Gabriela, tajante
Como casi siempre.
"Es necesario que recuperemos un sano temor a la democracia sin límites." Los populistas se reirán o harán muecas: ¿cómo puede haber demasiada democracia? Si la democracia es buena, más democracia es mejor... a menos que uno tenga algo que esconder, algún privilegio inconfeso que teme perder. Bien: se puede responder con oscuras referencias a la digitalis (ya saben, un poquito y te salvas, un poquito más y te matas, etc). Se puede preguntar, respetuosamente, por qué los adalides de que "el pueblo se pronuncie" gastan tanta plata en explicarle a ese pueblo en qué sentido tiene que pronunciarse (¿será que no se fían de ese gran pozo de sabiduría?); pero es más sencillo preguntar, como ya hice en un post anterior: ¿y si el pueblo elige democráticamente aniquilar la democracia, como quiso hacer allá en Argelia hace unos años? Si la decisión es de abolir las elecciones para siempre, ¿hay que acatarla? Y si no, ¿en base a qué principio desobedecemos tan manifiesta voluntad popular? Y otra pregunta, esta vez para los introvertidos: ¿cuál es el secreto del coño? Eso de volver al útero, a instalarse quiero decir, ¿qué se espera encontrar allá? ¿Puestos de hamburguesas? Pero no hay que suponer tanto: no creo que el apego a la "voluntad popular" necesariamente derive de un Thanatos freudiano, de un deseo más o menos consciente de aniquilarse dentro del colectivo, del Heimat, ni de proyectarse en esos mentones cuadrados y esa entrañable brutalidad de los afiches de propaganda (somos buenos, no tontos). Sucede, simplemente, que nos cansamos de ser hombres de tanto pensar, de tanto diferenciarnos, de tanto defender territorio palmo a palmo. Además, en el colegio, y esto se hizo a propósito, no nos dieron armas conceptuales para defendernos contra las reivindicaciones y las exigencias de la chusma. No hay nadie, pero nadie, que ose ponerle peros a la "democracia", que hasta a Yahvéh le tiene comiendo de su mano. Tan sólo podemos mostrarnos tiquismiquis en las definiciones y en los protocolos, y esperar que esa poca cosa que me diferencie del vecino nunca llegue a figurar en el boletín de los nuevos pecados sociales. Al final, hasta se envalentonaron a susurrar que "derecho" era algo "colectivo", o no era: y sucumbimos como tontos. Nos ganaron la partida.
Lo que nos queda (lo he ido intuyendo estos días) es la simple dignidad (y por eso tanta febril impaciencia de parte de los amos por apropiarse también de esta palabra). ¿Quieren mi plata? Tomen: nunca tuve mucha de todas maneras. ¿Quieren nuestra "cultura"? Tomen, llévensela a su Ministerio: de todas maneras, nunca tuvimos mucha, tampoco. ¿Quieren el vino que antaño animaba nuestras tertulias los domingos? Tengan: siempre nos queda la gaseosa. ¿Quieren mi equipo de fútbol? Llévenselo: de todas maneras nunca ganaba nada. ¿Quieren hacerse con la educación de mis hijos? Bueno, los colegios de aquí de todas maneras no eran ninguna maravilla. ¿Quieren mi reputación? Enlódenla: de todas maneras, nunca tuve tantos amigos. Y así, y así, pero a la mente del tirano*, nunca llega la tranquilidad: siempre le irrita el pensamiento de que tal vez, en algún rincón del país, quedará algún ser con dignidad, con aquélla que no se reparte desde el ministerio, sino que nace de dentro. Y se le irá poco a poco la mano. Trazos más gruesos, letra más grande y paranoica, exigencias más histéricas: habrá un referéndum con 10 preguntas que se resumen en una sola: ¿soy el más bello? ¿Soy el único a quien se le puede confiar la justicia? ¿soy el más bello? Y mientras que casi todos dirán que sí, esas voces sin nombre que lo estropean todo dirán que no.
Y nunca sabrá, como Absalóm, qué fue lo que le dio en la cabeza. Porque mi teoría es que todos tienen un límite, y un punto de ebullición.
* Acabo de leer este interesante artículo en que el autor expresa algo similar, respecto a la hipótesis de que los tiranos sí tienen cabeza, y además, resienten. Recomendable.
"Es necesario que recuperemos un sano temor a la democracia sin límites." Los populistas se reirán o harán muecas: ¿cómo puede haber demasiada democracia? Si la democracia es buena, más democracia es mejor... a menos que uno tenga algo que esconder, algún privilegio inconfeso que teme perder. Bien: se puede responder con oscuras referencias a la digitalis (ya saben, un poquito y te salvas, un poquito más y te matas, etc). Se puede preguntar, respetuosamente, por qué los adalides de que "el pueblo se pronuncie" gastan tanta plata en explicarle a ese pueblo en qué sentido tiene que pronunciarse (¿será que no se fían de ese gran pozo de sabiduría?); pero es más sencillo preguntar, como ya hice en un post anterior: ¿y si el pueblo elige democráticamente aniquilar la democracia, como quiso hacer allá en Argelia hace unos años? Si la decisión es de abolir las elecciones para siempre, ¿hay que acatarla? Y si no, ¿en base a qué principio desobedecemos tan manifiesta voluntad popular? Y otra pregunta, esta vez para los introvertidos: ¿cuál es el secreto del coño? Eso de volver al útero, a instalarse quiero decir, ¿qué se espera encontrar allá? ¿Puestos de hamburguesas? Pero no hay que suponer tanto: no creo que el apego a la "voluntad popular" necesariamente derive de un Thanatos freudiano, de un deseo más o menos consciente de aniquilarse dentro del colectivo, del Heimat, ni de proyectarse en esos mentones cuadrados y esa entrañable brutalidad de los afiches de propaganda (somos buenos, no tontos). Sucede, simplemente, que nos cansamos de ser hombres de tanto pensar, de tanto diferenciarnos, de tanto defender territorio palmo a palmo. Además, en el colegio, y esto se hizo a propósito, no nos dieron armas conceptuales para defendernos contra las reivindicaciones y las exigencias de la chusma. No hay nadie, pero nadie, que ose ponerle peros a la "democracia", que hasta a Yahvéh le tiene comiendo de su mano. Tan sólo podemos mostrarnos tiquismiquis en las definiciones y en los protocolos, y esperar que esa poca cosa que me diferencie del vecino nunca llegue a figurar en el boletín de los nuevos pecados sociales. Al final, hasta se envalentonaron a susurrar que "derecho" era algo "colectivo", o no era: y sucumbimos como tontos. Nos ganaron la partida.
Lo que nos queda (lo he ido intuyendo estos días) es la simple dignidad (y por eso tanta febril impaciencia de parte de los amos por apropiarse también de esta palabra). ¿Quieren mi plata? Tomen: nunca tuve mucha de todas maneras. ¿Quieren nuestra "cultura"? Tomen, llévensela a su Ministerio: de todas maneras, nunca tuvimos mucha, tampoco. ¿Quieren el vino que antaño animaba nuestras tertulias los domingos? Tengan: siempre nos queda la gaseosa. ¿Quieren mi equipo de fútbol? Llévenselo: de todas maneras nunca ganaba nada. ¿Quieren hacerse con la educación de mis hijos? Bueno, los colegios de aquí de todas maneras no eran ninguna maravilla. ¿Quieren mi reputación? Enlódenla: de todas maneras, nunca tuve tantos amigos. Y así, y así, pero a la mente del tirano*, nunca llega la tranquilidad: siempre le irrita el pensamiento de que tal vez, en algún rincón del país, quedará algún ser con dignidad, con aquélla que no se reparte desde el ministerio, sino que nace de dentro. Y se le irá poco a poco la mano. Trazos más gruesos, letra más grande y paranoica, exigencias más histéricas: habrá un referéndum con 10 preguntas que se resumen en una sola: ¿soy el más bello? ¿Soy el único a quien se le puede confiar la justicia? ¿soy el más bello? Y mientras que casi todos dirán que sí, esas voces sin nombre que lo estropean todo dirán que no.
Y nunca sabrá, como Absalóm, qué fue lo que le dio en la cabeza. Porque mi teoría es que todos tienen un límite, y un punto de ebullición.
* Acabo de leer este interesante artículo en que el autor expresa algo similar, respecto a la hipótesis de que los tiranos sí tienen cabeza, y además, resienten. Recomendable.
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