Mi pie derecho: una radiografía en tres bostezos

Esta mañana me tocó ir al seguro de Durán a una hora ungodliosa para hacerme una radiografía. Esperar mucho tiempo en un pasillo sin nicotina suele tener el efecto, en mí, de obligarme a divagar mentalmente. Presento, sin más, las divagaciones acaecidas en el horario de 8 a 9. Más, no creo que el lector soporte.

Juanito Podrido

Si viviste los años 70, y peor, en el Reino hUnDido. sabrás a quién me refiero. Si no:



(Ésta creo que fue la entrevista que le valió a Grundy, entonces un big name en la tele, un fulminante "you're sacked". No se supo más de él en lo posterior. Todo por ese "bueno, impresiónanos con tus malas palabras". Eso, antes del watershed, no se podía decir en ese entonces. Ay, nostalgia.) El tiempo es cruel. La necesidad mediática de crear "tesoros nacionales", unida con los efectos predecibles del envejecimiento, han hecho de Lyden una celebridad-wannabe que, una y otra vez, decepciona por su inquebrantable mediocridad, su falta de ingenio y de cultura y de vocabulario y de originalidad intelectual. Él quiso ser todo menos aburrido, pero el ser aburrido por lo visto es algo que se lleva en el alma. Para mí es una especie de Kim Kardashian en masculino. Ella consiguió la fama mediante el truco de tener un kulo cuya extensión se mide en hectáreas y se triangula mediante equipos especializados de las Fuerzas Terrestres: él, mediante el truco igualmente facilón de decir "fuck" en la tele cada vez que pudo. Sáquenlos de ese territorio, y son seres de cartón.

Bien. Pero el tipo me vino a la mente por medio de un complicado proceso mental de múltiples asociaciones que intentaré reconstruir, pues tiene ramificaciones que harán las delicias del Club Cosaco de Filosofía Patafísica de la SECOM. Empecemos con la siguiente letra del propio Lyden, una de sus más conseguidas, y vayamos hacia atrás:

A bed in the corner
The suffering suffragette
Such an obvious trap
Imagine that
A Butterball turkey
Spread her body
Naked and silly
A bulbous heap
Batting her eyelids
The lights go down
Erupting in fat
The blackwall tunnel
An elephant's grave
A second-hand mattress
Come and play total commitment
Premenstrual tension

Alright, I finished


Bien. Confieso que esta letra me gustó al escucharla, y me sigue gustando. (Creo que Lyden debe de haber recibido alguna ayudita: no se le conoce en la vida real tanto talento poético como aquí se muestra. Otro ghostwriter, probably.) Y si esto me vino a la mente esta mañana, en ese pasillo, es porque antes estaba pensando en una ex novia: la primera que tuve, en realidad, a la edad de 19 años, de quien habré hablado en otros ocasiones. Pues bien, en una de sus cartas, que yo recibía allá en Segovia y leía sentando delante de alguna mesa del Bar Alhambra, con un sol y sombra y un paquete de Ducados a mano, a las 11.30 de la noche, ella se quejaba inocentemente de que si la "misoginia" era algo bien visto, o por lo menos, interesante, la "andróginia" no lo era tanto, vaya injusticia. Al leer la carta, demoré unos segundos en descifrar su significado: por androginia léase misandria, y eso que ella era estudiante de Teología y se supone asistía a clases de New Testament Greek cada semana, pero bueno, así era ella de malapropista a veces. Por supuesto que hoy en día nadie cometería este equivoco: "misandria" ya consta en el vocabulario pasivo de todo YouTuber. Ahora, la cuestión interesante para mí es: ¿qué significan realmente estas palabras, misoginia y misandria? Y ¿las usamos correctamente?

La misoginia

Tengo un punto de vista al respecto que intentaré defender como puedo, pero a mi manera, apelando más a la sagacidad del lector que a los estudios double-blind. Y es el siguiente:

1. Sería un ejercicio eminentemente salubre para cada uno de nosotros intentar distinguir, más que lo hacemos habitualmente, entre odio, alergia, rechazo, indiferencia, y tal vez algunos sustantivos más que ahora no me vienen a la mente. ¡Ampliemos nuestro vocabulario! Y lo digo porque creo que a ciertos ideólogos (sí, yo pronuncio ideólogo con la misma sorna con que el propio Lyden antaño decía bibliotecario) les interesa mucho, muchísimo, que la palabra odio forme parte de nuestro vocabulario activo cotidiano, posición que creo que no le corresponde, y que englobe mucho más de lo que tradicionalmente ha hecho. Volveré sobre este punto después de vomitar un par de acápites más.

2. Sí, Yvonne tenía razón: la misoginia es interesante. O lo era, antes de que las feministas cambiaran su significado para englobar a, presumiblemente, gran parte de la humanidad. Y creo que era interesante por una sencilla razón: su rareza. Piénsalo un poco. ¿Qué tan fácil resulta odiar a todas las mujeres? ¿Has hecho la prueba alguna vez, siquiera durante 5 minutos? Si tienes el corazón débil, problemas de circulación o alergia a la penicilina, sinceramente no te lo recomiendo. Es dificilísimo, y además, te deja cansado y con dolores que ni el ibuprofeno. Para empezar, tendrías que odiar a tu propia mamá. Jodido (a menos que te llames North West o alguna gilipollez parecida: el tal caso, sorrida). A continuación, tendrías que buscar motivos para odiar a la mitad de la humanidad, que si nos limitamos a la población actual mundial daría una cifra de aproximadamente 3,6 billones (3.600.000.000) de personas vivas. ¿Ya te sientes cansado? Sigamos. Si eres mujer, tendrías que odiarte a ti misma, actitud que basándome en algunas experiencias pasadas no recomiendo (es malo para la salud). Si eres hombre heterosexual, tendrías que odiar a todas tus parejas sexuales, pasadas, presentes y futuras. Si eres hombre homosexual, tendrías que odiar a un grupo de personas que para ti son irrelevantes en términos sexuales y probablemente, ningún daño te han hecho. Y para rematar: en ambos casos, tendrías que odiar a esa mitad de la humanidad que, por amplio consenso, posee el patente de la belleza corporal, adornando las portadas de todas las revistas, y además, por un consenso no tan amplio pero aun contundente en el dominio del estereotipo o arquetipo social, reúne todas las virtudes que nos han enseñado a apreciar, entre ellas, la de la no violencia.

Ahora bien: si odiar a las mujeres resulta ser una actitud exótica en parte por lo que contradice al estereotipo cultural según el cual "mujer" se define prácticamente como "esa clase de persona a la que sólo un desequilibrado pudiera odiar", lo mismo presumiblemente pasaría con los hombres, aunque tal vez en menor grado. ¿Qué persona en sus cabales odiaría a esa otra mitad de la humanidad? Pero es en este punto que se me revela, con mayor nitidez, la importancia de definir términos. Digamos, entonces, que el odio, tal como yo lo entiendo, es un deseo de lastimar o de vengarse, dirigido hacia otra persona o un conjunto de personas, y que nace de un supuesto agravio. Odias a quien te haya hecho daño, o te haya quitado algo que por derecho te pertenecía. Lo que nos lleva a la conclusión de que el odio a gran escala es algo que se ha puesto de moda hace relativamente poco, en el s.XX, cuando por primera vez en la historia llegó a la mayoría de edad una generación de humanos que creían que tenían derecho a algo más que la enfermedad y la miseria. En el campo de lo político, evidentemente, su exponente más dramático sería ese odio que los nazis consiguieron sembrar entre los pueblos alemán y austríaco hacia "los judíos", ese conjunto de seres protervos que supuestamente habría quitado, mediante una gran conspiración internacional, a los sufridos teutones el pan de la mesa y el valor del marco de las tablas de cambio. Y de ahí no creo que haga falta un paso de gigante para llegar al mundo ideológico del feminismo, esa doctrina según el cual los derechos de las mujeres, a lo largo de la historia, han sido vulnerados por otra gran conspiración, esta vez la de "los hombres", lo que convierte a éstos últimos en dignos y legítimos objetos de odio por parte de quienquiera tenga temperamento para ello.

Insisto: son tendencias históricamente recientes. Por ello, repito, Yvonne tenía toda la razón. Para ser misógino o misándrico, históricamente, antes de la primera declaración de los DDHH, hacían falta muchas ganas y mucho tiempo libre. Por ello, para un estudioso la misoginia sonará principalmente a excentricidad literaria, asociada con nombres tales como Strindberg o Schopenhauer. Y sí, resulta a veces "interesante".

Claro que aquí me pongo en trayectoria de colisión con cualquier lector de A Room of One's Own, de Woolf, pues que ella al tema de la misoginia literaria le saca el jugo de modo que uno termina el libro pensando que la historia de la literatura occidental es mayormente un case study de rechazo exacerbado a la feminidad: algunas de sus citas volvieron a aparecer, puntualmente, en un artículo de Bernard Fougeres sobre el machismo en El Universo hace poco. Lo que no remarcan, curiosamente, estos comentaristas es que gran parte de esta supuesta misoginia literaria deriva de fuentes, digamos, autoritarias - vaya, de clérigos y teólogos de la Iglesia Cristiana y similar chusma, todos con una evidente y diáfana agenda política, que es la de asociar el deseo sexual con sentimientos de culpabilidad, para así afianzar su control ideológico y emocional sobre hombres y mujeres y por ende su poder temporal. Se nota a cada paso en estas citas un mal disimulado enojo (genuino o fáctico, poco importa) hacia esos hombres brutos que, a pesar de todo y contra todos sus atronadores e impotentes pronunciamientos, insisten en su abrumadora mayoría en encontrar apetitosas y codiciables a las excrecencias mamarias, y/o a sus portadoras.

Pero: ¿puede ser "interesante" un brote de odio? No, no estoy diciendo eso. Estoy diciendo que todos estos autores, observando la debida corrección lingüística, no "odiaban" a las mujeres (a menos que creyeran, como algunos llegaron a expresar, que era "por culpa de La Mujer" que ellos no vivían en un paraíso de mansos leones y suculentas frutas, o sea, exceptuando a los Looney Tunes). Su actitud no era propiamente de odio sino de rechazo. ¿Hacia qué cosa? Pues depende. Algunos supuestos misóginos pueden resultar simples gays, con o sin closet, hartos de disimular o de suscribir rutinariamente sentimientos y deseos populares que no compartían. Otros, viejos y decrépitos amargados que no comen ni una rosca (me identifico). En otros casos, lo rechazado podría resultar ser alguna que otra manifestación de los benditos roles de género. P.ej. "las mujeres son horriblemente chismosas". A lo que la feminista de hoy probablemente responderá: (1) ¿Has visto los últimos estudios? Los hombres, celular en mano, lo son más; y (2) Si le niegas a alguien el derecho a trabajar, ¿cómo quieres que pase el tiempo sino hablando? (Sobre esta penosa guerra de los sexos que afea el discurso feminista, recuérdame que vuelva más adelante.) Sigamos. El supuesto misógino del pasado podría rechazar cualquiera de estas cosas, o como Lyden en la letra citada, podría rechazar, poniéndole un mínimo de ganas y esfuerzo, hasta el cuerpo de la mujer ("naked and silly, a bulbous heap") o bien, esa maraña de horribles y tramposas convenciones sociales y odiosos compromisos que rigen las relaciones entre sexos ("such an obvious trap... come and play total commitment"). Si existe tal cosa como una feminista reflexiva (lo dudo, aunque we'll always have Christina Hoff Sommers) tendría que ocurrírsele que si un hombre rechaza, si no la existencia, por lo menos los efectos de los roles de género, está en lo cierto desde el punto de vista de su ideología, aunque tal rechazo sea expresado de un modo desagradable, lo mismo que si rechaza el matrimonio (que para el feminismo, recordémoslo, es un simple "instrumento de dominación", y no en el sentido que tú o yo supondríamos, sino al revés), y por ello, se merecería un premio y no esas durísimas palabras de rechazo que suele recibir. Por otro lado, si no siempre te agrada la corporalidad de algún que otro miembro del sexo opuesto, no creo que sea para tanto. Yo mismo me he topado con coños de un sabor desconcertantemente mexicano. Nacerte el deseo de tomar una Coronita con limón después no creo que te hace misógino. En fin.

Juanito Semilla de Manzana

¿Mi punto? Pongámosle música: This is the Dawning of the Age of Entitlement, the Age of Entitlemennnt. ¡Entiiiitlement! Ya viste que para odiar a alguien, lo que se dice odio, es necesario creer que ese alguien ha vulnerado algún derecho tuyo. Lo digo por experiencia. Cuando robaron en mi casa hace algunos años y se llevaron mi guitarra, aquí consta: odié pública y gárrulamente a esos ladrones durante un buen tiempo, por lo menos varios días, tal vez semanas, porque en mi inocencia pensaba que la guitarra era mía, y no un bien público. Poco a poco, como suele pasar, el odio se cicatrizó. Ya no ocupas el tiempo imaginando con mórbida fruición alguna desgracia acaecida a ese desalmado ladrón de instrumentos musicales, o atribuyéndole imaginarias maldades. Te das cuenta de que para ti es más importante la tranquilidad, y eso es algo que si te roban, es porque te la has dejado robar. Fin del odio y de tot plegat. Pero el recuerdo te queda. Odiar es como desear carnalmente: no solamente porque en cierta medida te obliga a caricaturizar al otro en tu mente, sino porque puede resultar estimulante en pequeñas dosis, pero seguir en lo mismo a lo largo, sin llegar nunca a la catarsis, te cansa y te amarga y te estropea. Vaya a ver una buena película: el odio te dura media hora, y luego, zas, el malo se cae del tejado, revólver en mano, y all's right with the world. Mejor eso, creo, catarsis instantánea y barata. Por eso, entre otras posibles razones, nunca me ha gustado mucho el odio. Ya bastante he tenido, a lo largo de la vida, con desear infructuosamente a todas horas a mujeres absurdamente fuera de mis posibilidades, como para querer llenarme la cabeza aun más con innecesarias animadversiones. Y encuentro que para no odiar a nadie hay una solución muy sencilla: es no creerte con derecho a nada. Si no tienes derechos, nadie te los puede vulnerar. Realmente es muy sencillo.

El problema es que si no crees en tus derechos, estás nadando a contracorriente de la Era Moderna. Por no hablar de la Constitución.

A veces parece que me he pasado la vida escuchando, con gran alarde de "I see" y "of course", las historias trágicas de otras personas que sí se creían con derecho a algo. Mi fuerte, entonces, sería simpatizar con esas personas y ofrecerles un hombro y un pañuelo. Pero no me pidan que enumere esos derechos suyos: no puedo, porque en lo personal hace mucho que renuncié a cualquier derecho que pudiera corresponderme, por lo que digo, porque me asusta verme en la supuesta obligación futura de odiar a alguien, y entonces, me resulta extraño e incomprensible ese mundo, el del entitlement. Y es por eso que a veces como que me desconcierta y me sume en zozobra ver cómo otras personas más constitucionalistas van creando alegremente derechos a diestro y siniestro: derecho al trabajo, a la salud, a la educación, a la comunicación verificada y oportuna, etcétera, y lanzando esos derechos por encima del hombro como Johnny Appleseed. A veces (no siempre) reconocen que para cada derecho existe una responsabilidad: algo es algo. Lo que parece no ocurrírseles es que para cada derecho hay un conjunto de personas nuevas (hola) que te lo pueden vulnerar o quitar, conjunto que acabas de crear de la nada, y por tanto, para cada derecho hay x mil o x millones de personas nuevas listas para ser odiadas.

Es decir: enseña a la gente a llenarse la boca de derechos, y estas enseñando a estas mismas personas a odiar. No a rechazar, a tener gustos diferentes, bizarras e interesantes, no a sentir alergia o indiferencia o a fruncir la nariz. A creerse víctimas de todo y de todos. A odiar.

El odio, en Ecuador, tiene un excelente futuro bajo el presente gobierno. Sigue con tus sabatinas y luego me contarás.

La guerra de los sexos

Para las feministas, ya se sabe, es misógino automáticamente todo aquel que no concuerda con ellas en todo, o que no se pasa los domingos por la mañana chequeando su privilegio. De lo que uno saca en claro que odio ya no significa un deseo de lastimar: significa simplemente rechazar, expresar desacuerdo, o incluso, aferrarse al pasotismo (acá: quemimportismo) frente a alguna que otra relevancia estridente. El odio, así, se vuelve cotidiano, y el lenguaje, más débil. Y creo que todo forma parte de una estrategia. No una consciente o deliberada, sino algo que se nos ha evolucionado mientras estábamos haciendo otros planes, y en que hemos caído en parte por culpa de nuestra atracción hacia las Grandes Palabras Antes del Watershed.

Ya no tenemos manera de referirnos con claridad a aquel sentimiento, aquella actitud, de creerse, muchas veces equivocadamente, víctima de una horrible conspiración, o de querer hacerle daño a quienes te han robado tu merecido premio. Hemos bendecido e instalado la paranoia en el centro de nuestra cultura. Si un odio recibe el beneplácito oficial, el del poder, se vuelve en la práctica invisible, es una actitud "natural" de "reclamo" o "reivindicación" hacia las múltiples injusticias de que nos hemos descubierto víctimas, siempre con ayuda oficial. Sin ese beneplácito oficial, cualquier desacuerdo, cualquier disensión se torna en rimbombante discurso de odio y se encuentra objeto de prohibición. La Verdad Única está servida.

Trae un marciano acá a la tierra (no, Carlos Marx Carrasco no. Algún otro) y pídele identificar a dos grupos de seres humanos que nunca, bajo ningún concepto, podrán odiarse mutuamente. Se lo pensará un buen rato, acariciándose la antena dubitativamente, y luego, se le iluminará el rostro y el ojo. - ¡Ya lo tengo - ! te dice entusiasmado. - ¡Hombres y mujeres! Claro: se necesitan y por lo general se atraen mutuamente.

Menuda inocencia, ¿verdad? Será que en su planeta peces y bicicletas se llevan de maravilla. Pero en serio: conseguir que exista tal grado de rencor como hoy existe entre mujeres y hombres (cadenas de búsqueda: MRA, MGTOW) ha sido tal vez la segunda hazaña más notable del feminismo, siendo la primera, el haber convencido a buena parte de la población que su movimiento tiene algo de progresista, o que su objetivo tiene algo que ver con una mayor igualdad. En realidad, y lo vemos cada día, la feminista de tropa se encuentra habitualmente defendiendo a su sexo, o sea hipostasiándolo, tornándolo en inamovible estereotipo y camisa de fuerza: no debes decir nada malo de "las mujeres", aunque se trate de un comentario intrascendente, jocoso, o bien nacido de una inaguantable dispepsia: se vuelve furiosa, te explica por qué el estereotipo de "nagging wife", por ejemplo, en realidad se debe a la posición de inmerecida sujeción de esa misma esposa, que de por sí, y obviando a todos esos roles de género inventados por los hombres e impuestos sobre ella, es un ser inocente, inmaculada, y sobre todo, víctima. Es curioso y llamativo observar que los más rancios estereotipos sobre "La Mujer", ésos que tienen que ver con su fragilidad, su debilidad, su absoluta falta de malicia o de potencial violento, su naturaleza etérea y virtuosa, su estatus de eterna víctima desamparada y desprovista de recursos propios, son los más encarnizadamente defendidos por esas supuestas progresistas, al tiempo que les encanta englobar a "los hombres" bajo la rúbrica de, por ejemplo, "violadores en potencia". Se diría que la feminista es, por tanto, la mayor defensora de un pasado ideológico que para gran parte del mundo se ha vuelto anacrónico tiempo atrás. El feminismo actual es, en gran parte, la lucha por la conservación del privilegio femenino, que en sí, en gran parte consiste en que se piense bien de ellas (donde por "bien", léase "de modo paternalista"). ¿Igualdad? Cuénteselo a las y los marines.

Y si no, que me expliquen cómo una conocida feminista en Twitter es capaz de decir que tal o cual mujer boba y frívola la hace "avergonzarse de su sexo"... como si el sexo fuera un equipo del cual uno tiene que ponerse diariamente la camiseta antes de salir al campo.

Yo, por mi parte, me niego a avergonzarme de mi color de ojos, y conste que lo comparto con Hitler, nada menos.

(Y ya que estamos: si a esa persona le puedo perdonar su feminismo, es porque en Twitter precisamente, me he dado cuenta de un hecho extraño y notable: ella es una especie de imán para pendejos. Lo tengo comprobadísimo. No entiendo el fenómeno, no lo he analizado, pero es así: pendejo que abre cuenta, pendejo que tarde o temprano se lía con ella en alguna discusión absurda e infructuosa, llena de equívocos y pomposidades y errores de ortografía. Supongo que en tal compañía, así sea virtual, al final cualquiera se vuelve un poco... raro. En fin, qué se le va a hacer. Life's rich tapestry and all that.)

3. Ya no me acuerdo.


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