Salazón



Hace unos meses, mi esposa invitó a su hermano, el pastor evangélico, a “bendecir la casa”. El tipo se puso en medio del pasillo, cerró los ojos y farfulló algunas frases beatas de las que prefiero no acordarme. Ella lo invitó convencida de algún ente maléfico se había instalado en nuestra casa y en nuestras vidas. Sólo así podía explicarse que al poco tiempo de venir yo aquí, tras morirse mi madre, el hijo mayor de ella se convirtió en borracho, se metió en el negocio de los billetes falsos (Durán está lleno de ellos. Cuando aquí alguien encuentra un billete auténtico, se arma toda una fiesta de pueblo), y un día, en medio de una discusión en que no estuve presente, la empujó contra un mueble, provocándole un mal de cuello de que no consigue reponerse del todo; luego, un médico me diagnosticó una enfermedad incurable; después, ella salió con un zumbido en el oído casi permanente con el cual los médicos se declaran igualmente impotentes; a continuación, la hija de nuestra antigua empleada de hogar (recién nos enteramos: no hay pruebas), con unos amigos se metió en nuestra casa y nos robó casi todo lo que teníamos; y luego tuvimos la mala ocurrencia de poner un negocio que resultó un rotundo fracaso, se ha comido todos nuestros ahorros y nos ha dejado en la ruina. El final del chiste es que el mismo que nos bendijo la casa, luego se las ingenió para vendernos en $2.200 un viejo San Remo que, cuando quisimos deshacernos de él dos meses más tarde, resulta que apenas valía la mitad de lo que pagamos.

Y luego, claro, la cuestión del bebé. Prefiero no hablar demasiado del mal genético que le pasé: esas cosas son una lotería, y si en algún momento pensé que algún hijo mío hipotético se pudiera librar de él, habrá sido por lo mismo de lo que últimamente más me aqueja, exceso de optimismo. Cuando, allá en España, alguna novia me propuso tener un bebé y me negué, eso demuestra que en algún tiempo pasado pensaba con la cabeza; en la vejez, empero, los hombres nos ponemos ridículos, tontos, obstinados. Mi obstinación es en creer, contra toda evidencia, que algo en la vida habrá que vale la pena, aunque ese algo no se acerque demasiado a casa. Es esa creencia tozuda que probablemente será lo único que me llevaré a EEUU.

Al bebé, hace seis meses, le cayó un televisor en la cabeza. La narrativa del hecho lo dejé plasmada en otro blog. En las semanas posteriores, pensábamos que igual, por milagro, la cosa se quedaría en anécdota: poco a poco nos hemos dado cuenta de que no existen los milagros. El niño se ha quedado afásico, como medio autista, diría que tonto. Uno lo quiere igual, o más: su inocencia es más radical. A los hijos tontos, igual que a las mujeres tontas, es hasta más fácil quererlos. (De Bebemundo recuerdo esos libros y juegos de la serie “Pequeño Einstein”: ¿habrá a quien no le suene repulsivo ese nombre? Aparte de que sus biógrafos permiten albergar bastantes dudas sobre la cuestión de si el mismo Einstein, de pequeño, haya sido un pequeño Einstein.) Nos hace daño, esto sí, ver que ahora se pasaría el tiempo, si se le dejara, golpeándose la cabeza de manera compulsiva contra la pared. Es desolador ver a los eventos vencer a las personas. En un mundo que no fuera de cabo a rabo una puta mierda, pasara al revés.

Sin embargo, a través de las brumas del ensimismamiento él me regala a diario cosas que nadie más en la vida jamás me ha dado: confianza, sonrisas, afecto, ganas de compartir. Es aleccionador y conmovedor ver que a él no le importa nada de lo que soy, sólo lo que soy para él. Cuando ve por centésima vez el video de Barney, se ríe solo, pero de vez en cuando, me echa una mirada para cerciorarse de que a mí también me entusiasma. Es la primera persona que conozco que quiere compartir lo que está viendo mientras lo ve. Es también la primera persona que me deja abrazarlo sin que se le note ningún cálculo de inversión y ganancias. Los niños son increíbles (los propios, claro: los niños de los demás, para cualquier persona mínimamente sana, siempre serán horribles monstruos; eso pertenece a la categoría de hechos impepinables). Por eso es porque no quiero ir a EEUU a buscar trabajo. Si voy, él me extrañará, y luego más tarde me desconocerá. Aparte, EEUU nunca me ha llamado la atención como país. Desde luego que tiene el mejor sistema político del mundo, la mejor economía, los mejores salarios, lo mejor de todo. Por eso mismo no me llama la atención. Yo no me merezco lo mejor de nada. No pertenezco allí. Reclamo con tristeza mi lodo.

Resulta irónico cuando eso de “go native” (según alguna voz acusadora del pasado, lo que siempre he hecho en todos los sitios) conlleva “go somewhere else”. Es decir, para ser un perfecto ecuatoriano, sólo me quedaba eso, marcharme del Ecuador como todos hacen. Y con las mismas penas.

Lo único que no echaré de menos será el maduro con queso.

Entre las cosas que sí extrañaré: ese espectáculo, todavía fresca en la memoria, de ese chamán o quien fuera, ese cómico amazónico que invitaron hace tiempo al estadio de Barcelona para que con sus energuménicas danzas y sus humeantes plantas echara fuera todos esos malos espíritus que causaron que perdieran tantos partidos seguidos. Es decir, ese apoteosis de la irresponsabilidad que consiste en no reconocer que la salazón la llevamos dentro, tan dentro que termina siendo la mismísima definición de lo que somos.

Comments

  1. Uno nunca se termina de llenar (hastiar) con aquellas cosas pequeñas de la vida, que la hacen que valga la pena seguir en ella.

    Da gusto el saber que en medio de todo el barullo, encuentras dulces melodías, y a pesar del desmayo que causa la abundancia de necedades y contrariedades.

    La vida es así. Nada nuevo en ello. Lo nuevo radica en ser capaz de descubrirlo, para luego apreciar, disfrutar y usar lo bueno que emana de esa oscuridad.

    ¿Quo vadis?

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  2. No sabemos todavía. El domingo llega un amigo desde NY para quince días. Cuando él vuelva, tal vez vaya con él. Luego sería cuestión de buscar un trabajo, y caso de encontrarlo, empezar a enviarle a mi mujer para que termine con una de esas cuentas bancarias que convencen a funcionarios del Consulado que concedan visado (ella antes tenía visado, pero nos robaron los pasaportes). El plan B es ponerme a vender pollos en el mercado de Durán, mientras sigo con las 10 horas semanales de la ESPOL.

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