Retrato de una dama (2)
Sigo sin encontrar los recursos estilísticos que me permitan llegar al fondo de esa cuestión que le dio inicialmente a este blog su razón de ser. Escribir en castellano para mí representa una faena laboriosa y fuente de pocas y efímeras satisfacciones, pues mis antiguos modelos en este idioma me han dejado de convencer, por ceremoniosos y prolijos, y no tengo tiempo de momento para buscar otros; siempre planea encima, además, lo mismo que para cualquier extranjero, el azor de la incorrección. Prosigo, por terquedad más que por otra cosa.
Como apogeo emocional de todo este asunto, ese viaje que emprendí, por razones que no pienso desvelar, a un centro de salud en las afueras de Barcelona, adonde el tren me llevó rodeado, en pleno día, de esa noche escura creada por la rápida implosión de una relación que podía haber durado más, o tomado otro camino. Estaba solo, de nuevo, antes de tiempo: eso sí, por decisión propia, pero ¿qué valor tiene una decisión tomada por una persona que en ese rato no se permite creerse persona? Tal vez la fuerza emocional que esta ridícula anécdota aún conserva para mí está en la acumulación de tantos detalles misteriosos que subsisten en el recuerdo sin motivo aparente, extrañas e inconexas fotografías reflejadas en la cámara oscura de mi alma de entonces, como esa prisa cómica que tenía por llegar a tiempo, ese sudor acaparador, esa inglesa con gorra de aristócrata marimacha que charlaba en el tren con una alumna suya, o ese bar que visité después de la frustrada cita médica, frustrada porque el médico con quien yo estaba citado no existía, sino que era fruto de la maquiavélica imaginación de un interlocutor de chat de la Pilar, un tipo que si recuerdo bien vivía en Mallorca y que se esfumó del chat nada más revelarse todo el intríngulis. No recuerdo en qué pensaba al entrar en ese bar, pero sí que me compré allí un mechero y que ojeé los posavasos de papel y que me sentía una basura, por haber tenido que ir en tren a una cita con un especialista que no existía, todo ello por un motivo humillante como pocos, en una institución de mármol donde la gente solía ir mucho mejor vestidos, y porque no sabía de dónde había procedido el engaño, y porque me tuve que reconocer en ese instante digno objeto de cualquier burla de cualquier tipo de parte de quienquiera que fuese en cualquier parte del mundo.
Tampoco recuerdo si era por esa misma época o un poco más tarde, cuando Pilar empezó a contraatacar, exponiéndose deliberadamente al peligro encarnado por cierto aspirante a desalmado sádico con sede en la metrópolis y gran variedad de instrumentos y artilugios que desprendían (en mi imaginación) olor a aceite de linaza.
“Puedo hacer que aúlles. Puedo dejarte marcas que no se borrarán jamás. De hecho, también podría matarte. Nadie sabe que estás aquí.”
Cuando ella me relató ese encuentro, lo hizo con la misma voz de siempre, una voz de corista extenuada obligada a prestar declaración en un juicio cuya finalidad ignoraba. Esa forma de hablar suya, llena de dudas y tropiezos y respiraciones entrecortadas y fugaces notas schumannianas, siempre me llegaba al alma, pero más en ese momento, pues su reacción ante el peligro, según la versión que me dio, había sido de lo más inesperada (para mí). Una humildad de monja de clausura, de novicia beata en una película de Sáenz de Heredia, que hábilmente conjugaba sumisión ante el mundano César con recursos de ley divina (en este caso, las de madre) había sido su salvación, o lo hubiera sido si el tipo realmente era todo lo psicópata que aseguraba ser, cosa que dudo. El quid de la cuestión: ella, mujer burguesa inteligente y próspera y aparentemente sana, hasta el punto de no creerse nada de lo que decían los políticos de ninguna bancada, había hecho suya, a su manera, mi propia atracción por el lado más biscornu del sexo, como si de afición por los bonsáis se tratara, con tranquilidad y reflexividad, llegando hasta el extremo del absurdo representado en ese siniestro rendezvous, haciéndome sentir incómodamente piropeado, y durante cierto tiempo amado, incluso cuando lo mejor ya hubiera sido no sentir nada por el estilo, por no estar yo nunca en la misma onda.
Los hombres, o mejor dicho los cabrones (Carmen me condecoró con ese apelativo honorífico; no, no está en venta), las queremos a ellas, eso sí, con demasiada facilidad: nos dejamos enternecer por todas esas falsas y añejas complicidades que ellas fabrican por instinto, esas zalamerías aleatorias (“guapo”, me decía ella siempre, con una entonación entrañable que hacía disculpar tamaño abuso del lenguaje), esos recuerdos compartidos perfectamente anodinos, esas insulsas Canciones Nuestras. “Querer”, por accidente lingüístico, ha venido a describir, para el hombre, el amor basado en el sacrificio (prosaico, por tanto), y para la mujer, el que no lo está (prosaico, por tanto); lo mismo pasa al revés con “amar”, verbo que conserva en castellano cierta precisión visceral allá donde otras lenguas lo perdieron por falta de sinónimos. A Pilar la quise, tanto como para proponer convertirme en lo que fuera con tal de que se alejara de ese territorio, tantas veces visitado en sus conversas, en donde el suicidio y el deber maternal se enfrentaban fríamente desde sus respectivas trincheras; con tal de que se riera. Reivindico, siempre lo he hecho, el derecho de ese querer de llamarse amor, pues generalmente se lo gana a pulso, y escupo en quienquiera ironice sobre el sacrificio, como si sólo fuera eso, como si no importaran los sentimientos, que suelen ser genuinos al menos en un 50%. Sólo que uno aprende a no confundir las cosas: el querer es eso, sentir, empatizar, olvidarse a uno mismo, sacrificarse, enternecerse, hacer reir, compartir, animar, potenciar, tragarse orina y relojes. Menos lo último, todo envejece, todo se hace sentir en la piel, todo trae respetabilidad, constituciones y cáncer.
Amar es otra cosa.
Como apogeo emocional de todo este asunto, ese viaje que emprendí, por razones que no pienso desvelar, a un centro de salud en las afueras de Barcelona, adonde el tren me llevó rodeado, en pleno día, de esa noche escura creada por la rápida implosión de una relación que podía haber durado más, o tomado otro camino. Estaba solo, de nuevo, antes de tiempo: eso sí, por decisión propia, pero ¿qué valor tiene una decisión tomada por una persona que en ese rato no se permite creerse persona? Tal vez la fuerza emocional que esta ridícula anécdota aún conserva para mí está en la acumulación de tantos detalles misteriosos que subsisten en el recuerdo sin motivo aparente, extrañas e inconexas fotografías reflejadas en la cámara oscura de mi alma de entonces, como esa prisa cómica que tenía por llegar a tiempo, ese sudor acaparador, esa inglesa con gorra de aristócrata marimacha que charlaba en el tren con una alumna suya, o ese bar que visité después de la frustrada cita médica, frustrada porque el médico con quien yo estaba citado no existía, sino que era fruto de la maquiavélica imaginación de un interlocutor de chat de la Pilar, un tipo que si recuerdo bien vivía en Mallorca y que se esfumó del chat nada más revelarse todo el intríngulis. No recuerdo en qué pensaba al entrar en ese bar, pero sí que me compré allí un mechero y que ojeé los posavasos de papel y que me sentía una basura, por haber tenido que ir en tren a una cita con un especialista que no existía, todo ello por un motivo humillante como pocos, en una institución de mármol donde la gente solía ir mucho mejor vestidos, y porque no sabía de dónde había procedido el engaño, y porque me tuve que reconocer en ese instante digno objeto de cualquier burla de cualquier tipo de parte de quienquiera que fuese en cualquier parte del mundo.
Tampoco recuerdo si era por esa misma época o un poco más tarde, cuando Pilar empezó a contraatacar, exponiéndose deliberadamente al peligro encarnado por cierto aspirante a desalmado sádico con sede en la metrópolis y gran variedad de instrumentos y artilugios que desprendían (en mi imaginación) olor a aceite de linaza.
“Puedo hacer que aúlles. Puedo dejarte marcas que no se borrarán jamás. De hecho, también podría matarte. Nadie sabe que estás aquí.”
Cuando ella me relató ese encuentro, lo hizo con la misma voz de siempre, una voz de corista extenuada obligada a prestar declaración en un juicio cuya finalidad ignoraba. Esa forma de hablar suya, llena de dudas y tropiezos y respiraciones entrecortadas y fugaces notas schumannianas, siempre me llegaba al alma, pero más en ese momento, pues su reacción ante el peligro, según la versión que me dio, había sido de lo más inesperada (para mí). Una humildad de monja de clausura, de novicia beata en una película de Sáenz de Heredia, que hábilmente conjugaba sumisión ante el mundano César con recursos de ley divina (en este caso, las de madre) había sido su salvación, o lo hubiera sido si el tipo realmente era todo lo psicópata que aseguraba ser, cosa que dudo. El quid de la cuestión: ella, mujer burguesa inteligente y próspera y aparentemente sana, hasta el punto de no creerse nada de lo que decían los políticos de ninguna bancada, había hecho suya, a su manera, mi propia atracción por el lado más biscornu del sexo, como si de afición por los bonsáis se tratara, con tranquilidad y reflexividad, llegando hasta el extremo del absurdo representado en ese siniestro rendezvous, haciéndome sentir incómodamente piropeado, y durante cierto tiempo amado, incluso cuando lo mejor ya hubiera sido no sentir nada por el estilo, por no estar yo nunca en la misma onda.
Los hombres, o mejor dicho los cabrones (Carmen me condecoró con ese apelativo honorífico; no, no está en venta), las queremos a ellas, eso sí, con demasiada facilidad: nos dejamos enternecer por todas esas falsas y añejas complicidades que ellas fabrican por instinto, esas zalamerías aleatorias (“guapo”, me decía ella siempre, con una entonación entrañable que hacía disculpar tamaño abuso del lenguaje), esos recuerdos compartidos perfectamente anodinos, esas insulsas Canciones Nuestras. “Querer”, por accidente lingüístico, ha venido a describir, para el hombre, el amor basado en el sacrificio (prosaico, por tanto), y para la mujer, el que no lo está (prosaico, por tanto); lo mismo pasa al revés con “amar”, verbo que conserva en castellano cierta precisión visceral allá donde otras lenguas lo perdieron por falta de sinónimos. A Pilar la quise, tanto como para proponer convertirme en lo que fuera con tal de que se alejara de ese territorio, tantas veces visitado en sus conversas, en donde el suicidio y el deber maternal se enfrentaban fríamente desde sus respectivas trincheras; con tal de que se riera. Reivindico, siempre lo he hecho, el derecho de ese querer de llamarse amor, pues generalmente se lo gana a pulso, y escupo en quienquiera ironice sobre el sacrificio, como si sólo fuera eso, como si no importaran los sentimientos, que suelen ser genuinos al menos en un 50%. Sólo que uno aprende a no confundir las cosas: el querer es eso, sentir, empatizar, olvidarse a uno mismo, sacrificarse, enternecerse, hacer reir, compartir, animar, potenciar, tragarse orina y relojes. Menos lo último, todo envejece, todo se hace sentir en la piel, todo trae respetabilidad, constituciones y cáncer.
Amar es otra cosa.
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