Patio de recreo

En el patio de recreo de la escuela, siempre se jugaba al fútbol (sólo niños). A mí, apestado a tan tierna edad, el fútbol no me decía nada. Que recuerde, mis deportes favoritos eran: observar pájaros; chapotear en los charcos; merodear en las sombras; despedazar objetos mecánicos; y finalmente, intentar mirar debajo de las faldas de las niñas, que siempre me parecían hechas a propósito para esa actividad, para levantarlas o mirar debajo de ellas. Creo que desde muy niño la soledad me atraía. O tal vez esa parte me la inventé después. Siempre quería reinventar las reglas de los juegos. Con el tiempo, descubrí que eso de no jugar al fútbol simplificaba enormemente la cuestión de las relaciones sociales. Normalmente habría otro niño a quien se le veía como paria y se le dejaba fuera de todo, tal vez por tener un coeficiente intelectual espectacularmente reducido (el caso de Andrew Bishop, con quien nunca conseguí establecer contacto verbal, era como medio vegetal, era como una berenjena con zapatos, o un monigote de Guy Fawkes dotado de una forma de locomoción lenta y babosa), o tal vez porque sus papás eran granjeros y se sentía más cómodo entre animales que entre personas; o tal vez por otra razón alambicadamente “social” (etnofobias, prejuicios de religión) que entonces no conseguía entender. De todos modos, la suerte me proporcionaba cada año uno o dos amigos íntimos de ese tipo: co-parias, compañeros de infutbolismo, de mímesis zoológico y de recónditas travesuras. Me bastaba.

Sin embargo, con los futboleros me llevaba bastante bien. Al lado del patio había un muro y detrás, el jardín privado de un viejo gruñón. Siempre que la pelota se voló encima del muro, me llamaban a mí para trepar el muro y rescatar la pelota. Era el mejor trepador de la escuela. Hasta los 10 años, no podía ver un árbol sin querer medir fuerzas con él. Hubiera querido ser Tarzán. Las enfurecidas maldiciones del viejo gruñón le agregaban emoción al asunto.

Alrededor del patio había olmos, chopos, cuervos cariblancos. Más allá, la iglesia de San Pedro, el pequeño cementerio (“one, two, kiss and strew”), otra escuela (la Paz del Zorro, curioso nombre), un matadero (santos olores de la infancia) y por el otro lado, el río, ese maravilloso río. Muchos árboles en medio, y estrepitosos silencios que llenaban el cielo como pirotecnias.

Lo que conseguí observar de mis congéneres era poco comparado con lo que aprendí sobre los hábitos de los cuervos y de las hormigas. Sin embargo, siempre me parecían curiosas esas caras que ponía Andrew Coll, consensualmente uno de los mejores futbolistas de la escuela. En el juego, era frecuente verlo trotar hacia atrás, la cara momentáneamente desfigurada en una mueca horrible, con un brazo extendido y un dedo índice alargado imperiosamente hacia otro pequeño jugador. Es decir, en el juego se pasaba la mitad del tiempo corriendo y la otra mitad señalando a los demás hacia dónde tenían que correr ellos. Como sabía que en esos juegos no había normalmente capitanes, ni cadenas de mando, me llamaba la atención que él se autoadjudicara el derecho de mandar (aunque otros también, en menor medida, hacían las mismas señales), y más todavía, el hecho de que para ejercer ese mando, era necesario hacer esas absurdas muecas. El mensaje de las mismas parecía ser: “para ustedes esto es sólo un juego, pero para mí, es algo mucho más serio”. No tardé en averiguar que esas muecas llenas de estreñidísima gravitas eran exactamente las mismas que hacían los futbolistas profesionales en la tele. El niño estaba aprendiendo, con modelos seleccionados y a fuerza de imitación, a ser un “líder”.

A mí eso de ser un líder me resbalaba. Quería ser el oráculo que en un día cualquiera podía ser consultado sobre el color de los calzones de cualquier niña de sexto año, basándome en observaciones empíricas, en trabajos de campo (esos trabajos de campo me valieron más de una azotaina en la sala de profes: la sabiduría no se consigue sin sufrimiento). Quería conocer todos los escondites que había en la ribera del cercano río. Quería estudiar a los reptiles que allí se movían, conocer sus horarios y sus gustos en insectos. Quería también (no recuerdo a partir de qué edad) tener una novia, preferentemente de calzones blancos.

Más que nada, a veces me parece que quería esconderme para siempre. Buscaba adónde huir. En casa sólo había gritos y palizas. Me encantaba la lluvia y los cuentos. Me interesaba Houdini, y las sabidurías de los pieles-rojas. Siempre andaba con hambre. Hubiera sido interesante cazarme un búfalo de vez en cuando.

La infancia: esa batería prístina que en el cuerpo nos viene preinstalada. Empieza a fallar y la cambiamos, pero por otra que ya no es de fábrica. Ya no es lo mismo. El viejo osito, al que le faltaba un ojo, era con todo más entrañable, por muy caro y comercial que haya sido su reemplazo.

No me queda ninguna neurona original de ese entonces, sólo reemplazos teñidos de otro color. Los recuerdos fácilmente se adulteran y se anquilosan. ¿Cuánto será verdad de todo eso? A medida que nos hacemos viejos, esquematizamos los recuerdos para que todos apunten hacia donde queremos ir, nos reinventamos una infancia que nos justifique. Ayer mi hijo, de 14 meses, sorprendió a su mamá besando a una niña en el autobús. Para lograrlo, tuvo que hacer a un lado a la mamá de aquélla, cosa que hizo con suma cortesía, con la mano, a pesar de no tener todavía el don de la palabra. ¿De dónde ese gen de besar, y cuánto tendrá que luchar anímicamente el pobre para que prevalezca éste por sobre el gen de mandar, el del dedo índice levantado y de la mueca en blanco y negro? Evidentemente, no quiero que mi hijo mande nunca a nadie (salvo a mí). Sería demasiado horrible. El poder desfigura a las personas más rápido que el ácido sulfúrico. (Una vez, hace años, mi gato tenía parásitos. Crucé el patio hacia la bandeja de arena, y allí vi, con terrible claridad, que todos los gusanos que estaban dentro de la caca sacaron la cabeza y como movido por un solo impulso, giraron la cabeza sin ojos y me miraron. Hoy leí en el periódico que todos los gusanos del Congresillo han parido gusanillo de laptop nuevo a cuenta del Estado, o sea, en groupiespeak, de “los pobres”. Todos.) Quiero que él, mi hijo, sea siempre humano. ¿Lo será?

Ese Andrew Coll, no sé, seguramente ahora será jefe de ventas de una compañía de aspiradoras. Los buenos futbolistas, si no salen borrachos salen socializados, buenos padres de familia. Ojo con los resentidos, los que jugando no daban pie con bola.

Comments

  1. Yo no creo que el poder desfigure a las personas. Creo que nacimos ya desfiguradas y nos vamos pudriendo un poquito mas cada dia. La unica diferencia es que ellos mandan y yo no.

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  2. "Cuidado con los resentidos". Seguro que sí. No me habré topado ya con bastantes vigilantes de tránsito... Ahora, también toca tener cuidado con los exitosos. Jefferson Pérez, por ejemplo, a quien ni quiero imaginármelo con algún poquito de poder...

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