La timidez de Lennon y el mito del artista de izquierdas

Sucedió durante ese lie-in “para la paz” que nos encuadra los sesenta casi tan bien como un Antonioni. Un viñetista sabihondo, Al Capp, le increpa a Lennon por haberse descrito como “tímido”: una persona tímida, insiste, no saca un disco en cuya cubierta sale desnudo. Una persona tímida no se acuesta con su mujer y luego invita a todo el mundo a venir a verlos. Lennon intenta defenderse, pero pierde tanto el argumento como los estribos. Y es que en parte el viñetista sabihondo (al que admiro incluso más que a Lennon, pues en términos humanitarios, vale más una visita solidaria a un hospital de veteranos que cien canciones) tenía razón. Yo mismo he observado varias veces que a algunas personas extrovertidas el epíteto de tímido les resulta codiciable, por razones difíciles de aclarar (a los realmente tímidos nos sorprende que alguien pueda codiciar nuestra debilidad), y se lo guindan con aplomo, para sorpresa de muchos: luego al ver cuestionado tal autorretrato, insisten en que su talante sociable es una simple máscara, y detrás de ella hay esa persona sensible y vulnerable que ahora quieren vendernos. Lo cual sin duda será verdad (en ese amorfo mundo subjetivo en que verdad y mentira entierran el hacha), pero de ahí a la timidez hay todavía frontera: la timidez no está en los sentimientos sino en las interacciones, de modo que “pero me siento tímido” es una simple irrelevancia. Sentado eso, no obstante, creo que la cuestión en el caso de Lennon puede no ser tan sencilla.

Hamburgo, 1960: un tímido no hubiera podido ser Beatle. Empezaron en una zona de luces rojas (¿dieta de hamburguesas?), donde quien no caía bien caía mal, debajo de un aluvión de sillas convertidas en misiles. Había que meterle chutzpah incluso a puñetazo limpia (Lennon lo hizo, está en las crónicas.)

Komm gib mir deine Haaaaand (¡tome!)

A Harrison le deportaron nomás por su edad: 17 en ese entonces. Esa edad nos recuerda la nuestra: esa otra maravillosa disfunción que todavía los estadounidenses se autoatribuyen descaradamente, incluso defienden, esa “familia” que “en el 96% de los casos” sale mal, nos bota del nido y a los más soñadores, de su país. Familia que en el caso de Lennon era una tía oceánica y para de contar.

Aparecido Epstein (en Hamburgo el manager era Kaempfert, autor de "Strangers in the Night": dato útil si juegas a los siete grados de afinidad), esos inicios tan duros (insisto: para un tímido, infranqueables) dieron lugar a la frenética época Mop Tops (en la jerga de las 80-90, serían un Boy Band en toda la regla, o incluso en toda la fase luteal: los chillidos en Shea Stadium, progesterona hecha decibelios), donde simplemente tenían que lucir melena y hacer mímica, por lo que en lugar de ensayar podían concentrarse en componer. Fue cuando se descubrió que ahí había algo más que talento. No sé si hay palabra para denotar esa extraordinaria confluencia de circunstancias, de melodías todavía no aprovechadas y que se impacientaban por realizarse, de apertura sicológica (muy necesaria) para captarlas y no torcerlas, y lo más extraordinario, un disciplinado engranaje de egos, eso que más tarde se daría en llamar sinergía (casi nunca se justifica el término, aquí sí) que hace que la marca Lennon-McCartney era (la historia de los respectivos solistas en los 70 lo demuestra) mucho más que la suma de sus partes.

Y al respecto, cabe sentar también que no es que hicieran las canciones “juntos”: Lennon/McCartney casi siempre significa uno de los dos, habitualmente el que canta. Componer música entre dos (o más) es tan impráctico que escribir una obra literaria entre dos. Fernando de Rojas y esa anónima, vale: ¿quién más? Ahí está. Cualquier arte, salvando el séptimo (ese bastardo), es casi por definición un acometido solitario, o en todo caso piramidal. En ello reside gran parte de la atracción de ser, por ejemplo, escritor: es una excusa para encerrarse, para mandar el mundo a freir espárragos (y luego, que entre a cuatro patas y en tanga por la puerta de la cocina, ahí sí). Entonces, ¿qué hacían juntos si no era componer? Pues compartir, pelotear ideas, servirse de público anticipado y tal vez de embudo. Lennon/McCartney, bajo esta óptica, era casi como decir Contenido/McForma: donde el primero arrancaba habitualmente con un mensaje (Socorro, necesito a alguien), el otro arrancaba con una melodía a veces requetebuena y una letra como ésta:

Scrambled eggs… ooh, my baby, how I love your legs.

Esta letra original de la canción "Yesterday" (McCartney lo dejó caer en una entrevista) se parece bastante a toda letra original eructada por compositor alguno, improvisada como simple piola para colgar las notas de una brizna de melodía que puede tener o no tener potencial. Todo músico tiene de ésas unas centenares: McCartney, en cambio, disponía de quien le dijera: algo hay, desarróllala. El resultado, otra canción realmente sudada, con letra a la vez deprimentemente perfecta y curiosamente sin vida, como un ruiseñor disecado o un arreglo de flores apto para tías solteras. Un matrimonio como ésos, cuando termina lo hace en estallido.

The only thing you did was yesterday…
Why don’t we do it in the road?
Steel and glass…
Let me roll it to you.

Demos el salto al Maharishi y a Sgt Pepper, pues no pretendo resumen biográfico. Se despertó Lennon (él lo dice) del sueño de ser más populares que Jesús (y bastante más que ese otro Jesús, protagonista de A Spaniard in the Works) para ver cómo esa mujer que era “como él pero en falda” era tratada de mona por la prensa inglesa (¡y aquí todavía piensan que lo suyo es prensa corrupta y mediocre!) y que un cohorte de internamente tullidos pretendían dirigir esa vida y ese talento que según ellos él todavía no estaba en edad de usar responsablemente. Entonces, en lugar de lo que hiciera cualquier otro, es decir, intentar demostrar que sí, que ahora había madurado, y quedarse en el carrusel, Lennon hizo algo insólito: les dejó plantados, a ellos y a nosotros. Entre silencios, sacaba discos, pero eran discos que decían cosas como

Oh, Yoko, my love will turn you on

o

Beautiful boy… darling, darling Sean

o

Woman, please let me explain…

Y cuando no decía esas cosas, que tienen su propia melodía interna, sacaba excusas de canciones con melodías que parecían sirenas de ambulancias (manierismo que ya se afianzaba con "I am The Walrus") y riffs de guitarras truculentos, inacabados. Podríamos aseverar que se dedicó a ser auténtico (quiero decir honest, ver post al respecto), y como todo aquel que llegue a profundizar en esta tarea, descubrió que la dificultad se compone en capas: cuanto más sincero, más sinceridad queda en el tintero: cuanto más dices, más queda por decir.

Ahora, ser sincero no es el único requisito para ser artista; pero de lejos es el más difícil, el más jodido (para mí, francamente inasequible, pero tengo excusa). Lo demás, casi se podría resumir en craft, métier, aquello que uno aprende en Hamburgo o no aprende nunca. Dedicarse a ser honesto entonces no es un mal comienzo en cualquier empeño artístico. De hecho, en el arte uno se acostumbra a apercibir una aristocracia de honestidades: leer a Orwell, a Lawrence o a Larkin es (para mí) redescubrir todo lo que de subversivo y revolucionario puede ser decir las cosas como uno las ve, sin insistir en que tengan que ser vistas así. “Subversivo” suena atractivo, pero hay un pero: la percepción soltada está siempre desamparada entre fuertes campos magnéticos que intentan arrastrarla hacia sí; y entre estos campos están, fuertemente posicionados, los ideológicos. Por eso está la dificultad, el constante esfuerzo, el cansancio de la autenticidad.

Hace tiempo en algún post, el “amigo” Xaflag dejó caer casi en plan obviedad algo así como que “los artistas casi siempre son de izquierdas” (o sin casi, no recuerdo). Boutade que me valió un spit check, pues yo hubiera dicho exactamente lo opuesto, si bien con algo menos de complacencia: ojalá algo de izquierdismo se le hubiera contagiado a Wagner (aparte de lo de la cara, que no sé si es todavía hipótesis sostenible) para contrarrestar ese atroz antisemitismo; ojalá TS Eliot, el más grande poeta en lengua inglesa del s.XX, hubiera sido un poquitín menos reaccionario (lo suyo con la religión anglocatólica, de esperpento), por no hablar de su rival más cercano en el ranking, el fascista Ezra Pound. De hecho, me pongo a buscar un artista, en cualquier medio, mínimamente fumable en mi patria chica anglosajona y que haya sido también de izquierdas con carta de patente, y no encuentro nada para el caso. Auden flirteó con las izquierdas para dejarlas atrás. Orwell, otro tanto, si bien menos ostentosamente. ¿Stephen Spender? Claro que si cambiamos de idioma o de patria chica, ejemplos sobran. En la Francia de la posguerra era prácticamente de rigueur ser socialista, igual que lo era en la Latinoamérica de tiempos de las dictaduras. Pero tal vez precisamente ahí, y más allá de los juegos de salón (yo veo a tu García Márquez y te subo un Vargas Llosa), con estos datos, encontramos un patrón interesante.

Yo sostengo que si todos los artistas rezaran en una misma iglesia, tuviera ésta el nombre que tuviera (“socialismo”, “conservadurismo”), mal día para todos; pero eso no llega a ser más que un sueño húmedo de fanáticos de una u otra banda. Afortunadamente, lo que distingue al auténtico artista más que cualquier otra cosa es su gran egoísmo (en el mejor sentido de la palabra), y por eso, la posibilidad de que su percepción, aquélla que se quiere originariamente honesta, es decir apolítica, sin más ideología que la impuesta por el propio arte (la búsqueda de la perfección expresiva) se tuerce hacia uno u otro lado, se tiña de sesgo, eso se verá en gran medida determinado por las circunstancias, y en especial la circunstancia aquélla de dónde se encuentra en tal o cual momento la mayor esperanza de libertad. Pues aparte de esas cualidades personales mentadas (autenticidad, terquedad, métier), condición necesaria para cualquier artista es la libertad para experimentar, para transgredir las fronteras de lo consagrado, de lo dicho y hecho. Si no hay esa libertad, no hay nada (en realidad, no funciona así. Tal libertad se crea, te peleas tu espacio; pero no lo digamos delante de los niños, peor los robaburros del telediario de hoy.) Pongamos como ejemplo la Guerra Civil española: en el lado republicano, de modo activo o pasivo, un verdadero Who’s Who de la inteligencia europea y norteamericana; los nacionalistas de Franco tenían a, veamos, pues a Paul Claudel, a D’Annunzio, a Salvador Dalí y a Pound. Poca cosa (Dalí, para mi gusto siempre fue más showman que artista, Claudel, genial pero enfermizo y recontradeprimente, estilo Á Kempis). Y por razones obvias: el proyecto nacionalista fue un proyecto de esclavitud. Su desprecio hacia toda manifestación artística se demuestra en el asesinato de Lorca, para quien el lector de su ensayo sobre el Duende fácilmente predice una edad madura nacionalista-conservadora, que le fue arrebatada por una banda de gorilas, permitiendo que la izquierda le canonizara con el oportunismo irrespetuoso que le caracteriza. Que entre los proyectos contrarios había unos cuantos hasta más aterradoramente totalitarios, lo descubrieron algunos por esas fechas (Orwell entre ellos), pero el dato en aquel momento parecía secundario, pues aunque fuese coyunturalmente, sus portadores defendían algo que valía la pena defender. Ahora, donde el proyecto socialista llegó a florecer, en la URSS, ahí sí hubo éxodo de artistas (hacia la libertad o hacia los gulags) y luego hubo Shostakovich, el superviviente, el camaleón. No hace falta insistir en ello: tanto “la izquierda” como “la derecha” pueden erigirse en enemigos de la libertad artística, y así fabrican adhesiones improvisadas de rebote, que muchas veces cambian con los años. Por eso, categorizar a artistas según adhesión ideológica es como hacerlo por flora intestinal. Es apearse del bus antes siquiera de comenzar el verdadero viaje, es quedarse con lo anecdótico, con lo mutable y trivial.

Pregunten mejor por el artista que a sabiendas apoye regímenes dictatoriales. Ahí sí podríamos esperar hallar correlación con esa senil mediocridad que deriva directamente del abandono de la autenticidad, con la victoria de qué dirán o simplemente de crepusculares consideraciones financieras. Es un fenómeno conocido, patético, pero no es como para poner el grito en el cielo. Al fin y al cabo, de los artistas no esperamos directrices políticas (tonto el que lo hace, en todo caso):

DAVID: "But do you feel that growing your hair and lying in bed is a positive enough reaction. Don't you think it'd be better if people went out and did something more positive."
JOHN: "That is a positive thing. (To Yoko) You tell him."
YOKO: "It's very very positive. I mean, the fact that it stimulated other people to say that, like you said that, you know, this is the result of us doing it. You know, in other words, well, alright, let's do something positive for peace. So we started that, you see. So in that sense it's very very..."

Que unos músicos sean siempre coherentes tal vez sea mucho pedir. Lennon no será recordado por la claridad de sus planteamientos políticos, ni visaba a ello. (Aunque para socializantes irredentos, sirve: “you say you’ll change the constitution, well, you know… we all want to change your head”. Mordaz es poco.) Se le recuerda, ya, como fenómeno, algo inexplicable, imposible de asimilar ni de categorizar. Yo diría que como hombre inusualmente honesto y de paso extraordinariamente (para un británico, hasta milagrosamente) espontáneo. Su arte maduro no se basaba, como tantos otros en ese mundo de la música popular, en definir a su público y luego cortejarlo a través del cliché resultón, sino en salpicarnos de sus vivencias, a través de muy pocos filtros, para que nosotros descubramos lo que nos sirve y desechemos lo que no. A mí me sirvió Walls & Bridges, hace ya un cuarto de siglo, para darle un sentido a mi primera experiencia de rechazo. Era joven para entenderlo, pero ese álbum tiene una dinámica, una progresión que huele a algo oscuramente universal. Luego tiene la canción "Number 9 Dream", que te apunta la salida al laberinto más claramente que una señal luminosa.

Pero ¿fue tímido?

Para contestarlo, su viuda: no se me ocurre nadie más. De otro de mis ídolos, Nathaniel Hawthorne, la esposa fue tajante: “de ese océano sólo tuvimos una gota”. Es la impresión que tengo de Lennon, pero nunca lo conocí. ¿Nos dio todo él, o quedó el 90% en el intento? Que lo podamos preguntar ya sugiere cierto grado de éxito perdurable.

Comments

  1. El asunto de la timidez es... relativo (odio esa palabra).

    La timidez en algunas personas depende de la situación y de todos modos se puede expresar de maneras harto diferentes. Lo sé por experiencia propia y ajena. Yo a veces no puedo creer las cosas que he sido capaz de hacer (porque generalmente soy torpe). Una vez conseguí un trabajo en el que tenía que disfrazarme y hacer de histrión; me fue sorprendentemente bien.)

    Se da el caso de gente que te sabe hablar bien en público, pero que ante las cámaras no se maneja nada bien; les pones frenta a un micrófono y es como si les apuntaras con un arma. Hasta sé de personas que con sus propios familiares son tímidos pero que con sus amigos se abren.

    Oh, and by the way... Fuck Lennon.

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  2. De acuerdo sobre "relativo".

    Yo fui diagnosticado una vez por un joven en un consultorio de hospital, tras media hora de conversación, como padeciente de "fobia social", que se supone es como timidez pero un poquitín más extremo, sin llegar al Trastorno de Evitamiento o como chucha se llame (Avoidant Personality Disorder), del cual también manifiesto hartos síntomas en opinión del mundialmente reconocido experto en sicología humana que esto subscribe. En fin, son modas: hace un siglo o poco más, sería simplemente "misántropo", término que me gusta más por ser algo más sonoro y menos eufemístico. Mi versión de timidez no me impide ejercer de profesor de idiomas, trabajo que conlleva cierto histrionismo: en la clase simplemente me convierto en otra persona, y me quedo fuera de mi cuerpo para la duración, mirando desde arriba, observando a ese insólito y despreciable payaso que según parece piensa que la gramática inglesa es apasionante para todo el mundo. (Nunca fui buen profesor: un nerviosismo residual me induce a hablar demasiado. A veces hasta cuento chistes de puro terror al silencio multiplicado). Puedo parecer otro en la clase, y alguna vez he ido a fiestas (insisto en ser invisible, eso sí) pero nadie que me haya conocido más de cinco minutos me describiría como sociable o extrovertido. De ahí mi sorpresa al ver a gente con dones y destrezas sociales con que yo sólo puedo soñar describirse como "tímida", con sonrisa coqueta, como si eso les hiciera más interesantes.

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  3. Lawrence coincido y uno no quiere leer nada mas. Ahora Lennon chuta me he reido una hora! y mira que lo amo! pero debe ser el pico de progesterona cuando las mujeres nos reimos mejor!

    Es que de timidos a mal educados hay un paso, por ejemplo cuand ole preguntan a una reina d ebelleza sus defectos: "ser demasiado generosa" " cnfiar mucho en las personas" "ser demasiado perfeccionista" a lo que se le puede agregar "ser un ser vivo" , el lenguaje humano como siempre! lo ms de timido!

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  4. Lo que pasa en que en algunas personas una leve timidez puede ser vista como algo adorable, coqueto. Dizque esa gente es cálida, tierna... pura (una maestra yogui me dijo una vez: "Me conmueve que haya personas como tú, tan puras"). Quizás es ese aspecto lo que esa gente quisiera emular. Deben ser maneras de encontrarle una virtud a una carencia (mucha gente que cree que deprimirse es cool es porque se aferra al encanto superficial de la melancolía, pero que en rigor no sabe lo que es la depresión en serio). Yo en cambio cargo un diagnóstico de SPD (no en el sentido socialdemócrata).

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