Buen vivir
El excelente y envidiable blog de Quark me sopla el dato de que el Buen Vivir (nota para no ecuatorianos: no vas a entender nada de esto, sugiero que cambies de canal, en la 2 hay una sueca que ya está en sostén, no te la pierdas) se define como la búsqueda de "un estilo de vida sencillo y solidario en que se cubran las necesidades, pero no se tenga como modelo lograr aquello que tienen las potencias más ricas." Esta cita, al parecer, está extraída del Nuevo Bachillerato Ecuatoriano. No me he propuesto entrar en una crítica detallada e inmisericorde de este concepto, en parte porque si he de decir la verdad, define con bastante exactitud mi propio estilo de vida a lo largo de los años, y no me da la gana autoflagelarme hoy. Lo único que sí diré es que no entiendo qué chucha hace este excelente, respetable y recomendable concepto en una constitución, o llegados a eso, en un bachillerato. Es como si viéramos al venerable pastor de la iglesia de enfrente entrar en un burdel de barrio. Shocking! Bueno, ya soy viejo para escandalizarme de cualquier cosa, pero lo que quiero decir es que si de lo que se trata es de un "estilo de vida", y si vivimos en un regimen que no sea totalitario, entonces este "estilo de vida", por muy entrañable que nos resulte, es solamente uno entre los decenas de miles de estilos de vida entre los cuales cada ciudadano podría libremente escoger para sí, y si digo decenas de miles es por un censurable brote de cinismo que me impide decir millones, dando a entender que lamentablemente hay personas con tan poca imaginación que preferirán reproducir un estilo de vida ajeno y usado antes de molestarse en crear uno propio. Pero bueno, allí está, rodeado de artículos constitucionales como Danaë con su oro, los ojos piadosamente cerrados, con esa expresión entre boba y lujuriosa propia de las que se saben privilegiadas más por el atractivo superficial de su elevación pectoral que por otras cualidades. ¿Qué le vamos a hacer?
Pero es que la cosa da de sí. Es raro encontrar tanta mala leche, tanta uva agria, destilada en tan pocas palabras. Ecuatorianos, olvídense de "tener" "aquello" que tienen "los más ricos". Confórmense con menos. Para ustedes los Nokia, para ellos los Blackberry. Si tienen hijos inusualmente tontos, podrán incluso meterles el cuento de que su relativa pobreza no es tal, pues lo importante no es tener sino ser, y hay una especie de ley espiritual que establece el tener y el ser en proporción inversa ineluctable. ¡No se rían, niños! Es verdad: quien más tiene, menos es, y quien menos tiene, es más. Claro que después de cubrir las necesidades. No me acuerdo de los detalles de esta ley ni de su demostración; consulta al párroco más cercano. Él sabrá orientarte.
En cuanto a la sencillez de ese estilo de vida, no sé cómo me trae a flor de labios el nombre de Pánfilo. O de Amarílis. Desde siempre, los burgueses ociosos se han entretenido imaginando un idilio pastoril en que un igualmente ocioso campesinato se entretiene componiendo sonetos amorosos a su amada, arrullados por el dulce fluir del bucólico arroyuelo y el alegre cantar de los inspectores del SRI. Si solamente dejáramos de lado nuestra malsana obsesión con tener, ¡cuán sencilla la vida y cuán pintoresca! Y de rebote, ¡cuán apta para figurar fugazmente en un spot televisivo del Ministerio de Inclusión Social en horario de sobremesa!
Ya está: ya me estoy autocaricaturizando. Porque, como ya dije, y como ya habrá quedado evidente desde hace mucho, soy un sucker de la peor especie, soy de aquellos que de niños pasmados pasaron a adolescentes confusos, neuróticos e intermitentemente contestatarios, y de ahí a adultos acomplejados y básicamente disfuncionales. Siempre me vanaglorié de no tener siquiera celular. Siempre vestí ropa vieja, arrugada y agujereada. Siempre viajé en autobus o en tren. Siempre busqué la manera de disociarme de aquella ostentosa afluencia que algo en mi crianza o en mis tempranas lecturas me había convencido era vulgar, superficial, materialista. Una vez escuché a una compañera de trabajos voluntarios hablar de Dave Stewart, ese guitarrista cojudote de los Eurythmics que insistía en tocar guitarra para una ex que le había dado pasaporte hacia mucho, como un "magnificent wreck", y sentí envidia indecible. Quería ser eso, un "magnificent wreck". Sólo en la segunda parte he tenido algo de éxito.
Ferozmente antimaterialista: este tópico inerme me define más de lo que quisiera. Y ahora lo material, el cuerpo vil, se está vengando que da gusto.
Cuando empecé a cuestionar mi postura fue cuando la Carmen me dio pasaporte por el pecado de, en sus palabras, "tener agujeritos en los zapatos taladraditos por las uñas de tus gatos". Lo peor, según ella, es que esos agujeritos ni siquiera eran, para mí, motivo de angustia ni de congoja. Los aceptaba taoistamente como consecuencia lógica de los instintos felinos. Eso para ella, para la Carmen, fue intolerable.
Nunca se me había ocurrido que uno podría perderse el amor de su vida por tener agujeritos gatunos en sus zapatos.
Pero no quería hablar de eso.
Hoy es miércoles, el día de desasnarse ritualmente en economía mediante lecturas en Internet, con referencia especial a la crisis desatada por la burbuja de derivados de préstamos hipotecarios. Siempre, desde que se desató la crisis, y este blog lo atestigua, mi actitud ha sido algo fundamentalista y poco solidaria, lo reconozco. Siempre me pareció que había dos opciones: el realismo y la fantasía. El realismo dicta que uno pague sus deudas y viva dentro de sus medios, eso sí, intentando superarse en cuestión de poder adquisitivo (soy converso tardío a la religión del enriquecimiento insensato: los conversos somos plastas, no nos salvamos ni uno). La opción fantasía, en cambio, toma como punto de partida cualquier cosa menos la fea realidad. Empieza con derechos, sean constitucionales o adquiridos. No importa que no pueda pagar lo que tengo: la cuestión es que lo tengo y no lo quiero perder. ¿Cómo...?
Y se me ocurre, en ésas, que los Buenos Vividores podríamos tener algo que decir al respecto.
Por un lado, ellos van bajando la montaña. Les asusta el paisaje acá abajo. Nosotros, los Buenos Vividores, que nunca la escalamos, estamos para ayudarlos. Sólo hace falta que no lo estropeemos. Sólo hace falta dejar que trabaje la magia del silencio. Que no se escuche ninguna voz de político diciendo "saben, lo nuestro es lo correcto, ustedes los equivocados". Ni que saquen la lengua. Sólo hace falta un poco de cortesía, de solidaridad de la buena.
Y recordarles que no todo es fealdad aquí abajo, en el lodo. Yo todavía sueño con mi menú del día, con mi sepia a la plancha, con las patatas bravas y el manchego de la casa. Eso sí era buen vivir, y lo demás, cuento. Sólo que para descubrirlo, más que constituciones sirve tener paladar.
Pero es que la cosa da de sí. Es raro encontrar tanta mala leche, tanta uva agria, destilada en tan pocas palabras. Ecuatorianos, olvídense de "tener" "aquello" que tienen "los más ricos". Confórmense con menos. Para ustedes los Nokia, para ellos los Blackberry. Si tienen hijos inusualmente tontos, podrán incluso meterles el cuento de que su relativa pobreza no es tal, pues lo importante no es tener sino ser, y hay una especie de ley espiritual que establece el tener y el ser en proporción inversa ineluctable. ¡No se rían, niños! Es verdad: quien más tiene, menos es, y quien menos tiene, es más. Claro que después de cubrir las necesidades. No me acuerdo de los detalles de esta ley ni de su demostración; consulta al párroco más cercano. Él sabrá orientarte.
En cuanto a la sencillez de ese estilo de vida, no sé cómo me trae a flor de labios el nombre de Pánfilo. O de Amarílis. Desde siempre, los burgueses ociosos se han entretenido imaginando un idilio pastoril en que un igualmente ocioso campesinato se entretiene componiendo sonetos amorosos a su amada, arrullados por el dulce fluir del bucólico arroyuelo y el alegre cantar de los inspectores del SRI. Si solamente dejáramos de lado nuestra malsana obsesión con tener, ¡cuán sencilla la vida y cuán pintoresca! Y de rebote, ¡cuán apta para figurar fugazmente en un spot televisivo del Ministerio de Inclusión Social en horario de sobremesa!
Ya está: ya me estoy autocaricaturizando. Porque, como ya dije, y como ya habrá quedado evidente desde hace mucho, soy un sucker de la peor especie, soy de aquellos que de niños pasmados pasaron a adolescentes confusos, neuróticos e intermitentemente contestatarios, y de ahí a adultos acomplejados y básicamente disfuncionales. Siempre me vanaglorié de no tener siquiera celular. Siempre vestí ropa vieja, arrugada y agujereada. Siempre viajé en autobus o en tren. Siempre busqué la manera de disociarme de aquella ostentosa afluencia que algo en mi crianza o en mis tempranas lecturas me había convencido era vulgar, superficial, materialista. Una vez escuché a una compañera de trabajos voluntarios hablar de Dave Stewart, ese guitarrista cojudote de los Eurythmics que insistía en tocar guitarra para una ex que le había dado pasaporte hacia mucho, como un "magnificent wreck", y sentí envidia indecible. Quería ser eso, un "magnificent wreck". Sólo en la segunda parte he tenido algo de éxito.
Ferozmente antimaterialista: este tópico inerme me define más de lo que quisiera. Y ahora lo material, el cuerpo vil, se está vengando que da gusto.
Cuando empecé a cuestionar mi postura fue cuando la Carmen me dio pasaporte por el pecado de, en sus palabras, "tener agujeritos en los zapatos taladraditos por las uñas de tus gatos". Lo peor, según ella, es que esos agujeritos ni siquiera eran, para mí, motivo de angustia ni de congoja. Los aceptaba taoistamente como consecuencia lógica de los instintos felinos. Eso para ella, para la Carmen, fue intolerable.
Nunca se me había ocurrido que uno podría perderse el amor de su vida por tener agujeritos gatunos en sus zapatos.
Pero no quería hablar de eso.
Hoy es miércoles, el día de desasnarse ritualmente en economía mediante lecturas en Internet, con referencia especial a la crisis desatada por la burbuja de derivados de préstamos hipotecarios. Siempre, desde que se desató la crisis, y este blog lo atestigua, mi actitud ha sido algo fundamentalista y poco solidaria, lo reconozco. Siempre me pareció que había dos opciones: el realismo y la fantasía. El realismo dicta que uno pague sus deudas y viva dentro de sus medios, eso sí, intentando superarse en cuestión de poder adquisitivo (soy converso tardío a la religión del enriquecimiento insensato: los conversos somos plastas, no nos salvamos ni uno). La opción fantasía, en cambio, toma como punto de partida cualquier cosa menos la fea realidad. Empieza con derechos, sean constitucionales o adquiridos. No importa que no pueda pagar lo que tengo: la cuestión es que lo tengo y no lo quiero perder. ¿Cómo...?
Y se me ocurre, en ésas, que los Buenos Vividores podríamos tener algo que decir al respecto.
Por un lado, ellos van bajando la montaña. Les asusta el paisaje acá abajo. Nosotros, los Buenos Vividores, que nunca la escalamos, estamos para ayudarlos. Sólo hace falta que no lo estropeemos. Sólo hace falta dejar que trabaje la magia del silencio. Que no se escuche ninguna voz de político diciendo "saben, lo nuestro es lo correcto, ustedes los equivocados". Ni que saquen la lengua. Sólo hace falta un poco de cortesía, de solidaridad de la buena.
Y recordarles que no todo es fealdad aquí abajo, en el lodo. Yo todavía sueño con mi menú del día, con mi sepia a la plancha, con las patatas bravas y el manchego de la casa. Eso sí era buen vivir, y lo demás, cuento. Sólo que para descubrirlo, más que constituciones sirve tener paladar.
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