Bailando con lobos
Una vez, tuve el honor de conversar en persona con Tove Janssen, autora finlandesa de la serie de libros infantiles de los Moomintroll, relatos que devoré de niño y que estaría dispuesto a infligir en mi hijo bajo la muy improbable hipótesis de que yo llegue a vivir suficiente tiempo para verlo leer. Me viene ahora a la mente por un episodio que forma parte secundaria de la trama de unos de esos cuentos.
Hay un perrito, no recuerdo el nombre, de aspecto tristón, que rechaza la sociedad de los simpatiquísimos animalitos que lo rodean y se pasa el día llorando, y la noche escuchando el lejano aullar de los lobos en las montañas, a los que evidentemente considera como sus verdaderos hermanos.
Un día, desaparece de su casa. Se ha ido, por fin, a buscar a sus congéneres, a reunirse con ellos para gozar de esa vida de manada que es su verdadera vocación.
Por fin se encuentra con ellos, en una planicie cubierta de nieve en lo alto de las montañas. También, en pocos segundos, se da cuenta de que la mayor aspiración de su vida ha sido una terrible tontería. Esos lobos que lo rodean, que salivan y se acercan paulatina e implacablemente, no son sus hermanos. Son depredadores, y él es la presa...
No, compren el libro.
Lo que a su vez recuerda a Bill Bryson citando a Alan Walker sobre un hipotético encuentro entre un ser humano contemporáneo y un especimen vivo de Homo erectus: "If you were to look one in the eyes, it might appear superficially to be human, but 'you wouldn't connect. You'd be prey' ".
O tal vez a ese título maravillosamente ridículo del género folk-feminist: Women Who Run With The Wolves. (El libro omite mencionar que las mujeres que intentan tal proeza en general se encuentran con que sus vísceras corren en sentido diferente a sus extremidades o a su cabeza).
No he visto la película, pero parece ser que Avatar tiene el mismo argumento que Bailando con Lobos, y que la fantasía central vierte de nuevo sobre esa cultura superior, pacífica, esa vida en armonía con la naturaleza, incluida la lupina, esa maravillosa sencillez llena de sabiduría, respeto y exquisitez emocional, que caracteriza a las sociedades primitivas o en todo caso precapitalistas. O que las caracterizaría, si solamente alguien pudiera encontrar a un ejemplo fehaciente de lo descrito en alguna parte, maldita sea.
Lo cual no es para nada de sorprenderse: desde tiempos inmemoriales se ha idealizado lo antediluviano. Sólo que en la España del s. XV, por ejemplo, esa cultura primitiva y pacífica se poblaba con pastores, con nombres como Amaryllis o Syllibichis, que se pasaban el día componiendo sonetos amorosos acerca de los bellos ojos de Daphnis o de Salmonellis, pues el cuidado de las ovejas realmente deja a uno con mucho tiempo libre; en cambio, la nueva cultura primitiva idealizada se ha desplazado a un planeta lejano, de nombre Pandora, poblado por seres que parecen famélicas supermodelos sacadas de las pasarelas de París, con cierto exceso de arreglo maquillajístico.
Está dicho: algún sesudo comentarista de El Telégrafo, si no ha pasado ya, escribirá una columna explicando lo bien que la película refleja la dicotomía entre el capitalismo imperialista, brutal y agresivo, y la pacífica cultura de los pueblos primitivos, con su sumak kawsay, tan amenazados y explotados hoy en día.
Así, tal vez, conseguirán olvidar la vergüenza que pasaron los mismos comentaristas al alabar a ese cineasta tan independiente y políticamente astuto que era Oliver Stone, el de la panegírica sobre Chávez, cuando después se enteraron (¿se habrán enterado?) de que el mismo ahora planea hacer otra sobre la vida de Adolf Hitler, figura que al igual que Chávez, "hay que verlo en el contexto de su tiempo y sin prejuicos".
Podría haber esperado por lo menos un tiempo decente, ¿no?
Hay un perrito, no recuerdo el nombre, de aspecto tristón, que rechaza la sociedad de los simpatiquísimos animalitos que lo rodean y se pasa el día llorando, y la noche escuchando el lejano aullar de los lobos en las montañas, a los que evidentemente considera como sus verdaderos hermanos.
Un día, desaparece de su casa. Se ha ido, por fin, a buscar a sus congéneres, a reunirse con ellos para gozar de esa vida de manada que es su verdadera vocación.
Por fin se encuentra con ellos, en una planicie cubierta de nieve en lo alto de las montañas. También, en pocos segundos, se da cuenta de que la mayor aspiración de su vida ha sido una terrible tontería. Esos lobos que lo rodean, que salivan y se acercan paulatina e implacablemente, no son sus hermanos. Son depredadores, y él es la presa...
No, compren el libro.
Lo que a su vez recuerda a Bill Bryson citando a Alan Walker sobre un hipotético encuentro entre un ser humano contemporáneo y un especimen vivo de Homo erectus: "If you were to look one in the eyes, it might appear superficially to be human, but 'you wouldn't connect. You'd be prey' ".
O tal vez a ese título maravillosamente ridículo del género folk-feminist: Women Who Run With The Wolves. (El libro omite mencionar que las mujeres que intentan tal proeza en general se encuentran con que sus vísceras corren en sentido diferente a sus extremidades o a su cabeza).
No he visto la película, pero parece ser que Avatar tiene el mismo argumento que Bailando con Lobos, y que la fantasía central vierte de nuevo sobre esa cultura superior, pacífica, esa vida en armonía con la naturaleza, incluida la lupina, esa maravillosa sencillez llena de sabiduría, respeto y exquisitez emocional, que caracteriza a las sociedades primitivas o en todo caso precapitalistas. O que las caracterizaría, si solamente alguien pudiera encontrar a un ejemplo fehaciente de lo descrito en alguna parte, maldita sea.
Lo cual no es para nada de sorprenderse: desde tiempos inmemoriales se ha idealizado lo antediluviano. Sólo que en la España del s. XV, por ejemplo, esa cultura primitiva y pacífica se poblaba con pastores, con nombres como Amaryllis o Syllibichis, que se pasaban el día componiendo sonetos amorosos acerca de los bellos ojos de Daphnis o de Salmonellis, pues el cuidado de las ovejas realmente deja a uno con mucho tiempo libre; en cambio, la nueva cultura primitiva idealizada se ha desplazado a un planeta lejano, de nombre Pandora, poblado por seres que parecen famélicas supermodelos sacadas de las pasarelas de París, con cierto exceso de arreglo maquillajístico.
Está dicho: algún sesudo comentarista de El Telégrafo, si no ha pasado ya, escribirá una columna explicando lo bien que la película refleja la dicotomía entre el capitalismo imperialista, brutal y agresivo, y la pacífica cultura de los pueblos primitivos, con su sumak kawsay, tan amenazados y explotados hoy en día.
Así, tal vez, conseguirán olvidar la vergüenza que pasaron los mismos comentaristas al alabar a ese cineasta tan independiente y políticamente astuto que era Oliver Stone, el de la panegírica sobre Chávez, cuando después se enteraron (¿se habrán enterado?) de que el mismo ahora planea hacer otra sobre la vida de Adolf Hitler, figura que al igual que Chávez, "hay que verlo en el contexto de su tiempo y sin prejuicos".
Podría haber esperado por lo menos un tiempo decente, ¿no?
Reivindicar la figura vilipendiada por la historia de Hitler, mao, PolPot, Stalin... esta gente no tiene vergüenza. Ahora va a resultar que los millones de torturados en los Gulag, los Campos de Concentración Nazis, son los verdaderos monstruos del siglo XX, seres perversos que se autoinmolaron para acusar injustamente a estas hermanitas de la caridad socialista. QUE ASCO DE PERSONAJE ESTE STONE. Menos mal que suele meterla hasta el fondo y, como en Wall Street, al intentar satanizar al especulador Gordon Gekko, lo que hizo fue crear un icono. "Greed, for lack of a better word, is good"
ReplyDeleteSerá interesante ver qué cosas nos puede contar sobre Hitler que no sabíamos ya. Dudo que el tema del vegetarianismo sea suficiente para congraciar por fin al personaje con los Guardian Readers. Me imagino que hará hincapié en que el antisemitismo era moneda corriente en la época (en los ruling classes británicos, purulaba) y que, en fin, los enemigos coyunturales a los que se enfrentaba tampoco eran unos angelitos. Tal vez también, en que "los trenes cumplían sus horarios". Lo que no veremos es una reconstrucción de Auschwitz, tengamos por seguro.
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