Elogio de la pornografía

Primero desterremos los mitos. Que la pornografía induzca a la violencia, eso es un poco como decir que el beber agua produce cáncer. ¿Cómo lo vas a demostrar, a menos que encuentres a un grupo de personas que no hayan bebido agua en su vida, o lo que viene a ser lo mismo, que no hayan consumido nunca pornografía? Y sin esas personas, ¿cómo pretendes demostrar que la ausencia de ese factor incide en las tendencias violentas de las personas? Y si efectivamente encuentras a alguna persona que asegure no haber consumido pornografía, ¿vas a ser tan ingenuo como para creerlo? En realidad, la afirmación no tiene ni pies ni cabeza, pues no se han ideado, ni mucho menos realizado, estudios experimentales fehacientes que lo respalden; sin contar con lo anti-intuitivo que resulta proponer que “induce a la violencia” aquello cuyo efecto más inmediato parece ser todo lo contrario. Vamos: ¿para qué piensan que sirve la pornografía? Pues como salsa para la masturbación, evidentemente, como aide-branloir. No hay más historia. Y ¿a quién se le ocurre pensar que cuando un tipo recién haya desatascado su vas deferens se vuelve más violento? Vaya, se diría que quienes sostienen esa extraña teoría nunca se hayan acostado con un hombre (posibilidad a lo mejor no tan descabellada). En realidad, dados los efectos del orgasmo (con independencia de circunstancias) sobre el metabolismo masculino, sería seguramente más acertado decir que la pornografía induce al sueño. De hecho, muchas veces me he preguntado por qué no se vende en las farmacias a tal efecto.

¿Insomnia? ¿Eres varón? Pues en vez de contar ovejas, cuenta pezones, y ármate de papel higiénico. Nunca falla, palabra de Emperador. Vamos, ¿por qué tengo que estar chorreando obviedades?

A las otras, a quien se sienta excluida de la anterior recomendación, les sugiero que se estacionen fuera de las puertas de una iglesia algún domingo, y luego se dediquen a seguir a los feligreses al salir éstos de su lugar de culto, a ver si se van directo a cometer algún acto de violencia nada más salir del templo. Lo más probable es se encontrarán con que no lo hacen, por una razón sencilla: acaban de recibir su inyección semanal de amor fraternal, paz espiritual y serenidad. Para eso sirven las religiones, o al menos eso dicen ellas. Pues en la experiencia de este humilde servidor, exactamente lo mismo hace la pornografía: después de usarla correctamente, uno se siente liberado, sereno, tranquilizado, limpio, destestosteronizado, lleno de paz y con renovados sentimientos de amor al prójimo (y a la prójima, desde luego). Que en medio de todo esto uno puede sentir también un poco de asco hacia sí mismo, una vaga sensación de desperdicio, sin saber si ese desperdicio consiste en las incontables horas perdidas bajando esos incontables gigas del Internet o si se trata más bien de ese desperdicio de talento y creatividad que pudiera haberse dedicado a metas más altas, nada de eso voy a negar, pero en fin, omnia animal, no nos vamos a escaquear de nuestra condición de seres sexuales, y cuando el destino, unos genes malvados y el encontrarse chiro a fin de mes nos impiden tener sexo con personas reales (por aquello de que el goce sexual no consta como derecho en la constitución, menudo olvido), ¿qué se le va a hacer? O nos hacemos una paja en compañía de alguna reproducción enciclopédica del Venus del Espejo de Velázquez o, si no… bueno, siempre hay la alternativa de salir a la calle y ponerse a repartir hostias y mamporros.

En fin: no tengo estadísticas al respecto, pero sospecho que las sociedades menos violentas son las que tienen más surtido de material pornográfico de fácil alcance.

Ecuador, desde luego, cuenta a favor de esta teoría. ¿Dónde chucha se puede conseguir en este maldito país una copia de Hustler así sea pringosísimo de hace diez años? Por eso, por esa falta de material apaciguador de ánimos, hay tanto crimen aquí. A mí me parece evidentísimo.

Ahora, por si acaso algún lector se sorprenda ante la inclusión de reproducciones de una obra inmortal de Velázquez en la categoría de pornografía, tal vez debería aclarar que estoy hablando de pornografía desde el punto de vista del usuario, en el sentido de cualquier representación visual que sirva para amenizar y llevar a feliz término una sesión de manualidades, sin importar la intención con la que fue creada. Así lo entendió también el protagonista de la novela Money, de Martin Amis, que asegura que también pueden entrar en esa categoría los catálogos de ropa femenina (sobre todo las páginas dedicadas a ropa interior, aquéllas en que siempre se puede ver a dos señoras de una treintena de años en paños menores charlando, sonriendo y señalando con el dedo algún objeto interesante no identificado fuera del encuadre de la cámara). Para mi experiencia ese tal Self se quedó corto: no sé si estaré solo en esto, pero recuerdo vagamente esa lejana época de la temprana adolescencia cuando aún no existía el Internet y era harto difícil conseguir fotos de mujeres desnudas: en esa época me servía no solamente un grueso catálogo de las descritas por Amis, sino también un cómic de un grupo de superhéroes que incluía a una chica de pecho exuberante y falda corta; en último término me dedicaba también a elaborar mi propia pornografía con papel y lápiz. En mi colegio también, que debo precisar era de sólo chicos, el recién estrenado laboratorio audiovisual se convirtió pronto en una especie de sala de exposición artística, con los tabiques separadores cubiertos de grabados realizados a punta de bolígrafo, generalmente crudas imágenes de entrepiernas de mujeres acostadas, que parecían ilustraciones de algún sesudo tomo didáctico de anatomía, y que hacían extraña combinación con los insípidos diálogos audio linguales a los que éramos sometidos en ese antro. Recuerdo también haber leído en el Internet el blog de un tipo español que se masturbaba delante de la tele cuando salía la Letizia (eso era en la época cuando aún no era princesa sino simplemente reportera); uno de mis héroes literarios, Ignatius Reilly, se entretenía hasta con la imagen de su perro. Así que todo eso y más, todo es pornografía: de hecho, a veces uno está de tal manera exacerbado de sensibilidad que casi todo lo que ve, cortinas ondeantes en el viento, floreros abombados, almohadas desarregladas, paraguas abiertas bajo la lluvia, todo parece tener sugestivas e insinuantes curvas aptas para servir de atalaya a la lúbrica fantasía, si solamente uno se le añade una pizca de imaginación creativa.

Y no me hagan hablar de la publicidad de cierta marca de helados de chocolate en España.

Ni de esa famosa escena de la película Ghost en la que Demi Moore le masturba a un Patrick Swayze cuyo miembro se ha convertido temporal y misteriosamente en jarrón de cerámica en proceso de elaboración.

No, no me harán hablar, pero lo innegable es que casi todo es pornografía.

Excepto en Ecuador, claro está: casi se me olvidaba. Aquí en más de una ocasión he visto definiciones de pornografía que se ciñen a la llamada pornografía infantil, oxímoron donde los haya, pues la misma etimología de la palabra nos enseña que si la grafía o representación no es de una prostituta, o sea, mínimamente de una mujer en edad de ser legalmente contratada, no hay tal pornografía, sino solamente inmundicia; por lo que el intento de un estado puritano de ensuciar algo tan inocente como la tradicional revista de chicas estilo Playboy asociándola a connotaciones repulsivas de pederastía y demás crímenes, sin cabida ni justificación alguna, se ve realmente penoso. En fin: hay muchas discusiones posibles en cuanto a definiciones, pero la mía ya me imagina que queda clara.

Ahora, como ya he insinuado para mí la pornografía no es solamente un pasatiempo ni un género de material impresa sino una religión: ¿cómo se come eso? Muy sencillo: estoy hablando de religión en el sentido nietzscheano de un consuelo para esclavos, para los consabidos chapuceros y malogrados perdedores, para los que no tenemos la suerte de ser Übermenschen, o en términos más actuales, los que no tenemos Siete Hábitos. Ya he hablado de ganadores y perdedores, creo que lo suficiente para que quede evidente que donde el ganador casi por definición dispone permanentemente de una biodiversidad cuasi tropical de parejas sexuales en carne viva, la vida sexual del perdedor es un largo y triste recorrido a través de un Sahara eterno, apenas interrumpido por algún que otro oasis en forma de encuentro humillante y fugaz escenificado entre las húmedas paredes de un burdel de mala muerte. Así es la vida, y no creo que haya Constitución en el mundo que consiga cambiar esos hechos, ni existan Hábitos capaces de transformar un hombre físicamente repulsivo en algo capaz de atraer o de seducir a una mujer sanamente apasionada, más allá de esos ocasionales milagros hormonales de corta duración que hasta hace poco formaban la base de, por ejemplo, mi propio baúl de recuerdos de cuarentón. Es por eso que, si uno de fija en ese yermo y arenoso terreno que es la vida sexual del perdedor, terminan dejándose ver esos espejismos que, exceptuando a algún que otro simpático y letárgico reptil, constituyen la única señal de vida posible en este entorno hostil. Espejismos que, comunicados a través de algunas páginas de papel cuché de olor antiséptico, al menos permiten al infeliz gozar en su imaginación de esas sonrisas intencionadas y alentadoras y de esos cuerpos de ensueño que en la vida real nunca podrá ver.

Por eso, porque hay que creer sin ver (o por lo menos sin tocar), porque uno se reconoce en el fondo indigno de esa cornucopia de favores metafísicos, porque con el tiempo uno se cree su propia letanía de santas patronas, porque en el centro del ritual hay un sagrado misterio de transubstancio de papel en carne y en sangre, por todo eso y por muchas razones más se puede afirmar que la pornografía es una religión.

Y claro, como en toda religión, uno se codea cada domingo con gente más o menos afín, más o menos simpática: no está obligado a tener amistad personal con tanto compañero de infortunio o de fe, pero eso sí, la simpatía a veces se encuentra a flor de piel, sobre todo cuando uno haya dado con la iglesia o la secta idónea para su propia personalidad y sus propias creencias.

Comments

  1. "Y ¿a quién se le ocurre pensar que cuando un tipo recién haya desatascado su vas deferens se vuelve más violento?"

    Au contraire, uno se siente de lo más relajado, como una hoja al viento, como mojón en la marea.

    Según he leído los musulmanes están entre quienes buscan más pr0n en internet, seguro porque sus mujeres van tapadas de pies a cabeza, las destapadas son arrestadas por la policía de la moral y la virtud. Los musulmanes que viven debajo de la línea de la pobreza y no pueden conseguir mujer emplean su exceso de hormonas para alimentar la jihad.

    "Recuerdo también haber leído en el Internet el blog de un tipo español que se masturbaba delante de la tele cuando salía la Letizia"

    Una apóstata del Islam en su blog contó cómo durante un viaje a Pakistán un tipo se afiló en público porque en su vida había visto donde comienzan las piernas de una mujer (La chica traía jeans).

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  2. En el ejemplo que puse, los abstemios con exceso de testosterona son usados en plan de conquista. Algo así debió suceder con los soldados soviéticos que violaron mujeres alemanas durante la invasión contra Alemania en 1945. Supe que en Suecia "jóvenes asiáticos" (if you know what I mean) se organizan en pandillas para violar mujeres blancas. En Gran Bretaña "jóvenes asiáticos" operan el negocio de la heroina y secuestran adolescentes para prostituirlas.

    No he leído 1984, pero una vez leí un resumen de Brave New World donde el estado totalitario para someter a la población incentiva la promiscuidad sexual (además de suministrar drogas y acondicionamiento ideológico), diría que más bien hacia allá apunta la Constitución por la constante mención del "buen vivir" aka sumak kawsay, el seguro universal obligatorio, subsidios solidarios, y otras notas de estilo socialdemócrata con las cuales se pretende disfrazar el engorde del Estado, y a largo plazo hacer que los ecuatorianos no puedan prescindir de él, como sucede en Europa (Estado paternalista + infantilización de la población)

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  3. Hay un post sobre este tema en remojo.

    En cuanto a la novela de Huxley, a la de Orwell le gana la partida en clarividencia donde pierde (ignominiosamente) en calidad literaria y finura sicológica. Orwell, sin embargo, es quien nos sirve mejor en la coyuntura actual, aunque también recomendaría The Good Terrorist de Lessing. Lo del Buen Vivir es sólo un curarse en salud por parte de quienes intuyen que no podrán garantizar bienestar material bajo su regimen: interesa convencer a la gente de que es bueno vivir con menos. El puritanismo se ve más claramente en ese plan de censura que aparece en el art. 19.

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