Sinsabores de la vejez (2): las asambleas constituyentes
Izq,: facsímile de la Constitución de los ingleses, o "Magna Carta". Se cree que originó en una broma, donde se pretendía que el bueno del rey Juan, que no sabía ni leer ni escribir, pusiera su sello a este documento. El resto es historia. (Museo Británico)
Para aquellos lectores que todavía no hayan cruzado el umbral que separa la mediana edad de la vejez, resultará difícil creer lo que nosotros, los viejos, sabemos por amarga experiencia: que ese umbral se atraviesa en apenas un solo día. Llegar a ser viejo no es un proceso ceremonioso y paulatino como puede serlo, por ejemplo, la aparición de las canas o la pérdida de dioptrías en el ojo izquierdo. Nada de eso. Sucede más o menos así: uno se acuesta una noche con un cuerpo y un cerebro, duerme cinco horas y se despierta por la madrugada con otro cuerpo y otro cerebro completamente distintos. El furgón de la vejez, por la noche, te ha venido a atropellar. Si uno tiene por costumbre, como es mi caso, no mirarse nunca en el espejo sin previamente haberse embadurnado con espuma de afeitar, puede que no se percate enseguida de esa sustitución repentina, pero a los pocos días se hará evidente de una u otra forma, por ejemplo, cuando uno se mete en una discusión política y se sorprende a sí mismo emitiendo opiniones que pocos días antes le hubieran parecido carcas, mastodónticas, paleorrepugnantes. O puede que uno se dé cuenta el día que intenta tomar una cerveza y descubre con un terror indicible que esa bebida ya no le gusta; incluso tal vez se le ocurrirá, estimado lector, aunque Dios no lo quiera, lo que a mí: eso de acudir al médico para un chequeo rutinario y tener que escuchar, después de repetidas auscultaciones, la fatal noticia: Lo lamento, señor, pero usted sufre de una asamblea constituyente.
Les diré la verdad: soy hombre fuerte, pero estas palabras me aterrorizaron. ¿Qué chucha será una asamblea constituyente? me pregunté camino a casa, una y otra vez, y me quedé tan enfurruñado en estas reflexiones que apenas me di cuenta cuando los ladrones del turno del sábado mañana subieron a bordo del 114 en Sauces y procedieron, como de costumbre, a llevarse los celulares de todos los pasajeros (hasta de los perros). Como sea que yo no llevo nunca celular (siempre lo he considerado accesorio femenino, y no me sorprendió nada enterarme de que la inventora de tan irritante artilugio fuera mujer), los ladrones tuvieron que conformarse con llevarse mis zapatos, mis lentes y una vieja autobiografía de Golda Meir, apenas empezada. De hecho, tan abstraído estaba yo por esa preocupación que llevaba que sólo fue unas horas más tarde cuando por fin me di cuenta que los ladrones habían andado en mi boca y me habían robado, también, una preciosa muela postiza, de estilo rococó, heredada de mi bisabuela, quien en paz descanse.
En fin, llegué a casa, relamiéndome el hueco que me había quedado entre las encías, y me puse a buscar en Internet. El médico que me había atendido (un tal Doctor Palacio) ya me había avisado que hay varias especies de Asamblea, a cual más mortífera, entre ellas la A. constituyente, la A. constitucional y otra A. que no me acuerdo cómo era pero tenía más letras y sonaba muy pero que muy feo. Bueno, resultaba que lo que yo padecía era la constituyente, que según la página que encontré ya era para preocuparse un rato. Textualmente:
Las enfermedades constitucionales se clasifican como enfermedades tropicales, ya que las constituciones suelen florecer y reproducirse más en las regiones donde hay más calor. La presencia de la bacteria A. constituyensis se diagnostica según los siguientes síntomas:
Todo esto me parecía dolorosamente acertado, pero sobre todo el último punto. Yo nací en un país (Inglaterra) donde no hay ni nunca ha habido constitución escrita (el último intento de crear una, la mal llamada Magna Carta de 1215, apenas quedó en un garabato de graffiti) y puesto que nunca escuché a compatriota mío alguno lamentar la ausencia de tal documento, siempre me he inclinado a pensar que las constituciones son algo perfectamente prescindible. Más aun: no puedo evitar de considerar que el tener una constitución constituye una perfecta mariconada, como llevar celular o conducir un Hyundai Terracan. Pero bueno, yo no me meto donde no me llaman: si otras gentes quieren tener una constitución, bien por ellos, que la tengan y disfruten de ella todo lo que deseen: cada uno a lo suyo. Pero lo malo es cuando te vienen llamando a la puerta para decirte que SU constitución también es TU constitución, y que todas las ruedas de molino que contiene deben formar parte de tu desayuno diario, "por" (claro está) "tu propio bien". Ahí empiezan los problemas.
Por ello siempre he dicho que la primera cláusula y la más importante de toda constitución que se precie debería rezar así:
Esta constitución solamente se aplicará a las personas que voluntariamente decidan regirse por la misma.
Ahí se evitaría toda clase de malentendidos y puteos innecesarios. De hecho, el otro día escuché algún rumor de que la nueva constitución de Ecuador sí tendrá algún artículo por este estilo, pero dirigido exclusivamente hacia las comunidades indígenas, con el fin de que estas "comunidades" puedan seguir haciendo diabluras democrático-participativas con ortigas y baldes de agua (el racista, aunque se vista de multi-culti, racista se queda, y ahí están las buenas ovejitas de AP para demostrarlo). Pero como era de esperar, tal como va tomando forma aquel malogrado documento, hay tantas contradicciones que no hay Dios que lo entienda, y como ya indiqué, el que lo intente corre el grave riesgo de perder la salud física, amén de esa paz espiritual que apenas queda como consuelo a quien se haya despedido ya de la preciada juventud.
Por ende, para zanjar esta cuestión de una vez por todas, el otro día decidí resucitar el histórico y requetemuerto imperio de Austria-Hungría y declarar el balcón de mi casa reducto de ese imperio, creando así una especie de enclave autónomo dentro del Ecuador, en donde por decreto imperial no regirá ninguna constitución, ni servirá de nada que los "organismos del Estado [extranjero]" decidan "apropiarse" de mis plantas y de mi sacacorchos con la excusa de restaurarles a estos objetos su "función social". Al fin y al cabo, el que está en un balcón no tiene por qué escuchar los cantos de sirena de la puerta de abajo. Y así todos en paz, y cada uno a disfrutar de su vejez de la mejor manera que pueda. ¡Viva la balconización!
Les diré la verdad: soy hombre fuerte, pero estas palabras me aterrorizaron. ¿Qué chucha será una asamblea constituyente? me pregunté camino a casa, una y otra vez, y me quedé tan enfurruñado en estas reflexiones que apenas me di cuenta cuando los ladrones del turno del sábado mañana subieron a bordo del 114 en Sauces y procedieron, como de costumbre, a llevarse los celulares de todos los pasajeros (hasta de los perros). Como sea que yo no llevo nunca celular (siempre lo he considerado accesorio femenino, y no me sorprendió nada enterarme de que la inventora de tan irritante artilugio fuera mujer), los ladrones tuvieron que conformarse con llevarse mis zapatos, mis lentes y una vieja autobiografía de Golda Meir, apenas empezada. De hecho, tan abstraído estaba yo por esa preocupación que llevaba que sólo fue unas horas más tarde cuando por fin me di cuenta que los ladrones habían andado en mi boca y me habían robado, también, una preciosa muela postiza, de estilo rococó, heredada de mi bisabuela, quien en paz descanse.
En fin, llegué a casa, relamiéndome el hueco que me había quedado entre las encías, y me puse a buscar en Internet. El médico que me había atendido (un tal Doctor Palacio) ya me había avisado que hay varias especies de Asamblea, a cual más mortífera, entre ellas la A. constituyente, la A. constitucional y otra A. que no me acuerdo cómo era pero tenía más letras y sonaba muy pero que muy feo. Bueno, resultaba que lo que yo padecía era la constituyente, que según la página que encontré ya era para preocuparse un rato. Textualmente:
Las enfermedades constitucionales se clasifican como enfermedades tropicales, ya que las constituciones suelen florecer y reproducirse más en las regiones donde hay más calor. La presencia de la bacteria A. constituyensis se diagnostica según los siguientes síntomas:
- Rápida descomposición del congreso
- Frecuentes ataques de mandatosis, sobre todo por las mañanas
- Alarmantes subidas de tasas de audiencia de los programas de Carlos Vera
- Asesinatos y encarcelamientos de periodistas
- Actitudes de hastío y cansancio frente a dobles discursos, veleidades totalitarias y flagrantes contradicciones llevadas por arrastre semicolectivo a la categoría de principios sociales
Todo esto me parecía dolorosamente acertado, pero sobre todo el último punto. Yo nací en un país (Inglaterra) donde no hay ni nunca ha habido constitución escrita (el último intento de crear una, la mal llamada Magna Carta de 1215, apenas quedó en un garabato de graffiti) y puesto que nunca escuché a compatriota mío alguno lamentar la ausencia de tal documento, siempre me he inclinado a pensar que las constituciones son algo perfectamente prescindible. Más aun: no puedo evitar de considerar que el tener una constitución constituye una perfecta mariconada, como llevar celular o conducir un Hyundai Terracan. Pero bueno, yo no me meto donde no me llaman: si otras gentes quieren tener una constitución, bien por ellos, que la tengan y disfruten de ella todo lo que deseen: cada uno a lo suyo. Pero lo malo es cuando te vienen llamando a la puerta para decirte que SU constitución también es TU constitución, y que todas las ruedas de molino que contiene deben formar parte de tu desayuno diario, "por" (claro está) "tu propio bien". Ahí empiezan los problemas.
Por ello siempre he dicho que la primera cláusula y la más importante de toda constitución que se precie debería rezar así:
Esta constitución solamente se aplicará a las personas que voluntariamente decidan regirse por la misma.
Ahí se evitaría toda clase de malentendidos y puteos innecesarios. De hecho, el otro día escuché algún rumor de que la nueva constitución de Ecuador sí tendrá algún artículo por este estilo, pero dirigido exclusivamente hacia las comunidades indígenas, con el fin de que estas "comunidades" puedan seguir haciendo diabluras democrático-participativas con ortigas y baldes de agua (el racista, aunque se vista de multi-culti, racista se queda, y ahí están las buenas ovejitas de AP para demostrarlo). Pero como era de esperar, tal como va tomando forma aquel malogrado documento, hay tantas contradicciones que no hay Dios que lo entienda, y como ya indiqué, el que lo intente corre el grave riesgo de perder la salud física, amén de esa paz espiritual que apenas queda como consuelo a quien se haya despedido ya de la preciada juventud.
Por ende, para zanjar esta cuestión de una vez por todas, el otro día decidí resucitar el histórico y requetemuerto imperio de Austria-Hungría y declarar el balcón de mi casa reducto de ese imperio, creando así una especie de enclave autónomo dentro del Ecuador, en donde por decreto imperial no regirá ninguna constitución, ni servirá de nada que los "organismos del Estado [extranjero]" decidan "apropiarse" de mis plantas y de mi sacacorchos con la excusa de restaurarles a estos objetos su "función social". Al fin y al cabo, el que está en un balcón no tiene por qué escuchar los cantos de sirena de la puerta de abajo. Y así todos en paz, y cada uno a disfrutar de su vejez de la mejor manera que pueda. ¡Viva la balconización!
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