Irving Berlin, el bohemio
Al zar Nicolás II (ese primo de un igualmente bobo rey inglés, ese absolutista nato a quien los bolcheviques asesinaron en 1918, junto con sus hijas y su cocinero y, eh, unos cuantos millones más) le debemos el hecho de que Irving Berlin transformó en el siglo XX la escena musical americana, y no la rusa. Nacido en Siberia, el compositor de Dios Bendiga a América pudiera haber sido, con la misma asombrosa facilidad, el de Dios bendiga a Rusia, si no fuera por el hecho de que al zar no le caían bien los judíos, si bien lo solía decir por la boca pequeña, y por tanto, Berlin (junto a la familia Gershwin, y la de Louis B. Mayer y los Warner Bros, entre otras) tuvieron que salir pitando del país para escaparse de los pogroms (1893). Él tenía entonces cinco años. Lo que le esperaba una vez llegado a New York no fue nada demasiado espectacular. Su padre siempre había sido cantor (tonadillero religioso judío): Irving (entonces todavía Israel) y sus hermanas salían cada mañana de casa (un apartamento alquilado en uno de los barrios más pobres del Lower East Side) con el imperativo categórico de ganar algunos centavitos como sea - él, vendiendo diarios en la calle - , centavitos que al llegar a casa, depositaban como ofrendas en el delantal de mamá. Por casualidad, Irving poco a poco descubrió que pese a sus nulas habilidades instrumentales, tenía cierto talento, seguramente heredado, para cantar, que en la bulliciosa y hedionda Gran Manzana de aquel entonces podía eventualmente convertirse en centavos: todo era cuestión de cantar la canción más popular, más accesible, acaso cambiando un poco la letra para apuntalarle la gracia, al lado del oído más adecuado, con lo que el joven Irving aprendió rapidito a distinguir por el vestuario a quiénes les sobraban los añorados centavitos, y por el corte del bigote, a quién le sobraba el buen humor necesario para soltarlos. Demoraría algo en conseguir su primer empleo de song-plugger (entonces tenía 18 años), lo que le daba la excusa necesaria para quedarse por la noche en el local donde trabajaba luchando con los misterios del teclado del piano. Durante toda su larguísima vida (murió en el 89), nunca aprendió a tocar más que en clave de Do: de grande, hizo construir pianos especiales que usaban artilugios pintorescos para cambiar de clave sin abandonar salvo esporádicamente las teclas blancas. Digamos, entonces, que el mayor compositor americano del s. XX, el que discutiblemente hizo más para el género naciente del jazz que cualquier otro compositor, nunca llegó a ser virtuoso de ningún instrumento; ni a intérprete mediocre llegaba.
Todo lo cual invita a reflexionar. Un Irving Berlin hoy en día no se ganaría la vida de niño cantando: los tiempos han cambiado, y nadie paga por escuchar música, peor por escuchar una temblorosa voz de imberbe entonando uno de los Veinte Principales y poniéndole gracias a la letra. ¿O sí? Una vez, en Playas, solté si bien recuerdo 50 centavos por una versión de una canción latina desconocida por mí, cantada por dos niños esperanzados en un arenoso espacio de parqueo improvisado: lo que premié realmente era la feliz ocurrencia de acompañar la canción rascando una concha arrugada con un peine o una piedra o algo así. En fin. Los tiempos de Berlin Junior eran tiempos en que todavía no había apenas forma de escuchar música grabada con algo de calidad: entonces los compositores vendían manuscritos de sus obras, y empleaban a pianistas y cantantes para hacer el marketing necesario: oir cantar algo en la calle o en unos grandes almacenes, entonces, podía ser todo un evento, una epifanía si se quiere.
Pero algo me susurra que la cuestión no es ésa. La historia de los EEUU del s. XX está llena de ejemplos de grandes personajes que empezaron su carrera artística o comercial en las circunstancias más pobres y escuálidas, para luego triunfar y convertirse en household names. Se afianza en ese siglo el mito del sueño americano y más precisamente del working class boy made good, que en determinado momento se cebaría en el R.hU. en la historia de los Beatles. Pero fuera de EEUU, no se repite el patrón con demasiada frecuencia. En Europa y especialmente en el R.hU., solemos culpar al class system por la aparente existencia de un techo de cristal que impide el triunfo del niño de origen humilde pero con grandes sueños. Algo de eso hay, evidentemente (los británicos, especialmente, cierta resistencia pusieron antes de rendirse y reconocer que un acento de Liverpool podría ser, también, cool, y dieron su permiso para que existiera durante los sesenta una escuela de Liverpool Poets, QEPD). Pero lo que creo que más falta es ese empuje que lleva al niño desfavorecido a identificar su única habilidad, creer en él, construir un sueño en su alrededor, y centrarse en desarrollarla al máximo, sacrificando todo, no por la fama o el dinero, sino por la excelencia Y creo que sé por qué.
Hoy en día, un Irving Berlin en eclosión está derrotado por predestinación. Para empezar, la música popular y el talento están en guerra desde hace un cuarto de siglo: nadie quiere escuchar canciones con melodía original, peor con letras memorables. Pero aunque no fuera así, existe la creencia generalizada - está en el aire, es parte del Zeitgeist - de que en la música, popular o no, todo se ha hecho y todo se ha dicho y todo se ha probado, y lo único que queda es el sampling, y echarle a lo vetusto un toque superficialmente estrafalario y posmoderno. Y aparte: ¿a quién se le ocurre soñar con ser compositor de canciones sin saber siquiera tocar bien un instrumento? Hay demasiados peros. A este respecto es aleccionadora la respuesta del joven Irving: "mi sueño es ser un mesero que canta". Sí. En aquel entonces aún era permitido soñar con ser algo ridículo, mientras fuera un tipo de ridiculez en que aun se podría discernir el arte y la excelencia. Ya está. Berlin no quería ser el más grande compositor americano del siglo, eso le pasó por accidente, o mejor dicho, por la simbiosis que se estableció entre su natural talento y su devoción al trabajo y a la perfección.
En resumen, resulta algo infantil, incluso diría patético, soñar con ser algo en el mundo de la música popular de hoy, me refiero a algo más que un peinado, un kilo de maquillaje, un estilo, un fenómeno de marketing. Pero mi punto es que con todo es así. No entraré en detalle, porque llueve, pero digamos que cualquier cosa a la que una persona mínimamente sana podría aspirar en la vida con fe y entusiasmo se encuentra hoy en día rodeado de una estaca de peros. Pero no tienes el talento, no tienes los conocimientos ni los estudios, no tienes especialización, no tienes los contactos, no tienes el dinero, bueno, tienes todo eso pero resulta que lo que quieres hacer ya se hizo, lo tuyo no es original, ya está hecho y hasta patentado, bueno, sí es original pero por eso mismo, no tiene gancho, la gente no quiere eso que tú les ofreces. Y mientras te dicen todo eso, desde las estanterías gritan en incesante cacofonía: ¡Persigue tus sueños! ¡Cree en ti mismo! ¡Realiza tus metas! ¡Conviértete en Líder! Cosa que yo personalmente sólo consigo entender desde la perspectiva de que los sueños aquéllos que te invitan a perseguir, son los socialmente aprobados, aptos únicamente para subnormales. Si eres niña, sueña con ser "princesa" (léase: Kardashian) y te sonreirán encantados. Sueña con clasificar todas las especies existentes de caracol que hay en Amazonia: ya no tanto. Sobre todo si tienes 40 años y en tu vida estudiaste ciencias de la vida. "Eres demasiado vieja".
"Eres demasiado viejo". Ya llegamos al quid. Todavía no.
¿Estoy intentando justificar mi propio derrotismo, pesimismo, mediocridad, proyectándolos erróneamente sobre mi entorno? En parte, sí, seguramente. Pero si no fuera para nada cierto lo que digo, explíquenme cómo es que hay llamativas y contadísimas excepciones.
En los años 80, yo me acuerdo en primera persona, era todavía posible ser programador y al mismo tiempo socialmente impresentable. Es decir: los programas de informática eran escritos en gran parte por solitarios ermitaños. Todavía persiste algo de esa fama, pero es un anacronismo: para ser programador, perdón, ingeniero de software, desarrollador, hoy, necesitas habilidades sociales, por el hecho de que nada ahora se hace solo, en un dormitorio mugriento, sino en un despacho lleno de gente que intercambian todo el tiempo impenetrables chistes y se ponen mutuamente al día sobre la trama del último éxito de TV por cable. Puedes ser nerd, pero no oler a papas podridas. Lo siento. En fin. La cuestión es que en aquellos lejanos 80 y 90, el entusiasmo, la sensación de que en el mundo del software uno podría ser pionero, y con modestas habilidades de autodidacta conseguir cosas grandes, era palpable. Bliss was it in that dawn... Lo que (sobre todo para quien conoce la trama de la vieja serie Flambards) irresistiblemente recuerda ese otro amanecer, lleno de entusiasmo, de riesgo, de dedicados amateurs, que fue los albores del s.XX con los inventos del carro y más adelante con los primeros aviones. Cualquier joven hombre o mujer con modestas nociones de ingeniería entonces formaba parte de una nueva élite llamada a cambiar el mundo, mecanizándolo. Así que lo que realmente estoy lamentando aquí, supongo, es la extinción del amateur, de esa persona a quien el talento y el entusiasmo suple el déficit de educación, de formación, de profesionalismo. El deceso del entusiasmo y del honesto talento, si quieres un soundbyte.
Hay algo más. Creo (y creo estar de acuerdo con Roger Waters, entre otros, en esto) que lo que de jóvenes mata nuestro entusiasmo, nuestra confianza y nuestros sueños, es el Estado a través del inicuo sistema educativo que nos han hecho creer existe desde siempre, y no es cierto. Si tengo que escoger, nunca estaré del lado de los que a las deficiencias educativas proponen echarles: más dinero, más profesionalismo, más títulos, más burocracia, y rematan con "ah, y que los profesores sean buena gente". No. No soy revolucionario, pero en la enseñanza no se puede ser otra cosa: todo huele demasiado a podrido. Echemos abajo toda la estructura que nos ha hecho así, tan derrotistas, tan conformistas, tan pagadores de impuestos, tan buenos ciudadanos. Tenemos que sacar el Estado de la ecuación, sea cual sea su solución verdadera. Nada de programas ni de materias ni de metodologías impuestas, nada de universidades "categoría B" (un invento fascista si alguna vez lo hubiera), nada de "leyes de educación". En su lugar: pues lo dicho: ante todo, cultivar el honesto entusiasmo, el deseo de hacer cosas, y de hacerlas mejor. Identificar, previamente, las mil y una maneras en que los que dicen compartir este ideal lo traicionan constantemente. Pero no quería hablar de eso.
Resumiendo: ¿me quejo porque a los talentosos la vida no se les sirve en bandeja, porque a veces la gente pone peros, porque a veces la excelencia es una lucha solitaria e incomprendida? ¿Propongo una solución legislada a mi propia mediocridad? No y no. Hablo de algo más intangible, de unas posibilidades, de unas circunstancias, de una cultura, de un estar abiertos a la innovación y al talento y al outsider. Las que sin lugar a duda posible, hicieron que un Irving Berlin podría llegar a existir en los EEUU de principios del s.XX, y no en el Ecuador de principios del XXI. No pretendo entender esa cultura, peor instaurarla donde sea, ni tampoco quitarle mérito a quien esa cultura la lleva en los genes, sin necesidad de reflejos exteriores. Pero creo que vale la pena examinarla y no está mal tampoco tenerle algo de respeto.
They can play a bugle call like you've never heard before,
So naturAL that you wanna go to war:
It's just the bestest band what am,
Oh honey lamb...
La música de Berlin puede ser buena o no tanto, lo dejo con los musicólogos. Él puede sobrepasar en talento a Gershwin, a Kern, a Cole Porter, a Hammerstein/Rodgers, a Bacharach/David, o no llegarles a los tobillos, lo dejo con los compiladores de listas y tablas de liga. En Gershwin y Porter hay sofisticaciones a las que él no aspira. Él los vence en ciertos terrenos, y para mí, una de ellas es el encanto. Sí. Soy capaz de apercibir encanto en una melodía o en una letra. Lo siento, pero sí.
Es una cualidad que no se puede enseñar ni aprender, porque brota de la personalidad. Hay gente que pudiera escribir "It's just the bestest band what am", y quedaría como una patada en el escroto. Berlin puede porque ese registro, el de un optimista algo cínico, satírico en medida dosificada pero en el fondo bonachón, es el suyo, se mueve cómodamente en él donde otros se sofocarían con el intento. El lado menos atractivo de Berlin, el que le hace escribir canciones patrioteros donde a veces es cuestión de comprar bonos del Estado o de pagar impuestos "patrióticamente" no ofende porque él es de una sola pieza: su patriotismo es sincero y sin segundas, es del tipo que sólo se encuentra entre inmigrantes ilusos, agradecidos, algo simplones pero de buena corazón. Le salva la inteligencia y el arte de sus letras, y sobre todo, su gran humor.
Let us hide behind a pair of fancy glasses
And make faces when a member of the clases passes;
Let's go smelling where they're dwelling,
Sniffing everything the way they do...
Si eres letrista y no venderías tu alma por haber escrito esto (me refiero a la canción entera), es que no la tienes. Si eres compositor y no harías lo mismo por haber escrito Puttin' on the Ritz, pues ídem. (Y si de tener alma se trata, quien sea capaz de escribir Blue Skies para el nacimiento de su hijo no tiene nada que probar al respecto.)
Lo que me deja un poco intrigado es el tratamiento que pudo dar este compositor que vivió los alocados 20 y el Wall Street Crash al tema, muchas veces referido en sus canciones, de las "clases altas", identificables más que nada por ese indumentario que al niño Berlin ya le hacía husmear centavitos: Top Hat, White Tie and Tails. La canción Puttin' On the Ritz, al parecer, empezó como sátira bienintencionada de los habitantes de Harlem y sus zoot suits; cuando llegó a cantarla Astair, ya se había cambiado la letra, de "where Harlem sits" a "where fashion sits": ahora los satirizados eran los blancos con pretensiones de, digamos, hidalguía:
Come, let's MIX where RockeFELLers walk WITH STICKS and umberELLas in their MITTS,
Puttin' on the Ritz!
Dressed up like a million-dollar trouper,
Trying hard to look like Gary Cooper -
Super duper!
Si en esta canción los "ricos por fuera" son, ya digo, objeto de mofa, pero sin pizca de acidez ni de amargura, los "ricos de verdad" aparecen en "Slummin' on Park Avenue", de nuevo objetos de una mirada crítica, algo burlona, pero en el fondo sonriente y absolutamente sin malicia. Es lícito especular que para Berlin, las diferencias de clase eran fenómeno natural, y no (como para los revolucionarios de entonces y de ahora) un problema en espera de solución. Pero, para desesperación de los mismos revolucionarios, la mirada de la canción siempre era una mirada externa, se diría, pretendidamente neutral, lo que para mí atrae en séquito el adjetivo "bohemio". La voz no era de nadie que se hubiera autodiagnosticado membresía de las categorías excluyentes "ricos" ni "pobres". Era, si se quiere, la voz de Middle America, que Berlin llegó a identificar explícitamente en muchas ocasiones como su público natural. Y ese "Middle America" no aspiraba a entrar en la categoría de "ricos", especie a fin de cuentas a la par exótica y ligeramente ridícula: el quid era tener las circunstancias adecuadas para no tener que obsesionarse ni con tu clase social, ni con el dinero, habiendo cosas más dignas de la atención de un ser humano adulto. Entre estas cosas, el amor romántico:
And tears will fall as you recall
The moon in all its splendour...
OK, esto no es John Keats. Pero ese "tears will fall", que como todo en Irving Berlin cae con una naturalidad y una inevitabilidad síntomas de un gran arte, a la vez que encaja en el esquema de rimas más pulcro y estricto que se puede pedir (Berlin nunca era amigo de las medias rimas), y con todo esto, se te pega como lapa a la memoria, tal vez por ese toque misterioso que proporciona la mención de unas lágrimas aparentemente sin dueño. Para mí, el éxito de Irving Berlin se debe más que nada a la perfección de sus letras, que en toda su extensa obra tiene esta cualidad especial, que cualquier persona las puede canturrear, incluso hoy en día, sin sentirse en lo más mínimo ni avergonzado ni cohibido. En ellas se encuentra un lenguaje sencillo pero no infantil, unas emociones expresadas honestamente, sin aspavientos ni pretensiones de ningún tipo, y en sus ritmos y sus rimas y su apego a la melodía hay un arte sutil y discreto, jamás superado por compositor alguno, que a sus canciones les hace brillar como piedras preciosas.
Pero realmente, no quería hablar de nada de esto.
Me despierto por la noche con una extraña mezcla de angustia y euforia. En la vida anterior a la vejez, uno se acostumbra a "enamorarse" cada diez años o así, con la regularidad de los movimientos de vientre de un relojero suizo. Ya hace mucho, muchas décadas y siglos, que soy "demasiado viejo" para ciertas cosas, entre ellas la emoción de sentirse objeto de una mirada especulativa de parte de una Miembro del Sexo Apetecido (MSA). Eso hace siglos se desterró de mi vida consciente... salvo de los sueños, donde por lo general, uno no tiene edad definida, como en el paraíso cristiano. Ahí, esa emoción reaparece, junto con La Chica, como para recordarte que lo que estás viviendo ahora es una especie de muerte disfrazada, eufemística, y que sin embargo tienes algo de ser humano, un sistema operativo preinstalado diríamos, o un BIOS, en fin, algo que se resiste a asumir la categoría o la identidad de "viejo", o cualquier otra identidad llegados a eso, y que se rebela por la noche cuando estás en tu más vulnerable. Creo que tengo cita con alguna novela de Roth, ustedes ya me dirán con cuál de ellas.
Todo lo cual invita a reflexionar. Un Irving Berlin hoy en día no se ganaría la vida de niño cantando: los tiempos han cambiado, y nadie paga por escuchar música, peor por escuchar una temblorosa voz de imberbe entonando uno de los Veinte Principales y poniéndole gracias a la letra. ¿O sí? Una vez, en Playas, solté si bien recuerdo 50 centavos por una versión de una canción latina desconocida por mí, cantada por dos niños esperanzados en un arenoso espacio de parqueo improvisado: lo que premié realmente era la feliz ocurrencia de acompañar la canción rascando una concha arrugada con un peine o una piedra o algo así. En fin. Los tiempos de Berlin Junior eran tiempos en que todavía no había apenas forma de escuchar música grabada con algo de calidad: entonces los compositores vendían manuscritos de sus obras, y empleaban a pianistas y cantantes para hacer el marketing necesario: oir cantar algo en la calle o en unos grandes almacenes, entonces, podía ser todo un evento, una epifanía si se quiere.
Pero algo me susurra que la cuestión no es ésa. La historia de los EEUU del s. XX está llena de ejemplos de grandes personajes que empezaron su carrera artística o comercial en las circunstancias más pobres y escuálidas, para luego triunfar y convertirse en household names. Se afianza en ese siglo el mito del sueño americano y más precisamente del working class boy made good, que en determinado momento se cebaría en el R.hU. en la historia de los Beatles. Pero fuera de EEUU, no se repite el patrón con demasiada frecuencia. En Europa y especialmente en el R.hU., solemos culpar al class system por la aparente existencia de un techo de cristal que impide el triunfo del niño de origen humilde pero con grandes sueños. Algo de eso hay, evidentemente (los británicos, especialmente, cierta resistencia pusieron antes de rendirse y reconocer que un acento de Liverpool podría ser, también, cool, y dieron su permiso para que existiera durante los sesenta una escuela de Liverpool Poets, QEPD). Pero lo que creo que más falta es ese empuje que lleva al niño desfavorecido a identificar su única habilidad, creer en él, construir un sueño en su alrededor, y centrarse en desarrollarla al máximo, sacrificando todo, no por la fama o el dinero, sino por la excelencia Y creo que sé por qué.
Hoy en día, un Irving Berlin en eclosión está derrotado por predestinación. Para empezar, la música popular y el talento están en guerra desde hace un cuarto de siglo: nadie quiere escuchar canciones con melodía original, peor con letras memorables. Pero aunque no fuera así, existe la creencia generalizada - está en el aire, es parte del Zeitgeist - de que en la música, popular o no, todo se ha hecho y todo se ha dicho y todo se ha probado, y lo único que queda es el sampling, y echarle a lo vetusto un toque superficialmente estrafalario y posmoderno. Y aparte: ¿a quién se le ocurre soñar con ser compositor de canciones sin saber siquiera tocar bien un instrumento? Hay demasiados peros. A este respecto es aleccionadora la respuesta del joven Irving: "mi sueño es ser un mesero que canta". Sí. En aquel entonces aún era permitido soñar con ser algo ridículo, mientras fuera un tipo de ridiculez en que aun se podría discernir el arte y la excelencia. Ya está. Berlin no quería ser el más grande compositor americano del siglo, eso le pasó por accidente, o mejor dicho, por la simbiosis que se estableció entre su natural talento y su devoción al trabajo y a la perfección.
En resumen, resulta algo infantil, incluso diría patético, soñar con ser algo en el mundo de la música popular de hoy, me refiero a algo más que un peinado, un kilo de maquillaje, un estilo, un fenómeno de marketing. Pero mi punto es que con todo es así. No entraré en detalle, porque llueve, pero digamos que cualquier cosa a la que una persona mínimamente sana podría aspirar en la vida con fe y entusiasmo se encuentra hoy en día rodeado de una estaca de peros. Pero no tienes el talento, no tienes los conocimientos ni los estudios, no tienes especialización, no tienes los contactos, no tienes el dinero, bueno, tienes todo eso pero resulta que lo que quieres hacer ya se hizo, lo tuyo no es original, ya está hecho y hasta patentado, bueno, sí es original pero por eso mismo, no tiene gancho, la gente no quiere eso que tú les ofreces. Y mientras te dicen todo eso, desde las estanterías gritan en incesante cacofonía: ¡Persigue tus sueños! ¡Cree en ti mismo! ¡Realiza tus metas! ¡Conviértete en Líder! Cosa que yo personalmente sólo consigo entender desde la perspectiva de que los sueños aquéllos que te invitan a perseguir, son los socialmente aprobados, aptos únicamente para subnormales. Si eres niña, sueña con ser "princesa" (léase: Kardashian) y te sonreirán encantados. Sueña con clasificar todas las especies existentes de caracol que hay en Amazonia: ya no tanto. Sobre todo si tienes 40 años y en tu vida estudiaste ciencias de la vida. "Eres demasiado vieja".
"Eres demasiado viejo". Ya llegamos al quid. Todavía no.
¿Estoy intentando justificar mi propio derrotismo, pesimismo, mediocridad, proyectándolos erróneamente sobre mi entorno? En parte, sí, seguramente. Pero si no fuera para nada cierto lo que digo, explíquenme cómo es que hay llamativas y contadísimas excepciones.
En los años 80, yo me acuerdo en primera persona, era todavía posible ser programador y al mismo tiempo socialmente impresentable. Es decir: los programas de informática eran escritos en gran parte por solitarios ermitaños. Todavía persiste algo de esa fama, pero es un anacronismo: para ser programador, perdón, ingeniero de software, desarrollador, hoy, necesitas habilidades sociales, por el hecho de que nada ahora se hace solo, en un dormitorio mugriento, sino en un despacho lleno de gente que intercambian todo el tiempo impenetrables chistes y se ponen mutuamente al día sobre la trama del último éxito de TV por cable. Puedes ser nerd, pero no oler a papas podridas. Lo siento. En fin. La cuestión es que en aquellos lejanos 80 y 90, el entusiasmo, la sensación de que en el mundo del software uno podría ser pionero, y con modestas habilidades de autodidacta conseguir cosas grandes, era palpable. Bliss was it in that dawn... Lo que (sobre todo para quien conoce la trama de la vieja serie Flambards) irresistiblemente recuerda ese otro amanecer, lleno de entusiasmo, de riesgo, de dedicados amateurs, que fue los albores del s.XX con los inventos del carro y más adelante con los primeros aviones. Cualquier joven hombre o mujer con modestas nociones de ingeniería entonces formaba parte de una nueva élite llamada a cambiar el mundo, mecanizándolo. Así que lo que realmente estoy lamentando aquí, supongo, es la extinción del amateur, de esa persona a quien el talento y el entusiasmo suple el déficit de educación, de formación, de profesionalismo. El deceso del entusiasmo y del honesto talento, si quieres un soundbyte.
Hay algo más. Creo (y creo estar de acuerdo con Roger Waters, entre otros, en esto) que lo que de jóvenes mata nuestro entusiasmo, nuestra confianza y nuestros sueños, es el Estado a través del inicuo sistema educativo que nos han hecho creer existe desde siempre, y no es cierto. Si tengo que escoger, nunca estaré del lado de los que a las deficiencias educativas proponen echarles: más dinero, más profesionalismo, más títulos, más burocracia, y rematan con "ah, y que los profesores sean buena gente". No. No soy revolucionario, pero en la enseñanza no se puede ser otra cosa: todo huele demasiado a podrido. Echemos abajo toda la estructura que nos ha hecho así, tan derrotistas, tan conformistas, tan pagadores de impuestos, tan buenos ciudadanos. Tenemos que sacar el Estado de la ecuación, sea cual sea su solución verdadera. Nada de programas ni de materias ni de metodologías impuestas, nada de universidades "categoría B" (un invento fascista si alguna vez lo hubiera), nada de "leyes de educación". En su lugar: pues lo dicho: ante todo, cultivar el honesto entusiasmo, el deseo de hacer cosas, y de hacerlas mejor. Identificar, previamente, las mil y una maneras en que los que dicen compartir este ideal lo traicionan constantemente. Pero no quería hablar de eso.
Resumiendo: ¿me quejo porque a los talentosos la vida no se les sirve en bandeja, porque a veces la gente pone peros, porque a veces la excelencia es una lucha solitaria e incomprendida? ¿Propongo una solución legislada a mi propia mediocridad? No y no. Hablo de algo más intangible, de unas posibilidades, de unas circunstancias, de una cultura, de un estar abiertos a la innovación y al talento y al outsider. Las que sin lugar a duda posible, hicieron que un Irving Berlin podría llegar a existir en los EEUU de principios del s.XX, y no en el Ecuador de principios del XXI. No pretendo entender esa cultura, peor instaurarla donde sea, ni tampoco quitarle mérito a quien esa cultura la lleva en los genes, sin necesidad de reflejos exteriores. Pero creo que vale la pena examinarla y no está mal tampoco tenerle algo de respeto.
They can play a bugle call like you've never heard before,
So naturAL that you wanna go to war:
It's just the bestest band what am,
Oh honey lamb...
La música de Berlin puede ser buena o no tanto, lo dejo con los musicólogos. Él puede sobrepasar en talento a Gershwin, a Kern, a Cole Porter, a Hammerstein/Rodgers, a Bacharach/David, o no llegarles a los tobillos, lo dejo con los compiladores de listas y tablas de liga. En Gershwin y Porter hay sofisticaciones a las que él no aspira. Él los vence en ciertos terrenos, y para mí, una de ellas es el encanto. Sí. Soy capaz de apercibir encanto en una melodía o en una letra. Lo siento, pero sí.
Es una cualidad que no se puede enseñar ni aprender, porque brota de la personalidad. Hay gente que pudiera escribir "It's just the bestest band what am", y quedaría como una patada en el escroto. Berlin puede porque ese registro, el de un optimista algo cínico, satírico en medida dosificada pero en el fondo bonachón, es el suyo, se mueve cómodamente en él donde otros se sofocarían con el intento. El lado menos atractivo de Berlin, el que le hace escribir canciones patrioteros donde a veces es cuestión de comprar bonos del Estado o de pagar impuestos "patrióticamente" no ofende porque él es de una sola pieza: su patriotismo es sincero y sin segundas, es del tipo que sólo se encuentra entre inmigrantes ilusos, agradecidos, algo simplones pero de buena corazón. Le salva la inteligencia y el arte de sus letras, y sobre todo, su gran humor.
Let us hide behind a pair of fancy glasses
And make faces when a member of the clases passes;
Let's go smelling where they're dwelling,
Sniffing everything the way they do...
Si eres letrista y no venderías tu alma por haber escrito esto (me refiero a la canción entera), es que no la tienes. Si eres compositor y no harías lo mismo por haber escrito Puttin' on the Ritz, pues ídem. (Y si de tener alma se trata, quien sea capaz de escribir Blue Skies para el nacimiento de su hijo no tiene nada que probar al respecto.)
Lo que me deja un poco intrigado es el tratamiento que pudo dar este compositor que vivió los alocados 20 y el Wall Street Crash al tema, muchas veces referido en sus canciones, de las "clases altas", identificables más que nada por ese indumentario que al niño Berlin ya le hacía husmear centavitos: Top Hat, White Tie and Tails. La canción Puttin' On the Ritz, al parecer, empezó como sátira bienintencionada de los habitantes de Harlem y sus zoot suits; cuando llegó a cantarla Astair, ya se había cambiado la letra, de "where Harlem sits" a "where fashion sits": ahora los satirizados eran los blancos con pretensiones de, digamos, hidalguía:
Come, let's MIX where RockeFELLers walk WITH STICKS and umberELLas in their MITTS,
Puttin' on the Ritz!
Dressed up like a million-dollar trouper,
Trying hard to look like Gary Cooper -
Super duper!
Si en esta canción los "ricos por fuera" son, ya digo, objeto de mofa, pero sin pizca de acidez ni de amargura, los "ricos de verdad" aparecen en "Slummin' on Park Avenue", de nuevo objetos de una mirada crítica, algo burlona, pero en el fondo sonriente y absolutamente sin malicia. Es lícito especular que para Berlin, las diferencias de clase eran fenómeno natural, y no (como para los revolucionarios de entonces y de ahora) un problema en espera de solución. Pero, para desesperación de los mismos revolucionarios, la mirada de la canción siempre era una mirada externa, se diría, pretendidamente neutral, lo que para mí atrae en séquito el adjetivo "bohemio". La voz no era de nadie que se hubiera autodiagnosticado membresía de las categorías excluyentes "ricos" ni "pobres". Era, si se quiere, la voz de Middle America, que Berlin llegó a identificar explícitamente en muchas ocasiones como su público natural. Y ese "Middle America" no aspiraba a entrar en la categoría de "ricos", especie a fin de cuentas a la par exótica y ligeramente ridícula: el quid era tener las circunstancias adecuadas para no tener que obsesionarse ni con tu clase social, ni con el dinero, habiendo cosas más dignas de la atención de un ser humano adulto. Entre estas cosas, el amor romántico:
And tears will fall as you recall
The moon in all its splendour...
OK, esto no es John Keats. Pero ese "tears will fall", que como todo en Irving Berlin cae con una naturalidad y una inevitabilidad síntomas de un gran arte, a la vez que encaja en el esquema de rimas más pulcro y estricto que se puede pedir (Berlin nunca era amigo de las medias rimas), y con todo esto, se te pega como lapa a la memoria, tal vez por ese toque misterioso que proporciona la mención de unas lágrimas aparentemente sin dueño. Para mí, el éxito de Irving Berlin se debe más que nada a la perfección de sus letras, que en toda su extensa obra tiene esta cualidad especial, que cualquier persona las puede canturrear, incluso hoy en día, sin sentirse en lo más mínimo ni avergonzado ni cohibido. En ellas se encuentra un lenguaje sencillo pero no infantil, unas emociones expresadas honestamente, sin aspavientos ni pretensiones de ningún tipo, y en sus ritmos y sus rimas y su apego a la melodía hay un arte sutil y discreto, jamás superado por compositor alguno, que a sus canciones les hace brillar como piedras preciosas.
Pero realmente, no quería hablar de nada de esto.
Me despierto por la noche con una extraña mezcla de angustia y euforia. En la vida anterior a la vejez, uno se acostumbra a "enamorarse" cada diez años o así, con la regularidad de los movimientos de vientre de un relojero suizo. Ya hace mucho, muchas décadas y siglos, que soy "demasiado viejo" para ciertas cosas, entre ellas la emoción de sentirse objeto de una mirada especulativa de parte de una Miembro del Sexo Apetecido (MSA). Eso hace siglos se desterró de mi vida consciente... salvo de los sueños, donde por lo general, uno no tiene edad definida, como en el paraíso cristiano. Ahí, esa emoción reaparece, junto con La Chica, como para recordarte que lo que estás viviendo ahora es una especie de muerte disfrazada, eufemística, y que sin embargo tienes algo de ser humano, un sistema operativo preinstalado diríamos, o un BIOS, en fin, algo que se resiste a asumir la categoría o la identidad de "viejo", o cualquier otra identidad llegados a eso, y que se rebela por la noche cuando estás en tu más vulnerable. Creo que tengo cita con alguna novela de Roth, ustedes ya me dirán con cuál de ellas.
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