Primer ocarinazo contra el monstruoso régimen de las puritanas floricientas (1)

Y entonces, después de poner en borrador (ocultar) esos mastodónticos capítulos de pura rabia que colgué aquí la semana pasada, ¿qué queda? Quisiera tener paz, tranquilidad para poder adentrarme en aquellos temas que me sugiera mi experiencia personal, no los que me dicte ese poco de gente que ni me lee ni me conoce ni me conocerá nunca. Pero aquí hay algo, algo que me molesta como zancudo enardecido, y quiero llegar al fondo del asunto.

Es cierto que no soy ecuatoriano, no tengo voz ni voto en todo esto. Soy simple inmigrante, como por otra parte siempre lo soy, dondequiera que vaya. He conseguido vivir 47 años en diferentes países sin reconocer la autoridad de ningún gobierno sobre mí, pues para mí autoridad significa autoría, y autora ahora en esta solitaria vejez sólo tengo una, esa mujer que me escribió, o mejor dicho me garabateó, como quien no quiere la cosa, en otro país, hace siete años. Lo demás es y ha sido siempre cosecha mía, una combinación de genes y de caídas en el lodo que, les prometo, ninguno de ustedes quisiera tener que reconocer como suya.

Ahora:

“Yo soy la autoridad” (muletilla preferida tanto del buitre guayaquileño como de aquel otro montecristino, el de los plenos poderes)

“Puritanismo: ese temor obsesivo de que alguien, en alguna parte, podría estar feliz.” (HL Mencken)

Ser inmigrante no impide que uno se roce a diario con dichas autoridades o que tenga que escuchar y leer sus bramidos por donde vaya. Eso sí, en un país como Ecuador, por tradición las autoridades autoconstituidos se apaciguan mediante pago de las correspondientes coimas, que son como ese impuesto revolucionario que en España permite residir en el País Vasco sin convertirse en fiambre desmembrado. Pero cuando el autoritarismo se une con el puritanismo, el arte de vivir se dificulta bastante, pues además de pagar hay que tener cuidado de no aparentar ser demasiado feliz: el facecrime y la Thought Police orwellianos planean en círculos amenazadores cada vez más cercanos. Veamos:

Saludo también la prohibición de aquella publicidad facilista, que sin pudor alguno, hacen una apología de la violencia, la discriminación, el racismo o la toxicomanìa. Un precepto constitucional que espero que ahora realmente se cumpla, ya que esta va a ser una Constitución garantista y no solo de ficción. Por ejemplo, siempre he sufrido vergüenza ajena de ver como el cuerpo de la mujer es usado y abusado como objeto sexual y como instrumento de consumo en la publicidad, en perjuicio de nuestra integridad como ser humano. Ver los bombardeos constantes y cotidianos de una imagen de mujer fragmentada, eternamente joven, casi siempre blanca, que ofrece al por mayor glúteos, senos y sexo, una mujer sin cerebro pero con mucho cuerpo, voluptuosa y sensual, que incita a consumir productos de adquisición de un ámbito supuestamente masculino como licores, cigarrillos, llantas, carros, cervezas; este flujo de información distorsionada y manipuladora ha llegado a tal extremo que han logrado atenuar cualquier tipo de consciencia crítica en las nuevas generaciones, que asumen todo esto con cinismo o indiferencia y en algunos casos, impotencia. Se ha perdido totalmente la beligerancia y el distanciamiento crítico que nos hace enfrentar esta situación como productos culturales de una ideología patriarcal que nos hacía daño y a la que había que combatir con firmeza por ser sustento de un modelo económico que privilegia sobre los derechos humanos de las personas:el utilitarismo, la eficacia y la competitividad que caracterizan al modelo neoliberal.
Estas palabras podrían parecer simples devaneos de alguna pobre reprimida nostálgica del feminismo radical del siglo pasado, si no fuera por el hecho de que se encuentran en el blog de la Sra. Aminta Buenaño, asambleísta de Alianza PAIS y mano derecha de Correa, el actual Presidente: circunstancia que les podría dar un cierto aire premonitor.

Veamos. El texto del borrador constitucional a que se refiere Buenaño propone que el Estado “controle”, no solamente en la publicidad, sino también en la programación (se entiende televisiva) todo lo que induzca “a la violencia, la discriminación, el racismo, la toxicomanía, el comercio sexual, el sexismo, la intolerancia religiosa o política…” Al menos algunas de estas atribuciones no constituyen ninguna novedad para quien haya residido en otros países del denominado mundo occidental: en muchos de ellos hay leyes que sancionan el discurso racista en los medios públicos por cuanto puede “incitar al odio”, además de prohibir determinadas modalidades de publicidad, sobre todo en el caso de productos que supuestamente “atenten contra la salud pública”, como tabaco o bebidas alcohólicas. Sin embargo, no conozco ningún caso donde tales prohibiciones se consagren en un texto constitucional, y eso por una razón evidente - evidente, eso sí, para cualquiera que no se haya dejado intoxicar con la ambrosia de los plenos poderes. Como ya dije antes, personalmente no creo en las constituciones, pero si hay que tener una, por lo menos tengamos claro qué es una constitución y para qué sirve.

La constitución de un país es un arma con el que el ciudadano se defiende contra el Estado. Así de sencillo. Contra cualquier otro adversario, hay otros armas mejores y más eficaces, pero como el Estado es un ente cuya lógica interior le obliga a acumular constantemente más y más poderes, hasta convertirse, si puede, en dueño absoluto del cuerpo y del alma del ciudadano, pues lo que hace una constitución es intentar ponerle límites a esa tendencia, siempre basándose en los conocidos derechos básicos del ser humano que son la vida, la libertad y la propiedad privada. Por esa razón, una “buena” constitución como la de los EEUU se centra en los derechos del individuo frente al Estado: las atribuciones específicas del Estado se definen y se modifican mediante simples leyes, nacionales o locales, que se entiende no pueden sobrepasar o contradecir lo ya establecido en la constitución, y que además están sujetas a continua modificación evolutiva según un proceso pretendidamente transparente y democrático. De esta distinción conceptual entre constitución (arma del ciudadano) y poderes del estado (arma del gobierno corrupto de turno) nace la necesidad de que la constitución sea producto del esfuerzo de individuos que no participen del poder estatal, que realmente representen los intereses del ciudadano. Este requerimiento sine qua non empezó a desvirtuarse en el caso ecuatoriano desde el momento en que la Asamblea disolvió el Congreso y se erigió en Congreso Alternativo, con ilimitados poderes para hacer leyes y crearse nuevas funciones y atribuciones: es decir, cuando la Asamblea se convirtió en órgano del Estado sometido al Politburo correísta. Hasta podría pensarse que el proceso de corrupción empezó antes, cuando por pura inercia el electorado aceptó votar por candidatos agrupados por listas partidarias. En fin, lo que hay ahora es una Asamblea en donde una abrumadora mayoría de los supuestos “representantes del ciudadano” están pensando en cómo pueden perpetuarse en el poder, y en cómo pueden robarle al ciudadano vecino lo poco que aun le queda. Ahora, resulta que para lograr este objetivo hay que darle al Estado todavía más poderes de los que ya tiene, pero sin aparentarlo demasiado: por eso todo ese galimatías de falsos “derechos” no solicitados, de “funciones sociales”, de Buenos Vivires, de expropiaciones justificadas, y en el caso que nos ocupa, del novedoso y curioso Derecho a No Sufrir Vergüenza Ajena.

Aclaremos las cosas de una vez. En Ecuador, tanto la programación televisiva como la publicidad son de pésima calidad, por razones no tanto presupuestarias ni tecnológicas como culturales. Los programas “de risa” no hacen reír, los de noticias no informan, los noveleros no novelan, y los “artísticos” se ocupan únicamente del arte de menear las caderas. Hasta cierto punto esto es así en todas partes: hasta en España o en Inglaterra los atribulados burgueses atrincherados en sus wine bars se quejan del consabido dumbing-down que se evidencia actualmente en todas las manifestaciones de la cultura popular. Si la apabullante imbecilidad de la oferta televisiva (anuncios incluidos) de este país alcanza extremos aun más vistosos, esto no debería extrañar a nadie, pues en este terreno impera la ley de oferta y demanda, y para un público de escasos recursos que, mayoritariamente, no tiene noción de comedia más allá de los saltitos de un Caballo Garañón, cualquier cosa sirve.

Sin embargo, para detectar en medio de todo este flujo diario de basura algo parecido a una sistemática “apología de la violencia, la discriminación, el racismo o la toxicomanía”, hay que tener bien puesto y encasquetado su sombrero de hojalata. Que la portada de Extra nos enseñe cada día un nuevo cadáver ensangrentado no constituye “apología de la violencia”, sino simple sensacionalismo; que se intente vender una marca de cerveza de mala calidad asociándola visualmente con el cuerpo de una bella modelo venezolana constituye simple oportunismo comercial, y el iluso que permita que estos mensajes influyan en su elección de cerveza no ha sido “inducido a la toxicomanía” por malvado neoliberalismo alguno, pues ha demostrado que lo único que le “induce” a cualquier cosa es, y será siempre, su propia, presuntamente irremediable, estupidez.

Todo esto creo que ya lo sabe la buena de Buenaño, pero como buena puritana que es, no puede resistirse a la tentación de transmutar sus neurosis y sus complejos en directrices morales de universal y obligatoria aplicación para sus semejantes (por si a alguno de ellos se le ocurra, por ejemplo, la arriesgada idea de, sin su permiso, ser feliz). Que a ella no le guste ver cuerpos femeninos provistos de una insultante “voluptuosidad”, que sienta “vergüenza ajena” al toparse, en la licorera de la esquina, con los imponentes glúteos de la Srta. Grau, no se discute: de hecho, a mí tampoco me chifla eso de encender la tele y que salga algún Chóchenega o algún Estallóme que me recuerde el estado vergonzosamente invisible de mis músculos abdominales. Pero bueno, así es la vida: a mí me dieron este cuerpo, y tengo que cargar con él y aceptar que otros, que han tenido más suerte con los genes, se lleven los globos y los bombones. Bueno fuera que, luego de erigirme en hacedor de leyes, intentara imponer un código que prohibiera que cualquier hombre más dotado de bíceps que yo saliera en la pequeña pantalla. Sin embargo, es evidente que a algo parecido visa la Sra. Buenaño, pues deja claro que donde el texto protoconstitucional habla de “sexismo”, se ha de leer “glúteos, senos y sexo”, y donde se habla de “controlar” se ha de leer “prohibir”, y donde exista alguna duda sobre la aplicación de esta norma, se ha de seguir el criterio del tamaño (“mucho cuerpo”). Algo semejante se puede desprender de las declaraciones del propio Presidente, para quien el criterio de aplicación preferida a la hora de juzgar la labor de una periodista profesional es el del tamaño de su cuerpo (“gordita horrorosa”), criterio que a algunos ingenuos se les podría antojar hasta un poco sexista, si no fuera por el silencio de la Sra. Buenaño al respecto, silencio que podemos interpretar como el beneplácito de la mayor autoridad en cuestiones de sexismo que tenemos en este país.

Así que ha llegado la hora de la verdad para las ecuatorianas voluptuosas, sobre todo las tetonas y las nalgonas. Según el Estado, ustedes no solamente han dejado tiempo atrás de ser divinas, sino que ya no deberían de existir, o al menos no deben de enseñar el cuerpo en ningún medio público. Tengan la bondad de colocarse bien el burqa al salir.

(continuará)




(Arriba:) Según el nuevo código buenañista, de obligado cumplimiento en esa Patria que es De Todos, la modelo de la fotografía no tiene derecho a existir. En el Imperio Austrohúngaro, en cambio, no se le pone impedimento alguno en lo que atañe a su existencia.

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