La Soledad de la Grandeza
La Soledad de la Grandeza
por Alejandro Ponce Araúndi (columnista invitado)
En palabras del notable dramaturgo gringo Guillermo Shakespeare, "algunos hombres nacen grandes, otros logran hacerse grandes, y para otros la grandeza les es introducida mediante vigorosas embestidas". Pocas veces - muy pocas, me atrevería a afirmar - tenemos el privilegio de ver confluir, cual impetuosos riachuelos propincuos a una bien surtida playa nudista, las tres formas de grandeza en una sola persona. Sin embargo, creo que podemos convenir en que todas tres descripciones calzan, en diferente manera, al actual Presidente de la República, Jefe y Pastor indisputado de todos los ecuatorianos; reconocimiento, eso sí, ajeno al corto entendimiento de los insulsos demagogos, los hediondos y estériles amanuenses de la impotente y fláccida partidocracia, los gagos, insensatos y afeminados vampiros, los iletrados, despreciables y ridículos adjetivizadores que tienen la desfachatez de pavonear sus necias, orondas y entumecidas opiniones por las gelatinosamente lubricadas páginas de la prensa capitalista.
Y diciendo eso, no crean que no soy consciente de que algunos, entre ellos personas de buena voluntad e impecable historial crediticio, me reprocharán la sencillez y moderación de tales formulaciones: ¿por qué - insistirán - por qué solamente tres especies de grandeza, y no trescientos, o tres mil? Es una pregunta seria que amerita, cual interesante surco de calzón elástico bajo apretada lycra, profunda y sesuda reflexión; o bien, un puñetazo en la nariz propiciado por el mismo Presidente, lo cual convengamos aventaja grandemente a un simple pensamiento. Mi respuesta sería, que no hay nada más solo que la soledad de la grandeza. El ser grande sabe que su grandeza se compone de miles de facetas, cada una forjada en la soledad de los desiertos, de los inhóspitos páramos, yermos retretes e inalcanzables cimas de la sacrificada meditación; sin embargo, a los pueblos, y a los seres humildes (pero de buena voluntad) que los componen, los números muy grandes sobrepasan su comprensión. Tres, en cambio, es una cifra razonable, a mi entender, accesible para cualquiera.
Analicemos, pues, el postulado de Shakespeare con referencia a nuestro amado Caudillo, a quien tanto amigos como enemigos reconocen, por lo menos, esa grandeza que merece destacada penetración en los anales de la historia mundial y universal.
"Nacer grande", en primer lugar. Es indudable que Rafael Correa Delgado nació grande, pues a diferencia de algunos cobardes payasos, indolentes merchachifles y atrabiliarios microfoneros de la mal llamada "oposición", a él nunca se le ha visto zapatos de alto tacón, o peinados pituferos aptos para disimular vergonzosas carencias de estatura u otros falencias análogas. En segundo lugar, el que haya logrado, por propios méritos, la grandeza, es asunto reconocido por propios y extraños. El tercer tipo de grandeza, la que viene impuesta por la fuerza de las circunstancias, que a veces se tornan bruscas, afiebradas, impacientes y dolorosamente erguidas, es asunto conocido entre los círculos más íntimos y más cerrados del Presidente, que de todo ello podemos dar fe, así sea de modo, digamos, analéptico. Ahora, conviene recordar que tales consideraciones, aptas para el bruto pueblo, distan mucho de agotar el catálogo de grandezas propias de hombres únicos, elegidos y untados por el sabio destino para la conducción de las masas, como lo es Rafael Correa Delgado. Por ello mismo, el hombre realmente grande se ve obligado, en cierta manera, a suplir la incomprensión de un populacho muchas veces ingrato, mediante la tranquila y sosegada contemplación de su propio grandeza, en todas sus múltiples facetas, tarea que puede llegar a ocupar muchas horas a diario, amén de cierta cantidad de papel de doble capa. Absorto en tales menesteres y neceseres, a veces sucede que ese ser grande se ve, con el tiempo, rodeado de insolentes e incompetentes "asesores", seres de la más baja ralea, cuyos errores, titubeos e impertinentes habladurías pueden llegar a empañar, cual prenda innecesaria atada a la cintura de una servicial secretaria, la deslumbrante y purísima claridad de su propio pensamiento y quehacer.
Ante tales reflexiones, es importante que no bajemos la guardia. Si alguna vez se nos reprocha algún supuesto "error" de nuestro amado Presidente, la mejor respuesta, antes de liarse a golpes con el insolente y mediocre propulsor de tales vanas elucubraciones, es señalar que detrás de todo hombre grande, como reza el refrán, hay un fracasado ex docente lúbrico y seboso, ansioso por ocupar inmerecidos cargos e indiferente al olor pestilencial que su presencia presta al altísimo, sagrado y preclaro acometido de la Revolución. Dicho todo eso, el procedimiento de la golpiza se nos antoja un "postre" o "coda" perfectamente adecuado para zanjar la cuestión de una vez por todas.
Alejandro Ponce Araúndi
por Alejandro Ponce Araúndi (columnista invitado)
En palabras del notable dramaturgo gringo Guillermo Shakespeare, "algunos hombres nacen grandes, otros logran hacerse grandes, y para otros la grandeza les es introducida mediante vigorosas embestidas". Pocas veces - muy pocas, me atrevería a afirmar - tenemos el privilegio de ver confluir, cual impetuosos riachuelos propincuos a una bien surtida playa nudista, las tres formas de grandeza en una sola persona. Sin embargo, creo que podemos convenir en que todas tres descripciones calzan, en diferente manera, al actual Presidente de la República, Jefe y Pastor indisputado de todos los ecuatorianos; reconocimiento, eso sí, ajeno al corto entendimiento de los insulsos demagogos, los hediondos y estériles amanuenses de la impotente y fláccida partidocracia, los gagos, insensatos y afeminados vampiros, los iletrados, despreciables y ridículos adjetivizadores que tienen la desfachatez de pavonear sus necias, orondas y entumecidas opiniones por las gelatinosamente lubricadas páginas de la prensa capitalista.
Y diciendo eso, no crean que no soy consciente de que algunos, entre ellos personas de buena voluntad e impecable historial crediticio, me reprocharán la sencillez y moderación de tales formulaciones: ¿por qué - insistirán - por qué solamente tres especies de grandeza, y no trescientos, o tres mil? Es una pregunta seria que amerita, cual interesante surco de calzón elástico bajo apretada lycra, profunda y sesuda reflexión; o bien, un puñetazo en la nariz propiciado por el mismo Presidente, lo cual convengamos aventaja grandemente a un simple pensamiento. Mi respuesta sería, que no hay nada más solo que la soledad de la grandeza. El ser grande sabe que su grandeza se compone de miles de facetas, cada una forjada en la soledad de los desiertos, de los inhóspitos páramos, yermos retretes e inalcanzables cimas de la sacrificada meditación; sin embargo, a los pueblos, y a los seres humildes (pero de buena voluntad) que los componen, los números muy grandes sobrepasan su comprensión. Tres, en cambio, es una cifra razonable, a mi entender, accesible para cualquiera.
Analicemos, pues, el postulado de Shakespeare con referencia a nuestro amado Caudillo, a quien tanto amigos como enemigos reconocen, por lo menos, esa grandeza que merece destacada penetración en los anales de la historia mundial y universal.
"Nacer grande", en primer lugar. Es indudable que Rafael Correa Delgado nació grande, pues a diferencia de algunos cobardes payasos, indolentes merchachifles y atrabiliarios microfoneros de la mal llamada "oposición", a él nunca se le ha visto zapatos de alto tacón, o peinados pituferos aptos para disimular vergonzosas carencias de estatura u otros falencias análogas. En segundo lugar, el que haya logrado, por propios méritos, la grandeza, es asunto reconocido por propios y extraños. El tercer tipo de grandeza, la que viene impuesta por la fuerza de las circunstancias, que a veces se tornan bruscas, afiebradas, impacientes y dolorosamente erguidas, es asunto conocido entre los círculos más íntimos y más cerrados del Presidente, que de todo ello podemos dar fe, así sea de modo, digamos, analéptico. Ahora, conviene recordar que tales consideraciones, aptas para el bruto pueblo, distan mucho de agotar el catálogo de grandezas propias de hombres únicos, elegidos y untados por el sabio destino para la conducción de las masas, como lo es Rafael Correa Delgado. Por ello mismo, el hombre realmente grande se ve obligado, en cierta manera, a suplir la incomprensión de un populacho muchas veces ingrato, mediante la tranquila y sosegada contemplación de su propio grandeza, en todas sus múltiples facetas, tarea que puede llegar a ocupar muchas horas a diario, amén de cierta cantidad de papel de doble capa. Absorto en tales menesteres y neceseres, a veces sucede que ese ser grande se ve, con el tiempo, rodeado de insolentes e incompetentes "asesores", seres de la más baja ralea, cuyos errores, titubeos e impertinentes habladurías pueden llegar a empañar, cual prenda innecesaria atada a la cintura de una servicial secretaria, la deslumbrante y purísima claridad de su propio pensamiento y quehacer.
Ante tales reflexiones, es importante que no bajemos la guardia. Si alguna vez se nos reprocha algún supuesto "error" de nuestro amado Presidente, la mejor respuesta, antes de liarse a golpes con el insolente y mediocre propulsor de tales vanas elucubraciones, es señalar que detrás de todo hombre grande, como reza el refrán, hay un fracasado ex docente lúbrico y seboso, ansioso por ocupar inmerecidos cargos e indiferente al olor pestilencial que su presencia presta al altísimo, sagrado y preclaro acometido de la Revolución. Dicho todo eso, el procedimiento de la golpiza se nos antoja un "postre" o "coda" perfectamente adecuado para zanjar la cuestión de una vez por todas.
Alejandro Ponce Araúndi
Si estamos de BROMAS, aqui les va otra:
ReplyDeleteEL GOLPE de ESTADO viste desde el lado correano:
El “verdadero conductor de pueblos” reconocido por los que son y por los que no son también; fue disuadido por ese equipo “no adecuado” con el que cuenta en “ciertas áreas” para que asista a una reunión en las instalaciones de la Policía Nacional, Rafael sabio y consecuente como es, se negó en principio: “No me parece prudente, habría dicho”, pero “esa decisión indeclinable de terminar con los abusos y privilegios ancestrales que han impedido mejores días para la patria” lo empujo a cumplir con su sagrado deber. LA PATRIA llamaba!.
Puesto al dialogo conciliador, una de sus tantas virtudes, no contaba con que la Institución policial “se había unido al infame afán de desestabilizar el orden constituido y pretendía abrir las puertas del infierno”.
“La jauría de los vendepatria y de los indolentes al dolor ajeno levantaron sus alaridos ofendiendo la Majestad Presidencial”. “Cuidado, mucho cuidado. Si los diablos salen en veloz carrera, serán muchos los gravemente lesionados” les advirtió “nuestro caudillo, al que estuvimos esperando por décadas”.
Ante la osadía de los vendepatria nuestro gran líder, aquel que “no se arredra ante nadie”, nuestro “Presidente Constitucional el adalid y guía de los ecuatorianos” supo responder cual rey de la selva con un altisonante “mátenme si tienen valor!!!”(si hasta me recordó a LADY GAGA).
Rafael “no se detiene a llorar por la leche derramada” y ese grito “nos ha demostrado que se están afianzando sus potencialidades y su esencia, y cumplirá con el deber que la Historia le ha encargado”.
“No se requiere ser experto analista de luchas internas para entender quiénes son los tipejos infrahumanos que pretenden mover el árbol, para que los de siempre vuelvan a recoger las nueces” son unos pobres diablos. Unos tontos alegres y despreocupados, inservibles como las descartables que en paquetes de doce se compra a dólar en los mercados chinos. La falta de garra y decisión les impiden ser chicha o limonada, y la desbordante ruindad de su alma no les ha permitido observar cómo danza sobre el mar la luna enamorada. Si, esos que “siempre estarán clasificados para jugar el campeonato mundial de los despreciables” Lucio, Vera y Nebot, si esta claritofff!
Fundamentado, argumentativo y empírico, si o que???.
JA JA JA!!!