Miasma

Todos tenemos nuestra "esfera" (concepto clave de Nathaniel Hawthorne, escritor que me impresionó mucho en mi adolescencia, que es cuando leía), que si quieres puedes imaginar como un globo de chicle alrededor de la persona, de su "círculo social" (el cual centra sus coordenadas en el sacroilium), de sus fantasmas y de su discurso. Ese chicle, ese Beethoven Bubble Gum, describe nuestro mundo: estirado, el chicle permite traslucir objetos exteriores para que no nos sintamos demasiado desamparados. Es nuestra burbuja (desconfía de quien se las dé de no tener ninguna). De modo que para influir en mí tienes que entrar en esa esfera, lo cual implicará necesariamente que te cubras de una fina capa de chicle. Para que te tenga en cuenta tienes que ser Bazooka Joe. Tranqui: otros (otras) lo han conseguido, y han vivido.

Para los escépticos: todos tenemos nuestra miasma: ese olor que nos identifica, que hace que sea levemente más o menos agradable subir o bajar en un ascensor con nosotros. El olor es apreciable a cierta distancia, y puede ser más o menos compartido por una comunidad de personas. Hoy, y también el otro día, fui a entrevistarme en la CEN (mal asunto: pagan poquísimo), y aproveché para ver un poco de CNN en el televisor que hay en la entrada. Curioso, no hubiera esperado escuchar allí acentos británicos. Estaban entrevistando a un tipo frente a un edificio, y el tipo, entre otras cosas, dijo "Pakistan". No me preguntes más. Algún escándalo deportivo. Cuando escucho la palabra "deporte" mis ojos se tornan vidriosos y desencajados (El Camino, Miguel Delibes: recomendado). El quid era que la combinación de ese acento, un Estuary algo tirado a RP pero muy actual, y ese peinado al rape, esa dicción, contribuyeron a crear un olor perfectamente identificable, y eso que han sido tantos años: Inglaterra ahora para mí tendría que ser un país extranjero. Pero por el acento, sin poder predecir en lo más mínimo las tendencias políticas del sujeto (son modas: no las sigo ni me doy por enterado), tengo la impresión de conocerlo. Sé perfectamente su nivel de educación, sé que el tipo te arreglaría cualquier avería en tu carro en un santiamén, y que conoce la geografía iraquí mejor que muchos iraquíes. Sé exactamente qué platos pediría, y en qué orden, en un restaurante hindú. Sé qué es lo que le hace reir, qué diarios lee (sí, en plural) y qué tipo de mujeres prefiere (bueno, en eso los ingleses somos requetepredecibles). Algunas veces, cuando era más joven, me preguntaban por qué yo no quería vivir en Inglaterra. La respuesta me incomodaba. Normalmente, me escudaba detrás de alguna media verdad socorrida. La verdad entera era ésta: es incómodo, hasta aterrador su me apuran, que te conozcan tanto. Que por tu simple acento pueden deducir tantas cosas, algunas de las que ni tú mismo has descubierto. Todo ha sido por eso. La odisea fue por eso.

Desde hace algunos días me he vuelto adicto a Tubular Bells. En su día ese simple vinilo estaba en cualquier casa británica, a veces hasta repetido (lo mismo se puede decir, por desventura, de Mull of Kintyre: el mal gusto británico es un asunto misterioso). En parte es una cuestión de folclorismo. Apreciamos hasta cierto punto todo lo que tiene el sello nostálgico de Merrie England. Antes de un Tierce de Picardie, un Sexto de Emmerdale. De niño (la web no me lo confirma, pero estoy casi seguro), esa música que acompañaba al Test Card F de la BBC (ja! hasta nos volvemos nostálgicos por una imagen de prueba para técnicos de televisores: hay screen savers de ese Test Card, les prometo) era On Hearing the First Cuckoo In Spring, de Delius, por lo que cuando llegué a mi época Delius, esos acordes ya sonaban a infancia, a tardes lluviosas de sarampión, de no ir a la escuela, de comer sopa mulligatawny y dedos de pescado (la anatomía piscina inglesa es distinta). En parte es otra cosa más sutil. En las transiciones sorprende: lo que hace un momento era folk añejo ahora es puro John Barry, y después, hay algo en el arreglo que hasta a Barry le sobrepasa. Yo sí creo que ese Oldfield algo tenía de genio. Claro que los genios musicales duran poco. Luego sólo suele quedar el astuto reciclador.

Es una música que invita a crearte un guión. Algunos irán con el tema marino, arrecifero, cerrarán los ojos y se volverán Jacques Cousteau el tiempo que dura. Yo: mis fantasías son algo más oscuras. Más infantiles, seguro que también. Yo sí recuerdo lo que es la perversión polimorfa.

Digamos sólo que cuando escucho a la primera sinfonía de Rachmaninov, sueño con una chica en edad de casarse acostada en el lado de una colina, en Pennsylvania, a entradas del siglo diecinueve, viendo cómo se extiende por encima de ella, por todo el cielo, como una profecía, una sábana de palomas pasajeros (passenger pigeons), y cómo por debajo de ella la gente del pueblo, diminuta, se dispone a matar todo lo que se puede: más tarde, ella remata a un ave, con una piedra bien asida, y se tiñe de sangre su ropa, allí donde cuenta teñirse de sangre.

Hasta ahí aguanto. Hay música que prefiero ya no oir. Demasiados recuerdos. Entre ella, la Sheherazade de Rimsky-Korsakov. No es nada del otro mundo, pero aun así, creo que podría evocar todavía demasiado. Hasta los Grateful Dead me saben siempre a ginebra y a Carlsberg Special Brew.

Triste cuando nuestra miasma se convierte en "mi asma". Estoy en ese proceso. Hay peligro de que al enfrentarse a la muerte uno busque hacerse el importante: luego se acuerda de todas esas vidas segadas al azar y sin aviso, esas víctimas aleatorias de La Perimetral. Y entonces, hacer tanto canto y baile por una simple defunción, aunque sea la tuya, parece ridículo. Morir es simple anécdota, y las anécdotas repetidas aburren.

Pero no me la imaginaba así. Había tantas evidencias de que iba a morir en Segovia. Wishful thinking, claro. Segovia es para mí una segunda madre. Empecé a vivir allí, por eso siempre supuse que allí también moriría (ahorcado, probablemente). Para eso hubiera hecho falta una vida más enfocada. Perdí el camino.

Ahora, hedonista de los sentimientos, estrujo la tristeza. No tanto la mía, aunque también: la de mi hijo, que no quiere crecer, y querrán obligarlo, y la cosa se tornará fea, no estando yo.

Ha sido como una emboscada. Uno imagina tener un hijo para enseñarlo. No para ver todo lo que tú no admitías ser ahí esparramado en el suelo, como vísceras. Tanta inocencia en medio de tanta obscenidad.

Y ahí a lo lejos sigue Londres, con sus sutiles notas dickensianas, sus museos, sus lluvias protectoras, su zoológico, sus colecciones (de sellos, de insectos, de seres dedicados a sellos e insectos), su clima de tolerancia y de resignación ante el grisáceo vencedor.

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