Llorar sobre leche derramada

El refrán inglés lo dice: no vale la pena llorar sobre la leche derramada. Pero tenía ganas, ayer, al ver en el noticiario cómo los productores botaban centenares de litros al alcantarillado en pleno Quito, en una "protesta" por la sobreproducción láctea.

En los años 80, lo que antes era la CEE, ahora UE, en lo tocante a sus políticas agrarias se anunciaba como una especie de sueño húmedo rabelaisiano, pues los turistas a ese continente que se hartaran del espectacular Lucerne tenían entonces la posibilidad de visitar, qué digo, de nadar en el Lago del Vino (Wine Lake), y de escalar la Montaña de Mantequilla (Butter Mountain), resbalosa como pocas. Claro que la existencia, en un mismo planeta, de tan obscena sobreproducción por un lado, y de hambruna y malnutrición por el otro, generaba controversias. Recuerdo que allá por el 86, podía ser, o el 87, cuando yo trabajaba de voluntario en el Citizens Advice Bureau (más o menos, Oficina de Orientación al Ciudadano, valiosa organización nacional independiente del gobierno dedicada a proporcionar información de todo tipo a quien la solicitara), recibimos la llamada de participar en la gran Intervención, que consistía en repartir mantequilla, queso y algún otro producto alimenticio sobrante, a pensionistas y familias de escasos recursos, labor que fue magníficamente organizado, con precisión militar. El queso ése, el Intervention Cheese, para ser de pobres no estaba nada mal. Claro que para no desbaratar los sagrados presupuestos de la política agraria europea, esos alimentos habían sido "comprados", forzosamente, por los gobiernos nacionales, en una acción de retaguardia destinada a salvarle el culo a tanto planificador incompetente rond-de-cuir que entonces había en Bruselas. Hoy, a los Lagos de Vino hace tiempo los sustituyeron los Ríos de Tinta que han resultado de los repetidos intentos de justificar lo injustificable, me refiero a la Política Común Agraria (CAP), que desde sus inicios provocó en Inglaterra una oposición implacable. De esa penosa burocratización de la producción agrícola, el imagen que me queda grabado en la mente es de algunos años más tarde, cuando fui espectador, junto con la población española, incrédula, de una alta funcionaria, creo que subsecretaria o algo así, del departamento agrícola de la UE, que en una visita a unas viñas de la meseta española cogió una aceituna de la vid y se la llevó a la boca inocentemente, como quien en su vida haya escuchado nombrar el oleuripeína. (En términos locales, digamos que es como querer llenar el depósito de su carro con crudo recién sacado de la tierra... y después ufanarse de ser "planificador petrolero").

A los que quisieran reemplazar la acción libre del mercado con planificación, decretos y directivas, uno tiene ganas de decirles: miren, señores, esto no es un juego. O nos demuestras, a contracorriente de toda la experiencia humana acumulada en el último siglo, que la burocracia puede repartir mejor y más eficazmente que el mercado los productos de primordial necesidad, o sacan sus sucias manos de la cadena de producción y fijación de precios, dejando que los que saben producir leche a buen precio lo hagan, y quienes no, se dediquen a otra cosa, que aquí de todo se necesita. Cuando tienes un niño al que hay que comprarle leche a diario (el Tony de frutilla, su pasión) y ves esos incontables litros desaparecer por las alcantarillas como si tal cosa, por el fracaso de la política de precios del gobierno, hasta se le vuelve a uno violento el lenguaje. Lo único que no hice fue llorar.

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