Cómo ser poco original (y no morir en el intento)

Lo juro, no inventé este blog para despotricarme contra la Sra. Buenaño, ni siquiera para lanzar saetas contra el actual gobierno ecuatoriano. En lo que concierne a esta última tarea, hay otros que lo hacen mucho mejor que yo, y en lo referente a la mencionada asambleísta, tal vez lo más razonable sería recomendar la lectura de su propio blog, para que el lector pueda formar una opinión equilibrada e imparcial sobre las actitudes allí mostradas. Sin embargo, si aceptamos como válida y de sobras demostrada esa ley científica descubierta por el bueno de Sturgeon, ésa que nos recuerda que

90% of everything is crap

entonces mi tesis de que el 90% de lo que dice la Sra. Buenaño son reverendas idioteces no ha de tener mayor trascendencia ni ser tema de polémica, ni ha de suponerse que el que firma se imagine ajeno a esta ley: todo lo contrario, la he tenido siempre muy presente a la hora de escribir, y si alguien me pide la demostración de que el 90% de lo escrito aquí también son sandeces, creo que se lo podría proporcionar sin mayores dificultades. Ahora bien, insisto en que el reconocimiento de esa ley debe ser condicionante para cualquier tipo de empeño legislativo o normativo en el ámbito que sea, pues si no nos damos cuenta de que el 90% de lo que decimos es, y siempre será, pura basura, corremos el gran riesgo de creernos infalibles, capaces de emitir pronunciamientos ex cathedra de aplicación universal, y de ahí, empezar a pavonearnos en plan Suprema Sacerdotisa de la Verdad Única, y peor todavía, querer ponerle candados a nuestros verborréicos pronunciamientos para que nadie los destiña nunca con la más tímida modificación, in saecula saeculorum, amén.

Hace poco, en un grupo de poesía al que estoy suscrito, ante las expresiones de desánimo de uno de los participantes que había recibido unas críticas poco favorables, otro, insigne autoridad en la materia, le contestó: "¿y te imaginas que ninguno de los grandes poetas hubieran escrito algo tan inmaduro y tan torpe como ese poema tuyo? En realidad, hasta los grandes son grandes sólo el 10% del tiempo - si son afortunados." Declaración que reconocí inmediatamente como la pura verdad (también he leído a Wordsworth), aparte de ser otra prueba más de la universal aplicabilidad de la Ley de Sturgeon. En vistas a ello, sorprende un poco leer que el hubris de los asambleístas haya llegado a tal extremo que quieren ponerle candado a un texto constitucional que, por lo que se ha dejado ver hasta ahora, no merecería ni un simple aprobado en un examen de cuarto curso, sea de redacción o de lógica, y que desde luego, de poético no tiene nada.

Claro que los autores de ese mamotreto argumentarían que la Ley de Sturgeon aquí no se aplica, que por eso hay asambleas, para que de la opinión de cada participante se pueda extraer ese 10% de validez que tiene, mediante el diálogo, evaporizándose el resto y sumándose todas esas verdades parciales en una grande y completa. Bonita teoría, pero fíjense en esa tímida y escurridiza palabra "diálogo". ¿Hay una sola persona en todo el país que crea que haya habido diálogo en todo este proceso? Hasta los peores enemigos del Sr. Correa no le acusarían de ser dialogante, y, seamos francos, todo lo que hay en esa parida de borrador constitucional es puro Correa, pues ha quedado de sobras evidente que el bloque gobiernista es un simple juego de marionetas alzamanos cuyas cuerdas, mediante un ingenioso sistema de poleas y politburos, terminan en el despacho de Carondelet. (Me hace recordar esas conferencias del viejo Partido Laborista en Inglaterra, donde un único representante sindical alzaba la mano y se contabilizaban "tantos millones" de votos a favor; en el caso de la Asamblea es exactamente lo contrario, 8o asambleístas alzan la mano y significa un solo voto a favor, el del Presidente.)

Pero aunque admitamos que el 90% del texto actual del borrador de la Constitución carece de lógica por no hablar de teología y geometría (como diría Ignatius J. Reilly), y que hay excelentes razones para pensar que su adopción sería nefasta para el Ecuador, nunca tuve intención, siendo al fin y al cabo mero inmigrante, de explayarme sobre este punto más susceptible de tratamiento por un nativo del país. En realidad, lo que me hace detenerme sobre estos temas son dos cosas relacionadas entre sí: primero, una indomable impaciencia, tal vez síntoma de la vejez, frente a quienes presumen dictarme como he de vivir mi vida, sin siquiera dar señales de haber llegado a enfrentarse con la suya propia; y en segundo lugar, un repudio visceral, tal vez síntoma de un escritor, contra todo lo que huela a falta de originalidad.

Me explico.

El discreto encanto de lo cotidiano
El discreto encanto de la burguesía

Si Ud. consigue durante unos instantes ponerse en el lugar de un marciano, o de un suscriptor de El Telégrafo, o de un perfecto imbécil, o de un asambleísta de tropa de Alianza País, es decir, si consigue desprenderse momentáneamente de todos esos conocimientos culturales que habitualmente informan sus lecturas, y me sigue el juego, entonces le invito a juzgar sin prejuicio cuál de esos dos títulos se anuncia como producto de una mente original, perversa e irónica, y cuál viene de una mente de colegiala abanderada, de ésas que escriben con bonita letra y lápiz ligeramente mordisqueada, impulsora del Club de Periodistas del cole, donde destaca por su habilidad en el manejo de convencionalismos y lugares comunes que se presentan con ingenuos aires de descubrimiento. No es difícil, ¿verdad? No es que haya nada malo en valerse del viejo de Buñuel para ponerle título a una obra propia, como en este caso hizo la Sra. Buenaño, pero quien lo hace tendría que agregarle valor, a echarle ingenio al asunto, y en vez de ello, nos presenta al Papá Disney. Es un poco como ese poetastro que, con toda la buena fe, se aprovecha de Eliot para soltarnos un

April is the kindest month

y se queda bien ufano, creyendo haberle dado vuelta de tuerca al asunto. Pobrecillo. Pobrecilla. Pobrecillos nosotros, todos los que en algún momento creímos haber sido inventores de la rueda.

Y es que estoy seguro que todos esos asambleístas se creen pioneros con su Estado plurinacional y pluricultural con su impresionante pluralidad de derechos nuevos, como el derecho a pagar el doble de impuestos, el derecho a no tener medios de comunicación independientes del gobierno, el derecho a no tener un juicio justo, el derecho a no poder trabajar, el derecho a no tener que contemplar a gente más agraciada que uno mismo en la tele, el derecho a ocupar un cargo sin tener idoneidad para él, simplemente por llenar una cuota, el derecho a tener un orgasmo hasta en los semáforos del nueve de octubre, y por supuesto el derecho del Presidente a insultar a quien le dé la realísima gana sin que nadie le pueda insultar a él (por lo de la “majestad” del cargo, sí, textual) y también del mismo a mandar a casa a los del Congreso sin que nadie le pueda mandar a él ni a la verdulería de la esquina (a Abdalá este detalle le hubiera encantado).

Y es que todos se equivocan, coño. Nada de esto es nuevo: cada frase, cada enardecida “intervención” de los entusiastas creadores del nuevo Estado del Siglo Veintiuno se ha escuchado ya mil veces, y las consecuencias se han visto ya mil veces. Esta falta de originalidad ya la intuí cuando, recién formada esa Asamblea, los diarios anunciaban que los honorables asambleístas, por no ser duchos en leyes iban a hacer cursillos de dos semanas para ponerse a la altura de las circunstancias: un poco como si uno se postulara para neurocirujano en un hospital y, otorgado el puesto, anunciara: “bueno, en realidad no sé nada de medicina, pero no se preocupen, voy a hacer un cursillo rápido…” Recuerdo que entonces me salió un WTF??, pero creo que se perdió en medio de tanta aleluya que hubo por aquel entonces. Ahora, parece que a falta de alternativas visibles los ecuatorianos van a tener que vivir con las consecuencias: van a tener que pasar por el fallido experimento cubano y por mil fallidos experimentos más, incluido el de la lobotomía practicada a hachazo limpio (pregúntenle a Trotsky), siempre a la zaga del resto del mundo, todo por querer ser originales sin haberse dado cuenta de que la verdadera originalidad nace donde hay, primero, libertad de pensamiento.

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