Dignidad redux

Me persigue como un vendedor de helados en una pesadilla.

El Ministerio dice que los antiguos invasores tendrán Soluciones Habitacionales con luz, agua y dignidad, cortesía del mismo Santa Claus, quien es sabido que antes de la apropiación de la Cocacola vestía de verde. Además, el precio mensual, la planilla de la dignidad, será módico, dentro de las posibilidades de cualquiera. Lo que hay que combatir son los traficantes de dignidad que te la ofrecen con sobreprecio. A veces me pregunto si hay cómo salirse del Espejo, volver a esa tierra donde las palabras tenían un significado más o menos estable, donde podías agarrar una taza sin que en tu mano se te transformara en erizo.

Una dignidad, según algunas definiciones, es algo que consigues, o en que te transformas, mediante pancartas en que apareces con algunos deditos levantados en plan auxiliar de jardin de infancia (vote a éste número) o levantando el puño en son de desafío: mi mamá puede dictarme cualquier cosa pero no mi orientación sexual, chucha. Cuando eres dignidad, te corresponderá una silla de tribuna y un aparcamiento privado. Bien. Pero no estamos hablando de eso.

La DRAE se acerca, pero como tantas veces, termina encogiéndose de hombros y con referencias circulares. Veamos: si queremos que se nos achaque dignidad, la gravedad y el decoro en el porte son buenos aliados, pero en el fondo (véase digno) persiste la problemática cuestión del merecimiento. Es por ello que puedo afirmar que durante gran parte de mi vida he buscado perderme la dignidad como sea. Uno se hace digno en la adolescencia vistiendo gabardinas largas e imitando un porte militar, pecho afuera. Más adelante, empero, esa falsa dignidad, tan fácilmente aceptada y homologada por los demás, se te vuelve corrosiva. En el fondo, uno se sabe no tan merecedor. No hay como sacarse de encima, sin embargo, tanta quitina incrustada. A pesar tuyo, empiezas a soñar con el amor, con ser descubierto, revalorizado. Quieres que alguien descubra cómo hacerte llorar, cómo aniquilar tus defensas, cariñosa e inmisericordemente. A partir de ello, renacerás.

No fue.

Pero algo queda de todo eso: la visión del ser humano prístino, destorcido, inocente y universalmente merecedor. Dejemos de intentar merecer eso y aquello: merecemos todo. Al lado de las alternativas conocidas, ser humano es algo así como ser un dios, aunque eso sólo se puede ver en los demás, difícilmente en uno mismo. Por ello, se puede afirmar que la dignidad, como la belleza, está en el ojo de quien la contempla. Y la viga en ese ojo es nuestro orgullo y nuestra presunción. Así de sencillo.

No sé quién habrá inventado esa dignidad que puede ser repartida, medida, solicitada o gravada. Lo único que sé es que nunca cumpliré con los requisitos para acceder a ella.

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