De ganadores y perdedores (2)

Últimamente, parece que hay una fuerza misteriosa que empuja a todo presidente de Ecuador a introducir en el habla popular un novedoso término de oprobio, cuya intención original era de ofender pero que termina convirtiéndose, primero en objeto de burla, y después en medalla honrosa. Tal fue el caso de los forajidos de Gutiérrez: más recientemente, las carreteras de Guayaquil se han llenado de carros que pregonan mediante orgullosos stickers que el dueño se considera “100% pelucón”. Así, en esta línea, y mucho antes del discurso de Correa referido ayer, yo me había acostumbrado a cargar, aunque fuera tan sólo para mis adentros, con el aparentemente deshonroso calificativo de “perdedor”. En realidad, no se trata de autocrítica ni de autoinmolación, sino de una toma de postura ante un sistema de valores que nunca pude compartir.

Y es que ahora sigo siendo un perdedor. Anoche, por ejemplo, para escribir en este blog perdí aproximadamente dos horas de sueño. Hace unas semanas perdí la radio de mi carro (cortesía de unos ladrones, evidentemente). En lo que va de esta vida, he conseguido perder casi de todo: kilos, algo de cabello, dioptrías, estribos, tiempo, plata, familiares, el hilo, algún amigo, una tarjeta de crédito, la noción del tiempo, la fe, el mechero, hasta la vergüenza si insisten. Algunas pérdidas han resultado imposibles de suplir. Hace tres años perdí a mi madre; hace unos siete, a la única mujer jamás conocida con la que hubiera podido ser feliz (olvídense de tragedias: se casó con otro a lo venezolano, lo típico). En mi infancia hubo otra pérdida, de consecuencias bastante determinantes en mi vida: para tratar ese tema, me haría falta otro blog (ya tengo varios, en diferentes idiomas, pero ninguno de ellos sirve para el caso. Fondo oscuro habría de tener, eso sí). A más de todas estas pérdidas concretas, mi condición de loser contumaz y empedernido se acredita por el hecho de que siempre he preferido la compañía de viejos y lacónicos borrachos a la de jóvenes y proactivos emprendedores llenos de soluciones y sinergia, esos apóstoles de lo que uno de mis héroes, el Mr Polly de Wells, felizmente denominó The Shoveacious Cult. Por eso, habré perdido continuamente oportunidades para superarme, para desarrollar Siete Hábitos, para triunfar en la vida. Ojalá pudiera sentir algún tipo de pena por ese hecho.

Pero no, no puedo, y esta incapacidad está íntimamente ligada con el hecho de tener un balcón que a la vez es un imperio. Piénsenlo: por mucho que haya perdido o que le quede por perder, ¿qué más necesita un viejo aparte de un balcón? Con tal de que ese balcón tenga todos los requisitos indispensables: chupaflores, vino, una guitarra, y un portátil con conexión a Internet y unos cuantos gigas de pornografía, ¿qué ausencia se supone que tiene que lamentar? (Pregunta falsamente retórica, que este blog sin duda está destinado a contestar en los próximos meses. Stay tuned.)

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