Desafinado

En el 17 pasando por el puente esta mañana me puse a reir histéricamente.

El trovador manejaba guitarra y antara. Bien. Yo hacía eso hace un cuarto de siglo pero con armónica, y no cantaba. El recursivo trovador en medio del pasillo del autobus cantaba y rellenaba los fines de frase con tres notas de antara, descendientes. La cuestión es que las tres notas pertenecían a una escala totalmente ajena a la de la canción. No conseguí localizarlas, eso fue lo curioso, no conseguí trigonometrizar las notas de antara con las cantadas, para poder decir que tocaba en do y tenía antara en mi, o para poder decir que la antara tenía una desafinación equivalente a un cuarto de tono. No lo sabría decir. Sólo que la canción estaba en un universo, y la antara en otra, y que el empeño del trovador por casarlas rítmicamente daba risa histérica. Al final de cada sentida frase de la canción, venían esas tres notas que ni comentaban la frase, ni la adornaban, ni la contrastaban, ni la estropeaban, ni la interrumpían, simplemente no tenían nada que ver. Y fue ese magistral falta de nada que ver, esa yuxtaposición de dos universos ni siquiera paralelos, que daba gozo y algo de tristeza al mismo tiempo.

Toda la vida he tenido una especie de neurastenia, a lo Roderick Usher, con respecto a las esferas de las personas. Enciendo la tele, Ecuavisa, Contacto Directo (una belleza diaria, órdenes del médico), y veo a un tipo que dice ser alguien en la esfera de la judicatura. Es un animal acuático, sacado de The Wind in the Willows, tiene la cara medio anfibiosa, cara de haber desayunado lagartos y anguilas, tiene un discurso pausado, lento, hinchado de pretendido gravitas, pero que recuerda a un borracho intentado dárselas de sereno. Con ese trazo de artista que dibuja un círculo perfecto como quien no quiere la cosa, él nos delinea en pocas palabras su esfera. Es un lugar protegido por cristales oscuros: desde fuera parece lleno de corrupción, de podredumbre, de mediocridad, de autosuficiencia, de inmundicia. Desde dentro, con esas luces suaves y ese murmullo de bar coctelero, parece muy otra cosa. Allá todo el mundo, como en las finanzas, tiene centenares de años: los propios y aquellos adicionales que confieren el privilegiado saber, el abolengo de la secular jurisprudencia. Eso produce una actitud de paternalismo feroz. Quien se atreva a criticar una actuación jurídica cualquiera lo hace desde la dicharachera y pintoresca ignorancia del lego. Además, el "político populista" "miente". ¿Será? Se supone: "político" y "mentir" son seno y coseno; pero ¿y? Me quedé esperando, en vano, la frase importante, la humana, la que casaría su universo de algún modo con el mío. A ese gremio, empero, no le interesa demasiado confraternizarse con la especie humana. Complicaría demasiado la cosa.

JMLC tiene un post (recomendable) sobre los médicos: ¿son buenas o malas personas? Creo que la pregunta necesaria es otra: ¿son seres humanos? (Ser bueno o malo, eso son nimiedades si habitamos un mismo universo. Se puede llegar de uno a otro en avión en apenas tres horas.) Lo mismo pregunté, hace tiempo, sobre los banqueros. ¿Son seres humanos? Aparentemente, esa duda es compartida por el actual gobierno, pues no se atreve a concederles el derecho humano universal de comprarse un diario. Tal vez no lo son. Eso vuelve más llevable la tarea de ser humano, evidentemente, pues deja fuera del conjunto a los que no se pintan con nuestras marcas, y por tanto todos nuestros shibboleths de seres bien pensantes se vuelven más importantes, más entrañables. Pero en eso precisamente estriba el peligro. ¿Hasta qué punto, querido lector, tienes que ser como yo para calificar de persona con idénticos derechos o (mejor obviemos el vulgarismo) idénticas necesidades? ¿Hasta dónde la homogeneidad social? Si vamos descalificando, echando fuera de nuestro universo, a los gremios y a las subespecies más repugnantes, al final lo único que nos abriga contra el solipsismo es el uniforme de la estupidez, que nos permite todavía tener aliados o amigos.

(Me quedé pensando, en ese autobus, sobre las ganas que tenía de volver a ser busker, y por ende en el Comissar Nebot, ese perfecto hitleriano, que en el Malecón hasta tiene prohibida la música, y quién sabe si la sonrisa.)

En cambio, si haces un esfuerzo moral y aceptas como seres humanos hasta a los médicos y a los banqueros y a Jaime Nebot, entonces de repente la especie humana ya no parece tanto un hogar, y te das de bruces con la cuestión de las esferas.

Ellos viven en su mundo. Tú en el tuyo. Never the twain. Puedes, eso sí, ir a ver al médico, soportar los minutos que sea el consabido paternalismo oficioso. Somos buenos en eso de soportar: básicamente, como en el trabajo, te vuelves menos tú durante el tiempo estipulado, ahogas las particularidades, haces el papel. Pero a la avispa que te espía por la ventana, ese papel no le engaña en absoluto.

Nací y crecí en un país donde todavía había clases sociales opacas y estancas. Al conservador le interesaba cazar perdices o zorros, especular en la Bolsa, manejar un Range Roger, tener un aga en la cocina, hacerse flagelar los jueves por una discreta Madame. Con quitar el gorro delante suyo, cumplías. Ahora, algunos de sus gustos se han democratizado, otros, prohibido; además, la clase obrera es la que maneja plata, y la media, no. En España, la clase obrera simplemente desapareció (por eso se dice pesóe, con algo de prisas en la o), al ser reemplazada por técnicos o por sudacas, según el caso. A Copérnico todo eso le hubiera encantado. El baile de las esferas. Parecía que todo tenía un centro, y ahora de repente ese centro da vueltas alrededor de otra cosa. Nuestra necedad, creo, consiste en seguir buscando un centro.

Todos somos diferentes, todos tenemos nuestra esfera. Yo al valiente asambleísta le entiendo, a mi manera, claro, echándole a sus frases menos depuradas un personal adobo hecho de experiencias y de recuerdos: a veces "sí, una vez yo fui tan ingenuo como para pensar eso". Pero entenderlo, eso es la parte fácil. Su mística no depende de eso, sino de que reconozcamos a esa esfera que él habita como de alguna manera el centro de nuestra órbita, como algo de categoría superior. Reconociendo y rechazando ese instinto, nos quedamos con que él y yo somos distintos, así coincidamos en todo o en nada.  Sólo que yo lo reconozco, esa incompatibilidad de universos, y él no. Él cree tener algún reclamo sobre el mío. El presume de englobar.

En Inglaterra (the Guardian) un tal Moonbat ha escrito un artículo que "propone" que los que tengan dormitorios en su casa sin usar estén obligados a alquilarlos a los "necesitados". No se hicieron esperar los predictable howls of protest de parte de... claro, de parte de los dudosamente humanos, de los eternamente prescindibles, de los que por ser como son se autodescalifican. Uno esperaría que, en algún momento, le pase lo que a cualquier colegial, algún día, cuando su afán de impresionar le lleva a dar un paso en falso: ese silencio de reproche. Es algo que construye carácter. Lastimosamente, él como yo nunca salimos de nuestra tonta, elíptica y perfectamente mecánica órbita, y estamos en una época en que la definición de lo que calificara como tontería ha quedado en insondable misterio.

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