarrolla una idea hasta donde me siento capaz de desarrollarla. Quisiera terminar ahí, pero el ritmo no me permite: algo en mi cabeza insiste en añadir una frase más, que dé sensación de clausura. A veces esta molesta necesidad nacida de añeja tradición retórica deriva en redundancia, en énfasis simplista. A veces, en cambio, obliga a ser creativo, a dar y a pensar más de lo previsto. En el mejor de los casos, incita a un viaje de experimentación y de descubrimiento.

Creo que tiene algo que ver con esto mi preferencia por la poesía formal, que me aleja de la corriente free verse aún en boga en el mundo angloparlante. Las restricciones autoimpuestas no son sólo corsetería, para mí: son una disciplina que purifica tanto pensamiento como expresión. Y que conste que no estoy reñido con el movimiento free verse de que Eliot fue pionero, en su día. Sólo exijo de él que no se quede con esa enarbolada libertad, sino que con esa libertad haga algo. Que la aproveche para descubrirnos nuevos ritmos, algunos de los cuales, con el tiempo, puede que lleguen a sonarnos tan familiares como el del soneto shakespeariano. La innovación no es un fin en sí: es un proceso de descubrimiento, que inevitablemente arrojará tanto aciertos como fracasos, en esa estricta proporción que nos viene dada por la Ley de Sturgeon. El que, como yo, se aferra a las restricciones tradicionales en materia prosódica no es que rechace la innovación, sino que reconoce sus propios límites y se conforma con actuar dentro de ellas, para no perder tiempo en ambiciosas pruebas que no se siente capacitado para superar.

Es curioso: justo cuando pensábamos que estaba todo dicho, viene alguien y nos desbarata el carrito manzanero. Se han conseguido escribir millones, tal vez billones de canciones, usando solamente, salvo casos excepcionales, una gama de dos octavos y medio, es decir unas veinte notas diatónicas, a las que generosamente permitiremos sumar unas cuantas accidentales, pongamos una gama total de treinta notas con una extensión promedia de 32 compases. Son restricciones crueles que se prestan a la eterna y aburrida reiteración, al sampling; y sin embargo, en mi adolescencia había un concurso televisivo, Name That Tune, que alentaba a simples miembros del público no musicólogo a identificar una serie de canciones por sus primeras notas: en algunos casos, acertaban con las tres primeras (tocadas en piano, sin acompañamiento). Lo cual podría ser visto como un triunfo de la cultura canónica: se sabía de antemano que la canción tenía que pertenecer a ese cánon algo más reducido de melodías que habían traspasado cierto umbral de popularidad consagrada. Aun así, es impresionante lo que la ingenuidad humana es capaz de hacer con tan pobres materiales. No sólo crear una aparente infinidad de permutaciones, que se conocen como melodías, sino conseguir que algunas sean instantáneamente identificables, más allá de todo intento de adaptarlas y cooptarlas en otros proyectos.

Menciono el caso de la música porque, como compositor de canciones, uno se acostumbra fácilmente a esa idea de que no hay nada realmente nuevo bajo el sol sostenido. Una brizna de melodía se te ocurre, o una secuencia armónica interesante. Dices: sí, eso tiene potencial, voy a aprovecharlo. Pero en el fondo (o no tanto) sabes que no acabas de crear nada, sino simplemente de recordar algo. Si sabes exactamente a qué te suena esa serie de acordes, entonces ya te puedes ir haciendo a la idea de ser un vulgar plagiador, o en el mejor de los casos un ocurrente fabricante de pastiches. Si tienes la suerte de tener, como yo, una memoria alcoholizada y prácticamente inservible, entonces no recordarás dónde escuchaste esos acordes: pero sí, que alguna vez los escuchaste. Y sigues adelante porque, total, en música ya se sabe: todo ya se ha tocado y cantado, lo único que queda es reciclar (o ser Stockhausen o Alban Berg, destino deprimente como pocos).

Claro que para el lego aficionado a la música popular, no quedará tan claro lo difícil que es ser realmente innovador en este campo, pues para él, la innovación consistirá en el atrevidísimo peinado del cantante, o en lo puntiagudo del sostén Gaultier de la diva. Por eso es bien triste esto de tener cuareeenta y nueeeve, pues uno ha visto ya demasiadas veces los mismos flequillos pioneros de la nueva moda, las mismas vueltas a las mismas raíces, las mismas actitudes pretendidamente rebeldes, reivindicadores de una altiva Weltschmerz o de una cínica posmodernidad, que culminan en, OMG, un pezón fugazmente captado por una cámara de TV (fin de la civilización as we know it?).

¿O será que con la edad, uno pierde la capacidad para reconocer lo realmente innovador?

Yo tengo mi santuario de innovadores "recientes", de pioneros y descubridores, como cualquiera, sólo que los míos no son tan recientes, y forman una especie de hampa creativa muy poco respetable, teñida de vulgaridad y de hongosidad por doquier.

En películas, por ejemplo. Claro que soy amante de las clásicas, pero a veces, tengo que reconocer a pesar mío que las que más me han influido en el sentido de enlazarse con mi vida cotidiana y sugerirse como instrumentos para interpretar la experiencia, no son de lejos buenas películas, sino que, tal vez por accidente, el realizador en ellas tuvo una inspiración, se le ocurrió algo nuevo y original, y esa fugaz originalidad (si de eso se trata) caló hondo en mí. Tal sería el caso de The Fly, me refiero al remake de Cronenberg, que es apenas un remake pues cuenta otra historia muy distinta a la original. Cada vez más echo mano de esa película, sobre todo la escena del "museo de historia natural" en el cuarto de baño, la lenta disolución del cuerpo humano, para glosar mi propia experiencia del envejecimiento y de la enfermedad. Hay algo despiadado en esa película, una fijación obsesiva con la mortalidad, el decaimiento, la degeneración, perseguida con una saña que no he visto en otra película hasta la fecha. Me sirve.

Esta noche estuve escuchando el White Album, casi lo mejor de los Beatles, y me quedé, para variar, con la canción Martha My Dear. Se ha repetido hasta la saciedad que los Beatles son producto de un oido afinado, no tanto al rock 'n' roll de los 50, ni al skiffle, sino al vodevil y otras corrientes de música popular de menor auge comercial. El White Album se complace en mostrar enorme variedad de géneros, pero tiene una vena nostálgica muy definida y algo sorprendente, con elementos de folk tradicional, de music-hall y hasta de ragtime veintañero. Martha My Dear es una canción bien curiosa, que arranca con un estilo piano-rag de una simpática ingenuidad, para luego lanzarse a derroteros armónicos apenas explorados, en esas fechas, por Bacharach, y que luego servirían para lanzar la carrera de McCartney como compositor en solitario. Todo el McCartney pos-Beatles queda resumido en esa canción: las cadencias ricas en novenas y undécimas con sabor a muzak (música para supermercados y ascensores), los plomizos ritmos de marcha pretendidamente naïfs, la sabia combinación de una instrumentación puro music-hall con guitarras eléctricas, la ostentación de un talento melódico que reune fluidez y parsimonia, y ese aire resueltamente optimista e infantil que remite a la personalidad del compositor. También me sirve.

En parte, me sirve porque recuerda que se puede crear sin innovar. Nada en esa canción es nuevo: todos los elementos dispares que la conforman tienen su historial. (De paso, recordemos que McCartney confesó haber escrito Let It Be tras escuchar Bridge Over Troubled Water, de Simon & Garfunkel, y quedarse verde de envidia. Es uno de esos datos que uno preferiría no saber, pues invita a la comparación, de la cual Let It Be sale algo mal parado). Lo que es original no es ni el ritmo, ni la melodía, ni la instrumentación, peor la letra; lo que es original es la forma de combinar todo eso, en algo que se resiste a quedar como simple pastiche, sino que cobra vida propia. Lo que nos recuerda que hasta el Doctor Frankenstein tuvo que esperar ese rayo que diera vida a lo que antes era simple ambición. Lo nuestro es simplemente ensayar yuxtaposiciones, y esperar que de ello salga algo que respire.

Los escuadrones de la vida aguardan en alguna esquina de tu ciudad. Si te apuntan, resígnate a tener una idea nueva, la que puede cambiar tu vida, o dártela.

Comments

  1. Son pocos los directores que pueden amplificar una historia como lo hace Cronenberg. Su instrumento es la ciencia ficción, y sí, ¨The Fly¨ es brutal, no hay duda. Si mal no recuerdo, es la representación de su propia experiencia en la niñez, el padre fue víctima de una enfermedad degenerativa poco común.

    La misma saña y obsesión (en especial por la carne, en su aspecto degenerativo), solo la encuentro en la obra de Virgilio Piñera (¨La carne¨, ¨Como viví y como morí¨), el decía:

    ¨Soy tan realista que no puedo expresar la realidad sino distorsionándola, es decir haciéndola más real y vívida¨.

    La distorsión de Cronenberg es tan severa, que su visión de la enfermedad y de la muerte es fidedigna. En la muerte uno no encuentra dignidad ni decoro.

    Como un curioso sin remedio, quería preguntarte, ya que el ¨White Album¨ es casi lo mejor de los Beatles, ¿cuál es, en tu opinión, su mejor álbum?

    Concuerdo con casi todos los planteamientos generales de la música de Macca, pero hay un aspecto en la que no estoy tan de acuerdo, me refiero a que en su carrera post-banda pierde mucho de ese elemento melódico parsimonioso, estricto y melancólico, que emanaba con tanta naturalidad, estoy hablando de ¨For no one¨ o ¨Blackbird¨. Creo que fue un error, ese es el mejor McCartney, por ejemplo, ¨Calico Skies¨ o ¨Junk¨. En lugar de las ¨power ballad¨ y demás.

    Parece que ya no queda nada por inventar en la música, pero la emoción ante terrenos ignotos, ese júbilo al descubrir las posibilidades, sin importar si esos caminos ya han sido recorridos; ese sentimiento, en un músico con talento y sapiencia (creo que este es el problema), debería prevalecer. Hoy en día solo puedo defender (de lo poco que he escuchado, no hay muchas ganas) a los ¨Fleet Foxes¨, esos tipos por lo menos trataron.

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  2. Gracias por el comentario tan perspicaz como siempre.

    Le serè sincero, no hay àlbum de lso Beatles que me agrade màs como conjunto que el White Album, y ese "casi" fue un añadido posterior, que puse pensando en ese ortodoxia crìtica que sigue señalando el supuestamente insuperable Sergeant Pepper. SP fue sin duda donde màs claramente se asentò la idea de que un àlbum podrìa ser algo màs que la suma de sus partes, podrìa tener una unidad estilìstica y cierta estructura incluso, idea desarrollada màs o menos simultàneamente por los Moody Blues y luego por los proggies de los 70. Y es un gran àlbum. Pero me gusta màs el intimismo y la ocasional oscuridad del WA, què quieres que diga. SP, hay momentos cuando uno ya lo tiene demasiado escuchado, y ya no da màs de sì.

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  3. ¿Tan perspicaz como siempre? Que risa, Endivio. Eres un tipo muy vacilón.

    Te referías entonces al mito del ¨Sgt. Pepper¨. El ¨White Album¨ me resulta contradictorio, se suponía que era un album que marcaba un ¨regreso a las raíces¨, y sin embargo ahí está ¨Revolution 9¨, su canción más experimental, es una canción que siempre me recuerda a "Hey Foxymophandlemama, That's Me" de Pearl Jam (pero que en el contexto del ¨Vitalogy¨ funciona tan bien), una música avant-garde a la Edgard Varese en un albúm que tiene tan presente sus influencias clásicas. Es admirable (por la osadía) pero al mismo tiempo creo que afecta al álbum como unidad. Encuentro esa unidad en el ¨Revolver¨, todo tan equilibrado, en las canciones (hasta en su autoría), en la experimentación y la calidad de las mismas.

    Con el Pepper se supone que sus influencias conceptuales están en el ¨Freak Out¨ de Zappa y en el ¨Pet Sounds¨ (más conceptual de lo que parece) y que se refleja en contemporáneos como el ¨The Who Sell Out¨. No creo, al igual que tú, que sea lo mejor del grupo, hay canciones que no son tan buenas. Pero al igual resulta una bestialidad de álbum. Solo que para la crítica lo de ¨el mejor álbum de todos los tiempos¨ se transformó en una rutina.

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