Dios es Pinochetista

Un repaso rápido (eso espero) de las secciones de (O) de hoy. Se acerca el primer día de clase, y con él, el deseo de postear solamente enlaces a canciones en YT con los que, intermitente y fugazmente, consigo burlar mis angustias. O sea, me quedan pocos días para ponerme filosófico. Se agradece, por tanto, todo artículo de opinión con el que puedo disentir y así convencerme de que mi pensamiento entero no consiste en obviedades y perogrulladas, cosa que a veces sospecho, sobre todo últimamente.

Con relación al articulo de la doctora Mancero, sólo decir que me duele leer algo así de parte suya:

La lengua es una construcción colectiva y cultural, y está sujeta a cambios e innovaciones, pero también expresa en sí misma los odios sociales y las discriminaciones que persisten en los grupos humanos.

Como lingüista, no puedo dejar pasar esto. La lengua no "expresa" nada: nunca lo ha hecho y nunca podrá hacerlo. La lengua es un medio a través del cual las personas expresan cosas, o por lo menos lo intentan (como anotaba Orwell, prueba de describir con precisión y fuerza evocadora la cara de un amigo y te darás cuenta de la dificultad que tal empresa puede encerrar). Cualquier lengua moderna, el inglés por ejemplo, el español, sirve tanto para "expresar" odios sociales y discriminaciones como para rechazarlos, se supone que con la misma facilidad: todo depende de lo que uno escoge hacer con ella. Culpar al idioma de los prejuicios propios que desfiguran sus pronunciamientos hace tiempo que se convirtió en moda en muchas partes del mundo, pero no deja de ser una solemne ridiculez.

¿Ejemplos? En EEUU, hay gente, según el autor Robert Hughes (The Culture of Complaint) que rechazan la palabra niggardly (meqzuino, aproximadamente) alegando una supuesta relación con nigger que nació en su propia malsana imaginación, o que "prefieren evitar" la inocente picnic por causa de una leyenda urbana espeluznante, de nuevo fundamentada en la proyección de una obsesión racista no declarada, y sin sustento histórico alguno. Hay feministas anglosajonas que aún rechazan el término rule of thumb porque nadie se ha tomado la molestia de desasnarlas respecto a una supuesta "regla" de ese nombre, legitimadora de violencia doméstica, que en realidad nunca existió. No sé que nombre dar a una persona tan imbécil que va por el mundo blandiendo etimologías falsas para desacreditar a otros, sobre todo en la era de Google. Pero en el mismo caso, exactamente, están los que aducen, como hace la doctora Mancero, que sin un "código especial para visibilizar a las mujeres como el signo de arroba @", estaríamos expresando, pues eso, "odios sociales y discriminaciones", los cuales acechan, camuflados, en el propio idioma, o que la palabra "los" que el lector atento encontrará tres líneas más arriba, refiriéndose indistintamente a hombres y mujeres, "invisibiliza a las mujeres".

Y lo irónico del caso es que suelen ser las mismas personas que alegan eso, las que en otro momento arremeten contra quienes, en su opinión, "confunden" sexo y género. La realidad del caso es que en el campo de la lingüística por lo menos, estas dos palabras siempre han tenido significados distintos y cuidadosamente diferenciados: el género de un sustantivo no tiene necesariamente nada que ver con el sexo, y tanto es así, que en los idiomas romances y germánicos, entre otros, las cosas pueden tener género donde ni un loco les asignaría un sexo (la mesa, el charco), y por otra parte, los seres vivos que sí tienen sexo muchas veces son evocados con palabras que tienen un género gramatical no acorde con ese sexo (tanto Mädchen en alemán como virgo en latín son palabras que se refieren a personas de sexo femenino, pero que gramaticalmente son neutras: y mejor no hablemos del coño y de la polla tan mentados en el español ibérico). De modo que sólo un completo ignorante podría argumentar que el uso preferencial del género masculino en la gramática de ciertos idiomas para englobar a seres de distinto género establece o refleja una preferencia por el sexo masculino en algún otro ámbito. Simplemente, no tiene nada que ver una cosa con la otra. Es una falacia como un coliseo, y si la RAE la rechaza, uno no puede menos que aplaudir tamaña defensa del humilde y barriobajero sentido común en contra de las y los profesionales de la queja y de la fáctica indignación.

Pasemos al Universo. Hace mucho que admiro al articulista Alfonso Reece por la sagacidad y contundencia de las opiniones que expresa, y por tanto, antes de entrar a discutir sus enunciados en el artículo de hoy, diré que aunque no estoy de acuerdo con lo que dice, se agradece el esfuerzo poco corriente de destapar los supuestos filosóficos que subyacen en sus artículos, recordando lo dicho por Eleanor Roosevelt: las grandes mentes hablan de ideas, las mediocres de eventos, y las pequeñas, de personas. Dicho esto, no pudiera estar más en desacuerdo con las ideas expresadas en el artículo, sobre todo ésta:

Me parece evidente e indudable la existencia del espíritu como sustancia distinta y trascendente a la materia.

Creo que es arriesgado calificar como "indudable" algo de que muchas personas han dudado, y más cuando hablamos de sustancias que por su naturaleza no admiten de comprobación empírica de ningún tipo. Para Reece la prueba de que existe dicha sustancia es simple y práctica: sin ella, no tiene cómo explicar el libre albedrío. Para mí, la prueba de que no existe es igualmente simple y práctica, y consiste en un gran mazo de madera pesada, tipo los que manejan los exiliados dioses escandinavos, con que al partidario del "espíritu como sustancia" se le propina, con fuerza moderada, un mamporro en la cabeza por sorpresa mientras mira por otro lado. Cuando el partidario del "espíritu como sustancia" se despierta, minutos después, se le interroga respecto a las actividades y a las propiedades manifiestas de esa sustancia durante los últimos cinco minutos. Si el partidario del "espíritu como sustancia" tiene un mínimo de honradez, tendrá que reconocer que todos esos indicios habituales de la presencia y de la existencia de tal sustancia brillaron por su ausencia o inaccesibilidad durante el tiempo que duró el estupor fruto del golpe, por lo menos, frente a su propia subjetividad que hasta ese momento era puente de acceso privilegiado hacia la tal sustancia... así demostrando que el espíritu en tanto objeto de experiencia subjetiva es totalmente dependiente del sustrato material que posibilita la tal experiencia. Si este experimento les parece demasiado violento, de acuerdo, pero hay otras variantes. En mi propio caso, dejé de creer en el espíritu como sustancia en el transcurso de mi primera borrachera, a los 15 ó 16 años creo que fue, cuando durante un buen tiempo, tal vez unas cuantas horas, mientras yo yacía en la alfombra de mi dormitorio, incapaz de levantarme ni apenas de moverme, se escenificó en mi cuerpo y en mi mente la absoluta dependencia que ésta mostraba respecto a aquél, de modo que un ligero cambio en la homeóstasis de mi sangre y de mis hormonas cerebrales, no solamente me imposibilitaban el movimiento físico, sino que reducían todo el campo de acción y de exploración de mi cerebro al núcleo oscuro de la angustiada lucha por la supervivencia y el impotente rechazo al dolor que se había apoderado de mí.

Son cosas que supongo que uno debería haber vivido.

Todo y así, a mí me parece que palabras como espíritu cumplen una función útil dentro de ciertos discursos, con tal de que tengamos clara la naturaleza emergente y contingente de dichos entes o metafóricas sustancias. Si no...

El espíritu debe provenir de una fuente trascendente a las cosas, tal como lo es el propio espíritu con respecto a la materialidad humana, al cuerpo. ¿Dios? ¿Si no, qué?

Si no tenemos claras ciertas cosas, caemos en la trampa de "Dios, si no, qué".

Es llamativo que aun en el s. XXI y en plena decadencia hacia la irrelevancia y el anacronismo, la religión cristiana todavía consigue arrastrar con el meme de que si no eres religioso, eres inmoral, y también de que si no eres dualista, eres determinista (a más de frívolo, egoísta y codicioso, entre otras cosas). Respecto al primer enunciado, tiene cierta discutible justificación pragmática (una religión como el cristianismo tiene el poder de persuadir a muchas personas de actuar con mayor finura ética de lo que harían sin él: si, es posible), pero a fin de cuentas, no tiene mucha racionalidad. Se dice que "sin Dios, ¿en qué basamos nuestra moralidad?" Lo lógico sería preguntar "¿y con Dios?" La simple existencia de un supuesto Ser Superior no nos obliga, filosóficamente, a aceptar cualquier sistema de moralidad de su (supuesta) autoría: en la práctica los cristianos sí aceptan la moralidad de la Biblia, pero mayormente por miedo, con lo que la "verdadera" moralidad que el cristianismo apoya no es más que el precepto "cuídate tus espaldas", lo cual se demuestra en el hecho de que para ser tomado en serio, el cristianismo se ha visto obligado a nivel mundial a crear toda una terrorífica teleología hecha de lagos de fuego, de torturas eternas y atroces sufrimientos para los infieles. La moralidad de Dios es abiertamente pinochetista: "obedece si quieres evitar problemas, ya sabes cómo terminan los que me caen mal". A eso se reduce la "moralidad" cristiana, que debe contar entre las más mezquinas, ruines e inhumanas jamás inventadas.

Por otro lado, un materialista filosófico no tiene por qué ser "materialista" en el sentido popular (o sea, apegado a las posesiones o a las experiencias puramente sensoriales): esto es un simple equívoco lingüístico.

En cuanto a la libertad que supuestamente nace del "espíritu como sustancia" y cuya existencia (que no pongo en duda) estaría reñida con un universo no dualista... bueno, hace tiempo escribí un artículo sobre el tema para gkillcity, que no recuerdo si copié acá o no: en todo caso, a estas horas no sería sensato abordarlo, así que lo dejo para otra ocasión, remarcando solamente que existe en la filosofía una escuela llamada compatibilismo, que considera que el libre albedrío no está en absoluto reñido con lo que sabemos de las leyes que rigen el universo material, y que en todo caso el tema tiene matices y bemoles filosóficos que difícilmente caben en artículos de opinión o posts como éste, pero en todo caso, no reconocer siquiera la existencia de estas escuelas y de estas opiniones da un poco la sensación de un penoso provincialismo intelectual. A este paso nos tocará ser krausistas... Dios nos libre.

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