Modelo de economista sin mentón

Krugman se ha cabreado. Es fácil: después de la matanza de Tucson, él estuvo entre los primeros a guardar columna para culpar a los Partidarios del Té, a “la derecha”, a la Palin, a la “cultura de las armas”, a los sospechosos habituales. Luego trascendió que el tipo en cuestión (Loughner) era chifladote tirando a izquierdosito, su arma no era “legalmente obtenida”, y guardaba rencor contra la Giffords desde mucho antes de que Palin o Tea Party fueran vocablos conocidos para quienes no fueran historiadores o adictos a los Python. Menudo chasco. Quedó, de nuevo (ya debe de conocer bien la sensación) en ridículo. Así que su columna, que en alarde de pluralismo el Universo nos traduce junto a los devaneos de la Calderón y otros peligrosos extremistas, se convierte desde mañana (promesa solemne) en lanzagranadas de la izquierda peleona y rencorosa, la que no contenta con disentir o con pavonearse, ataca, insulta y enloda. Claro que todo ello en aras de la paz, de la armonía y de la buena convivencia. Él lo explica así.

Un lado de la política estadounidense considera que el estado moderno de asistencia social –una economía de empresa privada, pero en la cual se cobran impuestos a los ganadores de la sociedad para que cubran el costo de una red de seguridad social– es moralmente superior al violento y descarnado capitalismo que teníamos antes del New Deal. Tan solo es correcto, cree esta parte, que los ricos ayuden a los menos afortunados.

La otra parte cree que la gente tiene derecho a quedarse con lo que ganan, y que cobrarles impuestos para mantener a otros, sin consideración a cuánto lo necesiten, equivale a robo. Eso es lo que está detrás de la predilección del derecho moderno por la retórica violenta: muchos activistas de la derecha realmente consideran que los impuestos y la normatividad son imposiciones tiránicas sobre su libertad.
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…)Los lectores asiduos saben de qué lado del cisma estoy. En columnas subsiguientes no dudaré en pasar mucho tiempo destacando la hipocresía y falacias lógicas del grupo de “Yo lo gané y tengo el derecho a conservarlo”. Y también tendré mucho que decir con respecto a cuán lejos estamos verdaderamente de ser una sociedad de oportunidades iguales, en la cual el éxito dependa exclusivamente de los propios esfuerzos.

Bueno. Antes de empezar a comentar esto, dejar claro que el título me vino por un anuncio que cada vez que subo en el Metrovía camino a casa me siento obligado a mirar atentamente, para asegurarme de que sigue exactamente tan irritante como ayer, ni más ni menos. En este anuncio, es cuestión de una tipa que empieza siendo modelo de estudiante, lo cual se manifiesta únicamente en una serie de poses coquetos de vedette (será que estudia en el Espíritu Santo). Luego se toma un líquido que parece que tiene las mismas propiedades que las espinacas de Popeye. Se le inflan los airbags, se convierte en modelo de ejecutiva: para ser ejecutiva, claro, el truco está en saber menear las caderas y el dedo índice al mismo tiempo, maniobra que le sale a la perfección, con la ayuda del Líquido. A continuación, la vemos descargando compras del carro y admirándose en el retrovisor: es modelo de madre. Después de darle un beso al niño, se convierte en modelo de mujer, lo cual conlleva compartir su Líquido con un repentino macho, cuya notable capacidad para manejar varonilmente la Botella le arranca un admirativo suspiro. Corte misericordioso.

La verdad sea sustituida, cada vez que veo ese anuncio pienso en Krugman. No tanto por el parecido físico (no me consta que a Krugman le luzca un vestido de satén largo en azul cobalto: tendría que convencerme) sino por esa extraordinaria pluralidad de vocaciones. Modelo de economista de la escuela de los sin mentón (ósea, compañerito del Stiglitz), a continuación modelo de premio Nobel (triunfal, le abre fila una muchedumbre sueca, algunos se desmayan: escribió sobre el Comercio Internacional), modelo luego de periodista del NYT, con pajarita y chaleco, y ahora modelo de polemista escrupulosamente libre de violenta retórica, por si las moscas. Todo un fenómeno, el tipo. Pero no por lo citado, que parece más bien un panfleto al estilo El Telégrafo: por lo menos, dejémoslo en eso para no tener que cambiar la etiqueta de este blog (el Antitelégrafo). Veamos.

Primero, lo positivo. Krugman ensaya el paternalismo (“realmente consideran”: ustedes, lectores inteligentes, no habrán encontrado a esa extraña fauna política, pero en serio, ¡dicen eso!) pero no puede evitar de constatar que hay, por increíble que parezca, quienes no están de acuerdo con él. Para su analista, seguro que se tratará de todo un hito en su historial. Además, y no es moco de pavo, en el artículo no insiste sobremanera en “derecha” e “izquierda” como etiquetas fundamentalistas. ¿Por qué es tan de agradecer eso? Porque en EEUU, esos términos vienen sobrecargados de connotaciones a cuál más desorientadora. Ya hemos visto como al Tea Party le han intentado por todos los medios colgarle el sambenito de derecha social, de ser una agrupación de Creacionistas, xenófobos, homófobos y todos los ófobos que se hayan inventado últimamente sin que nosotros lo sepamos. Puede que algo de eso exista, pero Krugman sabe que por ahí no van los tiros… digo, los respetuosos intercambios de plumas de edredón. El debate es, como aquí consta, en torno al modelo del estado. (Modelo de estado… hum. Tómate tu botella de referendorade con Menos Calorías, y ¡serás imparable, nena!)

A partir de ahí, la cosa va de mal en Guatepeor. Fíjense en esto: “Tan solo es correcto, cree esta parte, que los ricos ayuden a los menos afortunados.” Es decir, los otros, los que creen que “la gente tiene derecho a quedarse con lo que ganan” no pueden creer también, al mismo tiempo, que ayudar a los menos afortunados sea lo correcto; es decir, Krugman no reconoce que tener derecho a quedarse algo no es óbice para ejercer la generosidad regalándolo. No puedo, según Krugman, ser partidario de que los ricos ayuden a los pobres, y al mismo tiempo creer, por una serie de razones, que el Estado no debe mezclarse en ese tema o en ese proceso necesario. No puedo… pero a pesar de tan mosaica prohibición, yo sí lo creo. Algo misterioso, por decir lo menos.

Krugman sólo reconoce dos posturas: la estatista, supuestamente motivada por un alto sentido del deber moral, propia de gente culta, responsable y compasiva, y por otro lado la egoísta, infantil e insolidaria, la de los “ricos” que sólo quieren acaparar sus (¿mal habidas?) ganancias y que los demás se jodan o coman pastel: digamos, la Tendencia Marie Antoinette. Y es revelador lo que dice acerca del origen de esta “cisma”:

Este profundo cisma en la moralidad política de los estadounidenses –ya que a eso equivale– es un progreso relativo en fechas recientes. Comentaristas que anhelan con nostalgia los días de civilidad y bipartidismo, se den cuenta de ello o no, anhelan los tiempos en que el Partido Republicano aceptaba la legitimidad del Estado asistencialista, e incluso estaba dispuesto a contemplar su expansión.


Ahí se queda. No se le ocurre indagar más en el creciente fenómeno del antiestatismo libertario más o menos radical, pues sería molestoso reconocer que, por un lado, una libertad relativa engendra, con el tiempo, deseos de libertad absoluta, y que por otra parte, esta libertad relativa está siendo amenazada a nivel global, y que la elección está entre transigir o aceptar un futuro siniestramente orwelliano. Pero eso es otra historia y otro post.

El error más básico de Krugman, creo, es confundir la ética con la moralidad. Para él, si ese “estado de asistencia social” actúa de una manera “moralmente superior” a ese otro que él caricaturiza (ese “violento y descarnado capitalismo” que había antes de que descendiera del cielo FDR), eso de por sí es motivo por defenderlo: no hay más discusión. Lo que no parece entender es que la moralidad es cosa de uno. Yo tengo mis valores morales, él los suyos, tú los tuyos. Puede que todos tres coincidamos en que haya que ayudar a los necesitados, o en que fuera bueno que “los ricos” lo hagan; puede incluso (aunque no es el caso) que todos estemos de acuerdo en que quien más eficazmente puede cumplir ese rol es el Estado; pero aun en ese supuesto, no queda justificada la coerción estatal, por la simple razón de que ni yo ni él ni tú somos el centro del universo: no somos, ni que fuéramos trescientos millones menos uno, árbitros privilegiados del Bien y del Mal, como para imponerles a otros nuestras creencias. Lo de “moralmente superior” es sólo su criterio. ¿Según qué razonamiento se justifica que el criterio moral de un economista tirado a columnista, por muchos amigos y seguidores que tenga, deba servir para determinar el modelo de un estado de trescientos millones de habitantes? Lo que observamos aquí es, a fin de cuentas, una “moralidad” infantil, penosamente subdesarrollada: se predica, con enorme autosuficiencia y cierto aire de haber descubierto América, que hay que “ayudar” a los que “menos tienen”, pero se rechaza algo tan básico, en las esquemas morales de un adulto formado, como que los derechos de un individuo (hasta el supuesto derecho de ir imponiendo su “moralidad”) terminan donde empiezan los ajenos. Esta doctrina, que hace tiempo que no se enseña en las escuelas, no es un simple enunciado moral: tiene que ver con la ética, bony, la ciencia de la convivencia, o dicho de otro modo, el álgebra de las relaciones humanas.

Si realmente un estado respeta el derecho de todos por igual, se llama Estado de Derecho: cosa que Krugman nombra al final de su artículo, sin aparentemente saber lo que significa. Para él, parece significar que los de la Otra Tendencia no deban usar violencia ni amenazas de violencia. Tal exigencia, sin embargo, no se extiende a su propia secta, pues él está más que satisfecho con la situación actual, en que el Estado usa sistemáticamente las amenazas de violencia para percibir esos tributos que supuestamente sirven para realizar ese labor “moralmente superior” que él ensalza (el cual, no lo olvidemos, incluye esa violencia algo más cruda que se practica en Iraq y Afganistán: todo eso y más lo soporta el tan excelsamente moral Federal Tax Dollar). De modo que, según Krugman, si me niego a pagar mis impuestos al Estado con la intención de destinar esa cantidad a Amnistia Internacional en lugar de destinarla a la compra de armas para matar más afganos, la violencia y el encarcelamiento están totalmente justificados para combatir mi egoísmo e inmoralidad; en cambio, si hablo de sacar a la fuerza a los parásitos de Washington, tal lenguaje violento es altamente censurable. Será.

Sabemos que otra concepción del estado es posible. Ese estado tiene el deber de ajustarse a la ética, que es universal, y en ningún caso a la moralidad, que es personal. No exigirá donaciones a la fuerza a nadie: sin embargo, no hay nada que impida que ejerce labor social, en base a donaciones voluntarias. En tal caso, tendrá que convencer a sus potenciales clientes de que su dólar será mejor gastado que si se donara a la competencia, es decir a la beneficencia privada; por tanto, tendría que demostrar eficiencia, cosa que en la actualidad nadie, ni el más acérrimo estatista, acusaría a cualquier estado de manifestar. Y si un Krugman, en su inmensa bondad, tiene inquietudes morales que viertan sobre la ayuda a los necesitados, lo único que tiene que hacer es persuadir a los demás para que adopten esa moralidad como suya. Persuadir: no exigir con rabietas, y menos imponer sus creencias a punta de metralleta, que es, como queda demostrado, el camino Krugmaniano.

Comments

  1. La teoría de que el “Omnisapiente” estado en los Estados Unidos le quita a los ricos para dárselo a los pobres falla, y mucho; Y de qué manera, en muchas ocasiones les QUITA a los POBRES para dárselo a los VAGOS.

    Ejemplo: Un obrero soltero es descontado UN DIA de SUELDO a la semana. Ese día de trabajo es DURO empacando tejas en grupos de 5 a la vez (50 libras), 32 grupos en una caja, OCHO HORAS al DIA, luego de lo cual el obrero termina literalmente molido de cansancio.

    Parte de ese día de trabajo el estado se lo adjudica al hijo del vecino del obrero, que vive en casa de sus padres y que ha decidido llevar su vida de manera holgada consumiendo drogas con su esposa y procreando hijos, ninguno de los dos trabaja, el estado les da dinero por sus ya CINCO HIJOS.

    De esos casos hay CIENTOS de MILES y se seguirán reproduciendo mientras papá estado les siga manteniendo el vicio. Quitándole a los pobres para dárselo a los vagos.

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  2. ¨Sabemos que otra concepción del estado es posible. Ese estado tiene el deber de ajustarse a la ética, que es universal, y en ningún caso a la moralidad, que es personal¨.


    Pero, Endivio, ¿existe tal cosa como una ¨ética universal¨?
    Hay una gran variedad de posturas éticas (ética hedonista o platónica, por dar un par de ejemplos), ¿cuál es esa ¨ética¨ que aquellos encargados de dirigir el estado deberían seguir?
    O te refieres a la ética en un sentido ¨laxo¨ o a la acepción de la RAE ¨recto, conforme a la moral¨ (o a la ética como rama de la filosofía o a una ética científica, valdría una definición precisa de lo que entiendes por ética).

    Cuando dices que la moralidad es personal, ¿estás haciendo una precisión de que la práctica de la moral se limita al individuo?

    Ya que la moral es un conjunto de normas que se presentan en determinada sociedad, con el objetivo de servir a sus integrantes como una guía conductual, para la preservación de ese grupo. Una práctica moral implica un grupo social, no hay tal cosa como una ¨moral individual¨, ¿cómo un estado podría, ya que se supone es una estructura de gobierno de determinado país, negar sujetarse a un comportamiento moral o a una moralidad (que inclusive en ocasiones se manifiesta por medio de las leyes), si se entiende que su aplicación es social, y de qué manera un estado podría sujetarse a una ¨ética¨ (que es individual, hasta en su étimología se refiere al ethos o carácter) ?

    Existen estados que siguen normas morales determinadas (estado iraní con el código moral islámico), creo que con tus ejemplos posteriores intentas aplicar una escala de valores a lo que consideras tu visión del estado, una ¨ética peregrina¨, pero, sinceramente, me resulta confuso al no definir una escuela ética y los planteamientos que implican una negación de la moral.

    Y en cuanto a Krugman, ese Señor parece que sigue viviendo en el ¨lejano oeste¨, con todos sus ¨héroes y villanos¨, si se tranquilizara y se detuviera a pensar las cosas, creo que sería capaz de hacer observaciones más interesantes.

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  3. DZ: No sé cómo se me pasó por alto este comentario, que acabo de leer.

    Para mí el asunto es relativamente sencillo. La ética es sencillamente la negación del poder: es decir, consiste en reconocer la igualdad de los seres humanos como agentes libres y actuar en consecuencia. Su formulación práctica es la tradicional regla de oro; en lo político, un estado que reconociera explícitamente mencionada igualdad sería un estado ético (una abstracción, evidentemente, algunos dirían una imposibilidad, pero eso es otra cuestión). La moral, en cambio, se refiere a todas esas normas de comportamiento que los seres humanos adoptamos ora por influencia cultural, ora por convencimiento propio. Discrepo en lo que dices "no hay moral individual", de hecho me parece terrorífica tal afirmación. Cada uno tenemos un criterio moral que difícilmente será equivalente en todo al del vecino, por mucho que se origine en una determinada cultura (muchas veces minoritaria, como es el caso de un Plymouth Brethren que viva rodeado de la "inmoralidad" de la sociedad occidental).

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