Robinson Crusoe

Pueden encontrar la música aquí. Supongo que la serie nunca llegó a este lado del Atlántico. Un poco de explicación, entonces: salió en la tele cuando yo tenía cuatro años, siendo repetida numerosas veces desde entonces. Una curiosidad, se filmó sin diálogo, el cual fue añadido posteriormente, en varios idiomas europeos. Discutiblemente, fue la producción televisiva pan-europea más exitosa, más querida, de todos los tiempos. Esta noche tuve el capricho de buscar esa musica, la de los primeros títulos de la serie, en línea, confiado en que a otras personas esa maldita melodía les habrá resultado tan inolvidable que para mí. Parece que así es. Y ahora, escuchándola después de cuarenta y tantos años, me doy cuenta de que esa música no tiene nada. Pero nada. Es un tema que cualquier colegial con seis meses de solfeo podría garabatear en cinco minutos. Pero aun y así, es de esas melodías que se dicen "haunting". No sé. Que alguien que no se crió y destetó con esa música me diga si tiene algo o no.

Me ha gustado ver al actor principal, Robert Hoffman, de nuevo en esas páginas. Me había olvidado por completo de su aspecto. Es un actor, como todo en la serie, cuidadosamente pan-europeo. Alemán, un poco rubio para los gustos actuales, con un toque escandinavo aunque se supone británico. Mirada fría y penetrante. Lo que cautivaba, embelesaba a ese niño estirado delante de la tele, era un todo difícil de analizar. Entraba esa música, pero también entraba la historia, la situación, y sobre todo, los silencios, que en esa serie eran largos, hasta tal punto que para un joven espectador en la actualidad serían insoportables. No eran silencios de espera, o de incompetencia guionística. Al contrario, eran parte de la música incidental. Eran silencios protagonistas. Cuando no había narración, seguían contando.

Me imagino que todo niño sueña con ser naufragado en una isla desierta, con poder reinventar la civilización y los horarios a su gusto. La combinación de casa de caña con la cueva añadida era de un picante atroz. Queda, de todo eso, un sentimiento: el de la soledad, interpretada por esos lacónicos compases de melodía, es decir, no era una soledad heroica, tampoco trágica. La música lo que transmite es una mezcla de lírica nostalgia con dignidad y una extraña tranquilidad colindante con tristeza. Cuando Crusoe se encuentra con Friday, uno, siendo niño, no pensaba: ah, ahora viene el imperialismo y el racismo. Al contrario, uno sentía el goce de un hombre solitario que por fin encuentra compañía humana, y quiere bailar, quiere reir, antes de asimilar el hecho de que, realmente, hay muy poca comunicación posible entre ellos. Poca, pero ese poco era de incalculable valor. Como en la vida real.

Francamente, no recuerdo si en esa libre adaptación de Defoe entraba algún aliciente femenino (insisto, yo tenía 4 añitos). Creo que no: eran otros tiempos. Es interesante que para Joyce, la leyenda (pues tal ha llegado a ser) de Crusoe es el vivo retrato del imperialismo inglés: "de una crueldad inconsciente, de una inteligencia lenta pero eficaz, y sexualmente apática" (la cita no es exacta, mi memoria no es lo que era). A diferencia de los castaways modernos, Crusoe no se pasa todas las noches recorriendo las playas por si acaso llegue una copia de Hustler en una botella. Y no creo que ese detalle fuera porque la serie se emitía por las mañanas y otra vez a las cuatro de la tarde. El tipo, con su Biblia y su hedor a superioridad moral, era así. Lo tomas o lo dejas.

Claro que cuando uno es niño, todo, sin que te dés cuenta, huele a sexo, o mejor dicho, todo huele a aventura, a posibilidades de goce ilimitadas, habitantes en países fronterizos con tu imaginación. Si te faltan amazonas, están en la isla de al lado.

Mientras tanto (mejor dicho, una década más tarde, pero estamos en una vórtice temporal de todos modos, el Tercer Mundo eso tiene) mi esposa veía, al parecer, Daniel Boone. Otra serie que tampoco cruzó el Atlántico, que yo sepa. Interesante paralelismo, ambos tipos son actores medianamente guapos para su época (el Parker ése lucía hasta estatura), ambos son aventureros en un mundo salvaje y hóstil (en el caso de la serie Boone, tal hostilidad era pura retórica, pero bueno), ambos ostentan a su inevitable sidekick, de raza conquistada, servicial y leal. Ella quiso (me lo ha confesado) ser la esposa de Boone, que según veo en las retransmisiones se limita prácticamente a ser bonachona y un poco sosa y a lucir espléndidos vestidos largos en colores pastel, sin nada de décolletage. Pongamos que todos queremos ser lo que vimos en la tele con cuatro años: hay, entonces, una generación de europeos, la mía, que queremos vivir en una cueva en una isla cerca de la boca del Orinoco. Algunos han extrapolado desde Crusoe hasta la economía austríaca y el neoliberalismo: sea verdad o no, creo que ayuda a comprender a ciertas personas, tal vez yo entre ellas, si te paras a pensar que la televisión, a esa edad, ya nos estaba diciendo que no hacen falta gobiernos, sólo hace falta saber pescar.

Y la maldita melodía ésa viene y me da la razón.

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