De un "no soy un mesías" a "Eloi, Eloi, dame sabatina"

No sé si mi esposa todavía lo guarda como reliquia religiosa. Se trata de un CD que los partidarios de un nuevo candidato a la presidencia del gobierno, Rafael Correa, iban distribuyendo a los votantes, allá por el 2006, como parte de una campaña cuya misteriosa financiación sabemos que no tuvo nada que ver con las FARC colombianas. En él hay una grabación de la voz del futuro Presidente, donde dice textualmente "no soy un mesías", frase que en su momento (a pesar de que estaba convencidísimo de que ganaría la Cabeza Cono de Helado, inocente de mí) me llamó la atención. ¿Qué tipo de persona se presenta en unas elecciones diciendo "no soy un mesías"? O por analogía: ¿qué tipo de persona se presentaría al puesto de profesor de gimnasia en un colegio femenino con las palabras "no soy un viejo verde"? Respuesta en ambos casos: una persona no apta para el cargo, bajo el argumento de que de la abundancia del corazón habla la boca. En unas elecciones como ésas, donde el elenco de candidatos, si bien recuerdo, recordaba un episodio cualquiera de Los Munsters, de buen seguro que a nadie en su sano juicio se le hubiera ocurrido ponerse a buscar un mesías en entorno tan hostil: pero el tal Rafael Correa, ya antes de su primera victoria, evidentemente se había planteado la pregunta a sí mismo: ¿soy el ungido, el elegido por Dios, el Salvador de la Patria, el representante de la Divinidad sobre la tierra? Que su respuesta en ese momento haya sido negativa dice mucho a favor de la relativa cordura del entonces joven candidato. Pero la semilla de la megalomanía, de la enfermedad psíquica, por lo visto, ya estaba sembrada.

Hoy mismo sale en El Telégrafo un artículo del Rafael Correa actual, aquel que ya hace mucho tiempo llegó a la conclusión (acolitado por su particular séquito de lamebotas y enseñahigos) de que efectivamente, sí era el mesías. La tal conclusión aquí viene implícita en el hecho de que los "grandes acontecimientos narrados en los evangelios canónicos" se interpretan en registro contemporáneo: más allá de las "cuestiones de fe" que al parecer no vienen demasiado al caso (si a ti te nace depositar tu "fe" en un hippie de hace dos mil años en lugar de en un brillante economista jefe de Estado de la actualidad, es tu problema), lo que le pasó a "Jesús" merece recordarse en tanto que prefigura, en clave de profecía digamos, lo que le pasa a un actual Presidente de la República del Ecuador. Así, el inocente, el impoluto, el Cordero de Dios se encuentra actualmente rodeado de "poderes fácticos", "conocedores de la Ley" (por ejemplo, aquellos que van recordado a cada paso que la actual "Ley" no permite la reelección indefinida), escribas, fariseos, mujeres "leales pero impotentes" (léase: incapaces de promover la abstención sexual sin que todo el mundo se burle de ellas), traidores, cobardes, y "masas manipulables". Ciertamente, difícil tarea es ser un semidiós sobre la Tierra, rodeado de tanta chusma, de tanta mediocridad. Por lo que el mensaje implícito del artículo viene a ser: examinemos nuestra conciencia, compañeros. ¿Hemos sido todo lo leales que deberíamos al Hijo de Dios? ¿No habremos pecado en algún momento, burlándonos de él por ejemplo, o negando sus Obras y Carreteras?

O peor todavía: ¿no le habremos hecho caso alguna vez a "la opinión pública"?

Era, tal vez, inevitable que a quien en su momento se le escapara de la boca aquel "Yo soy La Verdad" terminara creyendo que "opinión" es una dolencia que afecta a los demás. Sabemos que vivimos en un "Estado de Opinión" según feliz término de Su Majestad, es decir, un país donde la gente todavía persiste en tener opiniones y expresarlas pública e impúdicamente; sin duda algún lector se preguntará cuál alternativa se nos ofrece. Pues bien: puedes optar entre tener opiniones, es decir, estar equivocado, o aceptar la Verdad revelada, es decir, asentir ante todo lo que te dice Su Majestad. Y por si quedara alguna duda sobre eso, nótese bien que en el artículo la "Opinión Pública" interviene "de un domingo a viernes", en el sentido de convencer a las "masas manipulables" para que crucifiquen a quien insiste, hasta el final, en autoproclamarse rey. Aquella anterior devoción al mismo "rey" que se manifestara en "batidas de palmas" en su triunfal entrada a Jerusalén, eso no fue opinión, o por lo menos no fue "opinión pública", del mismo modo que aquella humilde Sierva de Dios que ose acercarse a Correa en alguna Sabatina para pedirle que cure a su hijo ("Mujer, has creído en mí, tuyo será el Reino de las Cocinas de Inducción") está gozosamente exenta de "opinión" alguna, pues se limita a reconocer lo evidente, lo que está fuera de toda duda razonable, que es la divina infalibilidad y la vocación de Salvador del Presidente de la República.

Y es así, tal como reconoció Bonil hace un par de días, como la misma persona que en la práctica hace y deshace toda la "opinión pública" del país es capaz de eludir cualquier responsabilidad sobre la misma. Repito: Verdades son lo que dice él, Opiniones lo que dicen los demás. Tú eliges.

Lo dicho entonces: lo que tenemos es un estudio inusualmente bien documentado del descenso de un individuo al infierno de la locura, a través de un trastorno narcisista galopante habilitado y reforzado por las circunstancias del poder político.

Todo un "cautionary tale", para quien quiera verlo.

Muchas veces lo he dicho: un estado sano, una república realmente civilizada, se conocerá entre otras por esta seña: que entre gente culta, hasta saberse el nombre del actual "presidente de gobierno" sería considerado una vulgaridad, señal de frívolas inquietudes. La política, esa ciénaga de mundanas ambiciones y vistosos trastornos psíquicos, sería el lugar de los infelices, que afortunadamente carecerían de poder alguno para influir en la vida de quienes sí tienen algo fructífero a qué dedicarse. En tal caso, la enfermedad mental del Jefe de Estado sería simple anécdota para mentes ociosas. En lugar de lo cual, hemos hecho de tal guisa que, como dice Auden, "cuando él lloró, niños pequeños morían en las calles."


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