De ganadores y perdedores (1)
El otro día, llegué a escuchar cómo el actual Presidente de Ecuador llamaba “perdedores” a los representantes de la oposición en las mesas de la Asamblea C. de su país. Lo hizo sin énfasis, siguiendo ese modo de discurso sonriente y truculento que le caracteriza: el uso del término no pasó del todo desapercibido por la prensa, pero el único comentarista que leí refiriéndose al hecho se limitó a un suspiro: “siempre tan respetuoso…”. Tal vez me perdonarán si le dedico algo más que un suspiro, pues considero que éste es uno de tantos exabruptos del Presidente que pueden servir para esbozar un buen retrato psicológico del sujeto en cuestión; a más de esto, me sirve a mí, personalmente, como tarjeta de presentación, o como pretexto para empezar a tratar en este blog de los temas que realmente me importan, que no son precisamente aquellos que trata la Asamblea.
Hace un par de meses, estuve de vacaciones en la Isla Contadora de Panamá, y allí conocí a una simpática pareja brasileña, que me contaron (¿qué otra cosa iban a hacer en una isla con ese nombre?) que habían vivido algunos años en los Estados Unidos. Cuando quise indagar sobre sus motivos por abandonar ese país, el marido me explicó que la decisión fue tomada a raíz de un simple comentario de su hija pequeña, que habría llegado a casa después de salir del colegio, y al entablar conversación con su hermano, habría dicho “yo soy una ganadora. Tú eres un perdedor.” “Fue en aquel momento,” me comentó el hombre, “que decidí que no quería que mis hijos crecieran en ese ambiente, con ese tipo de valores. Fue entonces cuando decidí volver con mi familia a mi país.”
Ahora bien, confieso que nunca se me había ocurrido que aquello de calificar globalmente a las personas como “ganadores” y “perdedores” fuera un hábito de pensamiento específicamente norteamericano. Pero tampoco puedo demostrar lo contrario, y la reacción de mi amigo brasileño me parece cuando menos comprensible. Sin duda hay sociedades, entre ellas la estadounidense, donde el desarrollo del consumismo haya llegado a tal extremo que muchas personas se contemplan a sí mismos como productos de mercado: aquella persona que puede demostrar su aceptación entre un determinado sector de consumidores (por ejemplo, aquel político que puede demostrar haber recibido una mayoría de votos) es un “ganador”, mientras que aquel otro que no consigue venderse con tanto éxito, en el ámbito que sea, es un “perdedor”, así de sencillo. No es que hayan ganado o perdido algo: son ganadores y perdedores por naturaleza propia. Claro que estas definiciones pecan de cierta ingenuidad: ganador, para muchos, sería mucho más precisamente aquel que conduce carro del año, que se deja fotografiar en discotecas de moda con chicas tipo Erika Vélez, que viaja siempre en Business Class y que viste Armani: perdedor, el que queda a las 5.45 de la madrugada limpiando toda la mierda que el ganador haya esparramado encima o debajo de la mesa, ése que come furtivamente el medio paquete de frutos secos que el ganador haya dejado allí botado.
En uno o en otro caso, que el Presidente se haya dejado fotografiar con esa palabra en la boca es cuando menos esclarecedor.
Sin embargo, no pienso extenderme sobre el hecho de que, aparentemente, todos los ecuatorianos que viven en la miseria, esos vendedores de CDs piratas, esos cultivadores de arroz y esos mineros con cuyas aspiraciones Correa pretende simpatizar, en realidad son, según el secreto pensamiento presidencial, simples losers. Para alguien de mi edad, la psicología de cualquier político, su odisea personal por los mares del cinismo y del oportunismo se vuelve más predecible y más aburrido a medida que ese político se acerca al poder: uno ha visto lo mismo tantas veces. Así que, lo admito, todo esto ha sido simple pretexto para introducir un tema que me interesa por motivos propios. Ahora, déjenme contarles, a base de mi propia experiencia, lo que significa ser un loser.
Si bien recuerdo, la primera vez que empecé a autocalificarme conscientemente con esta palabra fue sobre las 10 o las 11 de la noche, en uno de esos bares/hamburgueserías que en Cataluña (donde en aquel entonces vivía) reciben el nombre de Frankfurts. Ya habría comido mi Krakowski habitual, con su matadora dosis de colesterol (¿alguien puede explicarme por qué el colesterol sabe tan endiabladamente rico?), y estaría consumiendo a lo mejor mi cuarta o quinta botella de cerveza Estrella. En aquel momento se me ocurrió que, a pesar de ser cliente habitual de ese establecimiento, nunca me había fijado en cómo se llamaba. Habría que bautizarlo, me dije, y eché una mirada a la barra que tenía en frente, donde otros clientes tan habituales como yo estaban sentados en sendos taburetes, con sendas cervezas en la mano. Al menos uno de ellos lucía un esplendoroso comb-over; otro tenía la ropa desgastada; todos tenían por lo menos mi edad; y todos, absolutamente todos, tenían una expresión lúgubre, cansada, resignada. Era la misma expresión que una vez vi en la cara de un gato que tenía tres patas, que se había mantenido alejado mientras los otros gatos vaciaban el plato de comida que la buena anciana ponía fuera de su puerta cada mañana, y que al final se acercó para comprobar si esos otros gatos, los de cuatro patas, le habían dejado por lo menos algo. Esa expresión. Nosotros, los gatos de tres patas, no nos enfadamos, no culpamos, no exigimos. Hace mucho que nos resignamos a ser menos y a tener menos. Yo, en particular, hacía meses que me había resignado a la pérdida definitiva de la persona que amaba (y que todavía sigo amando), dándome cuenta de que la culpa no era siquiera mía, sino que así era la vida. Entonces, me di cuenta que donde yo me encontraba era precisamente el Bar de los Perdedores. No podía tener otro nombre. Sobre todo teniendo en cuenta que unos pocos metros más allá, en la misma calle, había otro Frankfurt, con un decorado y una oferta muy similares, pero que lucía otra clientela completamente distinta: gente joven, gente bien vestida, gente que en vez de beber en silencio, con la mirada perdida, hablaban por los codos y se reían y … (consulte el anuncio de Pilsener más cercano para más información). Así que éste era The Losers’ Bar, y yo, en consecuencia, un loser. Bueno saberlo.
Luego, ya quizás por la mitad de la sexta cerveza, en la radio empezaron a tocar no sé qué canción de C&W, género musical que normalmente detesto, y me di cuenta de que en medio de esa canción había un acorde interesante, no tanto por sus propias virtudes sino por el contexto, no sé, tal vez un discreto acorde de jazz dentro de una secuencia por lo demás rigurosamente country; el alcohol hizo, como de costumbre, el resto de la magia, y sobrevino ese sentimiento que en inglés tiene su adjetivo preciso: maudlin. Sin dejar de ser perdedor, sin dejar de sentir como herida abierta la ausencia de todo lo que deseaba en ese momento, que era la voz y la mirada de Carmen, empecé a darme cuenta de que en ese momento todo era perfecto, no podía estar en mejor sitio, no solamente porque la cerveza era buena y el Krakowski, divino, sino porque en ese momento dejar de sufrir lo que entonces estaba sufriendo hubiera significado dejar de ser quien soy. Y si en el mundo algún día faltaran perdedores como yo, ¿qué excusa le daba nuestro planeta al siguiente asteroide para no ser arrollado? ¿Qué razón de ser tiene la luz si no hay oscuridad?
Hace un par de meses, estuve de vacaciones en la Isla Contadora de Panamá, y allí conocí a una simpática pareja brasileña, que me contaron (¿qué otra cosa iban a hacer en una isla con ese nombre?) que habían vivido algunos años en los Estados Unidos. Cuando quise indagar sobre sus motivos por abandonar ese país, el marido me explicó que la decisión fue tomada a raíz de un simple comentario de su hija pequeña, que habría llegado a casa después de salir del colegio, y al entablar conversación con su hermano, habría dicho “yo soy una ganadora. Tú eres un perdedor.” “Fue en aquel momento,” me comentó el hombre, “que decidí que no quería que mis hijos crecieran en ese ambiente, con ese tipo de valores. Fue entonces cuando decidí volver con mi familia a mi país.”
Ahora bien, confieso que nunca se me había ocurrido que aquello de calificar globalmente a las personas como “ganadores” y “perdedores” fuera un hábito de pensamiento específicamente norteamericano. Pero tampoco puedo demostrar lo contrario, y la reacción de mi amigo brasileño me parece cuando menos comprensible. Sin duda hay sociedades, entre ellas la estadounidense, donde el desarrollo del consumismo haya llegado a tal extremo que muchas personas se contemplan a sí mismos como productos de mercado: aquella persona que puede demostrar su aceptación entre un determinado sector de consumidores (por ejemplo, aquel político que puede demostrar haber recibido una mayoría de votos) es un “ganador”, mientras que aquel otro que no consigue venderse con tanto éxito, en el ámbito que sea, es un “perdedor”, así de sencillo. No es que hayan ganado o perdido algo: son ganadores y perdedores por naturaleza propia. Claro que estas definiciones pecan de cierta ingenuidad: ganador, para muchos, sería mucho más precisamente aquel que conduce carro del año, que se deja fotografiar en discotecas de moda con chicas tipo Erika Vélez, que viaja siempre en Business Class y que viste Armani: perdedor, el que queda a las 5.45 de la madrugada limpiando toda la mierda que el ganador haya esparramado encima o debajo de la mesa, ése que come furtivamente el medio paquete de frutos secos que el ganador haya dejado allí botado.
En uno o en otro caso, que el Presidente se haya dejado fotografiar con esa palabra en la boca es cuando menos esclarecedor.
Sin embargo, no pienso extenderme sobre el hecho de que, aparentemente, todos los ecuatorianos que viven en la miseria, esos vendedores de CDs piratas, esos cultivadores de arroz y esos mineros con cuyas aspiraciones Correa pretende simpatizar, en realidad son, según el secreto pensamiento presidencial, simples losers. Para alguien de mi edad, la psicología de cualquier político, su odisea personal por los mares del cinismo y del oportunismo se vuelve más predecible y más aburrido a medida que ese político se acerca al poder: uno ha visto lo mismo tantas veces. Así que, lo admito, todo esto ha sido simple pretexto para introducir un tema que me interesa por motivos propios. Ahora, déjenme contarles, a base de mi propia experiencia, lo que significa ser un loser.
Si bien recuerdo, la primera vez que empecé a autocalificarme conscientemente con esta palabra fue sobre las 10 o las 11 de la noche, en uno de esos bares/hamburgueserías que en Cataluña (donde en aquel entonces vivía) reciben el nombre de Frankfurts. Ya habría comido mi Krakowski habitual, con su matadora dosis de colesterol (¿alguien puede explicarme por qué el colesterol sabe tan endiabladamente rico?), y estaría consumiendo a lo mejor mi cuarta o quinta botella de cerveza Estrella. En aquel momento se me ocurrió que, a pesar de ser cliente habitual de ese establecimiento, nunca me había fijado en cómo se llamaba. Habría que bautizarlo, me dije, y eché una mirada a la barra que tenía en frente, donde otros clientes tan habituales como yo estaban sentados en sendos taburetes, con sendas cervezas en la mano. Al menos uno de ellos lucía un esplendoroso comb-over; otro tenía la ropa desgastada; todos tenían por lo menos mi edad; y todos, absolutamente todos, tenían una expresión lúgubre, cansada, resignada. Era la misma expresión que una vez vi en la cara de un gato que tenía tres patas, que se había mantenido alejado mientras los otros gatos vaciaban el plato de comida que la buena anciana ponía fuera de su puerta cada mañana, y que al final se acercó para comprobar si esos otros gatos, los de cuatro patas, le habían dejado por lo menos algo. Esa expresión. Nosotros, los gatos de tres patas, no nos enfadamos, no culpamos, no exigimos. Hace mucho que nos resignamos a ser menos y a tener menos. Yo, en particular, hacía meses que me había resignado a la pérdida definitiva de la persona que amaba (y que todavía sigo amando), dándome cuenta de que la culpa no era siquiera mía, sino que así era la vida. Entonces, me di cuenta que donde yo me encontraba era precisamente el Bar de los Perdedores. No podía tener otro nombre. Sobre todo teniendo en cuenta que unos pocos metros más allá, en la misma calle, había otro Frankfurt, con un decorado y una oferta muy similares, pero que lucía otra clientela completamente distinta: gente joven, gente bien vestida, gente que en vez de beber en silencio, con la mirada perdida, hablaban por los codos y se reían y … (consulte el anuncio de Pilsener más cercano para más información). Así que éste era The Losers’ Bar, y yo, en consecuencia, un loser. Bueno saberlo.
Luego, ya quizás por la mitad de la sexta cerveza, en la radio empezaron a tocar no sé qué canción de C&W, género musical que normalmente detesto, y me di cuenta de que en medio de esa canción había un acorde interesante, no tanto por sus propias virtudes sino por el contexto, no sé, tal vez un discreto acorde de jazz dentro de una secuencia por lo demás rigurosamente country; el alcohol hizo, como de costumbre, el resto de la magia, y sobrevino ese sentimiento que en inglés tiene su adjetivo preciso: maudlin. Sin dejar de ser perdedor, sin dejar de sentir como herida abierta la ausencia de todo lo que deseaba en ese momento, que era la voz y la mirada de Carmen, empecé a darme cuenta de que en ese momento todo era perfecto, no podía estar en mejor sitio, no solamente porque la cerveza era buena y el Krakowski, divino, sino porque en ese momento dejar de sufrir lo que entonces estaba sufriendo hubiera significado dejar de ser quien soy. Y si en el mundo algún día faltaran perdedores como yo, ¿qué excusa le daba nuestro planeta al siguiente asteroide para no ser arrollado? ¿Qué razón de ser tiene la luz si no hay oscuridad?
Cheesus Christ! ¡Qué bacán este artículo, maldita sea!
ReplyDeleteO sea, no es que yo sea pro loser tampoco (ponte, me vale verga El Apestado, si quieres te explico lo que significa el término 'me vale verga'), pues creo que hasta una condición así puede ser o sea, asumida de forma excela y sincera; o sea, una diferencia ha de haber entre ser un fucking loser y un loser.