De nuevo, Supercom

Nunca me ha caído especialmente bien ese Pinoargote. Ahora creo que sé por qué:

"La libertad de expresión tiene su máxima expresión, valga la redundancia... pero hay un ambiente o un sistema de restricción a esa libertad. Por ejemplo, ya no se le puede decir a los gays maricas, a los afros no se les puede decir negros, a los ladrones no se les puede decir ladrones...".

No sé si habrá alguien entre mis lectores dispuesto a defender estas palabras, así, huérfanos de contexto como están y todo. Puedo equivocarme, pero a mí me parece que retratan a un locutor pomposo, incoherente e ignorante por partes iguales. Aun así y con todo, el tipo me resulta algo más simpático que nuestros nuevos Torquemadas de la Asamblea y de la Supercom, que hace poco se interesaron en la mencionada cita; y mi intención aquí es explicarles por qué. Al hacerlo, tendré que confiar en que por lo menos en este pequeño rincón del Internet, que si alguien lo visita es generalmente por equivocación, todavía "se puede decir" más o menos cualquier cosa, pues un bloguero a que apenas nadie lee (y a quien apenas nadie se acuerda de engrosarle la cuenta bancaria: poderes fícticos, CIA, oligarquía, tomen nota) hasta a nuestros más fanáticos censores les debe de resultar presa poco apetitosa.

En primer lugar, aclaremos una cosa. No es mi intención defender a Pinoargote, ni presentar argumentos a favor o en contra de cualquier interpretación de sus palabras, benévola o malévola, que el lector quisiera achacarles. El lector habitual de este blog, si tal existiera, ya sabrá de sobras que aunque Pinoargote hubiera declarado que los judíos eran una raza inferior, a la que habría que exterminar, o que los bebés irlandeses podrían servir como apetitosa vianda dentro de la dieta anglosajona, mi oposición a cualquier intento de censura de sus palabras sería exactamente la misma; y no solamente porque esta última opinión, bajo la pluma de Swift, ha logrado convertirse en lectura obligatoria de cualquier curso de iniciación en el género ensayístico. Mis razones por oponerme a la censura son dos, a saber:

(1) La existencia de cualquier tipo de censura es contraria al derecho a la libertad de expresión;
(2) La censura no sirve para nada bueno.

El primer enunciado me parece una obviedad, hasta una redundancia si se define "expresión", creo que sin mucha violencia, como cualquier acto emprendido en absoluta libertad que por su propia naturaleza no contribuya a coartar la libertad ajena. Claro que el hecho de que mi expresión no te reste un ápice de tu propia libertad no significa que no te vaya a ofender igualmente. Hay gente que realmente resulta especialista en eso de darse por aludida: mi propia experiencia me ha convencido de que no existe en el mundo expresión alguna, ni verbal, ni pictórica, ni artística, ni de ninguna clase, que no pueda ser usado por alguien en alguna circunstancia como pretexto para ofenderse. De modo que si la libertad de expresión tuviera que ejercerse bajo la directriz de "no ofenderás a nadie", muy poco nos quedaría de qué hablar, y olvídate de eludir la insulsez de la conversación con algún extracto de Tannhäuser o Parsifal. Me parece que ante la perspectiva de una "sociedad" compuesta por infantes petulantes, llorones y litigiosos consagrados en cuerpo y alma a la glorificación de la diosa Rabieta, mejor queda la sensatez y la tolerancia, cualidad que la mayoría de los adultos (pero no los asambleístas, ni tampoco algunos locutores televisivos) desarrollan con mayor o menor garbo y gracia antes de cumplir los 30 años.

Y a propósito de esto, una simple ilustración: la honorable asambleísta que impulsó la demanda contra Pinoargote, Alexandra Ocles, se expresa textualmente en estos términos:

“denigró al pueblo afroecuatoriano y a las personas con diversa orientación sexual”. (cursiva mía)

Que conste que no soy acólito de la denominada falacia etimológica (la misma que emplean algunos  incautos para argumentar contra el matrimonio gay, alegando que "matrimonio" viene de "madre", y que, por lo tanto...) Pero ya hace mucho que en inglés nadie que se precie de políticamente correcto usa el término equivalente "denigrate", pues de todos es sabido que su derivación etimológica remite a una supuesta equivalencia entre lo negro y lo oprobioso (sí: de-nigr-are, "ennegrecer completamente"->"insultar, criticar, ningunear"). De modo que si yo fuera ese tipo de persona pedante y repulsiva, podría hasta acusarle a la asambleísta Ocles por lo menos cierta falta de sensibilidad en el uso de las palabras. Cosa que no hago, porque para mí como para toda persona sensata, lo que cuentan son las intenciones. (Y ya tengo más de 30 años.)

En fin, podría alargar esta parte de mi argumento (que la censura es atentatoria contra la libertad), pero me resulta innecesario, pues los mismos autores de la Ley de Comunicación parecen reconocer implícitamente este punto, al insistir repetidamente que lo que se nos viene encima no es "censura previa" sino "responsabilidad ulterior". Lo cual, aunque aceptemos a regañadientes que "censura previa" no es un oxímoron (se entiende que previa a la difusión del contenido, no a su producción), sigue siendo una perfecta irrelevancia, pues la censura posterior (verdadero significado de "responsabilidad ulterior") dista de la previa solamente en el sentido de que es más eficaz, ya que permite aplicar mayores sanciones al tratarse de atentados supuestamente consumados contra la moral pública, etcétera, y no solamente "intentos de". Ante lo cual, insisto: hay que llamar las cosas por su verdadero nombre. El gobierno de Correa es un gobierno que pretende regular y controlar la comunicación a través de sanciones "posteriores", determinadas por un caprichoso y sibilino ente gubernamental ante el cual no existe recurso de apelación, por lo tanto, un ente dictatorial: se trata, entonces, de un gobierno que censura, como el de Cuba o el de la dictadura franquista en España aunque los métodos hayan evolucionado y tecnificado. Ya hemos visto en el caso de Bonil que dicha censura obedece, como suele ser el caso, exclusivamente al interés del propio gobierno, sea cual sea el pretexto de su actuación, de modo que alguna persona de fuera que no supiera nada de la trayectoria ni de Pinoargote ni de Ecuavisa, podría deducir sin dificultad que se trata de un comunicador y un canal no afines al régimen... y tendrían razón. Y esto es lo que más preocupa de la censura en Ecuador: su evidente intencionalidad, al margen del discurso justificatorio, de crear una sociedad dominada por el miedo, la sumisión y el ubicuo discurso oficial.

En cuanto a que la censura, según mi argumento, "no sirve para nada bueno", pues veamos en el caso presente lo que se propone conseguir con la demanda y la resolución de la Supercom. Admitamos que Pinoargote dijo, en la ocasión citada, una tremenda barbaridad, al utilizar el recurso de paralelismo para equiparar implícitamente (como correctamente señala el texto de la Supercom) etnia u orientación sexual con criminalidad ("gays... afros... ladrones"). Es de suponer que más de un televidente, entre los que se autoidentifican como gay o afro, se habrá ofendido, y muchos más habrán llegado, sin ofenderse, a la conclusión de que el tal Pinoargote es un estúpido ignorante. Pues bien. Recomendaría en este punto un pequeño receso, suficiente para poder volver a ver y a admirar esa maravillosa película Doce Hombres Sin Piedad, ahora y por un período limitado asequible en YouTube, para recordar lo eficaz que resulta en estos casos el sencillo recurso del giro del cuerpo en 180 grados... sólo eso. El hombre que en la película insiste en que "esa gente" es mentirosa "de nacimiento", y que basa su condena en estas "razones", se desmorona al darse cuenta de que su discurso provoca solamente rechazo silencioso, repugnancia, y el consabido viaje a Coventry. Hay razones que hasta frente a tal suerte de rechazo se mantienen firmes, pero para ello tienen que ser eso, razones. El prejuicio personal nace siempre del prejuicio social: por tanto, no tiene fuerzas para resistirse a la condena social. De modo que lo adecuado en este caso sería una manifestación de rechazo (en forma de cartas de queja, críticas por parte de los entrevistados, renuncias a ser entrevistado, etcétera), la cual tarde o temprano derivaría en una aclaración por parte del propio Pinoargote, que si en verdad dio en la ocasión citada un simple tropiezo verbal, no tendría seguramente inconveniente en disculparse por ello, al tiempo que aprovecharía para aclarar su verdadero mensaje... y si por el contrario resultara que cree que marica es sinónimo de gay, y que ser gay tiene alguna semejanza con ser ladrón, pues también al confesarnos sus ideas al respecto nos haría un inmenso favor, lo mismo que a los directivos de Ecuavisa, que difícilmente hubieran imaginado tener entre su establo a semejante joya.

¿Ven? Si a la persona que sale con un exabrupto se le da, en libertad, la oportunidad de aclarar o rectificar (y quién entre nosotros no ha necesitado eso alguna vez) se trata entonces de una solución ganar-ganar: el que rectifica gana, o recupera, o acrecienta, la simpatía de su público, el cual a su vez se encuentra relevado de la obligación de sentir decepción y desprecio... o si realmente tales respuestas resultan fundadas, pues conviene que ese fundamento sea también claro y sólido. En resumen: sin la distorsión de la censura, a la larga todos sabemos y nos enteramos y entendemos qué piensa el otro, para bien o para mal, situación que a mí me parece idónea. En cambio, una disculpa "obligada" no satisface a nadie, ni trae ninguna consecuencia buena. Los que sintieron rechazo ante las palabras de Pinoargote, lo seguirán sintiendo al percatarse de que la disculpa no ha sido sincera; si realmente hubo malentendido eso nunca podrá aclararse al planearse permanentemente sobre el discurso empequeñecido, permitido, la sombra del buitre; quienquiera tenga ánimo y malicia para ello podrá incluso desde entonces considerar al mencionado locutor un mártir de la causa de la libertad de expresión, y usar tal martirio para prestarle una espuria solemnidad a la expresión más chabacana de la confusión, del prejuicio y de la ignorancia. Bonachón e ingenuo que soy, estoy dispuesto a suponer que la asambleísta Ocles realmente cree que las denuncias a organismos "oficiales" sirven para vencer el prejuicio y fomentar la tolerancia: estoy aquí para informarle de que tienen, por lo general, precisamente el efecto contrario. Y se lo digo en este plan amistoso solamente porque parece tener menos de 30 años, a más de una sonrisa angelical.

En fin. El texto de la resolución de la Supercom lo pueden leer aquí, y tengo que reconocer que si en vez de soltarnos un chorro de burocrateces altisonantes, se hubiera limitado a señalar que quien pronunció las citadas palabras se retrata como un ignorante (pues se puede ser afro sin ser negro, y viceversa, amén de que marica se dice propiamente de alguien que, sin que importe para nada su orientación sexual o falta de, integra una Superintendencia de Comunicación, y que va por la vida juzgando y sancionando las palabras de otros, sin tener la valentía de enfrentarse en debate abierto con ellos), podría estar de acuerdo con su(s) autor(es). Desgraciadamente, y a pesar de recordarle al eventual lector un dato tan valioso (y frecuentemente recordado en estas páginas) como irrelevante para la resolución de la denuncia, v.gr. que el concepto de diversas "razas" es científicamente inaplicable al ser humano, por constituir éste una sola y única raza, el texto de la Supercom se disuelve pronto en baba, esa baba que a toda "autoridad" se le chorrea tan copiosamente cuando se presenta la oportunidad de emitir una sanción, de reprender y castigar a los humildes mortales desde la cima de su parnasiana rectitud. Y si sigues el chorro de baba hasta el final, te encontrarás con esto:

... se impone ... que... el director del medio... difunda... una disculpa pública al pueblo afroecuatoriano y a la colectividad de diversa orientación sexual, por los comentarios discriminatorios por razones de etnia y orientación sexual....

Por la parte que me toca (pues al existir diversas orientaciones sexuales, todos, absolutamente todos somos de "diversa orientación sexual", lo mismo que todos somos de "diverso grupo sanguíneo" y "diverso color de pelo": diversos respecto a los demás, por supuesto; y aunque no me permiten ser ecuatoriano, ni me lo permitirán nunca, por lo menos la parte afro no me falta, pues de nuevo, e insisto, es imposible ser humano sin ser afrodescendiente) diré entonces: gracias, pero no gracias. Lo que exijo no es una disculpa de parte de Pinoargote, que por lo menos no tiene la pretensión de regular la comunicación de nadie, sino de ustedes, por ser algo peor que un prejuicioso o un ignorante: por ser pequeños, miserables y cobardes tiranos con delirio de grandeza, trastorno narcisista galopante e ínfulas de dictadores, que creen saber mejor que yo lo que me conviene ver y escuchar y lo que no. De tales maderas siempre se han creado los Comités de Censura a lo largo y ancho del mundo. El día en que nos liberemos de ustedes, la fiesta será memorable.


Comments

  1. Pardiez, Endivio! eres un genio! Hasta ahora me había dado cuenta que todos somos afrodescendientes.
    Más allá de las consideraciones falsamente discriminatorias, la queja de Ocles sirvió de vehículo para el propósito gubernamental de fastidiar a Pinoargote.
    Un exabrupto elevado a nivel de ofensa. He escuchado peores cosas en las sabatinas.

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  2. Nunca llegué a escuchar más de unos cuatro minutos de cualquier sabatina, más o menos al azar. Luego te da tanto asco, tanto mal sabor de boca, que tienes que desistir. Pero puedo asegurar que en esos retazos aleatorios del discurso de Correa, nunca llegué a escuchar nada que no fuera un ejercicio en el arte de insultar y de ningunear. Ignoro si el tipo es capaz de abrir la boca sin dejar por los suelos a parte de la humanidad que le rodea, pero lo dudo.

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